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Full text of "El terruño, prólogo de José Enrique Rodó. Única ed autorizada por el autor (tercer millar)"

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CARLOS REYLES 



Eli 




TEÍ^Í^mSÍO 

PRÓLOGO DE 

JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

ÚNICA EDICIÓN AUTORIZADA POR EL AUTOR 



(tercer millar 



MONTEVIDEO 

Imprento y Caso Ediforiol " Renocimienfo 

Librería "Mercurio" de Luis y Manuel Pérez 

Calle 25 de Mayo. «3 

1916 



OBRAS DEL AUTOR. 

BE5A, novela, segundo millar (R. Velasco, Madrid). 

LA RAZA DE CAÍN, novela. 3.a edición (Ollendorff. París). 

LA MUERTE DEL CISNE. literatura filosófica. 4.a edición 
(Ollendorff. París). 

LA MORT DU CYGNc. traducción de A. de Bengoechea 
(Grasset, París). 




§5-/9 



Una Epístola y un Soneto. 



Entre Carlos Reyles y José Enrique Rodó. 



Excmo. Señor don José Enrique Rodó. Prín- 
cipe del Ingenio. Señor de Ariel, de Proteo y del 
Mirador de Próspero, Caballero del Cisne y de 
la Pluma de Oro. etc. 

Excmo, Señor: Mucho me temo exceder los 
límites naturales de la amistad que Vuestra Se- 
ñoría, honrándome, me dispensa, é ir más allá 
de lo que, en buena ley. permiten las relaciones 
de señor y vasallo al solicitar de tan alto prín' 
cipe como lo es Vuestra Señoría, el escudo de 
su esclarecido nombre y el amparo de su bien 
tajada pluma, para uno de los vastagos de mi 
fantasía, pobre como mío. orgulloso como pobre. 



VI UNA EPÍSTOLA Y UN SONETO 

y necesitado de protección, como todos los que, 
ansiosos de correr aventuras y con ánimo suelto 
y arrogante, se salen de la casa solariega, en 
cuya holganza y franqueza crecieron, para echarse 
é los caminos del mundo, donde todo son qui- 
tasueños, rejalgares, enredos prolijos, trapacerías 
tenebrosas, lazos, trampas, puñaladas de picaros 
y airados trabucos que, en las encrucijadas y aun 
en campo llano, apuntan al pecho y piden la 
bolsa ó la vida. Pero la necesidad tiene cara de 
hereje. Aleccionado yo por la amarga experiencia 
de tres hijos que mucho bogaron sin salir a 
puerto; de tres hijos, que partieron de esta casa 
vendiendo salud y contento y tornaron enmagre- 
cidos y destilando pesadumbres, busco para el 
cuarto el padrino de fuste y seguro rodrigón que 
les faltó a los primeros y fué causa principal de 
su derrota y abatimiento. 

Hidalgo, aunque obscuro, nací, y por no ave- 
nirme á serlo de bragueta, prostituyendo mi hon- 
rada y pulcra estrechez á la opulencia de las 
Musas y Famas ligeras de cascos, ando á pedir 
limosna en el templo de la Gloria. Así, pode- 
roso señor, nada puedo darles á los míos, como 
no sea la sangre limpia y el cogote tieso, pobres 
dotes, en verdad, para inspirar simpatías á los 
hipócritas, ganar voluntades cortesanas y ban- 



UNA EPÍSTOLA V UN SONETO VII 

dearse en la corrompida corte del Éxito, donde 
gozan de gran predicamento y tienen estableci- 
dos sus tribunales de justicia la Adulación y el 
Fraude. Y en trance tal. ¿á quién recurrir sino 
ó Vuestra Señoría, cuya inteligencia magnánima 
abre de par en par las puertas de la compren- 
sión é todos los peregrinos, y cuyas manos 
ponen un timbre de ventura á todo lo que tocan ? 
A Vuestra Señoría, pues, encamino * El Terru- 
ño » , que éste es el nombre del mozo, rogándole 
lo reciba sin ceño y cubra la pobreza y el feo 
corle de las ropas que lleva, con el capotillo 
galano de un prólogo suyo, á fin de que sin 
vergüenza pueda presentarse ante las gentes y 
éstas sin desvíos lo miren, y aún se encariñen 
con él. luego de conocerlo, porque, vanidad de 
padre aparte, el muchacho es discreto, de humor 
regocijado — caso peregrino, ya que quien lo 
engendró llora lágrimas de acíbar y sangre — y 
no desprovisto de buenas letras, por lo cual, 
burla burlando, dice á veces cosas, si no graves 
y propias de un ingenio macho, por lo menos 
agudas y traviesas, que seguramente han de pla- 
cerle y solazar á Vuestra Señoría. 

Así lo espero yo, y si por desdicha no fuera 
así. y además si al dar este paso peco de in- 
oportuno y atrevido, culpe Vuestra Señorío á 3u 



Vin UNA EPÍSTOLA Y UN SONETO 

fama de bondadoso, que deja pequeñita la más 
grande discreción, despida sin miramientos al 
intruso, perdone mi poco tino y téngame siempre 
por el más fiel y h,umiide de sus criados. 

Carlos Reyles. 



Al noble Señor Don Carlos Reyles 

Cultivador de terruños y "Terruños' 

Corcel de tan cumplida gentileza 
cual la heredad de su merced los cría, 
no otra gala mejor requeriría 
que aquellas que le dio Naturaleza. 

Desnudo el lomo, libre la cabeza, 
más claro su donaire luciría, 
y el tosco arreo de la industria mía 
parecerá baldón de su belleza. 

Pero, obediente, compondré el arreo, 
en que todo ornamento fuera escaso 
á hacerle digno de tan alto empleo, 

y si sobrado ruin saliera acaso, 

arrójelo de sí, de im escarceo, 

y humíllelo á sus cascos de Pegaso! 

José Enrique Rodó 



PRÓLOGO 



PRÓLOGO 



La obra del escritor, como toda obra 
del hombre, está vinculada al medio social 
en que se produce, por una relación que 
no se desconoce y rechaza impunemente. 
La misteriosa «voluntad» que nos señala 
tierra donde nacer y tiempo en que vivir, 
nos impone con ello una solidaridad y 
colaboración necesarias con las cosas que 
tenemos á nuestro alrededor. Nadie puede 
contribuir, en su grande ó limitada esfe- 
ra, al orden del mundo, sin reconocer y 
acatar esa ley de la necesidad. Cuanto 
más cumplidamente se la reconoce y aca- 
ta, tanto más eficaz es la obra de la vo- 
luntad individual. Dícese que el genio es, 
esencialmente, la emancipación respecto 
de las condiciones del medio; pero esto 
debe entenderse en lo que se refiere á 
los resultados á que llega, suscitando nue- 
vas ideas, nuevas formas ó nuevas reali- 
dades. Por lo que toca á los elementos 
de la operación genial, á los medios de 
que se vale, á las energías que remueve, 
el genio es, como toda humana criatura, 
tributario de la realidad que le rodea, y 



\l\ PROLOGO 

cabalmente en comprenderla y sentirla 
con más profundidad y mejor que los de- 
más consiste el que sea capaz de arran- 
car de sus entrañas el paradigma de una 
realidad superior. 

El principio de originalidad local, en la 
obra del escritor y del artista, tiene, pues, 
un fundamento indestructible. Ampliamen- 
te entendido, es condición necesaria de 
todo arte y toda literatura que aspiren á 
arraigar y á dejar huella en el mundo. 
Apartarse de la verdad determinada y 
viva, de lugar y de tiempo, por aspirar á 
levantarse de un vuelo á la verdad uni- 
versal y humana, significa en definitiva 
huir de esta verdad, que para el arte no 
es vaga abstracción, sino tesoro entraña- 
do en lo más hondo de cada realidad 
concreta. Querer ganar la originalidad 
individual rompiendo de propósito toda 
relación con el mundo á que se pertene- 
ce, conducirá á la originalidad facticia é 
histriónica, que casi siempre oculta el 
remedo impotente de modelos extraños, 
no menos servil que el de los próximos; 
pero nunca llevará á la espontánea y 
verdadera originalidad personal, que, como 
toda manifestación humana, aun las que 
nos parecen más radicalmente individuales, 
tiene también base social y colectiva, y 
no es sino el desenvolvimiento completo 
y superior de cierta cualidad de raza, de 
cierta sugestión del ambiente ó de cierta 
influencia de la educación. 

En literatura americana, el olvido ó el 



pk(U.<k;o w 

menosprecio de esa relación filial de la 
obra con la realidad circunstante ha carac- 
terizado, ó mejor, ha privado de carácter 
á la mayor parte de la producci(5n que, 
por los méritos de la realización artística 
y por la virtualidad de la aptitud que se 
revela, compone dentro de aquella litera- 
tura la porción más valiosa, [unto á esta 
porción selecta pero, por lo general, ina- 
daptada, una tendencia de nacionalismo 
literario que, salvo ilustres excepciones, no 
ha arrastrado en su corriente á la parte 
más noble y capaz del grupo intelectual 
de cada generación, se ha mantenido, por 
esta misma circunstancia, dentro de un 
concepto sobrado estrecho, vulgar y can- 
doroso del ideal de nacionalidad en lite- 
ratura. Debemos, sin embargo, á esa ten- 
dencia artísticamente feble y provisional, 
lo poco que ha trascendido á la expresión 
literaria de la originalidad de vida y color 
de nuestros campos; del carácter de esa 
embrionaria civilización agreste, donde aun 
se percibe el dejo y el aroma del desierto, 
como en la fruta que se vuelve montes la 
aspereza de la tierra inculta. La vida de 
los campos, si no es la única que ofrezca 
inspiración eficaz para el propósito de ori- 
ginalidad americana, es, sin duda, la de 
originalidad más briosa y entera, y por 
lo tanto, la que más fácil y espontánea- 
mente puede cooperar á la creación de 
una literatura propia. Suele tildarse de 
limitado, de ingenuo, de pobre en interés 
psicológico, de insuficiente para contener 



XVI PRÓLOGO 

profundas cosas, al tema campesino; pero 
esta objeción manifiesta una idea entera- 
mente falsa en cuanto á las condiciones 
de la realidad que ha de servir como subs- 
tancia de arte. Dondequiera que existe 
una sociedad llegada á aquel grado ele- 
mental de civilización en que, por entre 
las primitivas sombras del instinto, difun- 
den sus claridades matinales la razón y el 
sentimiento, hay mina suficiente para to- 
mar lo más alto y lo más hondo que 
quepa dentro del arte humano. La esen- 
cia de pasiones, de caracteres, de con- 
flictos, que constituye la idea fundamental 
del Quijote^ del Ótelo, del Machhet, do El 
Alcalde de Zalamea^ y aun del Hamlet y 
del Fausto^ pudo tom¿trse indistintamente 
del cuadro de una sociedad semiprimitiv'a 
ó del de un centro de alta civilización. 
Pertenece todo ello á aquel fondo radical 
de la naturaleza humana que se encuen- 
tra por bajo de las diferencias de razas 
y de tiempos, como el agua en todas par- 
tes donde se ahonda en la corteza de la 
tierra. La obra del artista empieza cuando 
se trata de imprimir á este fondo gené- 
rico la determinación de lugar y de época, 
individualizando en formas vivas la pasión 
universalmente inteligible y simpática; y 
para esto, lejos de ser condición de infe- 
rioridad el fijar la escena dentro de una 
civilización incipiente y tosca, son las so- 
ciedades que no han pasado de cierta 
candorosa niñez las de más abundante 
contenido estético, porque es en ellas don- 



PRÓLOGO X\'1I 

de caben acciones de más espontánea poe- 
sía, costumbres de más firme color y 
caracteres de más indomada fuerza. Por 
donde debemos concluir que si la vida de 
nuestros campos, como materia de obser- 
vación novelesca y dramática, no ha alcan- 
zado, sino en alguna obra de excepción, 
á las alturas del grande interés humano, 
de la representación artística universal y 
profunda, ha de culparse de ello á la su- 
perficiaHdad de la mayor parte de los que 
se le han allegado como intérpretes, y no 
á la pobreza de la realidad, cuyos teso- 
ros se reservan, en éste como en todos 
los casos, para quien con ojo zahori catee 
sus ocultos filones y con brazo tenaz los 
desentrañe de la roca. 

Alegrémonos, pues, de que escritor de 
la significación de Carlos Reyles siente 
esta vez su garra en el terruño nativo, y 
realice la gran novela campera, y por me 
dio de la verdad local solicite la verdad 
fundamental y humana que apetecen los 
ingenios de su calidad. A manera del he- 
roico corredor de aventuras, que emigró 
de niño y forjó en remotas tierras su ca- 
rácter, y trae de ellas, domeñada, á la 
esquiva fortuna, para volver ya hombre y 
ofrecer al hogar de los hermanos el tri- 
buto de la madurez, más fecundo que el 
de la ardorosa juventud, así este ilustre 
novelista nuestro, después de ganar per- 
sonalidad completa y fama consagrada, 
por otros caminos que los de la realidad 
característica del terruño, viene á esta 



XVIII PRÓLOGO 

realidad, en la otoñal plenitud de su ta- 
lento y con la aciisolada posesión de su 
arte. 

Otras novelas suyas manifestaron su 
maestría para penetrar en el antro de los 
misterios psicológicos é iluminar hasta lo 
más recóndito y sutil; su poder creador 
de caracteres, á un tiempo genéricos é in- 
dividuales; su sentido de lo refinado, de 
lo extraño, de lo complejo; la amarga cru- 
deza de sus tintas y la precisión indeleble 
de su estilo. Ha realizado su obra literaria 
de la manera más opuesta á la publicidad 
constante y afanosa del escritor de oficio ; 
con señoril elección del tiempo de escribir 
y el tiempo de dar á la imprenta; ajeno 
á toda camaradería de cenáculo, y aun á 
comunicación estrecha y sostenida con el 
grupo intelectual de su generación ; en al- 
tiva soledad, que recuerda algo del aisla- 
miento voluntario y de la obra concentra- 
da, y sin moción exterior, de Merimée. 
En Reyles la vocación del escritor no es 
toda la personalidad, no es todo el hom- 
bre. Su voluntad rebelde, arriesgada y 
avasalladora, le hubiera tentado con los 
azares y los violentos halagos de la ac- 
ción, á nacer en tiempos en que la 
acción tuviera espacio para el libre desate 
de la personalidad y tendiese de suyo al 
peligro y á la gloria. Y aun dentro del 
marco de nuestra vida domesticada y re 
bañega, cuando no vulgar y estérilmente 
anárquica, la superior energía de su vo- 
luntad ha dado muestra de sí abrazándose 



PRÓLOGO xrx 

á la moderna « aventura » del trabajo, 
concebido en grande y con idealidad de 
innovación y de conquista; á las faenas de 
la tierra fecunda, en que, junto con la 
áurea recompensa, se recoge la conciencia 
enaltecedora del resabio vencido, de la 
rutina sojuzgada, del empuje de civiliza- 
ción impuesto á la indolencia del hábito 
y á la soberbia de la naturaleza. Porque 
este gentlenian-farmer que^ en cuanto no- 
velador, se acerca ahora por primera vez 
á la vida de nuestros campos, es, en la 
realidad, familiar é íntimo con ella, y le 
consagra amor del alma, y no sólo le está 
vinculado por la aplicación de su esfuerzo 
emprendedor, sino que, como propaofan- 
dista social y económico, pugna desde 
hace tiempo por reunir en apretado haz 
las energías dispersas ó latentes del tra- 
bajo rural, para que adquieran conciencia 
de sí mismas y desenvuelvan su benéfico 
influjo en los destinos comunes. 

Del campo nos habla esta novela, y aun 
pudiera decirse que en favor del campo. 
Como en el libro improvisado y genial 
que es, por lo que toca á nuestros pue- 
blos del Plata, el antecedente homérico 
de toda literatura campesina : como en el 
Facundo de Sarmiento, la oposición de 
campo y ciudad forma, en cierto modo, 
el fondo ideal de la nueva obra de Reyles ; 
sólo que esta vez no aparece representan- 
do el núcleo urbano la irradiadora virtud 
de la civilización, frente á la barbarie de los 
campos desiertos, sino que es la semicivili- 



XX PRÓÍX)G0 

zación agreste, no bien desprendida de la 
barbarie original, pero guiada por secreto 
instinto ti la labor, al orden, á la claridad 
del día, la que representa el bien y la 
salud del organismo social, contraponién- 
dose al desasosiego estéril que lleva en 
las entrañas de su cultura vana y sofís- 
tica la vida de ciudad. 

(irande ó restringida la parte verdade- 
ra de esa oposición social, vuélvese entera 
verdad en la relación de arte, que es la 
que obliga tratándose de obras de imagi- 
nación. Ha personificado el novelista la 
sana tendencia del ^enio campesino en 
un enérgico y admirablemente pintado 
carácter de mujer; la vigilante, ladina y 
sentenciosa Mamagela, musa prosaica del 
trabajo agrario, Sancho con faldas, Ege- 
ria de sabiduría vulgar, cuya figura re- 
salta sobre todas y como que preside á 
la acción. Mamagela es la prudencia egoís- 
ta y el buen sentido alicorto, que, pues- 
tos en contacto con el vano é impotente 
soñar 3^ con la bárbara incuria, adquieren 
sentido superior y trascendente eficacia y 
se levantan á la categoría de fuerzas de 
civilización. Como en el ingenuo utilitaris- 
mo de Sancho, hay en el de esta remota 
descendiente del inmortal escudero un 
fondo de honradez instintiva y de espontá- 
nea sensatez, que identifica á veces las 
conclusiones de su humilde perspicacia con 
los dictados de la severa razón y de la recta 
filosofía de la vida. Por sus labios habla 
la mahcia rústica, más rastreadora de 



PRÓLOGO XXI 

verdad que la semicultura del vulgo ciuda 
daño. V tal cual es, y en los conflictos 
en que lidia, no hay duda de que Mama- 
gela lleva la razón de su parte, poique 
el autor no ha colocado junto á ella á 
nadie que la exceda (quizá debido á que 
tampoco suele haberle en la extensión de 
realidad que reproduce), y los falsos ó 
desmedrados idealismos que la tienen de 
enemiga valen mucho menos que la rudi- 
mentaria idealidad implícita en lo hondo 
de aquel sentido suyo de orden y tra- 
bajo . 

Con Mamagela, aparece representando 
Primitivo la energía de nuestras geórgicas 
criollas. Felicísima creación la de este 
personaje, que vale por sí solo una novela. 
Primitivo es personificación del gaucho 
bueno, orientado por naturaleza á la dis- 
ciplina de la vida civil y á la conquista 
de la honesta fortuna, que persigue con 
manso tesón de buey. Hay una intensa y 
bien aprovechada \irtud poética en esta 
vocación de un alma bárbara que tiende 
á los bienes de un superior estado social, 
con el impulso espontáneo con que la 
planta nacida en sitio oscuro dirige sus 
ramas al encuentro de la luz. Así debie- 
ron de brotar, en el seno de la errante 
tribu de la edad de piedra, las voluntades 
que primeramente propendieron al orden 
sedentario y al esfuerzo rítmico y fecundo. 
Primitivo aspira á tener majada suya y 
campo propio ; y de sus salarios, ahorra 
para realizar su sueño. Cuida sus prime- 



XXII PRÓLOGO 

ras ovejas con el primor y la ternura de 
un Melibeo de égloga. Rigores del tiempo 
diezman su majada, y él se contrae, con 
dulce perseverancia, á rehacerla, traba- 
jando más y gastando menos. El buen 
gaucho tiene mujer, y la quiere. Pero he 
aquí que á su lado acecha la barbarie 
indómita y parásita de la civilización; la 
sombría libertad salvaje, que encarna el 
hermano holgazán y malévolo, el gaucho 
malo, el avatar indígena de la rasa de 
Caín. Jaime quita á Primitivo la mujer v 
la dicha, y entonces el laborioso afán del 
engañado se trueca en sórdido abandono ; 
su apacibilidad en iracundia, su sobriedad 
en beodez, su natural sumiso en ímpetu 
rebelde. Magistralmente ha trazado el no- 
velista psicólogo esta aciaga disolución de 
un carácter, que llega á su término final 
cuando aquella mansa fuerza que apacen- 
taba rebaños, vuelta y desatada en el sen- 
tido del odio, consuma el fratricidio ven- 
gador, al amparo de uno de los entreveros 
de la guerra civil, que anega en la sangre 
de su multiplicado fratricidio el generoso 
Fructidor del terruño. Todo ese trágico 
proceso rebosa de observación humana, 
de patética fuerza, de sugestión amarga 
y profunda. 

Sobre este mismo fondo de la guerra 
ha destacado el autor, esbozándola sólo, 
pero en rasgos de admirable verdad y 
expre'^ión, la figura de mavor vitalidad 
poéLíca y más enérgico empuje de cuan- 
tas entran en su cuadro: Pantaleón, el 



PRÓLOGO XXIII 

montonero^ el caudillo; ejemplar de los 
rezagados y postreros, de una casta he- 
roica, que el influjo de la civilización des- 
virtúa, para reducirla á su yugo, ó para 
obligarla á rebajarse al bandolerismo os- 
curo y rapaz. Es el gaucho en su primi- 
tiva y noble entereza; el gaucho señor 
de los otros por la soberanía natural del 
valor y la arrogancia ; el legendario pala- 
dín de los futuros cantos populares; ma- 
jestuoso y rudo, al modo de los héroes 
de Homero, de los Siete Capitanes de 
Esquilo, ó de los Cides, Bernardos y Fer- 
nanes González de la epopeya castellana. 
El cuadro de la muerte de Pantaleón, por 
su intensidad, por su grandeza, por su 
épico aliento, es de los que parecen re- 
clamar la lengua oxidada y los ásperos 
metros de un cantar de gesta. 

Mientras en esos caracteres tiene repre- 
sentación el campo, ya laborioso, ya sal- 
vaje, la propensión y la influencia del 
espíritu urbano encarnan, para el nove- 
lista, en la ñgura de un iluso perseguidor 
de triunfos oratorios y de lauros proféti- 
cos; apóstol en su noviciado, filósofo que 
tienta su camino. La especulación nebu- 
losa y estéril; la retórica vacua; la semi- 
ciencia hinchada de pedantería; la sensua- 
sualidad del aplauso y de la fama; el 
radicalismo quimérico y declamador: todos 
los vicios de la degeneración de la cultura 
de universidad y ateneo, arrebatando una 
cabeza vana, donde porfían la insuficiencia 
de la facultad y la exorbitancia de la vo- 



XXIV PRÓLOGO 

cación, hallan cifra y compendio en el 
Tóeles de esta fábula. No es necesario 
observar, en descargo de los que á la 
ciudad pertenecemos, que Tóeles no es 
toda la ciudad, no es toda la cultura ciu- 
dadana, aunque sea la sola parte de ella 
que el autor ha querido poner en con- 
traste con la vida de campo; pero la verdad 
individual del personaje, y también su 
verdad representativa y genérica, en tanto 
que no aspire á significar sino ciertos ni- 
veles medios de la cultura y del carácter, 
no podrán desconocerse en justicia. Tóeles 
es legión; como lo es, por su parte, el 
positivista meng^uado y ratonil, especie con 
quien la primera se enlaza por una tran- 
sición nada infrecuente ni difícil en la dia- 
léctica de la conducta. De la substancia 
espiritual de Tóeles se alimentan las « ido- 
latrías » de club y de proclama; los feti- 
chismos de la tradición, los fetichismos de 
la utopía, las heroicas vocaciones de Ga- 
tomaquia, la ociosidad de la mala litera- 
tura. . . ; y del desengaño en que forzo- 
samente paran esos falaces espejismos 
aliméntanse después, en gran parte, las 
abdicaciones vergonzosas, las bajas simo- 
nías del parasitismo político, común refu- 
gio de soñadores fracasados y de volun- 
tades que se han vuelto ineptas para el 
trabajo viril é independiente. Aquellos pol- 
vos de falsa idealidad traen, á menudo, 
estos lodos de cínico utilitarismo. 

No es, desde luego, la aspiración ideal lo 
que está satirizado en ese mísero Tóeles, sino 



PRÓLOGO XXV 

la vanidad de la aspiración ideal. No es en 
Dulcinea del Toboso en quien se ceban 
los filos de la sátira, sino en Aldonza Lo- 
renzo. Y este sentido aparece con clara 
transparencia en la representación de aquel 
carácter, cuando, convertido Tóeles de 
predicador de idealidades vagras en con- 
fesor de realidades positivas y concretas, 
la vanidad de sus intentos persiste, porque 
procede de él y no del objeto de sus 
sueños, tan fatuos cuando se remontan á 
las nubes como cuando descienden al polvo 
de la tierra. Entre el trabajo utilitario 
enérgico y fecundo y la aspiración ideal 
sana y generosa no hay discordia que 
pueda dar significado racional á un per- 
sonaje ó auna acción de novela: hay her- 
mandad y solidaridad indestructibles. Los 
pueblos que mayor caudal de cultura su- 
perior y desinteresada representan en el 
mundo son, á la vez, los más poderosos 
y más ricos. La propia raiz de energía 
que ha erigido el tronco secular, y des- 
envuelto la bóveda frondosa, es la que 
engendra la trama delicada y el suave 
aroma de la flor. \ la eficacia con que 
Reyles vilipendia, novelando ó doctrinando, 
los idealismos apocados y entecos ( aunque 
él se imagine á veces que estos dardos 
suyos van á herir á los tradicionales y pe- 
rennes idealismos humanos,) consiste en 
que él mismo es un apasionadísimo idea- 
lista, y tal es la clave de su fuerza, y por 
serlo se ofende mucho más con el remedo 
vulgar y vano del sagrado amor á las 



XX\T PRÓLOGO 

« ideas » que con la resuelta furia icono- 
clasta: aquella que, negando el ideal, le 
confiesa paradójicamente y como que nos 
le devuelve de rebote por el mismo sobe- 
rano impulso de la negación. 

Pero, aunque extraviada y estéril, la 
inquietud espiritual de Tóeles es, al fin, 
el desasosiego de un alma que busca un 
objeto superior ai apetito satisfecho; la 
sed del ideal arde en esa conciencia ator- 
mentada; y por eso, del fondo de sus va- 
nas aspiraciones y sus acerbos desenga- 
ños trasciende, ennobleciendo su interés 
psicológico, una onda de pasión verdade- 
ra y de simpatía humana, como trascienden 
de la hez de un vino generoso la fuerza 
y el aroma del vino. El dolor de su fra- 
caso es la sanción de su incapacidad y 
flaqueza; pero es también, por delicado 
arte del novelista, imagen y representa- 
ción de un dolor más noble y más alto : 
del eterno dolor que engendra el contac- 
to de la vida en los espíritus para quie- 
nes no existe diferencia entre la catego- 
ría de lo real y la de lo soñado. Así se 
levanta el valor genérico de esta figura 
por encima de la intención satírica que 
envuelve, pero que no recae sobre lo más 
esencial é íntimo de ella; y así adquiere, 
por ejemplo, hondo sentido y sugestión 
bienhechora la hermosa escena final, en 
que la cabeza abrumada del soñador des- 
cansa en el regazo de la compasiva Ma- 
magela, como en el seno de la materna 
realidad reposan las vencidas ilusiones 



PRÓLOGO XXVII 

humanas y hallan la persuasión que las 
aquieta ó las hace reverdecer transfigu- 
radas en sano y eficaz idealismo. 

Mucho cabría añadir de los personajes 
secundarios que en la obra intervienen; 
del fondo de descripción, en que, si entra 
por poco el paisaje virgen y bravio, de 
sierra y monte, hay toques de incompa- 
rable realidad y primor para fijar nues- 
tro paisaje « de geórgica » y nuestros usos 
camperos, y para interpretar la oculta 
correspondencia de las cosas con la pa- 
sión humana á que sirven de coro; del 
estilo, en fin. siempre justo y preciso y á 
menudo lleno de novedad, de fuerza plás- 
tica y color. Pero ya sólo notaré, para 
llegar al fin de este prólogo, una particu- 
laridad que me parece interesante, del 
punto de vista de la psicología literaria, 
y es la frecuencia y la jovial serenidad 
con que se reproduce en el curso de la 
narración el efecto cómico, á pesar de 
que nunca fué ésta la vena peculiar del 
autor, y de que ha sido la novela engen- 
drada en días, para él, de más amargura 
que contento ; nueva comprobación de 
una verdad que yo suelo recordar á los 
que entienden de manera demasiado sim- 
ple y estricta la relación de la personali- 
dad y la obra , es á saber : que la imagi- 
nación es el desquite de la realidad, y 
que, lejos de quedar constantemente im- 
preso en las páginas del libro el ánimo 
accidental, ni aun el carácter firme de 
quien lo escribe, es el libro á menudo el 



XXVIII PRÓLOGO 

medio con que nos emancipamos, soñan- 
do, de las condiciones de la vida real, ó 
con que reaccionamos idealmente contra 
los límites de nuestra propia y personal 
naturaleza. 

En el desen\-olvimiento de nuestra lite- 
ratura campesina, esta novela represen- 
tará una ocasión memorable, y por decirlo 
así, un hito terminal. De la espontaneidad 
improvisadora é ingenua, en que aún pa- 
rece aspirarse el dejo de la « relación » 
del payador reencarnándose en forma lite- 
raria, pásase aquí á la obra de plena con- 
ciencia artística, de composición reflexiva 
y maestra, de intención honda y trascen- 
dente. De la simple mancha de color, ó 
de la tabla de género circunscrita á un 
rincón de la vida rústica, pásase al vasto 
cuadro de novela, en que, concentrando 
rasgos dispersos en la realidad, se tiende 
á sugerir la figuración intuitiva del carác- 
ter de conjunto, de la fisonomía peculiar 
de nuestro campo, como entidad social y 
como unidad pintoresca. Del orden de 
narraciones que requieren como auditorio 
á la gente propia, pásase al libro no\'e- 
lesco que, merced al consorcio de la ver- 
dad local y el interés humano, puede lle- 
var á otras tierras y otras lenguas la 
revelación artística de la vida original del 
« terruño » . 

Y esta nueva obra de Reyles, que por 
su alto valer de pensamiento y de arte 
confirmará para él los sufragios del pú- 
blico escogido, ieún(.' al propio tiempo, 



PRÓLOGO XXIX 

más que otras de su autor, las condicio- 
nes que atraen el interés del ma^^or nú- 
mero, por lo cual puede pronosticarse que 
s>irá entre las suyas la que preferente- 
mente goce de popularidad : género de 
triunfo que, aun cuando vaya unido í\ 
otros más altos, tiene su halago animador 
y violento, y sin cuj^o concurso parecerá 
que falta un grano de sal en la más pura 
gloria de artista. 

José Exriqle Rodó. 



Wriníí"v iílí»< > \\/ir/r 



EL TERRUÑO 



Apenas sonaron, espaciados y quedos, los 
tres golpes de ordenanza dados en la puer- 
ta con los nudillos, doña Angela contestó : 
«Voy», y casi simultáneamente oyóse el 
dolido crugir de los colchones y el agrio 
rascar del fósforo, como si la buena seño- 
ra esperase con la caja de ellos en la mano, 
la hora de levantarse. Por lo demás, nada 
de esperezos ni modorras para salir de en- 
tre mantas. Un buen esgarro, que dejaba 
expeditas las vías respiratorias, y al suelo, 
i^as chancletas, aHneadas simétricamente, 
esperaban bostezando la venida de los pies; 
el batón de lana en invierno, de percal en 
verano, pero siempre del mismo corte, 
aguardaba triste el alma que periódica- 
mente lo habitaba, suspendido como el flac- 
cido cuerpo de un ahorcado en la perilla 
del lecho, el monumento histórico de la 



2 EL TERRUÑO 

familia, que así llamaba doña Angela, 
mitad en serio, mitad en broma, al tálamo 
nupcial, porque en él fueron concebidos y 
nacieron, unos tras otros, los nueve vas- 
tagos que con legítimo orgullo le había 
dado á su marido. Los pies, por la fuerza 
del hábito, se introducían en las pantuflas; 
los brazos, de igual suerte, en las mangas 
del batón, y un momento después de los 
consabidos golpes, la diligente matrona 
salía al corredor y empezaba el ajetreo y 
trajín en que andaba todo el día, como si 
no le pesasen ni molestaran mayormente 
el mundo de apretadas grasas y temblo- 
rosas pulpas que tenía que poner en mo- 
vimiento. 

Eran las tres de la madrugada, de una 
madrugada limpia de nubes, tersa, serena 
y luciente como las espejadas aguas de 
las lagunas en las que se mira la sonám- 
bula del cielo. Esta parecía una calavera 
de plata. Innúmeras estrellas parpadeaban 
con ritmo igual. Oíase el silencio campe- 
sino. Ni una chispa de viento movía la 
arboleda, la cual proyectaba grandes y 
fijas sombras en la tierra húmeda. No caca- 
reaban los gallos, no labraban los perros. 



EL TERRUÑO 3 

no cantaban los grillos; todo dormía en 
« El Ombú » , todo dormía en la campaña 
llena de misterio y de paz. 

Doña Angela respiró con ansia y deleite 
el frescor de la noche, paseó una mirada 
cariciosa por el vasto cielo y, echando á 
andar, dirigióse á la despensa, por los res- 
quicios de cuya ventana salía un hilo de 
gualda luz. Amabilia. su hija mayor, ya la 
esperaba allí con el delantal puesto, des- 
nudos los brazos y arremangadas las polle- 
ras. Era aquel, día de amasijo y por aña- 
didura víspera del cumpleaños de la seño- 
ra, de Mamagela, como la nombraban los 
suyos cariñosamente, uniendo el sustantivo 
mamá y la palabra gela, disminutivo fami- 
liar de Angela. Además de la fabricación 
de pan y los quehaceres ordinarios : la con- 
fección de la manteca, el corte de la leña, 
la limpieza general, había que hacer las 
j-ortas, los buñuelos apetitosos y otras fru- 
tas de sartén ; los famosos rosquetes baña- 
dos y las golosinas con que se celebraba 
en « El Ombú » el natalicio de la patrona. 
Esta, en tan memorable fecha, gustaba 
rodearse de sus hijos, allegados y antiguos 
servidores, y regalarlos á todos con lar- 



4 EL TERRUÑO 

gueza, tanto más meritoria cuanto que de 
ordinario era muy medida y parsimonif)sa 
en el gobierníj ccon(3mico de la casa. Y en 
tan alta estima tenía los productos de su 
doméstica industria, y tantas virtudes ma- 
teriales y aun morales les atribuía, que si 
alguien faltaba ú la fiesta, enviábale reli- 
giosamente su porción á donde quiera que 
el ausente se encontrase, y si éste, por 
caso raro, era hijo, yerno ó pariente, iba 
el obsequio acompañado de carifíosa carta 
en la que abundaban saludables reflexio- 
nes encaminadas, entre otros fines, á apre- 
tar los lazos de la familia, de cuyo culto 
fué siempre doña Angela devota y celosa 
defensora. V como le gustaba plumear y 
tenía mucho sentido práctico, retozona fan- 
tasía y no poca sal en la mollera, decía 
con muy graciosas y puestas en su punto, 
que los agraciados apetecían 3^ saboreaban 
con tanta fruición como los rosquetes ba- 
ñados, célebres en toda la república se- 
gún ella. 

Labia y malicia le Acnían, sin duda, de 
su estirpe andaluza, y el gusto de discu- 
rrir dogmáticamente y pergeñar frases, de 
la asidua lectura de la doctora de Avila y 



EL TERRUÑO 5 

Otros místicos del siglo de oro, que junto 
con algunos añejos tratados de cetrería y 
arte culinaria, había heredado su madre de 
un hermano, cura párroco del pueblo en 
que corrieron las lozanas mocedades de 
doña Ángela. Desde la viudez de misia 
Mariquita, con él vivían las dos en decente 
y pulcra estrechez, y sin más restos del 
señorí(j y rumbos de la casa solariega en 
ecijana tierra que un raído tapiz oriental 
y un amplio brasero, con profuso clavo y 
adorno de bronce, alrededor del cual se 
habían reunido en remotos inviernos, va- 
rías generaciones de hidalgos, joviales cu- 
ras y ricos labradores. Los padres de 
misia Mariquita al emigrar de España, no 
quisieron dejar en las uñas de alguaciles 
y procuradores aquellos objetos que les 
record¿iba el antiguo esplendor de la fami- 
lia, venida á menos por las inepcias fisca- 
les y las locuras de cierto antepasado, 
tronera y manirroto, el cual con gentes 
de coleta y barraganas se había comido 
una buena parte de las hanegas de tierra 
que poseía, dejando entrampadas las otras 
A pesar de la pobreza, que no escondía 
ni ostentaba, v del ambiente vulgar del 



6 EL TERRUÑO 

pueblo, conservó la viuda el porte señoril 
de la cabeza, signo de casta, y la urbani- 
dad y enteriza disposición de ánimo que 
adquirió en el convento donde se había 
educado. Y á la condición principal, que 
revelaban las buenas maneras, debía el 
que sus relaciones las tuvieran en alta 
estima y le diesen el tratamiento de misia- 

El pueblo era triste, las noches largas; 
para matar las horas, mientras el buen 
cura dormitaba en un rincón, después de 
la frugal comida, y la abuela hacía soli- 
tarios, misia Mariquita leía en voz alta y 
la niña escuchaba sin pestañear, almace- 
nando en la sesera expresiones pintores- 
cas, términos y giros que más tarde le 
comunicaron á sus epístolas, llenas de re' 
franes y dichos criollos, el saborete castizo 
de la época del coloniaje. 

La luz macilenta de las velas de sebo 
alumbraba á medias la espaciosa estancia, 
ocupada, en gran parte, por una ancha 
mesa de pino, donde el pardo Sinforoso y 
la mulata Juana hundían en la blanda masa 
los puños y los brazos del color y el brillo 
de la caoba pulida por los años. Alrede- 
dor de las paredes corría, á guisa de 



EL TERRUÑO 7 

armario, una estantería resguardada del 
polvo por corredizos cortinajes de cretona ; 
en un ángulo, sobre un pequeño tinglado ' 
veíase la panzuda damajuana del agua con 
la guampa de beber colgando de la tapa^ 
y, en otro de los rincones, un antiquísimo 
mortero de pisar masamorra, alto de un 
metro y curado como una vieja pipa, re- 
cordaba el pasado gobierno doméstico de 
la patrona vieja, y lo hacía venerable, 
como una reliquia, á los ojos de todos. 
Varias sillas retaconas con asiento y res- 
paldares de peludo cuero de vaca, y un 
sillón patriarcal aforrado de lo mismo com- 
pletaban el mueblaje. 

— Buenos días, Poroso; buenos días,Jua, 
i qué tal va eso ? — dijo Mamagela al en- 
trar, y hundiendo el índice en la masa aña- 
dió : — Ha}^ que apuñearla más. No olviden 
lo que les he dicho : la masa es como el 
fierro : cuanto más se bate mejor está. 

Dióle un par de sonoros besos á Ama- 
bilia y á punto seguido atareóse en exa_ 
minar los ingredientes que le tenían pre- 
parados para la fabricación de los rosque- 
tes y el bizcochuelo, que ella dirigía siempre 
muy repantigada en su peludo sillón y sin 



8 EL TERRUÑO 

darle punto de reposo á la lengua. De 
todo probaba, en todo metía el dedo y 
luego daba sus órdenes acompañadas gene- 
ralmente de algún comentario, chuscada ó 
cuentito al caso, con lo cual hacía más 
amena la \'elada y menos fatigoso el tra- 
bajo, por veces rudo y harto prolongado. 
Fuera gusto de charlar y reír ó sutil pro- 
cedimiento, doña Angela distraía á su gen- 
te de mil modos, y cuando la chachara y 
el cuento resultaban ineficaces para des- 
terrar la soñarrera ó el mal humor, que 
hacía rezongar á Poroso y estirar la jeta 
á Jua, cogía la guitarra y rasgueaba con 
andaluz donaire un cielito suave y manso 
como un sueño, ó entonaba cilguna décima 
retozona que hacía desternillar de risa á 
los mulatos. En casos extraordinarios, como 
las vísperas de carreras, rifas, partidos de 
pelota y otras fiestas que en la pulpería 
de «El Ombú » se celebraban para traer 
al retortero al moroso Aecindario, les pro- 
metía un pericón en concluyendo la faena, 
el cual rematar solía en un especie de 
paseo danzado alrededor de la mesa, paseo 
que encabezaba la mismísima Mamagela, 
marcando el compás sin cesar el rasguea- 



El. TERRUÑO ^ 

do, y remataba su feliz marido, D. Gre- 
gorio, ó familiarmente Papa^oyo, si acer- 
taba á pasar por allí. 

Con estas 3' otras artes que su feliz in- 
genio y campechanía natural le dictaban, 
ciencia culinaria, habilidades diversas, co- 
nocimientos médicos y fértil imaginación 
en recursos contra todo achaque y en 
todo trance, hacíase respetar y adorar de 
los suyos la castellana de « El Ombú », 
hasta el punto que allí nadie veía ni oía 
sino por los ojos y los oídos de ella. Ade- 
más, como era caritativa y se parecía por 
dar consejos y prestar servicios, y en cual- 
quiera circunstancia tenía el tacto singu- 
larísimo de decir la palabra que halaga 
el oído y alegra el corazón, 3^ como, por 
otra parte, nadie sabía mejor que ella or- 
ganizar un baile ó disponer los tiquis mi- 
quis de un velorio, poner unas ventosas 
ó quebrar los agallones, se comprenderá 
el prestigio indiscutible de que gozaba la 
ínclita matrona, no sólo en sus dominios 
sino en el pago entero. 

Ocupó su asiento de costumbre, cruzó 
las manos sobre el redondo bandullo y 
lanzó un suspiro de satisfacción. Á poco. 



10 EL TERRUÑO 

entró una mulatilla con la caldera y el 
mate. Dejó presurosa ambos adminículos 
por tierra y musitó, acercándose á la se- 
ñora con las manos juntas como quien ora 
ó demanda perdón : 

— ¡ La bendición, madrina !... 

- Dios te haga una santita - respondió 
Mamagela besándola en la frente. — Dame 
un cimarrón ligerito y diles á Canora y 
V^ivorí que traigan las bateas: ya vamos 
á cortar el pan. 

Canora y Vivorí eran dos mulatas de 
las muchas que, por temporadas y según los 
tiempos, servían en « El Ombú » por la 
comida y algunos trapitos de regalo. El 
pago de sueldos se oponía á los principios 
económicos de doña Angela. Palabritas 
del miel, buenos consejos, tantos cuantos 
quisieran ; jornales, no : era dinero tirado 
á la calle, según decía, y decía verdad 
porque las pardas lo gastaban estúpida- 
mente en moños y perendengues y no tra- 
bajaban mejor. Mamagela enseñábales, con 
paciencia digna de alto encomio, la car- 
tilla, el catecismo y el manejo de la es- 
coba y el cucharón, y, por añadidura, á 
asearse v vestirse con pulcritud. Las to- 



EL TERRUÑO 11 

maba jóvenes, no después de los veinte 
ni antes de los doce ; así que llegaban á su 
ínsula, hacíales dar un baño de jabón en 
el arroyo, seguido de la consiguiente friega 
de Agua Florida; vestíalas de pies á ca- 
beza, encoi'setaha prolijamente para disci- 
plinarles las desmandadas pulpas, y les 
ponía, sujeto á los hombros, un delantal 
con muchos ringorrangos, y, además, como 
adorno, un lazo celeste en las apretadas 
motas. ^' á punto seguido, de nuevo las 
bautizaba, haciéndoles alguna sabia alte- 
ración en el nombre, que de rústico ó 
desgraciado lo tornaba musical ó poético. 
Así del feo Nicanora había hecho el ar- 
cádico Canora, del espeluznante \^ivorina 
el alegre Vivorí. A cambio de estos ines- 
timables favores, servíanla ellas con fide- 
lidad. A veces, empero, se iban de la 
casa, por ventolera ó tras de algún Don 
Juan de jeta y mota, ó también porque 
el picaro Poroso, que, por haberse criado 
en la casa y no haber visto un peso en 
toda su vida, gozaba de ciertas inmuni- 
dades, las ponía más gruesas de lo qué 
hacía falta... En tales casos, harto fre- 
cuentes, siendo él atropellador y ellas que- 



12 EL TERRUÑO 

rendonas, indignábase dofia Angela 3^ ponía 
al tenorio de bandido y sinvergüenza que 
no había por donde cogerlo ; después, 
comprendiendo acaso las flaquezas de la 
carne pecadora, acomodaba lo mejor que 
podía los preceptos de su quisquillosa mo- 
ral á los hechos consumados y sacaba de 
pila <1 lo que naciera, con lo cual todo el 
mundo quedaba contento y los Forositos 
de ojos celestes como el padre, un pardo 
rubio, iban cundiendo como la mala hierba. 
Sin embargo, saliesen de la casa por una 
raz(5n ú otra, las fugitivas, en los tiempos 
duros, que no tardaban en venir, busca- 
ban siempre la querencia de « El ümbú » 
y el arrimo de Mamagela. Esta las reci- 
bía sin rencor, las sermoneaba un poco 
y todo entraba en sus quicios, por ma- 
nera que nunca le faltaba numerosa y 
barata servidumbre. 

Peg(51e dos buenos chupetones á la bom- 
hilla, muy gorda é historiada, y aseveró 
frunciendo mucho los labios y tragándose 
la mitad de las sílabas, como siempre 
cuando pontificaba: 

— No hny nada como un cimaj'nm p^dr'd 
entonar el estómago. Lástima, Amabí, que 



El. TERRUÑO 13 

hayas perdido la costumbre en Montevi- 
deo. Haces mal. Chocolate, té, café, me- 
junjes del diablo son que valen poco para 
la salud y cuestan caro al bolsillo. Sólo el 
mate pone corriente y conserva la fres- 
cura del cutis. Mírame ú mí, y dime si ha}^ 
alguna madama de por allá que tenga 
estos colores, como no se los ponga con 
bermellón. Apuesto á que tu marido no 
toma mate en la ciudad. Por eso está tan 
enclenque el pobre. 

- ¡ Ave María ! mamá ; no digas eso. 
Temístocles tiene una salud de hierro . . . 
aunque no tome mate. Para él, tan ata- 
reado, el mate es cosa de haraganes, un 
resto de la pereza nacional. 

— Dile que no disparate- replicó Mama- 
gela. — La pereza nacional es levantarse 
á las doce de la mafíana y luego bostezar 
todo el día sobre los Hbros. ¿Qué prove- 
cho saca, como no sea perder la vista \' 
hacerse callos en las asentaderas ? El hom- 
bre no nació para leer, sino para trabajar ; 
la mujer no vino al mundo para ser maes- 
tra de escuela como tú, sino para tener 
hijos como yo, y criarlos, y enseñarles la 
doctrina cristiana, y llenarles la barriguita 



14 El TERRUÑO 

de cosas buenas. La pedagogía no te deja 
tener hijos ni vnvir como Dios manda. Yo 
no quería criarte para el halcón, como mi 
cuñada, tu madrina, que en él se está toda 
la santa tarde ; ni para el pintoresco^ para 
correr, como ella, las calles muy emperi- 
jilada y oliendo á esencias de la China, 
que la voltean á una, sino para cuidar de 
tu casa y vivir contenta con tu maridito y 
tus hijos, comiendo cosas sanas, buenos 
platitos y ricas golosinas hechas en casita 
por tus propias manos. Créeme, hija, fuera 
de eso, todo es artiticio malsano y bam- 
bolla. 

Doña Ángela sentía hacia su ilustre cu- 
ñada y comadre, señora principalísima, 
muy llevada y traída en las crónicas so- 
ciales de la capital, por el atuendo de la 
casa y la elegancia en el vestir, el secreto 
encono de las personas campesinas y po- 
bretonas, hacia sus parientes acaudalados 
y urbanos. La quería y respetaba empero^ 
y aun le estaba agradecidísima por la 
educación que, sin pararse en gastos, le 
había dado á Amabí, teniéndola además 
en la propia casa y cuidándola como á 
hija hasta que se graduó de maestra y 



El TERRirÑO 15 

casó luego, pero eso no era óbice para 
que doña x\ngela, entre chanzas y veras, 
pusiese en solfa siempre que venía á pelo 
los gustos señoriles de la atusada dama y 
le tirase al codillo, porque los tales gustos 
ofendían su criolla llaneza, le irritaban los 
nervios y le resolvían y enojaban el espí- 
ritu, por ser el reverso de los principios 
que ella profesaba sobre el recato de la 
mujer cristiana, el santo ahorro y la moral 
de manga estrecha y pretina ancha. 

Amabilia, sin sacar las manos de la 
masa, volvió la cabeza hacia su madre y 
rompió á reir, mostrando los dientes blan. 
quisimos y la lengua limpia y roja como 
la de un perrito faldero. 

— ¡ Está divina la vieja hoy ! . . . A la 
verdad, mamá, eres impagable. ¡ Cuánto 
tiempo hacía que no escuchaba el sermón 
contra los trapos, el balcón y la vida de 
la ciudad ! Quizá tienes razón — repuso 
poniéndose grave repentinamente, y luego 
tomando á reir : - En lo que no tienes 
razón es en lo del mate. No negarás que 
eso de meter por turno varios personas la 
misma bombilla en la boca, es sucio y 
favorable á la propagación de toda suerte 
de microbios 



16 EL TKRRUxXO 

Mamagela refunfuñó : 

Lo que dices está bueno para allá, 
dado que todos son medio tisiquientos. 
Aquí, en la campafía, nadie tiene micro- 
bios en la boca ... ni en parte ninguna. 
¿Qué te parece P\)roso? ¿Q^^ ^^ parece 
Jua ? 

¡ Cosas de brujos ! - formuló el par- 
do con voz mujeril y como estrangulada 
siempre. 

— Tiene razón el pardo ladino : cosas 
de esos matasanos de médicos son para 
embaucar á la gente y sacarle la plata,— 
aseveró doña Angela, sin poder disimular 
su inveterada tirria hacia todo lo que 
trascendiese á civilización urbana, refina- 
miento de las ciudades y no fuera senci- 
llez campesina, ciencia doméstica 3^ talento 
natural. 

Canora y Mvorí colocaron la batea, 
acabadita de lavar, sobre dos sillas, y á 
punto seguido empezó el corte del pan, 
las tortas y los bizcochos, que luego po- 
nían en aquella y cubrían con una frezada 
para que no se pasmasen. Cada persona 
inventaba, con fantasía más órnenos rego- 
cijada y feliz, una forma especial, que era 



EL TERRUÑO 17 

como SU marca de fábrica. Ese día apa- 
recieron en la batea, con grande alborozo 
de todos, los panes de picos y los bizco- 
chos trenzados de Amabí, ausentes desde 
el casamiento de ésta. Despojándose de 
la gravedad pedagógica, lo cual le iba de 
perlas, los hizo la profesora con desusado 
é íntimo gozo y más primor que nunca, 
cual si pusiera en las curvas graciosas y 
los picos alargados místicamente sus can- 
didas alegrías de la infancia y pasadas 
ensoñaciones de soltera- 
La elaboración de los rosquetes y de- 
más golosinas era tarea sumamente pe- 
liaguda, y en ella sólo intervenían la se- 
ñora y Jua, la cual tenía muy buena mano 
y conocía el punto de la repostería de 
< El Ombú » por haberse criado, como 
Poroso, en la casa materna de doña An- 
gela y respetar, á modo de una religión, 
las tradiciones culinarias de misia Mari- 
quita, que eran, en smna, las tradiciones 
culinarias del convento de Ecija en que 
aquélla se había educado, célebre en toda 
España por la piedad y los alfajores de 
las monjas. 
En medio de tanta actividad, Mamagela 



18 EL TERRUÑO 

estaba en sus glorias. Levantóse del sillón 
y empezó á meter las narices y fisgonear 
en los tachos, vasijas y recipientes alinea- 
dos por Jua en la cabecera de la mesa. 
Sus manos de abadesa, regordetas y con 
hoyuelos, tenían un modo peculiar, rápido 
y gracioso, de batir las cremas, espolvo- 
rear el azúcar y modelar la masa delicada 
de los rosquetes. Y según fuese la calidad 
del esfuerzo que hiciera y el grado de 
atención que éste demandase, su rostro, 
muy movible^ de ojos grandes, saltones y 
brillantes como si hechos fueran de por- 
celana, recorría una verdadera escala de 
expresiones, que iba desde las muecas y 
sacadas de lengua del colegial ornando 
sus mayúsculas, hasta la sonrisa seráfica 
y el pasmo de los bienaventurados. 

— Aquí tienes, Amabí, lo que te conven- 
dría saber y aprovecharía más que todas 
las pedagogías del mundo ... y á tu ma- 
rido también, porque, digas lo que digas, 
está tan entecado el pobrecito que parece 
lo tuvieras á media ración. Compara sus 
huesos pelados con el invente de tu padre : 
el viejo está siempre de matambre arro- 
Ilao, y no creas que es de natural, yo soy 



EL TERRUÑO 19 

quien lo pone así á fuerza de churrasqui- 
tos, golosinas y palabritas de miel. Una 
buena casera, una señora de su casa, sa- 
bedora de lo que trae entre manos, debe 
tener siempre al marido gordo y lucido. 
Con el buche lleno el palomo no busca 
otro palomar ...—Guiñó el ojo y conti- 
nuó: — Y yo estoy viendo que la más pura 
tradición de la familia va á perderse, si 
Dios no lo remedia, porque mis hijas no 
la reciben de mí religiosamente, como yo 
la recibí de tu abuela, y ésta de la mía, 
y la mía de no se qué otra, y así, hasta 
el principio de la creación. Fíjate, fíjate 
todo lo que se perderá — repetía apuntán- 
dole á su hija con una cuchara de palo 
chorreando huevo — por tu poca afición á 
la cocina. 
Con mucha monería respondió Amabí: 
— Te equivocas; en Montevideo hago 
unos platitos y unos postres de chuparse 
los dedos . . . 

—Más fe le tengo al mastuerzo: cuan- 
do saliste de aquí no conocías el punto 
de la masa fina. Y á propósito de pun- 
to, Jua : á esto le falta un poquito de azú- 
car y dos yemitas, y después, ya sabes, 



20 EL TERRUÑO 

duérmete batiendo . . . Tú, Poroso, puedes 
irte á ordeñar; las muchachas concluirán 
el amasijo. No olvides curarle con unto 
sin sal las tetas á la vaca rabona. Yo iré 
por allá. Y tú, Amabí, que tienes pocos 
años y buenos brazos, ayúdame á llevar 
la batea. 

Hizo aún otras recomendaciones, y luego 
madre é hija salieron con la preciosa car- 
ga hacia la cocina, amplia habitación don- 
de se respiraba orden y limpieza, bien al 
contrario de lo que, por regla general, 
acontece en las cocinas rurales: criaderos 
de pulgas, posadas de perros y asilos de 
cosas sucias. Era aquella la sala de invier- 
no de «El Ombú». En las crudas madru- 
gadas, mientras afuera ululaba el viento y 
caía el agua como espesa lluvia de chu- 
zos, allí se reunían patrones y servidores 
á tomar el mate en amorosa compañía. 
El fogón era alto y cobijado en su total 
extensión por la chimenea de cimiplida 
campaña, blanquísima por fuera, negra de 
hollín por dentro. Propiamente, no era 
aquel el clásico fogón criollo, sino una 
cocina de material con sus respectivas hor- 
nallas, pero que conservaba en el medio, 



EL TERRUÑO 21 

como indicio de la forma tradicional, y á 
eso debía el nombre, un grande espacio, 
treinta centímetros más bajo que el resto, 
cubierto enteramente por una parrilla fija 
en la que podía asarse muy á gusto media 
res ó un capón entero. La estancia olía á 
limpieza. Las mesas de pino blanco apa- 
recían como anemiadas y consumidas por 
las caricias ardientes del jabón de potasa 
y del estropajo; las rojas baldosas del 
piso, diríase que conservaban, merced al 
diario fregoteo, el rubor de la original 
pureza ; cacharros, cacerolas, trebejos, res- 
plandecían en los estantes adornados de 
papel y sobre la cornisa de la chimenea 
como los vasos sagrados sobre el altar, 
y eran, en efecto, los vasos sagrados de 
los dioses Lares, y aquel el recinto donde 
ardía el fuego del hogar en un ambiente 
de quietud y amor propicio al culto de 
las virtudes caseras. Sobre todo, las 
honradas ollas de barro, panzudas, hu- 
mildes y discretas, daban la nota íntima 
y familiar, cuasi tierna, reforzada y subi- 
da de punto por el balde de la espumosa 
leche recién ordeñada y «1 cesto de las 
verduras [acabadas de arrancar. Ambas 



22 EL TERRUÑO 

cosas, puestas sobre la mesa, no parecía 
sino que traían á la cocina la placidez 
pastoril de los corrales y el candor del 
huerto. 



II 



Mamagela empuñó la larga y lustrosa 
pala y empezó á meter el pan en el horno. 
Amabí la ayudaba solícita y gozosa. El 
calor ponía en sus mejillas, cubiertas de 
tenue vello, el rojo de los duraznos pelo- 
nes, y en los ojos, húmedo brillo el color 
de la masa, fresca y tierna como las car- 
nes de un infante. Estaba realmente ape- 
titosa. Notándolo, dijo Mamagela: 

— No sabe tu marido lo que se pierde 
esta mañana; pero así es: las cosas bue- 
nas de este mundo no se han hecho para 
los dormilones : el que no madruga no ve 
salir el sol. 

Cuando se encaminaron hacia los corra- 
les, era de día claro. El rocío humedecía 
los opulentos cardos, las borrajas y las 
ociosas yerbas que lujuriantes crecían al- 
rededor de las casas. A lo lejos, el campo 
sah'a de entre las sábanas de la niebla; 



24 EL TERRUÑO 

ésta se levantaba dejando á trechos giro- 
nes de tenues gasas enredadas en las ma- 
tas de pasto. El ganado empezaba á mo- 
verse; los pájaros á trinar. De las pobla- 
ciones que se divisaban en las cuchillas, 
subía al cielo lentamente una columna de 
humo. 
Mamagela exclamó: 

— Da gusto respirar este aire; parece 
que le entrara á una la gloria por los pul- 
mones. 

La hija le pasó el brazo por la cintura 
y la atrajo hacia sí. 

— i No puedes figurarte, mamita, lo con- 
tenta que estoy!... 

— Es porque vuelves á la vida natural. 
Hubo un silencio. 

— Las vacaciones terminarán pronto — 
observó Amabí. 

Las dos se embargaron en sus pensa- 
mientos. Después interrogó Mamagela: 

— ¿ Por qué no dejan la apestosa ciudad 
y salen á la campaña á probar fortuna? 
Tóeles tiene muy cerca de aquí el peda- 
cito de campo que le dejó el bendito de 
su padre. Que lo pueble con una buena 
majadita y algunas vacas, y vivirá gordo 
y contento como un obispo. 



EL TERRUÑO 25 

Amabí recordó que era maestra de se- 
gundo grado y que su marido escribía en 
los periódicos y aspiraba á la diputación. 

— Nosotros tenemos otras ambiciones, 
quizás una misión que cumplir — replicó 
mondando el pecho y con el tono pedagógi- 
co que, despojándola de su acostumbrada 
naturalidad, la convertía en otra é indigesta 
persona. — Tú comprendes, mamá. Temís- 
tocles, ó Tóeles como tú quieres, no puede 
renunciar al porvenir que allí le espera 
en la política y el periodismo. Por mi 
parte, no me he matado estudiando para 
salir á la campaña á criar vacas y ovejas. 
No es por desprecio, no; adoro estas co- 
sas, pero en cuanto á dedicarles mi vida 
entera, ¡ahí no; no tengo el derecho de 
renunciar á... 

— Y ¿qué misión es esa ? — interrumpió 
doña Ángela frunciendo los labios. 

— Él, luchar por los ideales de su par- 
tido; yo, enseñar al que no sabe, ambos, 
hacerles á nuestros compatriotas la li- 
mosna del pan espiritual. 

Doña Ángela rompió á reir como si le 
hicieran cosquillas; Amabí, picada ex- 
clamó. 



26 EL TERRUÑO 

— 1 Ave María I mamá, ¿ es tan risible 
lo que he dicho ? ¿ No es profesor él ? ¿no 
soy maestra yo? 

— Perdona, hija, qué quieres, encuentro 
muy gracioso eso de que ustedes les re- 
partan el pan á los compatriotas como yo 
á las gallinas. ¿ Están seguros que ustedes 
lo tienen y que ellos lo necesitan? ¿No 
les hará más falta ahorrarlo ? Escucha, no 
te soliviantes. La caridad, bien entendida, 
dice en no sé qué parte el Evangelio, ha 
de empezar por uno mismo. Hablas como 
una doctora ; tu marido te ha envenenao, 
pero á mí no me quitan el sueño palabras 
bonitas ni me deslumhran relampagueos... 
Tengo el gaznate demasiado angosto para 
comulgar con ruedas de molino. Te diré : 
no creo en los políticos, ni en los gene- 
rales, ni en los doctores de esta tierra; 
sólo piensan en vivir del presupuesto de la 
nación. A ellos les debemos las contribu- 
ciones y las revoluciones. ¡ Malditos sean ! 
Por otra parte ¿qué quieres que haga tu 
marido con sus retóricas entre esos vivi- 
dores que sólo conocen la gramática parda 
y la aguja de marear? 

Y como Amabí argumentara que sin 



EL TERRUÑO 27 

ideales ni clases dirigentes que los encar- 
nen los países no pueden vivir, menos 
prosperar, repuso la ilustre matrona: 

— No sé qué te diga. Soy una vieja 
ignorante; pero me parece que si todos 
se quedasen en sus casitas y trabajaran, 
este país sería un paraíso. 

En esta interesante plática llegaron al 
gallinero y abrieron las puertas para que 
salieran las gallinas, que de noche queda- 
ban dentro á causa de los zorrillos y las 
comadrejas. Había dos echadas : cumplían 
obstinadamente la delicadísima función de 
empollar, y las levantaron de sus nidos 
para darles de comer y limpiar los hue- 
vos. En una pequeña repartición veíanse 
las que tenían pollitos. El ojo escrutador 
de Mamagela recorrió todos los rincones. 
Era muy ducha en la cría; su gallinero, 
aunque pobre y primitivo, hecho con latas 
y tablas viejas, conservábase libre de pes- 
tes, y daba pollos y huevos todo el año. 
«Y para qué más», decía la patrona, y 
tenía razón. Picoteando aquí allá y remo- 
viendo las alas se desparramaron las ga- 
llinas por el campo. El gallo más hermoso 
y fuerte que iba entre ellas, se plantó en 



28 EL TERRUÍÍO 

una pequeña eminencia, irguió el cuello 
y lanzó á la luz y la libertad el saludo 
de su cocoricó sonoro. 

- i Linda, linda mañanita I — tomó á re- 
petir doña Ángela. — ¡ Parece mentira que 
haya personas tan desprovistas de alma y 
cacumen, que no comprendan esta hermo- 
sura, esta delicia, esta poesía natural! Á 
mí que no me digan : Montevideo no tiene 
tales encantos. Allí la gente no sabe vivir, 
no sabe gozar. Por mi parte, te diré que 
cuando me siento en el corredor, rodeada 
de mis flores y de mis pájaros, y contem- 
plo en los potreros las vacas y las oveji- 
tas rumiando tranquilamente mientras las 
crías retozan con la barríguita llena, y 
pienso que no estoy encinta, ni tengo hijo 
que criar, me paso las horas muertas ba- 
ñándome en agua de rosas y dándole gra- 
cias á Dios por haber sido tan generoso 
conmigo. 

De pasada le dieron un vistazo al sucio 
y nauseabundo chiquero ; detuviéronse un 
instante en el corte de la leña^ donde el 
«Sacristán», el hijo de doña Angela, que 
quería ser cura — el más ladiao de la 
familia, según propia confesión — hacía as- 



EL TERRUÑO 29 

tillas á hachazo limpio, y llegaron al corral. 
Poroso ordeñaba, sentado cómodamente 
en un banquito de ceibo ; la vaca lamía al 
ternero atado á una de sus patas delan- 
teras, el cual tenía el hocico y la frente 
blancos de espuma ; las otras lecheras es- 
peraban su turno rumiando, ya maneadas 
por los hermanos menores de Amabí, que 
llamaban Mador, Mérico, Aní, y, en globo, 
los muchachos, y eran los ayudantes de 
Poroso en las faenas caseras. Amabí, aco- 
metida de repentino contento, se puso rá- 
pidamente las polleras entre las piernas 
y agachóse junto á la vaca recién apo- 
yada para que bajase la leche. 

—La niña ha elegido la que tiene las 
tetas más duras, — observó el mulato. 

— No importa, Poroso; yo no tengo las 
muñecas abiertas como tú. Verás como 
le saco hasta la última gota. 

Dos hilos de blanco licor empezaron á 
caer con fuerza en el balde. 

— ¡Qué ha de tener las muñecas abier- 
tas! Son ardiles de este pardo mañero 
para dejarles á los muchachos las brevas 
más duras de pelar, — argumentó Mama- 
gela, y, por no ser menos imitó á su hija. 



30 EL TERRUÑO 

En el verano, á pesar de su corpulen- 
cia, solía ayudar á Poroso en la orde- 
ñada; no en el invierno, porque á me- 
nudo había que hacerlo bajo la lluvia y 
entre el barro siempre, lo cual resultaba 
harto penoso. 

Con dos buenas y colmadas jarras de 
leche para los guachos, dirigiéronse ma- 
dre é hija á los galpones. Hasta hacía 
poco « El Ombú » sólo había sido pulpería 
6 almacén de campaña; pero por inspi- 
ración de la . patrona, cuyo espíritu in- 
quieto no dormía, complicóse el negocio 
de la noche á la mañana, y tomó otros 
rumbos, con la cría de ovejas merinas 
de pedigree. Largo tiempo y en silencio 
rumió su idea, tomó datos é informes, 
leyó algunos libros que le prestaron é 
hizo repetidas visitas á cierto compadre 
suyo, poseedor de una importante ca- 
bana, en la cual logró colocar a Mador, 
que era precisamente el ahijado de aquél. 
El muchacho le tomó gusto al oficio y 
aprovechó el tiempo. Mamagela, cuando 
lo juzgó convenientemente preparado, hí- 
zole conocer sus ambiciosos planes á Pa- 
pagoyo, no de sopetón sino poco á poco, 



EL TERRUÑO 31 

con mil precauciones, porque la condi- 
ción mansa y timorata del buen nego- 
ciante repugnaba el riesgo y la aventura. 
Con eso y con todo, le pareció que el 
cielo se le caía sobre la cabeza ; encabritóse 
al principio, luego vaciló, después expresó 
algunas dudas, sin gran convencimiento, 
porque la maleante señora, conociéndole 
el flaco, le hacía danzar ante los ojos 
estupendas ganancias, y por último con- 
cluyó, como siempre, por aceptar los pro- 
yectos de su media naranja, que era no 
sólo la voluntad activa, sino también el 
espíritu inventivo de la casa. En las ve- 
ladas de ese invierno memorable, no se 
habló en « El Ombú » de otro asunto. 
A todos apasionaba la descomunal aven- 
tura de la cabañita. Hicieron mil proyec- 
tos, dibujaron planos, discutieron presu- 
puestos y rendimientos, y, á cada instante, 
yerbeando al amor de la lumbre, mientras 
afuera retumbaba el trueno, descubrían 
nuevas perspectivas económicas, horizontes 
encantados, futuras dichas. Hasta los ojos 
turbios y mortecinos de la vieja Jua, se 
llenaban de doradas visiones. 
El robusto realismo de doña Ángela 



32 El TERRUÑO 

dejaba en la reposada mente de ésta poco 
espacio á las ensoñaciones. Mantenía vivo 
sí, quizá por creerlo favorable al cumplido 
éxito de la empresa, el iluso entusiasmo 
V los fantaseos de los otros ; pero ella, por 
su parte, quería precaverse contra todo 
evento, hacer las cosas con pies de plomo, 
y asombraba á Papagoyo y al mismísimo 
Mador con las previsiones de su ciencia 
zootécnica, adquirida no sabían cómo ni 
dónde, cálculos demostrativos y acertadas 
conjeturas sóbrela parte económica de la 
explotación, que era lo que más le intere- 
saba. Por fin, antes de las esquilas, se de- 
cidieron á adquirir cincuenta borregas de 
alto precio para edificar sobre sólida base. 
La intrépida matrona, con la idea de obte- 
ner una rebajita, como así aconteció, fué 
con Mador á elegirlas á la estancia de su 
compadre. Partió muy mañanera en un 
carrito de pértigo, tirado por Aní, jinete 
en el overo barrigón de Papagoyo. Se le 
puso al vehículo un colchón para hacer 
menos duro el traqueteo, y sobre él se 
acomodó lo mejor que pudo Mamagela, 
con la sombrilla en una mano y el aba. 
nico en la otra, porque sufría atrozmente 



hl. THKKUÑ») 3ii 

de los calores. Fué una odisea. El duro 
movimiento del carro y frecuentes barqui- 
nazos en los baches y pasos feos del ca- 
mino, la hacían rebotar como una pelota, 
le molían los huesos, le maceraban las car- 
nes, que luego el sol se plugo en derretir, 
y desacomodaba el corsé y también la 
capola, /lecha en casa, cuyas plumas fue- 
ron quedando por el camino. Pero ella, Á 
pesar de tales malandanzas, no cabía en 
el pellejo de gozo, y cuando hizo su en- 
trada triunfal en el patio de la » Cabana 
Eúskara > y descendi*'» del carro delante 
de la numerosa familia de su compadre, 
que salió á recibirla con cara de pascuas, 
casi se desmaya de emoción venturosa. 

La llegada de las borregas á < El Om- 
bú '> determinó grandes cambios en la vida 
y costumbres de sus moradores. De súbito 
desaparecieron la rusticidad é incuria pri- 
mitivas, y hasta el mismo paisaje varió á 
poco, tomando un aspecto riente, como si 
un hada benigna lo hubiera tocado con su 
varita mágica. Surgieron los galpones para 
abrigar los preciosos animales durante el 
invierno y, sobre todo, en la época de la 
parición ; los potreritos para dividirlos 



'M EL TERRUÑO 

segün conviniera ; los árboles para darles 
refugio y umbráculo contra los soles de 
fuego; los maizales, alfalfares, avenales, 
y, por último, surgió también la torre 
de un molino. En lo moral, la trans- 
formación no fué menos completa, inusi- 
tada actividad rompió desde un comienzo 
la holgazana placidez de antaño. ¡ Con qué 
íntimo gozo, con cuánto amor se afanaron 
chicos y grandes en las obras y tareas 
que impusieron, por la sola virtud de su 
presencia allí, aquellos animalitos, bautiza- 
dos donosamente por doña Angela con el 
nombre, cariñoso y poético, de las rositas 
de « El Ombú » ! Poroso, que servía lo mis- 
mo para un fregado que para un barrido, 
fué el rústico arquitecto de los galpones 
de terrón y techo de paja. Con maña, 
como si en su vida no hubiera hecho otra 
cosa, delineó con piolín y estacas en la 
tierra, la planta de cada galpón, marcando 
bien la anchura de las paredes y las aber- 
turas. Luego, ayudado por los muchachos, 
cortó los terrones, que puestos en seguida 
unos sobre otros con el pasto hacia abajo \^ 
bien unidas las junturas, fueron formando los 
gruesos muros. Mador trajo la paja para 



EL TERRUÑO 35 

el techo del campo de un vecino, y los 
horcones y las tijeras del monte de otro. 
Las alfajías las hicieron de sauce criollo. 
Mientras se elevaban los edificios iba el 
futuro cabañero acarreando el precioso y 
y barato material. Cuando llegó la hora 
peliaguda del quinche^ Poroso no se mos- 
tró menos hábil que en el corte del terrón 
y el levante de las paredes. Con una hor- 
quilla le alcanzaba Mador los mazos de la 
cortante y áspera paja brava, que el ma- 
ñoso pardo disponía convenientemente á 
fin de que no pudiese penetrar el agua y 
y ataba luego á las tijeras con un grueso 
tiento. La construcción de puertas y ven- 
tanas fué obra de Papagoyo, que sabía 
carpintear; la pintura le correspondió á 
Mamagela y las pardas, á las cuales ella 
enseñóles á manejar el pincel como antes 
el cucharón, y los trabajos menudos que- 
daron á cargo de los muchachos, que ade- 
más ayudaban en todo. Durante el mes, 
largo de talle, que duraron las obras, em- 
pezaban el trabajo al venir las barras del 
día y terminaban fatigados, pero gozosos, 
ya bien entrada la noche. El almacén per- 
manecía casi abandonado. Mérico, que 



lyb KL TERRUÑO 

tenía muy buena letra y por eso compartía 
en el negocio las tareas de su padre, es- 
capílbese .1 menudo de detrás del mos- 
trador é iba á echar su manito en la 
obni ; se suspendieron los .imasijos y hasta 
la ordeñada; sólo jua ocupábase en las 
faenas de la casa, desierta todo el día, 
porque para el desayuno, un churrasco 
hecho sobre las brasas, y el frugal al- 
muerzo, cordero al asador con fariña y 
queso de postre, no habían menester de 
manteles ni cubiertos ni de otras ceremo- 
nias que el tajo limpio y la dentellada 
perruna, agrupados todos en cuclillas al- 
rededor del fogón. En cuanto al mate, 
circulaba todo el día, cebado por el Sa- 
cristán. Y cuando todo estuvo concluido 
para alojar dignamente á las cincuenta 
princesitas de sangre real, se efectuó la 
inauguración de la cabana con gran con- 
currencia de vecinos, y hubo asado con 
cuero, gallina rellena, carbonada, choco- 
late, rosquetes, pasteles, vino carlón, li- 
cores y un baile que duró toda la noche 
y terminó en una alborozada procesión á 
los establos, con acompañamiento de acor- 
deones, guitarras, flautas de caña, trom- 



EL TERRUÑO 37 

bones hechos con caronas arrolladas, y 
otros improvisados instrumentos, y en la 
que tomó parte todo el mundo, incluso la 
servidumbre, con Poroso y Jua á la ca- 
beza. Al son de la música entraban por 
una puerta y salían por la otra y volvían 
á entrar y tornaban á salir, entre risas, 
gritos, cantos, y tan hondí) contento que 
á muchos se les llenaban los ojos de lá- 
íírimas. De repente: 

— ¡ Silencio ! — gritó Foroso en medio de 
las borregas — la patrona va á hablar. 

Y absortos, estupefactos, con ganas de 
reir y llorar á una, vieron adelantarse á 
doña Ángela envuelta gallardamente en la 
bandera de la patria. Era un golpe teatral 
que con Foroso había preparado la ma- 
trona en el ma\^or misterio. 

* Queridos amigos nuestros : ~ dijo con 
el rostro transfigurado y en la temblorosa 
diestra una copa llena de vermut, que, por 
su color, era, de los vinos del almacén, el que 
más se asemejaba al champaña - á todos 
les deseo salud y felicidad en este día di- 
choso en que festejamos la obra modesta, 
pero santa, de una familia honrada y tra- 
bajadora. Vamos á criar lindos carneritos 



:38 EL TERRUÑO 

para refinar las majadas, aumentar la la- 
nita de las esquilas y llevar la prosperidad 
.1 todas las estancias ». 

Aplaudieron, y ella, ya completamente 
dueña de sí, risueña, maleante, sin pizca 
de afectación, pero llena de un convenci- 
miento que daba pie á la risa admirativa, 
no á la burla, continuó, subrayando las fra- 
ses con grandes caídas de párpados y ex- 
presivos gestos: 

— «Si esto no es trabajar por el bien de 
la patria, que me emplumen... El progreso 
de nuestro amado país pende del progreso 
de la campaña ; hasta los niños de teta lo 
saben. La campaña, aunque no lo digan 
los doctores, es la vaca lechera de la na- 
ción. Sí, señores: todos nos nutrimos de 
ella, desde el presidente de la República 
hasta el último gaucho. Y bien : mientras 
en las ciudades discursean y tragan viento 
ó papan moscas, ocupémonos nosotros en 
doblarle el vellón á las ovejas y el peso á 
las vacas. Voy á revelarles un secreto que 
no quiero llevarme á la tumba ni podrirme 
con él : los rodeos y las majadas son las 
únicas cosas serias del país ». 

Rieron ; hubo algunos bravos ; Mamagela, 



EL TERRUÑO 39 

muy grave, dejó que pasaran las risas, y 
prosiguió : 

— « Los animalitos ftnos, que nosotros 
criamos con tanto amor, y que á veces los 
bárbaros, con divisa blanca ó con divisa 
roja, sacrifican sin piedad, enriquecen y 
enseñan^ sí, señor, enseñan más cosas úti- 
les que las escuelas mismas. Ciego de na- 
cimiento y redondo como la O es el que 
no lo vea. Fíjense bien en lo que voy á 
decir: á nuestros ranchos no llegan los 
libros, pero llegan los carneros de apre- 
tado vellón, y cuando llegan, todo cambia, 
porque los cuidados prolijos que exigen, 
nos hacen trabajar con más empeño é in- 
teligencia. Por eso, las estancias adelanta- 
das me parecen á mí grandes escuelas 
donde los orientales aprenden lo que les 
hace falta. Quédense allá los magnates co- 
miendo la sopa boba, y déjennos tranqui- 
los en nuestros ranchos trabajando para 
todos ". 

« Acuérdense de lo que les dice una 
pobre mujer sin luces, sin letras-- aquí 
entornó los ojos y sonrió con grande hu- 
mildad, pero á quien el libro de la vida 
ha enseñado á no confundir la puerta con 



40 RL TERRUÑO 

la ventana : la .grandeza del país no saldrá 
de las Cámaras ni de las Universidades, 
sino de los galpones. Parece herejía y no 
lo es. En efecto, iqué vale más: un dis- 
curso de cuarenta horas ó un carnero de 
cuarenta libras ? Lo primero es puro vien- 
to, palabras embusteras que entran por un 
oído y salen por el otro ; humo que va á 
las nubes y deja vacías las manos; lo se- 
gundo es labor, inteligencia, pan en la casa 
del pobre, abundancia en la casa del rico 
y concienc.a tranquila en la casa de todos! 
es también plata en el banco, abono del 
mundo, semilla de prosperidad ; si se echa 
en la tierra brotan las casitas blancas como 
palomas, los rodeos de mil cabezas, los 
ferrocarriles, los palacios, las ciudades, los 
bosques y el bienestar de las familias. 
Que nos dejen trabajar en paz y en gra- 
cia de Dios, es lo único que les pedimos 
á esos sabios fabricadores de guerras, con- 
tribuciones y leyes que sólo sirven para 
espantar los pájaros. ; Viva el trabajo, viva 
la paz, viva la patria ! > 

Este discurso, á pesar de sus cómicos 
asertos y del patriótico pergefio de la ora- 
dora, fué escuchado por el auditorio con 



EL TERRUÑO 41 

grandes muestras de aprobación, quizá no 
tanto por lo que decía, sino por quien lo 
decía y la manera de hacerlo. Por boca 
de doña Angela hablaban la experiencia 
incrédula y socarrona del paisano y el 
buen sentido rural. Las personas allí pre- 
sentes pensaban, en el fondo, como ella, 
y sentían que aquellas palabras, mitad 
chuscas, mitad graves, no eran vientcj, sino 
entrañas vivas de Mamagela, Mamagela en 
acción, cosas vividas, y por eso, aun mo- 
viendo ú risa, convencían y emocionaban. 
Al concluir, la abrazaron y colmaron de 
felicitaciones, y Papagoyo la besó en la 
frente, mientras ella, como echándolo á 
broma, comentaba riendo su propio dis- 
curso, el cual mereció los honores de la 
publicidad en un periodiquín del 1 )urazno, 
fué transcripto \' comentado por un dia- 
rio de la capital, y figuró en los anales de 
la familia con el título de « El discurso del 
Ombú ». 



ÍII 



Á las ocho de la mañana, ya estaba, 
como de costumbre, aseada y emperijilada 
Mamagela, hamacándose dulcemente en 
una mecedora de paja, bajo el alero que 
protegía el corredor. En el cielo raso de 
rejilla hacían nido las golondrinas, y era 
un contento verlas ir y venir trazando en 
el aire vertiginosas zetas. Punto estraté- 
gico: desde aquel rincón grato, cobija 3' 
atalaya, observaba la señora el teje ma- 
neje de su marido en el almacén, el tra- 
jín de los pardos en la cocina, el movi- 
miento de los muchachos en los galpo- 
nes, y, por la ventana que daba al campo, 
extasiábanse sus ojos en el criollo pai- 
saje de los potreritos y las lejanías de 
la propiedad, limitada por un monte de 
árboles indígenas, petizos, espinosos, de 
tronco retorcido y ramaje enredado y su- 
cio como la pelambrera de esos gurís que 



44 EL TERRUÑO 

se crían revolaíndose delante de los ran- 
chos... La disposición de los edificios de- 
jaba entre ellos un espacio libre llamado 
el cuadro, especie de patio en el cual, re- 
vestido de azulejos, veíase el aljibe, y, cu- 
bierto de espesa enredadera, un quiosco 
que resguardaba del sol la amplia pileta 
de lavar. El resto del cuadro ocupábanlo, 
á trechos, dispersos j^rupos de rosales, cla- 
veles y jazmines, y arriates de flores, ya 
en tierra, ya en tarros pintados con alqui- 
trán. 

Allí, gozando de la gracia de Dios, to- 
maba Mamagela la segunda tanda de ma- 
tes, pero esta vez con rosquetes y refino 
de azúcar quemada. Era su habitual des- 
ayuno, y solía prolongarse hasta muy ra- 
yana la hora del almuerzo. Acompañábanla 
por turno en los momentos de huelgo, ora 
Papagoyo, con el cual conversaba de las 
ventas del almacén y, sobre todo, de los 
fiados, que les quitaba el sueño á los dos ; 
ora Mador, con el que departía de ovejas 
y cimeros; ora los muchachos, y cuando 
no tenía quien le diese palique, llamaba á 
Jua y le hacía mil recomendaciones, ó des- 
potricaba con Poroso, que leía los diarios, 
de políticíi \ otros temas graves. 



Kl. TERRINO 45 

Esa mañana hacíale compañía Amabí. 
De vez en cuando ésta se levantaba para 
llevarle un mate á su marido, que leía en 
la cama y se levantaba Á las doce, con 
lírande escándalo de doña Angela. 

Era Tóeles un producto de la Univer- 
sidad, extraño al rústico ambiente de « El 
Ombú ». Usaba quevedos y hablaba siem- 
pre con tono doctoral. La frente dema- 
siado vasta para la cabeza, y la cabeza 
demasiado voluminosa para el tronco, á su 
vez demasiado corpulento para las débiles 
piemecillas que lo sostenían, dábanle la in- 
sana apariencia de un grande feto. Sin em- 
bargo, tan miserable cuerpecillo, flexible y 
nervioso como si hecho fuera de rabos de 
lagartigas, aprisionaba un alma singular, 
llena de fuego sacro y divinas torturas. 
Tóeles ardía en amor de la vida noble y 
esforzada á que se creía destinado por su 
nombre de pila: i Temístocles I De peque- 
ño oyó referir mil veces á su padre, abo- 
gado español, verboso y entusiasta, á quien 
los griegos se le habían subido á la ca. 
beza, las hazañas del gran patricio. No 
heredó el hijo del padre, junto con el en- 
tusiasmo V los arrestos del orador, el fondo 



4() El. TERRUÑO 

gallegote, logrero 3' buscavidas, que llevó 
al abogado sin pleitos á sacar tajada de 
las sociedades filantrópicas ó cosa así, 
fundadas por él á trochemoche en su no- 
ble existencia. Temístocles heredó sólo la 
verbosidad y el lirismo. El glorioso nom- 
bre lo hizo creerse en la niñez de una 
esencia superior á la de los otros morta- 
les, y esta infantil vanidad, gota de agua 
horadando montañas, determinó luego las 
angulosidades de su carácter, exaltado y 
agresivo, y dio pie á la noble ambición 
de ser, en ¿a tacita de plata de la Amé- 
rica latina, lo que Aristóteles, Píndaro y 
Pericles fueron en la inmortal Atenas. 
Para el caso, empezó por componerse una 
cabeza de circunstancias y darse con ar- 
dor, como principio de su apostolado, al 
escalamiento del Pindó sonoro. Mas las 
musas no le dispensaron sino muy ava- 
ramente sus favores, y entonces vinie- 
ron los desencantos y las secretas amar- 
guras sin que por ello desaparecieran 
las fiebres de la imaginación. Nombre 
famoso, testa dantoniana é idealismos or- 
namentales, impidiéronle renunciar á la 
gloría ; lo aguijoneaban cruelmente y pro- 



El. TERRLIVO 47 

dujeron á la postre el patético conflicto 
entre las facultades limitadas y las am- 
biciones desmedidas y, con él, los acer- 
bos dolores de la inteligencia y del or- 
gullo. Empero, Tóeles no se daba á par- 
tido, al contrario, redobló sus dramáticos 
esfuerzos ; quiso apurar todos los jugos del 
saber .1 fin de ponderar y facilitarle la 
salida en el momento psicológico á lo que 
él lleiaba dentro, aunque no supiese bien 
qué era, ni en qué consistía su excelencia, 
y, atiborrándose de abstrusas lecturas, 
ahondó más el espantable abismo que se- 
para la realidad imaginaría de la realidad 
viviente, las ideas de los hechos, é hizo 
completa por este arte su incapacidad 
práctica en los negocios y las aventuras 
corrientes del mundo. Hubiérale hecho 
falta, para refrenar disposiciones quimé- 
ricas y extravagancias de carácter, mucha 
ciencia de la vida, mucho conocimiento de 
su yo ; pero estas cosas sólo se adquieren 
viviendo con las puertas del alma abiertas 
á los ecos de fuera y el oído atento á 
las voces que de dentro salen. Tóeles las 
cerraba sin descender jamás, por otra 
parte, al fondo de sí mismo. Y, natural- 



■4M \U. lEKRUÑU 

mente, sufría las turturas de lo que es ar- 
tificioso, vano é inadecuado á su fin. El 
momento psicológico de la revelación no 
venía ; las trompetas de la fama no so- 
naban. L^urantc mucho tiempo creyóse 
víctima de las esquiveces de la fortu- 
na, de la chatura del medio, del atraso 
de sus cerriles compatriotas. Entonces 
encerróse en su torre de marfil y adop 
tó una actitud donjuanesca. Como acon- 
tecer suele, las especulaciones desinte- 
resadas y los líricos desplantes degene- 
raron en escepticismo, ironía, desdén y 
mal de vivir, tristes floraciones de la into- 
xicación .literaria. Y, caso singular, cuanto 
menos (?xito tenía y menos medraba, más 
se exaltaba su sombrío orgullo y más cul- 
paba (1 la sociedad de no comprenderlo 
ni estimar las altas virtudes que él no 
había probado todavía. Pero desde hacía 
cosa de un año sospechaba la dolorosa 
verdad, esa verdad destructiva que la 
eterna 3' benéfica ilusión oculta cuidado- 
samente ; asaltábanlo de continuo amar- 
gas dudas, esas dudas que son cardos y 
espinas en las praderas del alma. Todas 
las mañanas, al despertar en medio de la 



EL TERRUÑO 49 

bucólica placidez de « El Ombú », se decía : 
« Tengo cerca de cuarenta años y estoy 
al pie de la montaña. ¿Soy lo que creí ó 
sólo un iluso ?, i un vidente ó un tragador 
de viento?, ¿un super- hombre ó un mar- 
chand de marrons?* Y el mate y los famo- 
sos rosquetes le sabían á cuerno quemado. 
Precisamente esa mañana, á las dudas y 
desazones ordinarias añadíanse otros res- 
quemores motivados por un suelto que aca- 
baba de leer, donde se daba cuenta sin co- 
mentarios, como si se tratase de un asunto 
baladí, de la aceptación lisa y llana de su 
renuncia á la presidencia del «Club Liber- 
tad», del que había sido fundador y prin- 
cipal columna. Aquella aceptación descor- 
tés parecíale una nueva ingratitud de sus 
correligionarios, que ya lo habían traicio- 
nado al proclamar á un Juan Lanas cual- 
quiera candidato del club, de su club, á la 
representación nacional. Su bien escrita re- 
nuncia, el documento político en el que 
valientemente le señalaba nuevos rumbos 
al partido^ no mereció siquiera una nota de 
la Comisión directiva. Había para darse 
al diablo, y Temístocles lo hacía concien- 
zudamente. 



50 EL TERRUÑO 

Cuando entró Amabí con el mate, pa- 
sóse la mano por la vasta frente con un 
movimiento rápido y enérgico, signo in- 
equívoco de la tormenta interior, y dijo 
tendiéndole el diario: 

— ¿Sabes lo que son mis amigos? Pues 
bien, ¡son unos reverendísimos puercos! 
Mira la manera innoble de aceptar mi re- 
nuncia. Pero están frescos si creen que me 
voy á quedar con la bofetada, que no es 
bofetada, sino patada de burro ; se las de- 
volveré y con intereses y todo. 

Dióle un formidable mordisco al ros- 
quete que le alcanzó Amabí, y con la gar- 
ganta medio abrasada por el agua del 
mate, continuó: 

— Aceptaré la proclamación de mi can- 
didatura, que me ofrece lanzar un club de 
la oposición, aquí mismo, en el Durazno, y 
pronunciaré un discurso que les va á en- 
cender el pelo. 

Amabí sentóse en el borde de la cama, 
enteramente cubierta de libros y revistas, 
y posó los ojos, grandes, un poco saltones 
y dulces como los de un borrego, en el 
rostro congestionado de su marido. Las 
venas dilatadas llenábanle á Tóeles las sie- 



EL TERRUÑO 51 

nes de prominentes ramificaciones y nudos 
por donde á ella le parecía que circulaban 
en tropel los más altos y pedagógicos pen- 
samientos del mundo. Lo amaba no sólo 
con el manso cariño de la esposa, sino 
con el supersticioso respeto de la discípula 
hacia el maestro que todo lo sabía y todo 
lo explicaba. Con Tóeles había cursado 
filosofía ; ya casada, siempre que él diser- 
taba, y lo hacía á menudo, parecíale á ella 
oir nuevamente las conceptuosas tiradas 
de su antiguo profesor, sobre si la evolu- 
ción era una cadena ó una espiral, la fina- 
lidad sin fin del arte, y la cuádruple raíz 
del principio de la razón suficiente. Aunque 
Amabí, á pesar de la pedagogía, era de 
condición simple y gozadora, sin asomos 
siquiera de las acrímoníns y negruras de 
Tóeles, creíase obligada á compartir ó, por 
lo menos, á comprender las efervescencias 
morales de su marido, y por eso aguan- 
taba las ventoleras y cavilosidades de éste 
con estoica resignación, aunque no sin fa- 
tiga, sin sentir á veces que el suelo le fal- 
taba bajo los pies. Tanto razonar no la de- 
jaba vivir. Tantos intrincados argumentos 
para cumplir los actos más comunes, y el 



52 EL tERRUÑO 

aquel de ponerle á todo sonajas y casca- 
beles metafísicos, la mareaban ; pero no se 
atrevía á decírselo, temiendo irritarlo y que 
la llamase creta ó hraquicéfála^ epítetos 
archidenigrantes que él tenía en la punta 
de la lengua y lanzaba como una excomu- 
nión, y á los cuales temíales ella más que 
al fuego. 

— Y de la obra, ¿nada? — preguntó tími- 
damente. 

— Nada, como si la hubiese tragado la 
tierra — contestó él con mal contenida irri- 
tación. 

Iba ya para cuatro meses que Tóeles 
había dado á la estampa un libro, fruto 
sazonado de graves meditaciones, y los 
artículos, las críticas y noticias bibliográ- 
ficas no parecían. Era una réplica aplas- 
tadora á las despiadadas doctrinas de 
Nietzsche. Contra el poema metafísico del 
filósofo alemán, « Así hablaba Zaratustra », 
lanzó Tóeles el volumen suyo titulado: 
«Así respondió Pérez y González», que 
éste era su apellido. El día en que salió 
á luz el tal volumen, paseóse el flamante 
autor por las principales calles de la ciu- 
dad con el cuerpecillo erguido y la cabeza 



EL TERRUÑO 53 

alta. Allí, en los escaparates de las libre- 
rías, para confundir al Antecristo, estaba 
la obra suya, luciendo la soberbia divisa: 
« Así respondió Pérez y González », y men- 
tira le parecía que tal acontecimiento no 
turbase la calma de la ciudad ni interrum- 
piese el tráfago de los hombres que iban, 
como de costumbre, á sus vulgares aven- 
turas. En los días siguientes aconteció lo 
propio. Los diarios anunciaron el libro 
fríamente, con el desabrido suelto de ca- 
jón, y las personas á quienes se lo envió 
con mayúsculas dedicatorias, luciéronse los 
suecos. Desde entonces, presa de ansias 
mortales, vivía esperando la crítica que 
había de hacerle justicia y demostrar á 
sus compatriotas la miopía que los cegaba, 
y su despertar era triste como el del que 
espera sin confianza : sentía, no bien abría 
los ojos, el pecho como oprimido y en la 
boca del estómago penosa desazón. 

Así que salió su mujer cogió la obra, 
que siempre tenía sobre la mesa de luz, 
y la hojeó un momento, poniéndola luego 
en su sitio con un gesto de disgusto. 
« ¿ Siento verdaderamente lo que escribo 
y vah'a la pena de haberlo escrito ? » — pre- 



54 EL TERRUÑO 

gimtóse. — « ¿ Estoy seguro que esos aforis- 
mos altisonantes son otra cosa que lugares 
comunes del viejo idealismo? ¿He sido 
guiado por éste en la vida ó por la vani- 
dad de parecer tan sólo? ¿Practico los 
altos ideales, las virtudes caballerescas, y 
desprecio los bienes positivos y los hala- 
gos del amor propio, ó todo fué vana acti- 
tud, floreo retórico, parada pura?». 

Dejó caer la cabeza sobre el pecho y 
se puso á pensar, mientras escuchaba, 
como entre sueños, el batir de alas y la 
algarabía pajaresca del corredor y, junta- 
mente, los lejanos ruidos que venían del 
campo : dulce mugir, blando balar, rumor 
de hojas, á las que se unía fraternalmente 
la monótona melopea del peón que araba, 
allí cerquita, acuciando los bueyes con las 
mismas frases, prolongadas á modo de 
largo gemido. Repetía indolente: ¡Vamos 
Carpeeeta ! . . . i vamos Corbaaata ! . . . ¡ siga 
la marrrrcha ! . . . » y había en su voz pro- 
testa y aceptación á la vez del duro des- 
tino del trabajador. De cuando en cuando, 
los horneros que habían hecho nido en las 
cornisas de las ventanas, lanzaban sus no- 
tas potentes y metálicas como las de un 



EL TERRUÑO 55 

tenor. Después reinaban de nuevo los ru- 
mores confusos y las vagas sinfonías de 
los campos. 

Sin grandes esfuerzos convino en que 
había sido sincero, aunque confundiendo 
la puerta con la ventana, como decía Ma- 
magela, el amor de la verdad y del alarde 
heroico con el capricho de las bellas acti- 
tudes y la gárrula palabrería. Y, en un 
acceso de desencanto y humildad, ridícu- 
los le parecieron los desplantes catonianos 
y aquella oratoria suya de brazos abiertos 
y puños cerrados, con la que había obte- 
nido tantos triunfos en las asambleas par- 
tidarias. Pero lo que más le mortificaba 
en aquel instante de depresión moral, era 
el sentimiento, mejor dicho, la certeza evi- 
dente de que al criticar las doctrinas 
nietzsquianas se había inoculado el virus 
ponzoñoso que pretendía destruir: el de- 
mocratismo retórico trocábase en repug- 
nancia real de lo plebeyo, y el esplritua- 
lismo de colegio se iba en humo deján- 
dole el alma ahita de murrias y resque- 
mores. Había cambiado tantas veces de 
idea para poner su conciencia al día, que 
una nueva mudanza lo aterraba. Y de 



56 EL TERRUÑO 

todas veras admiraba la macarrónica mo- 
ral de doña Ángela, que sin empacho ella 
formulaba así: « Estar bien con Dios, no 
vivir á castillas del prójimo y tener el in- 
testino corriente », máximas que entra- 
ñaban, en cierto modo, los deberes reli- 
giosos, los sociales y también los deberes 
para con uno mismo, principalísimos por- 
que si muere el perro se acabó la rabia, 
según decía. El ajustarse escrupulosamente 
á este simple y prosaico evangelio le per- 
mitía vivir tranquila y contenta y cumplir 
valerosamente las sagradas funciones de 
esposa y de madre, mientras que él, Te- 
místocles Pérez y González, con tantos 
intríngulis y ajilimójilis psicológicos^ tantas 
retóricas y metafísicas, vivía lleno de tor- 
turas y no sabía qué hacer. Y daba unos 
suspiros que partían las piedras. 

Después desfilaron por la memoria del 
atribulado soñador, las interminables ca- 
ravanas de las caídas y los amargos de- 
sengaños sufridos en la prosecución de 
ambiciones nebulosas y fugitivas. 

Sobre todo, el recuerdo de las acciones 
tontas llevadas á cabo por él, ardorosa- 
mente, con el soberbio prurito del que da 



EL TERRUÑO 57 

cima y remate á grandes empresas, lo 
humillaba y le hacía ver, con cruel evi- 
dencia, la cómica desproporción entre las 
donjuanescas actitudes que adoptaba y los 
modestísimos actos que cumplía, signo 
cierto de su condición vanidosa. El escep- 
ticismo de la experiencia no había miti- 
gado aún en Tóeles el irrealismo y la 
tontería de la cultura universitaria; hin- 
chaba las cosas de literatura, abultaba la 
importancia de todo lo que hacía y siem- 
pre estaba dispuesto á sacudir la crin ro- 
mántica y adoptar líricos empaques. Re- 
conocíalo á menudo, porque sus facultades 
analíticas eran lúcidas, y, entonces, el des- 
corazonamiento, la vergüenza y la ira los 
señoreaban á una. 

Á la izquierda de la cama había un 
armario de luna. Tóeles tenía el hábito de 
contemplarse en los espejos y sostener 
con su imagen largos diálogos. Esa ma- 
ñana se encontró más viejo y más cabe- 
zón. « Tienes treinta y nueve años, y sin 
llegar á ninguna meta vas perdiendo los 
pelos y las ilusiones. ¿ Qué hice ? ¡ Nada 
útil! ¿Qué puedo hacer? Lo ignoro. ¿Á 
dónde se fueron mis entusiasmos, mis idea- 



58 EL TERRUÑO 

lismos, mis esperanzas? Tu alma, pobre 
diablo, se me antoja una vejiga desinflada. 
Todo era viento, sí; viento tus aspiracio- 
nes superiores, viento tu altruismo de pa- 
rada, viento tus campanudas frases. Como 
á cada quisque te guió el egoísmo, sólo 
que el tuyo, maleado por la literatura, fué 
obtuso ; te hizo dejar el grano por la paja. 
Mientras los otros obraron, tú discurseas- 
te; mientras los otros aceptaron modesta- 
mente las enseñanzas de la realidad, tú 
persististe en los desplantes librescos; mien- 
tras los otros medraron, tú hiciste el des- 
deñoso y ahora te encuentras con las 
manos vacías, los pies fríos y la cabeza 
caliente. ¡Bonito resultado! ¡Ah! ¡cuánto 
envidio el macarrónico evangelio de Ma- 
magela, y cuánto bien me hubiera hecho 
no confundir los molinos con los gigantes, 
las Aldonzas con las Dulcineas, los reba- 
ños con los ejércitos ! » Y pareciéndole 
romanesco en alto grado aquel descon- 
tento de sí mismo, sin poder resistir, ni 
aun en tal ocasión, al amor de las frases, 
terminó recordando á Osear Wilde : « Aho- 
ra sólo me resta la más profunda humil- 
dad». 



EL TERRUÑO 59 

Doña Angela entró con el churrasco 
recién sacado de sobre las brasas. 

— ¡ Aquí está el churrasquito, jugoso 
como breva madura y tierno como bizco- 
chuelo! Pruébelo, y diga que no es biz- 
cochuelo. ;Eh, qué tal, es bizcochuelo ó 
no es bizcochuelo ! ¡ Atrévase á decir que 
no es bizcochuelo ! 

— Está riquísimo . . . 

— Como que es bizcochuelo. xVTuchos así 
te harían falta para curarte el enteque y 
hacerte pelechar. Pulpa gordita, madru- 
gones y meneo: mientras estuvieras aquí 
debías seguir ese tratamiento, y no abrir 
un libro ni escribir una línea. Aire puro, 
sacudirse las pulgas al sol, y trotes y pan- 
zadas de ejercicio para desapolillar los 
huesos ; en una palabra, vida natural ; tú 
no sabes lo milagrera que es. El caballo 
te haría mucho bien. Casualmente, el overo 
rosao de Goyo está pidiendo que le pongan 
el basto. 

Las murrias de Tóeles se disiparon. 
Contra lo que esperaba Amabí, su marido 
hacía muy buenas migas con doña Angela. 
El sanchopancismo y lenguaje pintoresco 
de la buena señora lo divertían y eran 



60 EL TERRUÑO 

bálsamo de sus heridas, triaca de los líri- 
cos males que lo apenaban. Oyéndola dis- 
currir con aquel su sentido práctico, craso, 
pero saludable, le parecía que se apeaba 
de las nubes y ponía las asentaderas en 
el pollino de Sancho. Y á tal punto subía 
su admiración risueña por los discursos de 
doña Ángela, que á veces se repetía escu- 
chándola : « ¡ Cuan consolador sería tenerla 
sentada junto á la cabecera del lecho en 
la hora suprema de la muerte ! » 

Esta inusitada confianza, resultado natu- 
ral, empero, del infalible ascendiente de un 
carácter enterizo sobre otro fluctuante, ins- 
pirósela Mamagela á Tóeles así que se co- 
nocieron, poco antes de las bodas de éste 
con Amabí. Él le dio irrefragable prueba 
de ello al consultarla la víspera del casa- 
miento, sobre un asunto tan delicado como 
escabroso. Ni con los miembros de su fa- 
milia, ni con los amigos habíase atrevido 
Tóeles á franquearse; el hacerlo con la 
futura suegra, cuando apenas la conocía, 
fué el mayor testimonio que pudo darle de 
la alta estima en que tenía su discreción 
y buen juicio. Aconteció que un día, con 
grande misterio. Tóeles le manifestó á 



EL TERRUÑO 61 

doña Angela el deseo de hablar con ella 
á solas. Alborotóse la señora, temiendo 
alguna desgracia ó fatal impedimento que 
aguase la fiesta: inconfesable enfermedad 
del novio, repentina oposición de la fami- 
lia, malos negocios ; pero cuando supo que 
sólo se trataba de estética nupcial^ según 
la expresión de Tóeles, se le quitó un gran 
peso de encima, y diciéndose : «Ahí me las 
den todas», escuchó con perfecta calma. 
El profesor de filosofía habló así: 

— Se trata sólo, doña Ángela, de una 
cosa baladí, casi ridicula á fuerza de ser 
nimia, y que, sin embargo, me llena de 
perplejidades. Yo, señora, no soy lo que 
se llama, con galicismo evidente, un hom- 
bre de mundo ; he vivido quemándome las 
pestañas sobre los libros, en la austera y 
casta soledad de mi gabinete, é ignoro 
ciertas prácticas, ciertos detalles, insignifi- 
cantes en sí, pero que tratándose de la 
noche de bodas, pueden tener, y segura- 
mente tienen, capital importancia. Necedad 
sería despreciarlos. Aunque poco ducho 
en materia de faldas y galanteos, no se 
me oculta que una impresión desagra- 
dable, un pequeño desencanto de la no- 



62 EL TERRUÑO 

via, empaña á veces y pone en peligro 
la dicha del matrimonio. ¡ Es tan frágil 
el alma de una niña, y tan vidrioso eso 
de la doncellez!... Y yo, como me caso, 
no así como así, sino para trabajar por 
la especie y cumplir los más altos des- 
tinos del hombre, quiero estar en todos 
los toques y no cometer torpezas que 
podrían ser fatales. Quizá le parezca in- 
oportuno y poco hábil el que me dirija 
á usted en este delicado asunto, siendo, 
como es, la madre de la novia; pero 
qué quiere, doña Ángela ; su carácter 
abierto y buen sentido me inspiran grande 
confianza. Además, si por exceso de escrú- 
pulos cometo alguna sandez, quedará en 
la familia; ya sabe usted aquello de que 
los trapitos sucios han de lavarse en 
casa . . . Por otra parte, usted conoce los 
gustos de Amabilia, y mejor que nadie 
podra sacarme de apuros, que apuros son, 
no se lo oculto, los que estoy pasando. 

Y como aquí se le trabase la lengua y 
no diese pie con bola, ella, creyendo adi- 
vinar la causa de tantas atribulaciones, 
quiso allanarle el camino é insinuó, ma- 
ternalmente : 



EL TERRUÑO 63 

— Hijo mío, en estas cosas, que son muy 
delicadas, en efecto, lo prudente, siendo 
tú medio chapetón, es que te dejes de re- 
tóricas y te abandones al instinto natural. 
Pierde cuidado, él te sacará en ancas de 
esos apuros que dices. 

Tóeles poniéndose como la grana y 
ofendido hasta los tuétanos en su amor 
propio masculino por el concepto de bisoño 
en que doña Ángela lo tenía, repuso viva- 
mente : 

— j Oh I no, no es esa vulgar experiencia 
lo que me hace falta. Soy un hombre en 
todos sentidos y... en fin. Aludía á un 
simple detalle de indumentaria en la cual 
no soy muy fuerte que digamos. En pocas 
palabras, yendo al grano como usted 
quiere : no sé lo que es más correcto para 
la noche de bodas, si la camiseta ó el ca- 
misón. 

Mamagela abrió tamaños ojos. 

— La camiseta es más viril — prosiguió 
Tóeles imperturbable, — más cómoda; pero 
el camisón tiene sus partidarios, parece 
cosa de más elegancia y refinamiento. Aña- 
diré que yo siempre usé camiseta, entre 
otras razones, porque con el camisón me 



64 EL TERRUÑO 

hago un lío y no puedo revolverme á 
gusto; pero en tan solemne ocasión dis- 
puesto estoy á cambiar de vestimenta si 
á usted le parece que debo hacerlo así. 

Conteniendo la risa que le retozaba en 
el cuerpo respondió doña Ángela, insi- 
nuante y melosa: 

— No, hijo, no cambies de costumbres: 
caballo que sacan de su trote no tiene 
buen andar. El camisón es cosa mujeril. 
Á mi te diré que me inspira horror. Una 
vez Goyo, de vuelta de la capital, se me 
apeó con uno lleno de colorinches y rin- 
gorrangos, y se lo hice sacar sobre tablas 
porque parecía una abadesa. Amabí te 
encontrará muy bien en camiseta; tú no 
tienes, á Dios gracias, vientre ni joroba 
que ocultar. Además, ella está acostum- 
brada á esa prenda; es la que han lleva- 
do y llevarán siempre, porque no son ma- 
ricas, su padre y sus hermanos. 

Aquí hicieron punto. Siempre que doña 
Ángela recordaba el grave discurso de 
Tóeles y, sobre todo aquello de que se 
casaba para trabajar por la especie, se 
relamía de gusto cual si tuviera mieles 
en los labios. Y desde aquel día, cuando 



EL TERRUÑO ^ 65 

SU yerno se lanzaba A disertar, empleando 
los rebuscados términos con que gustaba 
darles realce y ponerles copete ú las frases, 
en los ojos goyescos de Mamagela brillaba 
una lucecita maliciosa. 

La conversación de marras y otros de- 
talles que observó en los pocos días que 
estuvo en la ciudad, le bastaron para for- 
marse un juicio cabal del carácter, prendas 
morales y defectillos de su yerno. De vuelta 
i\ « El Ombú », al despedirse de Amabí, le 
dijo entre dos suspiros y dos lagrimones: 

-Si quieres ser feliz no contraríes á tu 
marido jamás; sigúele el humor y dale 
cuerda, pero las cuentas de la casa lléva- 
las tú. 



* 



Amabí apareció conduciendo al peoncito 
de Primitivo, el otro yerno de Mamagela. 
IZra aquél un indiecito de piernas arquea- 
das por el uso del caballo y gordos mo- 
fletes, dorados por el sol. Llevaba las 
bombachas arremangadas é iba en mangas 
de camisa y descalzo, pero, eso sí, muy 
limpio y con flamante pañuelo de seda 



66 EL TERRUÑO 

puesto de golilla. Entró con el chambergo 
en la mano y el rebenque de maciza argolla 
3^^ ancha solera, casi más pesado que él, 
colgando de la muñeca. 

<•; Conque tú eres el nuevo peoncito de 
Primitivo ? ¡ vaya un hombre ! ; Cómo te 
llamas ? 

— Dicen que Pedro,— murmuró el chico, 
después de un grande esfuerzo de memo- 
ria, y clavó los ojos obstinadamente en las 
tablas del piso. 

— ¡Caramba !--exclamó riendo Mamage- 
la,- '[dicen no m;ís, no estás seguro? 

— No, señora . . . 

Doña Angela tenía el prurito de cono- 
cer la vida y milagros de todo el mundo 
y no perdía ocasión de tomar lenguas é 
informarse de la condición y manera de 
vivir de los vecinos particularmente, un 
poco por curiosidad y otro poco por lo que 
atañía á los fiados del almacén. Ella era 
la que establecía en un libro especial, bi- 
blia de Papagoyo, el créditf) que le me- 
recía cada uno. 

— \'o nunca te he visto ; ; de dónde eres ; 
quién es tu madre? 

— Soy del Paso de los Toros, pa alia- 



EL TERRUÑO 67 

cito de la estación, casa de la china Bal- 
domera, pues — respondió el indiecito, esta 
vez con lengua expedita. 

Mamagela reflexionó breves instantes, y 
luego pegóse una palmada en la frente. 

— ¡Ah! ya sé; si no conozco otra cosa. 
Hace años solía trabajar aquí, por tempo- 
radas sólo, porque siempre andaba por te- 
ner familia ó con mamón al pie. Deben de 
ser en el rancho una barbaridad de chi- 
cos. ¿Cuántos hermanos tienes? 

El indiecito bajó de nuevo los ojos, va- 
ciló, 3' de repente, como quien ve el cielo 
abierto, dijo : 

— No los he contao... — y sin duda pare- 
ciéndole el interrogatorio sobrado prolijo, 
agregó : — Dice don Primitivo que viene 
mañana á visitarla \' elegir los carneros; 
que se los tenga bien tempranito en los 
bretes. Bueno, adiosito — y se escabulló sin 
mds ceremonias. 

Siguiendo el consejo de Mamagela, Tó- 
eles, que después del churrasco sentíase 
más animoso, se vistió y salió á dar un pa- 
seíto en el overo rosao de Papagoyo. Tan 
gordo y panzón estaba el crédito del co- 
merciante, que la cincha le partía la ba- 



68 EL TERRUÑO 

rriga en dos. Al verlo Tóeles, les explicó 
á doña Angela y «1 Poroso, con grande 
abundancia de i'azones, sacadas de los tra- 
tados de jineta, que no debía apretarse la 
cincha en la barriga, sino en los sobacos. 
i\ lo cual replicó el pardo que si así se hi- 
ciera con la montura nacional, ésta pronto 
se saldría por las orejas. A pesar de la 
ei-udición de Tóeles, cuando llegó el mo- 
mento de montar, tuvo Poroso que ayu- 
darlo porque el bolear la pierna por en- 
cima del recado, sin tocar el anca, no 
estaba en los libros del profesor. Al par- 
tir, su suegra le recomendó: 

— PXi^te en las haciendas del campo; 
verás quó lindas vacas y ovejitas tengo ; 
también ésas son bizcochuelo... 

Pero Tóeles tomó el galope, se engolfó 
en sus pensamientos y galopando andu\o 
dos horas, sin xer ni <>ir nada. 



IV 



Primitivo, con ademán resuelto, quitóse 
el poncho y esparció la vista sobre los 
robustos lomos de los carneros, recién 
entrados á los bretes y todavía jadeantes 
y cubiertos de rocío. X'enían del campo, 
de dormir al raso, y parecían conservar 
en la tupida lana algo de la frescura y 
del misterio de la noche. 

Aun no había salido el soK A lo lejos, 
las finísimas muselinas de la niebla des- 
corríanse como un telón de fondo y deja- 
ban ver en lontananza vagas cuchillas y 
melancólicos ranchos, pobres nidamentas 
humanas, semejantes á nidos de horneros, 
cobijadas siempre bajo el ramaje paternal 
de algún fi'ondoso ombú. Las dispersas 
haciendas animaban el campero paisaje 
con las polícromas notas de sus colores. 
Mugían los toros, balaban las ovejas, re- 
tozaban los corderinos— algunos tan tier- 



70 EL TERRUÑO 

nos y temblorosos, que no parecía sino 
que fuesen hechos de leche cuajada, — y los 
jn^allos dejaban oir sus clarines victoriosos 
allá, detrás de los corrales, de donde en 
aquel instante iban saliendo, seguidas de 
sus crías, las vacas lecheras ya ordeña- 
das, para desfilar poco después por de- 
lante de los bretes, una á una, á la misma 
distancia, en orden monótono y pueril, 
como se repite un chusco motivo de deco- 
ración en los frisos de los dormitorios 
infantiles. 

Primitivo no reparó en la belleza inge- 
nua del viviente cuadro. Admiraba los 
carneros, y los ojos le brillaban de satis- 
facción y codicia bajo las hirsutas cejas. 
« Si yo pudiera, tendría muchos así ¡ cosa 
rica ! . . . pero éste, ¡ ah ! á éste me lo 
llevo ... si Dios quiere », se dijo, y arran- 
cándose de pronto, antes de que los ani- 
males tuviesen tiempo de huir, agarró á 
uno de ellos de la pata. 

Era un hermoso ejemplar. Tenía tupidí- 
simo el vellón, ancho el lomo, amplio el 
pecho y las patas cortas y cubiertas de 
lana hasta las pezuñas. Así le gustaban á 
Primitivo los merinos. Cuidadosamente 



EL TERRUÑO 71 

hundió los torpes dedos en la lana de la 
paleta, lue^ío en la del costillar, después 
en la del cuarto y, por último, arrancan- 
do con hábil y rápido movimiento algu- 
nas briznas del lomo, se puso á exami- 
narlas al través de la luz, grave y silen- 
cioso. 

— Buena iiiccluí y buen i'izo^ — aseveró 
por fin, y dirigiéndose á Papagoyo que lo 
,ob servaba sonriendo plácidamente, pre- 
guntóle : 

— V éste, ;es de los salaos? 

—Sí, no hay más que verlo; es de los 
puros, aunque criado á campo; refugo de 
la cabana; pero ahí hay otros de menos 
precio. 

— No, esta vez vengo con mucho coraje 
y es fácil que si no me asusta me les pue- 
ble á los de aimpanillas, — expuso el pai- 
sano echándose á reír con la risa picares- 
ca y á la vez candida del nifio que celebra 
su propia traxesura. 

El patrón, medio escarranchado sobre la 
batea de curíu*, apuraba á largos sorbos 
el mate que él mismo se cebaba. Tenía la 
caldera junto á sí, y de tiempo en tiempo 
se paseaba con ella en una mano y el 
mate en la otra. 



72 EL TERRUÑO 

Un peoncito muy sucio y andrajoso, 
curaba los carneros picados. Sarnosos real- 
mente, nunca los había en « El Ombú ». 
Por la mechita de lana que despuntaba 
sobre el vellón ó la húmeda huella que 
los animales al rascarse con los dientes 
dejaban en él, reconocía el muchacho á 
los enfermos. Sin apurarse poco ni mucho, 
ni salir de su mutismo, ni alzar la vista 
del suelo siquiera, los cogía por los cuer- 
nos y hacicndoles colita con suma grave- 
dad, traíalos d la batea y colocaba sobre 
ella, vertiéndoles luego el remedio en la 
parte dañada, que refregaba después enér- 
gicamente con una rasqueta de cuerno. 
Si hacía falta les cortaba las pezuñas y 
las cascarrias, pasándolos por último, á 
uno de los bretes más chicos, de piso de 
piedra bocha como los otros y cubierto, 
como todos, por el tupido ramaje de los 
tamarindos, que protegían bretes y corra- 
les contra el sol y el viento. 

— Así me gusta, PrimitiAo ; adelante, siem,- 
pre adelante. 

Coligiendo éste que tales palabras pon- 
deraban su ánimo, arguj'ó: 

— Qué le vamos á hacer; hay que cin- 
char: el que no cincha no arrastra. 



EL TERRUÑO 73 

V contento ante la risueña perspectiva 
de adquinr algunos de aquellos lindos pa- 
dres, sintió irresistibles deseos de hablar, 
de abrir el pecho, explicándoles á don Gre- 
gorio y á Mador, acaso para adormir las 
dudas y escrúpulos que le andaban por 
dentro, las ventajas que le reportaría la 
adquisición de buenos reproductores. Siem- 
pre que hacía algún fuerte desembolso, 
creíase obligado á dar explicaciones. Pri- 
mitivo era un hombre bueno y simple. 

Entretanto, Papagoyo examinaba con Ma- 
dor la señal de la pieza elegida. 

— Por ser para ti, te lo dejaré en cua- 
renta —dijo después, volviendo á su batea 
y á su mate. 

El paisano se puso á sacar cuentas. Su 
rostro cuadrado, de frontal estrecho y huí- 
do, nariz corva, labios pulposos y recios 
maxilares, adquirió una expresión cuasi 
inspirada. El diario y encarnizado bregar 
por el mendrugo, sin otras armas que bue- 
nos músculos y (irme \-oluntad, lo había 
hecho prudente y reflexivo. Sin embargo, 
al igual de las damiselas y gentes de fina 
inteligencia, solía ceder voluptuosamente 
á las tentaciones del deseo, pero sólo cuan- 
do se trataba de adquirir. 



74 EL TERRUÑO 

«La lana de cien ovejas», calculó deci- 
dido á convencerse, « pero en la mejora 
de la majada no más ... 3^ en las cnas, 
y algún carnerito que venda » . . . y pasán- 
dose la sofera áe\ arreador por detrás del 
cuello, propuso: 

— Mire, don Gregorio, que es para un 
pobre. Si me los da á treinta y cinco le 
llevo media docena. 

Papagoyo, después de madura retlexi(5n, 
aceptó por tratarse de un miembro de la 
familia, y entonces Primitivo, sin disimu- 
lar su contento, metióse otra vez entre los 
carneros. No sentía los pisotones de las 
hendidas pezuñas, ni los golpes de los re- 
torcidos cuernos de aquellos animales tor- 
pes y asustadizos ; apartabíi á unos con un 
brusco empellón de la rodilla; hundía la 
mano experta en el vellón de otros y exa- 
minaba con ojo inteligente el tipo y las 
arrugas de los que estaban más lejos y 
que no alcanzaba á tocar. V todo ello sin 
cesar de hacer reflexiones de conocedor, 
á las que Papagoyo asentía sonriendo: 

— V^a creo... 

— Es ver d ¿id... 

Los ademanes mesurados del pulpero. 



EL TERRUÑO 75 

las actitudes perezosas, la eterna sonrisa 
que florecía en sus labios, el dormido mi- 
rar y hasta los pantalones, que abrochaba 
por debajo del redondo vientre, todo en él 
respiraba calma, dulzura, beatitud. A pe- 
sar de los sesenta, conservaba el frescor 
del cutis y la expresión candida del ros- 
tro; parecía un niño Dios encanecido. Su 
bondad y pachorra eran proverbiales; su 
falta de memoria también. A menudo ven- 
diera por la mitad del precio los artícu- 
los del almacén, si Mamagela no estu- 
viese á la mira siempre y le refrescase la 
memoria con un tirón de los amplios fondillos 
y la consabida advertencia : « i Goyo, que te 
estás piahmdo /», hecha con mucho retintín. 
Pero, según doña Angela, la seráfica man- 
sedumbre del comerciante era sólo apa- 
rente. Aseguraba que de soltero había sido 
muy tronera y mujeriego, y que aún tenía 
un genio bárbaro . . . cuando se enojaba. 
En prueba de este último aserto, mostrá- 
bales á los amigos la lanza que hacía cen- 
tinela á la cabecera del lecho conyugal, la 
que bien á las claras decía que no todo 
híibía sido evangélica dulzura en la vida 
del pacífico Papagoyo. \', llevada de su 



76 EL TERRUÑO 

inagotable labia, corríase á contar anéc- 
dotas de las verdes mocedades de su señor. 
Éste sonrojábase á veces, otras sonreía de 
amor propio satisfecho, pero nunca protes- 
taba. Inspirábale su mujer cariño y respeto. 
Comprendía que doña Angela era su provi- 
dencia en el negocio como en todo lo demás. 
La pronta y firme decisión de que carecía 
él, le sobraba á ella, y como el resolverse 
por uno ú otro partido se le hacía cuesta 
arriba aún en los casos más triviales, de- 
jaba regularmente que ella lo hiciera, con 
lo cual le daba gusto, evitábase contrarie- 
dades, y todo iba de perillas. Sólo en una 
cosa no se sometía á la autoridad, por ve- 
ces despótica, de la patrona, ni toleraba 
siquiera que le diese su opinión ni se in- 
miscuyese en nada de lo tocante á aqué- 
lla : en la pesca. Ahí no admitía más pa- 
recer que el suyo, y si le tocaban las 
cañas ó los aparejos, poníase hecho una 
furia. Desde tiempo inmemorial, pescaba 
casi todos los días, \' hasta en la guerra 
en que sirvió por seguir á los amigos, 
cuando andaba por esas cuchillas de Dios 
con lanza y divisa blanca, no dejó de sa- 
tisfacer su deporte predilecto. En las pe- 



El. TERRUÑO 77 

nosísimas marchas de los ejércitos revo- 
lucionarios, casi ú la vista del enemigo, 
que les pisaba los talones, solía Papagoyo 
apearse de la transida montura y echar el 
anzuelo al agua, atándolo previamente en 
el regat(')n de la lanza, que así era ya 
arma homicida, ya caña de pescar. 

Apenas Primitivo terminó de elegir los 
carneros, aunque tenía cuenta abierta en 
el almacén y cimentado crédito, dispüsose 
íí pagar. Abrigaba temores, tan bueno le 
parecía el negocio, de que sobreviniese 
doña Angela y lo desbaratase. Estaba 
contento, muy contento. « Ahora sí voy ú 
adelantar rápido ", díjose al tiempo de 
ralear el cinto, y. no obstante su alegría, 
sintió supersticiosa inquietud, y un cuerpo 
obscuro como el ala de un cuervo, le 
pasó por los ojos. 

Camino de la casa, al atravesar los gal- 
pones, encontraron .1 Mamagela y Amabí, 
ocupadas en la amorosa tarea de darles 
de mamar á los guachos. Desde la memo- 
rable fundación de la cabana, la patrona 
reservóse para sí aquel delicado come- 
tido, que cumplía con solicitud maternal. 
En el rabo de uii mate voluminoso había 



78 EL TERKUXO 

adaptado la industriosa mujer un pezón 
de goma, con lo cual quedaba convertida 
la nacional calabaza en pintiparada ma- 
madera. V rpara que más? Los guachos 
se prendían á ella con el mismo afán que 
á la teta de la madre. 

— Mientras les doy de mamar— decía en 
aquel momento xVíamagela, en cuclillas y 
rodeada de tiernos corderinos,- -viéndolos 
tirar de la teta como á ti y á tus herma- 
nos cuando los criaba á mis pechos, que 
Dios me condene si no se me antoja á 
menudo que me baja la leche . . . 

Papagoyo, Mador y Primitivo se acer- 
caron á ella, y este último la saludó afable 
y respetuoso. Mamagela lo había sacado 
de pila y prohijado luego en su orfandad. 
Era, pues, dos veces su hijo, una por te- 
nerlo ella en los brazos al recibir el crisma 
bautismal, otra como yerno. Primitivo no 
olvidaba lo que le debía. Junto á ella, 
amén de desasnarse, aprendió á ser lim- 
pio, económico y trabajador. V por más 
que todo ello fué á fuerza de coscorrones, 
porque doña Angela tenía el genio pronto 
y la mano expedita, no dejaba de reco- 
nocer el beneficio. La quería de la entraña. 



lil. TERRUÑO 79 

aunque con afecto tímido y reconcentrado. 
No obstante andar rayano en los treinta, 
seguía pidiéndole hi hendici(')n como de pe- 
quefío. 

¿Y cómo es eso, tu mujer no viene? 

— Sí, señora, viene más atrás, yo me ade- 
lante^ para apartar los carneros. Luego 
mostrando la doble hilera de sus dientes? 
chatos y amarillentos cornea viejas teclas, 
añadió: — ¡Que los cumpla muy felices! 

\' en comitÍAíi, charland(j y haciendo 
inteligentes reflexiones sobre la calidad de 
los animales, empezaron á recorrer las 
diversas reparticiones de la cabana. Ala- 
magela mostraba la producción de « El 
Ombú > rebosando orgullo, y Primitivo se 
llevaba las gordas manazas á la cabeza 
en señal de admiración. Delante de las 
borregas, premiadas en las últimas expo- 
siciones, y los carneros preparados para 
la venta, se detuvo embebecido; y sus 
ojos, cu\'o mirar firme era como un golpe 
de maza, brillaban tiernos y codiciosos. 

^ ¡ Qué arrugas ! ¡ qué lana de animales ! 
i Bendito sea Dios; si da gloria mirarlos! 

— ¡El vellón de éstos pesa y no brinca f 
— observó Papagoyo, que iba detrás de 



80 El. TERKUÑO 

todos, sin abandonar la caldera ni el mate. 
Mamagela, aprovechando la coyuntura 
que se le ofrecía de cc)locar el artículo, 
dijo: 

— Un par de carneros así te harían falta 
para adelantar pronto. Debías formar una 
majadita tipo, y de ella sacar los padres 
que necesitaras para las majadas genera- 
les; así no tendnas que comprarlos, y te 
saldiian más en cuenta. Quítale la manta 
íl ése, Mador. -{Qué tal? ¡ >hra ^wCi corba- 
tas, tiene en el pescuezo! ¡qué arrugasen 
las costillas! ¡qué galletas en el anca, y 
qué lana!... Es crema fina. Anímate á me- 
terle el diente. Me gustaría que tan pre- 
cioso animal no saliese de la familia. 

Ganas no le faltaban ;í Primitivo; se re- 
lamía de gusto ; pero recordando l(js rumo- 
res de re\'olución que corrían, reportóse 
y su rostro se entenebreció repentina- 
mente. 

— Le tengo miedo ;í las revueltas; ;será 
cierto que por Cuadra andan agarrando 
gente y arreando caballadas? ¡ Cuándo nos 
dejarán tranquilos! 

Era el grito desesperado de los estan- 
cieros, víctimas de las agitaciones políti- 



EL TERRUÑO 81 

cas y los desmanes de las hordas parti- 
darias. De tiempo en tiempo, éstas pasaban 
por la campaña como trombas de infor- 
tunio y desolación. Los rurales vivían tem- 
blando. Periódicamente, el país entero se 
agitaba en hondas convulsiones; los gau- 
chos huían á los montes, emigraban del 
país, después de haber liquidado á vil pre- 
cio vacas y ovejas, ó engrosaban las filas 
revolucionarias, la mayor parte de las ve- 
ces, no por ardiente partidismo, sino para 
escapar á las levas del gobierno ; la labor 
nacional se interrumpía; á las efervescen- 
cias políticas seguía el tumulto de las ar- 
mas, y empezaban, las incursiones de los 
bárbaros con divisa blanca ó con divisa 
roja. Los ejércitos, las huestes vandálicas, 
eran como mangas de langosta que lo 
asolaban todo: llevábanse los hombres y 
los caballos, destruían los alambrados, que- 
maban los montes, diezmaban las hacien- 
das. El respeto de la vida y la propiedad, 
fundamento y sostén hasta de las más 
precarias civilizaciones, desaparecía, y en 
un desate de instintos feroces todo tornaba 
á la barbarie. Tal era el precipitado de la 
política nacional, política de sablazos y 



82 EL TERRUÑO 

discursos, grotesta política de analfabetos 
y leguleyos. La eterna querella de los par- 
tidos tradicionales, ó mejor dicho, la lucha 
de ambos por el Poder y la privanza, bien 
que idealismos ornamentales la disfrazasen, 
no tenía otra solución que la guerra civil, 
fruto indigesto del árbol democrático cre- 
cido en yermas tierras ideológicas y no 
disciplinado por la mano dura de la grande 
razón. Según aseguraban los gerifaltes de 
la cosa pública en muy peinados y con- 
ceptuosos discursos, la guerra era necesa- 
ria para salvar los principios, las libertades, 
los derechos y organizar constitucional- 
mente la vida de la nación. Entretanto, 
empezaban por arruinarla y ponerla 
en peligro de muerte. Mas, caso pere- 
grino y gracioso : á pesar del trasno- 
chado racionalismo de los doctores y las 
truculencias caudillescas, el país prospe- 
raba, gracias á que las energías produc- 
toras y la evolución de los intereses iban 
estableciendo las eternas jerarquías y el 
orden supremo allí donde los políticos po- 
nían sólo farragosa confusión. 



EL TERRUÑO 83 



* 
* * 



En el atisbadero de Mamagela formóse 
animada tertulia. Circuló el mate amargo 
y también el dulce, y no faltaron los bu- 
ñuelos recién sacaditos de la sartén, amén 
de rosquetes y bizcochos. 

— El Gobierno tiene la culpa de lo que 
sucede: si repartiera las diputaciones, las 
jefaturas y los puestos públicos con equi- 
dad entre blancos y colorados y les diese 
á todos una parte en la pitanza, se acaba- 
ban las revoluciones, — argu3^ó doña Ángela, 
cruzando las manos sobre el vientre. 

Siguiendo el hilo de sus preocupaciones 
habituales y como para asentir á lo que 
aseguraba doña Ángela, dijo el paisano: 

—Debían arreglar los caminos. 

—¿Están feos? 

— ¡ Feazos ! . . . 

Luego preguntó Papagoyo: 

— Y ¿ qué te parece, Primitivo, lloverá ó 
no lloverá ? Ayer, al entrar el sol, se formó 
una tormentita. . . pero no hubo nada. 

Primitivo levantóse y consultó el cielo; 
Mamagela hizo lo propio y le pegó dos 



84 EL TERRUÑO 

golpecitos al barómetro. Después, suegra 
y yerno cambiaron una mirada descora- 
zonada y tornaron á sentarse. 

— Sin embargo, los manantiales venían 
rei?entando — observó este último. 

— El tiempo anda como maleta de locos 
— afirmó aquélla. 

— Así es — asintió Papagoyo. 
Después de algunos instantes de silen- 
cio, éste volvió á las preguntas. 

— Allá, por tus pagos. ; hay mucha seca ? 
Mucha. 

— ; Y langosta ? 
También. 

¡ Estamos frescos ! — interrumpió Ma- 
magela — y se enredaron en una larga 
plática sobre las tres clases de langosta : 
la voladora, la saltona y la criolla. Des- 
pués hablaron de las esquilas, del precio 
de la lana \' de los capones, del engorde 
tardío de las invernadas y de si el caudillo 
Saravia se levantaría 6 no se levantaría. 
El sol rajaba la tierra, los pastos amari- 
lleaban, las flores desmayábanse en sus 
tallos. El aura que venía de las praderas 
abrasadas, era como el aliento cálido y 
pobre de un enfermo. Los azules crudos 



El FERRUCO 85 

y los blancos lechosos del cielo cegaban, 
y la reverberación de la luz hacía ver los 
objetos cual si metidos estuvieran en una 
redoma de cristal ardiente. Los poros de 
la piel se abrían y por los rostros conges- 
tionados corría el sudor. Algunas gallinas 
buscaron refugio en la sombra de la glo- 
rieta; un perro, cubierto de moscas, dor- 
mía sobre las baldosas del corredor. 

Papagoyo pensaba que las perspectivas 
poco halagüeñas de la Bofra de lanas de- 
terminarían acaso á su yerno á vender 
barato. 

~ ; Va concluíste la esquila ? -- le pre- 
guntó. 

— Ya. 

— r V cuánto pides por tu lanita, al ba- 
rrer ? 

Primitivo mondó el pecho y púsose grave. 

— ; Cuánto me da ? — interrogó á su vez, 
al cabo de algunos instantes, sin sacar la 
bombilla de la boca. 

Papagoyo paseó los ojos dormidos y 
turbios por el suelo, y aseguró, tragán- 
dose las palabras: 

— Estoy pagando treinta y dos reales. 

— Está bueno... es poco — objetó el pai- 



86 EL TERRUÑO 

sano ; ayer me ofrecieron treinta y cinco 
y no quise largar. 

Entonces terciaron en la discusión que si- 
guió, Mamagela, Mador y la propia Amabí. 

Generalmente, no tan animados eran los 
paliques de Primitivo con los suegros. 
Cuando no estaba presente doña Ángela — 
la más campechana y decidora — aunque 
hablase de negocios con Papagoyo, la con- 
versación reducíase á un intercambio de 
cortas preguntas y monosilábicas respues- 
tas. Á ambos se les hacía cuesta arriba 
exteriorizar lo que pensaban^ por apatía 
natural Papagoyo, por torpeza Primitivo, 
además que ninguno de los dos tenía 
rnuchos pensamientos que formular. Cuan- 
do el yerno llegaba á la pulpería, el sue- 
gro, muy comedido, lo hacía entrar al inte- 
rior del almacén por una puertecilla prac- 
ticada en el mostrador — que era de los 
de barrotes de hierro hasta el techo, — lo 
invitaba á tornar asiento y le ofrecía un 
mate. Primitivo colgaba el sombrero por 
el barbijo en el respaldar de la silla; po- 
nía el rebenque de plata en el suelo y 
mateaba en silencio, contemplando distraí- 
damente los artículos de las vidrieras y 



EL TERRUÑO 87 

los recados, botas, pellones y cacharros 
suspendidos de los tirantes. Al cabo de 
las horas mil, decía el pulpero cruzando 
la pierna y como si comentase algún diá- 
logo interrumpido : 

— ¡Sí, señor! . . . 

Á lo cual el yerno respondía en el mis- 
mo tono y haciendo el mismo movimiento: 

— ¡Es verdad! . . . 

Y eso era todo; luego volvían á des- 
cender al pozo obscuro de aquel mutismo 
sin pensamiento ni ensoñación. 

Pero ese día hubo elocuencia de sobra, 
porque Tóeles se incorporó á la tertulia, 
tomó la palabra y disertó con estilo pró- 
digo y brioso sobre ios caudillos y las 
anteriores revoluciones, que llegaban á 
cuarenta y tantas, y los problemas políti- 
cos de actualidad. No obstante su propó- 
sito de ser parco en palabras y ademanes 
y renunciar al prurito vanidoso de hacer- 
se admirar de todo bicho viviente, íbasele 
la muía al prado retórico con harta fre- 
cuencia. No podía remediarlo : la necesi- 
dad fisiológica de extender sus dominios 
espirituales en la conciencia de los otros 
por medio de la palabra, lo enfiebrecía. 



88 EL TERRUÑO 

Primitivo lo escuchaba estupefacto ; jamás 
había oído pieza oratoria tan raudolosa 
ni párrafos tan crespos. El esfuerzo de 
atención que se veía obligado á hacer 
para seguir el vuelo mental de Tóeles, la 
abundancia de ideas, los puntos de vista 
múltiples lo mareaban, y pronto empezó 
á dar señales de fatiga y aun de sufri- 
miento. Tenía la frente rugada y parpa- 
deaba sin cesar. Papagoyo y Mador admi- 
raban sin comprender; Amabí observaba 
á todos con manifiesta inquietud; sólo 
Mamagela parecía realmente embelesada 
y sonreía más con los ojos que con los 
labios. De vez en cuando, un temblor con- 
vulsivo le agitaba la redonda y jovial panza. 
En tal punto llegó la mujer de Primitivo. 
La recibieron con ruidosas exclamaciones, 
besos y abrazos. En medio de la algarabía 
de voces oíase la de Celedonia, hosca y 
hombruna. La hija mayor de doña Ángela 
era como la caricatura de ésta. Tenía las 
mismas facciones, pero groseramente abul- 
tadas; la misma resolución y voluntad fir- 
me, mas sin maña ni propósito inteligente ; 
el mismo género de gracia, pero sin me- 
sura, fineza, ni don de oportunidad. Así 



EL TERRUÑ(i 89 

resultaba disparatada \ mamarrachesca, 
cuanto doña Angela reflexiva y donosa. 
Cuando reía, desarticulábanse las mandí- 
bulas; cuando hablaba, era como si echase 
á vuelo las campanas. Todo en ella, por 
su condición excesiva, parecía brusco y 
como sacado de quicio : el gesto, el andar, 
los ademanes. El pergeño dejaba también 
mucho que desear. Las polleras se le ba- 
jaban, el corsé se le subía, y nunca pudo 
ponerse prenda que se estuviese queda en 
su sitio. « No caprichea > , decía doña Án- 
gela para disculpar la poca coquetería de 
Celedonia. Lo cierto es que le faltaban las 
gracias de la mujer y le sobraban los arres- 
tos masculinos. En los melindres del bello 
sexo y el emperijilarse quedó siempre muy 
mal parada, pero en las faenas rudas y 
en lo madrugadora dábales cruz y raya á 
todos los de la familia. Nadie tenía la boca 
más descosida y sucia que ella, si se le 
iba el santo al cielo; pero nadie tampoco 
le echaba la zancadilla en muñecas firmes 
para tirar de la teta, ni en puños recios 
para dejar como un guante la masa en un 
par de estrujones. Con todo, aquella vi- 
rago, no obstante las apariencias, era muy 



90 EL TERRUÑO 

fundible y tentada de la risa en materia 
de amores. Muchos tuvo de moza que pu- 
sieron en mayúsculos aprietos su honesti- 
dad, porque tan blando tenía el corazón y 
tan poco sabía resistir á las seducciones 
masculinas, que, no bien le hacían algunas 
carantoñas, ya estaba dispuesta á otorgar 
sus favores y acudir á las peligrosas citas 
del maizal. Y de nada servían sermones ni 
vapuleos. Mamagela, que por tal causa 
sufrió muchos dolores de cabeza, explicaba 
el caso diciendo que Celedonia « no podía 
con la naturaleza», y esta consideración 
la determinó á casarla cuanto antes con 
el primero que se presentara, trayendo 
honradas intenciones, que fué Primitivo. 
Es decir, él no se presentó; fué ella quien, 
con mucha maña, empezó á ponderarle las 
virtudes de su hija para el gobierno do- 
méstico y á metérsela por los ojos, desde 
el punto y hora en que, por el número de 
ovejas que esquilaba, dio en la tecla de 
considerar á su antiguo peoncito como un 
excelente partido para aquella muchacha 
que á gritos estaba pidiendo casorio. 

— Creíamos que no llegabas — le dijeron. 

Celedonia explicó lo que le había suce- 
dido. 



EL TERRUÑO 91 

— Rodé y disparó el matungo. Ya se lo 
he dicho á este cristiano : es muy rodador 
el pangaré ; en caminos como la palma de 
la mano clava el pico. ¡Y cómo no, si 
tiene unos porongos así!... 

Primitivo objetó que la culpa no era del 
caballo, sino de Celedonia, que se dormía, 
y al atravesar los pasos feos, dejaba que 
el pangaré viejo se fuera de narices. 

Luego Celedonia habló de sus quehace- 
res. Dijo que los últimos quesos se le 
habían pasmado y que tenía mucho que 
coser, zurcir y remendar. Concluyó ase- 
gurando, tímidamente, que venía resuelta 
á comprar una máquina de coser ; tímida- 
mente, porque doña Ángela era acérrima 
enemiga de ellas. Les imputaba el crimen 
de destruir el espíritu de familia. Y tanta 
era la inquina que les tenía, que allá en 
sus mocedades, y en su pueblo, publicó en 
el periodiquín de la localidad y en colabo- 
ración con doña Mariquita, un artículo que 
se titulaba así : « De la destrucción de la 
familia por la máquina de coser». Sus hi- 
jos le habían oído decir repetidas veces 
con mucho fruncimiento de labios, gestos 
y manoteo: 



92 EL, TERRUÑO 

--«En los buenos tiempos de mi madre, 
que Dios tenga en su santa gloria, los lazos 
de la familia eran más apretados, y ¿por 
qué ? porque no existía la máquina de co- 
ser. Ciego, ñato é incapaz de cristianos 
sacramentos es el que no lo vea. Escuchen 
y se convencerán. Nuestras amigas del 
pueblo venían á casa todas las tardes, 
después de la siesta, con sus almohadillas, 
costuras y enseres de bordar. Micaela Cor- 
tina llegaba la primera, el bastidor debajo 
del brazo. ¡Qué dedos los suyos para el 
crihao, el deshilado y los festones ! La se- 
guían Pepa y Lola Oregón, muy duchas 
en todo lo que fueran jaleas, dulces case- 
ros y golosinas de esas que cuestan poco 
y la dejan á una relamiéndose los labios; 
después llegaban Manga cha l'marán, la 
más oronda y peripuesta, mujer de respeto 
y buen consejo; Patricia Pérez, con sus 
hijas, que bailaban el pericón como dos 
ángeles; Severa Cuenca, de origen anda- 
luz, alegre y picotera, pero muy menti- 
rosa, y, por último, cuando sus muchos 
quehaceres se lo permitían, caía á las re- 
uniones, trajeada con mucha humildad, pero 
también con muchísima limpieza, Juana 



EL TERRUÑO 93 

Pintos, que para bandearse en los malos 
tiempos, solía vender huevos la pobrecita... 
Mujer más buena y honradíi no la ha ha- 
bido bajo el sol. Nos reuníamos en el co- 
medor, y cada una se dedicaba á sus la- 
bores mientras el mate, de boca de plata 
y oro, que cebábamos jua y yo, corda de 
mano en mano. Sobre la mesa se ponían, 
para regalo de todos, bizcochos y rosque- 
tes, y también ^ El Eco Carolino » y « La 
Revista de Ultramar » , que leíamos en voi. 
alta. Á veces le metíamos el diente á las 
primas con que aquella revista obsequiaba 
á los suscriptores, como « La Bella Plate- 
ra ", que tanto nos deleitó; pero, por lo 
general, no había más lectura que la del 
periódico del pueblo, la cual no duraba 
mucho ni nos divertía gran cosa. Comen- 
tábamos lo leído, charlábamos alegremente 
y trabajábamos de lo lindo : sabroso mate 
y rico rosquete, genio alegre y lengua 
viva, puntada larga y buen tirón. Aquello 
era el Paraíso de la familia. Nos desasná- 
bamos y ayudábamos mutuamente ; no ha- 
cíamos nada sin consultarnos ; juntas íba- 
mos á los bailes y á los velorios ; juntas 
llorábamos y juntas reíamos, y así las 



94 EL TERRUÑO 

penas y los trabajos nos afligían menos y 
las alegrías se nos antojaban más gran- 
des. ¿Era eso, sí ó no, apretar y echarle 
nudos potreros á los lazos de la familia? 
Pero, amigo, un buen día aparecieron las 
máquinas de coser, prurrrrm . . . con el 
ruido, imposible hablar ; se desgañitaba 
una y nadie entendía jota: se acabaron 
las reuniones y el holgorio, la buena chu- 
petada y el buen humor, y se acabó la 
familia ". 

Pero en aquella ocasión Mamagela se 
abstuvo de protestar, porque en la pulpe- 
ría se vendían las famosas máquinas de 
coser. 

Pasaron al comedor, que se conservaba 
cerrado y á obscuras para que no entra- 
sen el aire caldeado de fuera ni las mos- 
cas. La sopa humeaba sobre la mesa, 
cubierta de hule blanco; blancas eran las 
paredes con algunos cartelones colgados 
aquí y allá á guisa de adorno; blanco el 
techo. El piso de madera, lavado á diario, 
resplandecía de blancura como el mantel, 
los muros, el techo y los dientes de las 
mulatas, las cuales muy cuadradas, son- 
reían con un lazo celeste en las motas y 



EL TERRUÑO 95 

una blanquísima servilleta al brazo. Oíase 
el tic tac de un reloj de pared. La estan- 
cia estaba fresca y lo parecía más porque 
la fresca y nivea cuajada, en una ancha 
sopera, temblaba sobre el aparador. 



Al tranco, por lomas y por llanos, avan- 
zaba Primitivo hacia su casa, deteniéndose 
de trecho en trecho junto á los arroyos ó 
al pie de las cuchillas para darles respiro 
á los carneros. Con la pierna derecha cru- 
zada sobre el cuello del caballo y echando 
humo por boca y narices, hacía toda suerte 
de alegres planes y dejaba vagar libre la 
imaginación hasta sentir que le produda 
mareos el generoso mosto de la dicha. 

Las ovejas suyas no eran de buen ori- 
gen, pero á fuerza de cuidados había po- 
dido mejorarlas un poco; con la cruza de 
sangre rica que les iba á dar, esperaba 
obtener rápidos progresos. Y sonreía pla- 
centero. Luego se puso á recordar con 
fruición, como quien goza del amor de la 
lumbre después de haber estado al frío 
luengas horas, las penurias pasadas para 
reunir el modesto capitaHto de que era 



98 EL TERRUÑO 

dueño, libertarse de la esclavitud del con- 
chabo y trabajar por su cuenta, i Trabajar 
por su cuenta, ensueño feliz ! Con la vista 
clavada en los rugosos cogotes de los car- 
neros, veíase niño, siguiendo el paso de 
la verde carreta de « El Ombú ». El monó- 
tono rechinar del eje lo hacía doniiir sobre 
el petizo, rodilludo y chueco. \ Cuántas ma- 
ñanas heladas 1 ¡cuántas noches al raso ! 
I cuántas horas hundido hasta la cintura en 
el barro para libertar las atascadas ruedas 
en un paso feo f... Veíase luego garrido 
mozo, trabajando por día en lo que saliera: 
yerras, acarreos de tropas, esquilas; des- 
pués hombre hecho, empleado de puestero 
en la estancia de «Los Tapes», y, por 
último, arrendatario y dueño de una ma- 
jadita, de su majadita, linda y próspera 
gracias á los cuidados cuasi paternales que 
él le prodigaba. Primitivo sabía trabajar. 
Cuando un borrego extraviado de la ma- 
dre amenazaba morirse de hambre y frío, 
cobijábalo debajo del poncho y se lo lle- 
vaba al rancho; allí, al calor del fuego, lo 
hacía revivir dándole frotaciones y leche 
con caña; esta operación la hacía, no por 
azar, sino con frecuencia, y por eso siem- 



KL TERRUÑO 99 

pre andaba en las casas rodeado de una 
buena cantidad de guachos que lo seguían, 
brincando de contento, como antes á la 
madre en la luciente pradera. Primitivo 
los acariciaba, les quitaba los abrojos, 
y por las tardes se iba con ellos á 
la laguna, para regalarlos con el sabroso 
verde de las orillas. Los traviesos anima- 
litos parecían agradecerle esto último so- 
bre todo. Á la vuelta, se le metían por 
entre las piernas, mordíanle las bomba- 
chas 6 le interceptaban el paso, plantán- 
dose delante de él con los grandes ojos 
llenos de luz y alegría. \ Primitivo, vién- 
dolos medrados y lozanos, sentía un goce 
purísimo, plácido y tan hondo, tan hondo, 
que á veces le dilataba el fornido pecho 
del que salía el áspero vello por entre la 
camisa abierta, como una mata de enre- 
dado trébol. Revisando la majada si veía 
algún cordero débil y canijo volteaba á la 
madre para abrirle con un alfiler gordo 
la teta que, de seguro, tenía obstruida ; en 
los temporales, encerraba la majada en los 
bretes; librábase del azote del saguaipé 
y de la lombriz haciéndoles lamer á las 
ovejas en todo tiempo piedras de sal, y 



100 EL TERRUÑO 

en la canícula, cuando la híspida flechilla 
enceguecía los borregos, veíase á Primi- 
tivo pastoreando la majada en las alturas 
ó en las costas de los arroyos limpias de 
pasto alto, y sus corderitos conservábanse 
tan hermosos . . . 

Lo distrajo de sus pensamientos un hom- 
bre que á galope tendido avanzaba hacia 
él. Cuando estuvo cerca : « Es mi herma- 
no, ; qué tripa se le habrá roto ? « pregun- 
tóse, y al verlo tan paquete y presumido, 
reflexionó. « Eso sí : aunque no trabaje y 
ande de agre gao de estancia en estancia, 
nunca le faltará un peso en el cinto, ni 
puñal de plata, ni rico apero mientras que 
yo ... ¿ quién estará en lo cierto ? » y echán- 
dose el sombrero sobre los ojos esperó. 

El hermano de Primitivo era el modelo 
del gaucho taimado y peligroso. Tenía el 
rostro huesudo, aindiado^ sin pelo de bar- 
ba 3^, como el charque^ estirado y seco; 
la mandíbula inferior ancha, al modo de 
los perros de presa, los ojos gitanos y la 
mirada traidora. Á pesar de ello, cuando 
enseñaba los dientes, regulares y blanquí- 
simos, resultaba simpático. Jaime no había 
trabajado nunca y despreciaba á los que 



EL TERRUÑO 101 

lo hacían. A las patas de los caballos, á 
la taba y los naipes solía encomendar su 
suerte cuando no andaba hablando gente 
para la próxima trifulca ú ocupado en 
alguna misión peligrosa. Titulábase capi- 
tán de los blancos, y, entre los suyos, go- 
zaba fama de hombre avispado y de 
pelo en pecho. Á esta reputación debía 
quizá su buena fortuna con las mujeres, 
de las cuales se dejaba socorrer sin mayo- 
res, escrúpulos cuando la caprichosa suerte 
le volvía las espaldas en la carpeta. Siem- 
pre vivía avrimao á alguna viuda adine- 
rada, que invariablemente dejaba pobre y 
en cinta. Por lo demás, no era hombre 
que lo achicaran penas y ahogos. Las 
épocas más calamitosas no agotaron los 
expedientes que para vivir tenía, ni hubo 
tiempo, por malo que fuera, que lo des- 
pojase de las pilchas de mozo paseandero, 
ni lo apeara, con reveses, de su altanería 
y presunción. Era enjuto de carnes, alto, 
fino, derecho de piernas, quebrado de cin- 
tura y salido de pechos ; parado adoptaba, 
sin querer, posturas gallardas, casi provo- 
cativas, y parecía á todos, á pesar del 
empaque soberbioso, tan abierto y jovial 



102 EL TERRUÑO 

como reservado y saturnino su hermano. 
Con tales prendas, reputación de travieso 
y gentil apostura, se hacía respetar del 
gauchaje y no dejaba títere con cabeza 
entre el chinerío de rabo alsao, según la 
pintoresca expresión de Mamagela, que 
lo conocía y apreciaba por su picardía y 
talento natural. 

Los hermanos se detestaban; por sus 
venas corría sangre enemiga. El padre de 
Primitivo, vasco pacífico y trabajador, ha- 
bía muerto con el alma llena de odio hacia 
el hombre que le robó traidoramente mu- 
jer y hacienda. Fué éste el padre de Jaime, 
quien, como el hijo, tampoco conoció nunca 
el yugo del trabajo, ni comió pan ganado 
con sudor, y cuya divisa : « Aire puro y 
carne fresca», famosa en los campamen- 
tos, decía sin subterfugios lo que pensaba 
y á lo qué iba á la guerra. Los cachorros 
sacaban las manchas de los progenitores. 
Uno poseía las mansas virtudes de las ra- 
zas domesticadas por la necesidad, el tra- 
bajo y la obediencia; el otro, los hábitos 
del milico en tiempo de guerra, la astucia 
del perseguido matrero y la filosofía del 
gaucho gaucho. Indomable aversión los 



EL TERRUÑO 103 

separaba. De chicos vivieron siempre mo- 
liéndose á golpes. Jaime, querelloso y 
busca pleitos, no dejaba tranquilo á su her- 
mano mayor; éste era muy pacienzudo 
y tolerante, dejábase maltratar, huía al 
campo por no reñir; pero cuando se le 
subía la mostaza á las narices, atropellaba 
con furia de loco, y á puñetazos y coces 
habría acabado con el pendenciero si no 
se lo sacaran de entre las manos. Los azo- 
tes-eran para él, los dulces para el otro. 

« Trae el caballo cansao. . . ¿ qué bus- 
cará este peine ? Como no me pida plata... » 
pensó Primitivo alargándole la punta de 
los dedos. 

Efectivamente, Jaime venía á pedirle di- 
nero para la revolución, próxima á esta- 
llar. Como Primitivo se resistiera, el re- 
voltoso aseguró para amendrentarlo : 

— Á los que no nos ayuden les vamos 
á carnear de lo lindo. 

El paisano no respondió. 

— ¿ No oís r 

— Sí, oigo. 
-;Y?... 

— Nada, á mí me cuesta mucho lo que 
gano para regcüarlo. 



104 EL TERRUÑO 

- Siempre roñoso y chancleta, — mur- 
muró el indio. 

Primitivo hizo un movimiento de cólera 
y miró á su hermano fijamente; luego, 
volviendo los ojos hacia los carneros, ras- 
cóse la cabeza, recogió velas y se puso á 
silvar. 

Jaime sonrió despreciativamente. 

— Al menos préstame tu caballo — repuso 
luego, — el mío está aplastao y me vienen 
persiguiendo. 

Primitivo, sin responder, apeóse y em- 
pezó á desensillar. 

— Adiós, si te pasa algo malo no digas 
que no te avisé, — agregó Jaime al partir. 

Un tanto inquieto siguiólo Primitivo con 
la mirada hasta que jinete y caballo des- 
aparecieron en una vuelta del camino, y 
de nuevo se entretuvo en examinar los 
carneros y compararlos entre sí, « No di- 
gas que no te avisé. . . » ¿ Qué habrá que- 
rido decirme con eso ?, preguntóse algunos 
momentos después, asaltado por la extraña 
inquietud de antes; y volviendo repentina- 
mente á sus reflexiones de ganadero, afir- 
mó : « El más petizo es el mejor » . 

Cuando el sol empezó á apretar de firme, 



EL TERRUÑO 105 

dejó que los cameros se echaran, sacóle 
el freno al caballo para que comiera, y se 
dispuso á asar el churrasquito que traía 
entre los pellones. Hizo con el cuchillo un 
hoyo en la tierra, lo llenó de bosta seca 
y dióle fuego. Una columnita de humo se 
elevó recta y ligera, rematando luego en 
una especie de triple aro ó movible au- 
reola; semejaba la flor de una planta acuá- 
tica meciéndose sobre el esbelto tallo. « Sí, 
no hay duda, el más petizo es el mejor», 
repitióse Primitivo, y sentándose con las 
piernas cruzadas adelante, sacó la taba- 
quera de goma y el librillo de papel Duc. 
En todo lo que abarcaba la vista no se 
veía ninguna población, ningún árbol. El 
campo ondulaba suavemente, reverdecido 
por las fecundas lluvias de la fecunda pri- 
mavera. Sólo allá, muy lejos, rompía la 
regularidad monótona del paisaje vigorosa 
loma donde el verde resplandecía con el 
fuego de los diamantes del Brasil, y á tre- 
chos cambiaba de entonación, haciéndose 
más sombrío ó más claro y luminoso, pasan- 
do de las tintas límpidas de la esmeralda al 
verde lechoso de los cardos, al verde ané- 
mico del caraguatá y de éste á los cam- 



106 EL TERRUÑO 

biantes metálicos del colibrí. Por entre 
opulentos camalotes se alcanzaba á ver la 
plata bruñida de un arroyo. Cuando opaca 
nube interceptaba el sol, la cuchilla y el 
llano languidecían : el verde luciente tor- 
nábase mate y sucio como la cascara de 
la sandía, y la bruñida plata, plata oxidada; 
luego, al resplandecer el astro magno, todo 
parecía verse de nuevo al través de finí- 
simo polvillo de oro. 

Primitivo, absorto en la contemplación 
del viviente cuadro, experimentaba emo- 
ciones tan puras é intensas que parecían 
aumentarle la salud del alma y del cuer- 
po y dilatarle la vida más allá de la vida. 

La existencia dichosa. 

En el alma rústica del paisano brotaban 
ternuras y oraciones de gracias que le hu- 
medecían los ojos. Primitivo era un hom- 
bre ingenuo. « Sí, sí ; todo irá bien. Den- 
tro de poco compraré el campito y haré 
mi casita. . . si Dios quiere. . . " y se echó 
á reír como un tonto. Mas de súbito y sin 
saber porqué las palabras ambagiosas de 
Jaime le cruzaron por la mente, y enton- 
ces la risa se le petrificó en los pulposos 
labios. Los grupos de gauchos que pasa- 



EL TERRUÑO 107 

ban á galope, algunos con caballos de tiro 
ó tropillas por delante, y los alambrados 
cortados que había visto contribuyeron á 
inquietarlo. Aquel afanoso ir y venir de 
gente y arreos de caballadas eran signos 
ciertos de revuelta. Primitivo empezó á 
temer que alguna partida de foragidos le 
quitase el caballo y lo dejara á pie, como 
le había acontecido ya en cierta ocasión. 
Pero no sucedió así, y al atardecer, aun- 
que no sin susto, pudo llegar Á « Los Abro- 
jos », guarida del coronel Pantaleón, el 
caudillo blanco del pago. 

« Los Abrojos » merecían el nombre : 
alrededor de las casas, grupo de edificios 
de material unos, de terrón ó cinc otros, 
dispuestos todos sin orden ni concierto, 
crecían cardos, ortigas, abrojales y espi- 
nosas malezas. La legendaria incuria crio- 
lla reinaba allí, sin atemperante alguno, 
como la suciedad en una toldería de indios. 
Por do quiera veíanse latas despachurra- 
das, alpargatas rotas, huesos dispersos y 
carroñas pudriéndose al sol. En cambio, 
los árboles escaseaban ; sólo había por 
junto dos ombúes, en los que, á falta de 
mejor cobija, hacían noche las gallinas. 



108 EL TERRUÑO 

Contra la costumbre paisana, las pobla- 
ciones, cercadas por hostil alambrado de 
púas y defendidas por media docena de 
bastardos mastines, rabones unos, coludos 
otros, pero todos fieros, se elevaban no 
en las alturas, sino en el bajo, entre el 
arroyo de esquivo monte y la aspereza 
de la sierra, señoreada aquí y allá por 
inhospitalarios talas y espinillos. Al pie 
de dos de ellos, en lo más encumbrado 
de la eminencia, divisábanse, puestos so- 
bre las piedras, algunos ataúdes sórdidos 
y toscos, hechos con tablas sin cepillar; 
guardaban los restos de los leales de Pan- 
taleón, muertos con las armas en la mano 
en los ataques nocturnos, sorpresas y asal- 
tos que había sufrido en otros tiempos la 
madriguera del caudillo. Mientras éste es- 
capaba á uña de caballo y corría á reu- 
nirse á los suyos levantados en armas 
ó en vías de hacerlo, los muchachos de- 
fendían los pasos y á veces morían en la 
contienda. Era la consigna, y la cumplían, 
no ya con bravura y espartana serenidad, 
sino con alarde heroico y criollo desamor 
del pellejo. 
Cuando Primitivo llegó á lo alto de la 



EL TERRUÑO 109 

siniestra cuchilla y pudo divisar el paisaje 
bravio y montuno de «Los Abrojos », con- 
firmóse en las sospechas que lo amedren- 
taban. Detrás del monte vio una gran 
cantidad de caballos pastoreados hasta 
por una veintena de hombres; junto á las 
casas, grupos de gente armada y caballos 
ensillados, y, de trecho en trecho, á lo 
largo de la cuchilla, más hombres aún, 
tendidos en el suelo boca abajo, oteando 
el horizonte. 

—¡Qué fea se está poniendo la cosa! — 
murmuró Primitivo, y siguió avanzando con 
sus carneros hacia las casas. Nadie le in- 
terceptó el paso. 

Sólo, debajo de la enramada, con el ca- 
ballo de la rienda y los brazos cruzados 
sobre el basto, la cabeza apoyada en los 
brazos y el chambergo sobre los ojos, atis- 
bando la sierra, estaba el coronel Panta- 
león. de poncho puesto y espuela calzada. 

Era el coronel uno de los señores feu- 
dales de la campaña, que, de tiempo en 
tiempo, se levantan en armas contra los 
gobiernos constituidos, cuya autoridad no 
reconocían ni aun en la paz. Desde la tur- 
bulenta época del gran Aparicio, había 



lio fil- TERRUÑO 

tomado parte en todas las revoluciones por 
compadrada y salvaje instinto de rebeldía 
contra la ley primero, por compromisos y 
odios partidarios después, y sus cargas de 
lanza, arremangado de brazo y pierna y 
en pelo, marchas fabulosas de cuarenta 
leguas en una noche, y travesura en la 
guerra de recursos, habíanle dado grande 
prestigio entre los criollos de cintillo blan- 
co, y rodeaban su nombre bélico y sonante 
de una aureola de heroísmo gaucho y au- 
toridad cimarrona, la única que el paisa- 
naje, enemigo de la regla urbana, acataba 
de buen grado. 

Como planta indígena del medio criollo, 
poseía Pantaleón las virtudes y los vicios 
que el ambiente producía y corroboraba 
la enjundia charrúa de la raza. Heredero 
legítimo de los caudillos históricos, que en 
el dramático choque entre los principios 
abstractos y los intereses nacionales re- 
presentaron á éstos, como los doctores á 
las doctrinas extranjeras, encarnaba en 
cierto modo, aunque él ni por asomos lo 
sospechase, acaso el indÍAidualismo anár- 
quico del hidalgo, quizá los derechos de la 
pasión y la ley natural del cacique frente 



BL TERRUÑO 111 

á la regla civilizada, tal vez el instinto vi- 
tal y castizo del temiño contra la cultura 
exótica y el racionalismo prestado del go- 
bierno. V al modo de sus antepasados, en 
la anarquía de las pasiones desatadas, era 
un elemento de orden; en los regulares 
casilleros de la vida laboriosa no tenía 
encaje : semejaba bárbaro residuo de otra 
edad, si bien pintoresco y hermoseado por 
la poesííi melancolica.de las cosas llamadas 
á desaparecer . . . Sensaciones dolorosas 
ó vagos presentimientos, le anunciaban 
el término de su reinado y de su raza. 
El ambiente cambiaba ; el gaucho de alma 
potra desaparecía de las estancias junto 
con las boleadoras y el lazo; los ganados 
finos desterraban á los criollos, los gringos 
á los paisanos. Pero al estallar la guerra. . . 
cuando levantaba el poncho como el ca- 
rancho levanta el vuelo, el ojo encendido 
y la garra presta, sentía renacer todos los 
bríos del vivir. Sus instintos ancestrales 
encontraban empleo y cumplida satisfac- 
ción en la pelea y la vida aventurada : los 
toques de clarín le ponían fuego en las 
venas, y la sola vista de su lanza, la más 
formidable que esgrimió brazo de caudillo. 



112 EL TERRUÑO 

lo hacía estremecer de entusiasmo y bra- 
veza. Los ataques, las sorpresas, las fugas 
atravesando á nado arroyos y ríos; las 
marchas y contramarchas á campo tra- 
viesa, sin apearse del transido matungo ni 
de día ni de noche, y, en fin, la existencia 
libre y montaraz despertaban las mañas, 
recursos y defensas del gaucho alsao y 
las pasiones truculentas que el progreso 
del país iba descuajando de las almas. 

Pantaleón poseía la recia complexión y 
la táctica indígena del montonero. Cono- 
cía palmo á palmo la república, y era 
fama que por el olor y el gusto del pasto 
sabía, como el taimado don Frutos, los 
lugares que atravesaba. Podía caminar 
noches enteras sin perder el rumbo, guia- 
do sólo por el instinto animal del baquea- 
no. El hambre y el sueño no le hacían 
mella, ni lo atormentaban los tábanos ni 
los mosquitos; donde quiera dormía con 
el basto ó una piedra por almohada ; cual- 
quier piltrafa de carne medio sancochada 
sobre las brasas y cuando no había tiempo 
entre las caronas^ satisfacía su sobriedad, 
y nunca lo oyeron quejarse del frío, ni 
del calor, ni de las heridas, homéricas 



EL TERRUÑO 113 

heridas de esas que los fieros soldados 
españoles quemaban con pólvora para im- 
pedir que volvieran á abrirse y manasen 
como fuentes. La estatura procer no le 
impedía montar de salto ni cuerpear ágil 
una puñalada ó un lanzazo, y tocante á 
las balas decía, con socarronería gauches- 
ca, que venían con nombre y apellido, y 
que era inútil sacarles el cuerpo. Vigi- 
lante, de imaginación fértil y lleno de tesón, 
era él quien daba primero la voz de alar- 
ma, ó sorprendía el enemigo, ó le copaba 
la caballada, y quien cesaba último las 
persecuciones con un postrer tiro de bo- 
leadoras^ arma temible en sus manos. Y 
mientras duraban las correrías mostrábase 
tan animoso, campechano y decidor, como 
taciturno y díscolo en la paz hurona de 
« Los Abrojos » . No reñnaba el rodeo ni 
curaba la majada. El cuidado de la tropi- 
lla de tordillos, que tenía en todo tiempo 
gordos y aseaditos, constituía casi la única 
ocupación del caudillo en la estancia. Los 
desvasaba prolijamente y tusaba con pri- 
mor, y á menudo hacíalos sudar á fin de 
que estuviesen levantados de barriga y 
prontos . . . como tiro de pistola. De vez 



114 EL TERRUÑO 

en cuando, en las noches de luna sobre 
todo, tañía la guitarra ó íbase á pescar; 
después de la siesta hacía cigarrillos, que 
encabezaba mu}^ diestramente con la uña 
del dedo meñique, larga y encanutada, y 
la mayor parte del tiempo pasábaselo yer- 
beando en la puerta de la cocina, con el 
gacho sobre los ojos y la mirada en el 
suelo, solo, silencioso, torvo. Nadie le diri- 
gía la palabra si él no hablaba primero, 
y hasta los secuaces, que á menudo ve- 
nían á saludarlo, no se atrevían á acer- 
carse á él si antes Pantaleón no los invi- 
taba con el gesto. Y, aun entre ellos, 
hablaba poco y nunca de sus proezas; 
pero les placía oírlos discurrir y de buena 
gana les reía las chanzas. Á todos los tra- 
taba de tú. La hija, gallarda moza, y los 
hombres de confianza, fieles y fieros como 
mastines, constituían la única familia que 
le quedaba al coronel. Había perdido tres 
hijos en la guerra y otros tres, por extraña 
aberración, salieron colorados y vivían 
alejados de su padre. La señora de éste 
murió acabada por las tristezas y los dis- 
gustos de familia. Desde entonces, el cau- 
dillo vestía de riguroso luto. 



EL TERRUÑO 115 

Primitivo lo conocía por haberlo visto 
muchas veces en «ElOmbú». Con el som- 
brero en la mano lo saludó y pidióle per- 
miso para desensillar. Hl asintió sin dig- 
narse volver la vista ni desplegar los labios, 
cuya comisura formaba una línea recta, 
severa, casi cruel. Después, pausadamente, 
quitóse el chambergo, adornóle la copa 
con ancha divisa blanca en la que se leía 
este lema : « Patria para todos » ; montó 
en el pingo de luciente pelo, requirió la 
lanza y adelantóse hacia sus indios^ que 
al verlo de aquella suerte prorrumpieron 
en vivas al coronel y mueras á los salva- 
jes. Entre gritos, adioses á las chinas que 
quedaban en los ranchos, piafar de potros 
y ruido de coscojas y armas, desfilaron al 
trotecito camino del monte. Pantaleón pasó 
impasible y adusto, sin despedirse de su 
hogar con una mirada siquiera. Las caba- 
lladas también se pusieron en movimiento 
del otro lado del arroyo ; grupos armados 
á lanza bajaban de la cuchilla ó salían del 
monte é iban engrosando las filas de la 
horda partidaria en marcha hacia el po- 
niente. Y pronto el horizonte quedó man- 
chado de trágicos puntos negros que poco 



116 EL TERRUÑO 

á poco fueron fundiéndose en la desola- 
ción del crepúsculo. 

Primitivo clavó una estaca en la tierra, 
ató d soga el malacara con el largo ma- 
neador^ que á guisa de pretal y como 
gaucho advertido, llevaba siempre en el 
pescuezo del caballo, y nimbeó hacia la 
cocina. La misma hija del caudillo lo reci- 
bió é invitó á que tomase asiento junto 
al fogón, en una de las cabezas de vaca 
que allí había. Por puro alarde de crio- 
llismo Pantaleón no permitía en su cocina, 
harto criolla aun sin aquel detalle, ningu- 
na otra laya de bancos. Á punto seguido 
la moza le alcanzó el tarro de la yerba, 
en el que había un mate con bombilla de 
metal amarillo y le preguntó por la fa 
milia. 

— Los viejos y los muchachos, siguen 
bien? 

—Todos buenos, para servirla. 

~Y Celedonia, siempre tan guapa? 

—Siempre ... — asintió Primitivo, esqui- 
vando la vista. 

No se encontraba ú sus anchas entre 
mujeres, sobre todo si eran bellas ó reto- 
zonas. Aquella esbelta moza de ojos ater- 



EL TERRUÑO 117 

ciopelados y labios encendidos y húmedos 
como la carne de una breva abierta á 
fuerza de madura, lo cohibía y llenaba de 
singularísima desazón. Cuando topaba con 
ellas en « El Ombú », la sangre se le agol- 
paba en los carrillos y entorpecía la len- 
gua. Ella, que lo había notado lo salu- 
daba sonriendo y como gozándose sin 
maldad, en la confusión del paisano. Flo- 
restana "era la flor del pago. En los bai- 
les distinguíase de las otras, no sólo por 
la descollada estatura y el rostro de her- 
mosura bravia, sino también por el andar 
arrogante y los ademanes desembaraza- 
dos. Tenía fama de ser muy buena, muy 
tratable, aunque imperiosa y de genio 
pronto, y agregaban las crónicas que hasta 
con su padre se las tenía tiesas cuando 
se ofrecía. De hecho las relaciones de pa- 
dre é hija no pecaban de tiernas. La hos- 
quedad de él y la condición orgullosa de 
ella, no dejaban cuajar en el afecto, que 
á pesar de todo se profesaban, delicade- 
zas ni efusiones. Además el caudillo tenía 
por cosa indigna de machos, según su 
propia expresión, toda suerte de blandu- 
ras sentimentales. Cuando se iba de im- 



118 EL TERRUÑO 

proviso á una patriada y dejaba á su hija 
en los ranchos con las chinas del servicio, 
la besaba en la frente, pequeña y recta, 
y le decía, tratándola de usted : 

— Hasta la vuelta, mihijita. Haga ensi- 
llar sobre tablas y vayase á casa de mis 
compadres. Sea dócil y comedida ; 3"a sabe 
que, por ahora, no tiene más padres que 
ellos. 

— Así lo haré, papá — contestaba ella, y 
á punto seguido cerraba armarios y puer- 
tas, montaba á caballo sin que nadie le 
ayudase, y acompañada de un negrazo 
armado hasta los dientes, tomaba el ca- 
mino de « El Ombú ». 

Florestana puso la caldera en el fuego 
y un churrasco sobre las brasas y se sentó 
frente á Primitivo. Éste muy despacio, 
llenó el mate de yerba, introdujo en él la 
bombilla y luego, por romper el silencio, 
que ya se hacía muy embarazoso, dijo sin 
alzar la vista: 

— Parece que tenemos revuelta . . . 

—Así es, Primitivo — contestó Florestana 
con desaliento. 

—En esta tierra no gana uno para sus- 
tos — agregó el paisano. 



EL TERRUÑO 119 

Si eso dice Vd. qué podríamos decir 
nosotros. Papíl vive con las armas en la 
mano y el caballo de la rienda, y yo con 
el jesús en la boca. 

Hizo una breve pausa y luego, entre cu- 
riosa y angustiada, interrogó: 

—Sabe si el comandante Carranca está 
ya sobre las armas? 

—Hace días que andaba agarrando gen- 
te. . . Á. la fecha le va siguiendo el rastro 
á Don Pantaleón. No al ñudo lo tiene el 
gobierno ahí de centinela con orden de 
pegarle al coronel en la cabeza en cuanto 
quiera alearse. Pero á su papá no lo aga- 
rran durmiendo y otra vez se van á sa- 
cudir los trapos — concluyó el paisano, re- 
cordando la enemistad tradicional de los 
dos jefes. 

Florestana permaneció un gran rato abs- 
traída, los ojos clavados en el fogón y el 
pensamiento Dios sabe dónde. 

De pronto pasóse la mano por la frente, 
suspiró hondo y levantándose salió, larga, 
derecha y tiesa como una lanza. 

Cuando el churrasco estuvo á punto, 
Primitivo lo sacó del fuego con la punta 
del cuchillo, le dio dos revolcones en la 



120 EL TERRUÑO 

fariña y se lo engulló en un abrir y cerrar 
de ojos. Luego limpióse las manos en la 
caña de las botas y dirigióse á la enra- 
mada. Los carneros permanecían echados, 
el caballo pastaba dando de tiempo en 
tiempo gozosos resoplidos, las estrellas ti- 
tilaban en la luminosa obscuridad del cielo. 
Primitivo tendió las caronas en el pasto, 
dispuso sobre ellas los espesos cojinillos, 
hizo almohada del basto, poniéndole ade- 
más el sobrepuesto doblado encima para 
mayor regalo, y quitándose las botas con 
espuelas y todo, pero sin desnudarse, se 
acostó arrebujándose luego en el poncho 
de verano. 

De ordinario, se dormía así que cerraba 
los ojos; pero esa noche, el espíritu re- 
vuelto y los nervios alborotados le impi- 
dieron conciliar el sueño. La vivienda del 
caudillo, destacándose sobre la negrura del 
monte, cobraba en las tinieblas invernales 
desolado y temeroso aspecto, que las cla- 
ridades de la luna, cuando brillaba en el 
firmamento, tornaban melancólico y ro- 
mántico. Ésta, en aquel instante, tramon- 
taba la cuchilla. Los grillos repetían incan- 
sables su monótona cantilena; dominando 



EL TERRUÑO 121 

el coro, oíase á veces el estridente graz- 
nido de las lechuzas; millares de bichos 
de luz se encendían y apagaban como di- 
minutos faros en el aire tibio é impreg- 
nado de los olores del trébol seco y el 
pasto en flor. Primitivo contaba las estre- 
llas, pensaba en los carneros, en Panta- 
león, las revoluciones, los encantos de Flo- 
restana, el precio de los novillos y otras 
mil barajadas cosas. A altas horas de la 
noche, un graznido extraño, parecido al 
del chajá, pero menos áspero, salió de la 
espesura del monte. El paisano levantó la 
cabeza y miró hacia las casas. Oyóse otro 
graznido más cercano; la habitación de 
Florestana se iluminó, y poco después una 
sombra se deslizaba contra los muros del 
edificio y detenía junto á la ventana de la 
moza. 



* * 



Al otro día, al llegar á «El Bichadero », 
tuvo Primitivo un gran disgusto : los alam- 
brados habían sido cortados en varias par- 
tes; las puertas del rancho estaban rotas, 
y por aquí y allá, diseminadas, como si 



122 EL TERRUÑO 

hubieran sido perseguidas en la noche, 
veíanse algunos grupos de jadeantes ove- 
jas. « ¡ Ah, Jaime ! ¡ Ah, perro, si no fuera 
por ! . . . » exclamó Primitivo, y después 
de lamentarse y renegar un poco, acomo- 
dó los carneros y atareóse resignadamente 
en componer las puertas y anudar los 
alambres. 



VI 



Mientras el buen paisano luchaba á brazo 
partido con la suerte, y Mamagela seguía 
trayendo pajitas para su hormiguero y 
Pantaleón, como quien cumple un rito, 
cortaba alambrados y volaba puentes, Tó- 
eles, en la capital, se sentía cada vez más 
desorientado y comido por la inquietud. 
La famosa conferencia del Durazno, que, 
al decir de los periódicos locales « fué 
todo un acontecimiento político », á pesar 
de la cosecha de laureles y las amistades 
útiles que le dio pié para contraer, divor- 
ció más á Tóeles de sus correligionarios, 
acreciendo por añadidura la aversión que, 
desde cierto tiempo á aquella parte, le 
inspiraban las asambleas partidarias y las 
agrupaciones de gentes estultas y casi 
analfabetas, hasta el extremo de antojár- 
sele charlatanismo y mojiganga pura, no 
sólo los discursos y los ajetreos electora- 



124 EL TERRUÑO 

les, sino toda acción política, sin excluir 
la gubernamental. 

El acto, patrocinado por el » Club Ri- 
vera», proclamador de la candidatura de 
Tóeles, realizóse en un espacioso local, 
destartalado y polvoriento, que era, según 
las circunstancias, ya teatro, ya cancha de 
pelota, ya salón de reuniones. Las paredes, 
embadurnadas de cal, no lucían ningún 
ornamento ; en cambio, el techado de cinc, 
sin cielo raso ni cosa que lo valiera, de- 
jaba ver las vigas y el maderamen lleno 
de telarañas. Un gran artefacto de latón, 
muy historiado y de mal gusto, en el que 
ardían hasta diez lámparas y triple número 
de velas, colgaba del techo, sobre la tri- 
buna del conferenciante; el resto del re- 
cinto, ocupado por hileras de sillas y ban- 
cos traídos de la escuela, permanecía á 
media luz. En el vacío penumbroso y sór- 
dido, las toses y los carraspeos sonaban 
dolidos como en las iglesias, y el aire 
olía á rancio y á moho. 

En el hotel, algunos minutos antes de 
la hora señalada para la conferencia, á 
tiempo que los improvisados amigotes del 
candidato se lamentaban amargamente de 



EL TERRUÑO 125 

la anarquía del partido, dividido en frac- 
ciones, círculos y camarillas hostiles, em- 
pezó á oirse cada vez más distinto, como 
un rumor de olas que fué creciendo tumul- 
tuoso hasta rematar en descompasado vo- 
cerío. Inquieto, preguntó Tóeles qué sig- 
nificada aquello, y le contestaron con mal 
disimulado orgullo, que era la asamblea 
en marcha hacia el teatro. En efecto, 
dando voces desfilaron por delante del 
hotel, hasta una centena de mozos pue- 
bleros y gauchos de muy varia catadura, 
entre los que iba no poca gente de color. 

— ¿Qué diría usted de esa indiada con 
una lanza en la mano? — exclamó el pre- 
sidente del club ; pero Tóeles, entregado 
á extrañas reñexiones, no supo qué con- 
testar. El entusiasmo brillaba en los ojos 
de todos y el estupor en los suyos. Más 
tarde, al entrar al salón, ya repleto, gritó 
aquel mismo personaje, que era precisa- 
mente el que más se había dolido del 
desorden y la enemistad reinantes entre 
los partidarios: 

— ¡ Viva el partido colorado siempre 
fuerte y unido ! - \o cual hizo fruncir el 
ceño y luego sonreír á Tóeles. Sin em- 
bargo, como los otros, respondió: 



126 EL TERRUÑO 

— ¡ Vivaaa ! . . . — y á punto seguido su- 
bió á la tribuna y empezó á hablar, aun- 
que sin el dominio de sí ni el entusiasmo 
comunicativo de otras veces. 

— Métale bastante ají; es necesario re- 
templar la fibra partidaria, — le habían 
dicho varias veces ; lo recordaba ; pero al 
mismo tiempo sentía que un muro de 
opuestos conceptos, una infinita distancia 
mental lo separaba de aquellos hombres 
de cinto y golilla, contra cuyos cráneos, 
de paredes duras y sin resquicios espiri- 
tuales que dejasen pasar la luz de afuera, 
las sutiles puntas de su raciocinio se em- 
botarían sin penetrar. En balde acudió á 
los recursos histriónicos, la salsa de to- 
mate y los metaforones con que solía con- 
dimentar las tiradas patrioteras ; no entra- 
ba en calor, la fiebre no lo exaltaba: 
juntamente con las frases cálidas por el 
sentido y tibias por la entonación, una 
vocecilla misteriosa y procaz, que le salía 
de los hondones del alma, decíale : « ¡ His- 
trión ! ¡ sacamuelas ! ¡ comediante ! habla, 
habla, miente, miente ; viola tu conciencia 
y traiciona tu pensamiento : no por eso 
has de medrar más; en cambio, te esti- 



EL TERRUÑO 127 

marás menos. Esa turba, esa plebe, ese 
pueblo soberano, al que adulas y despre- 
cias, no siente, ni piensa ni vota; no te 
elegirá jamás, él sólo elige d sus seme- 
jantes^ y tú, aunque te envilezcas para 
ponerte al mismo nivel suyo, mostrarás la 
oreja de lobo y sen'is el enemigo, el ene- 
migo natural del rebaño plebeyo . . . Óyelo 
bien, mentecato : tu alma y el alma de las 
muchedumbres no tienen parentesco ni 
punto de entronque: son cosas distintas, 
antagónicas, irreconciliables ; las turbas te 
inspiran antipatía y les inspiras horror. 
Ó las esclavizas cruelmente ó te aplastan 
sin piedad. Y tú, bufón, en vez de empu- 
fiar el látigo, el único cetro que aqué- 
llas respetan, doblas las rodillas, bajas la 
cerviz y les pides una miserable limosna. 
No tienes perdón de Dios. Lo que estás 
diciendo es falso y falsos tus gestos, ade- 
manes y oratorios arrebatos. Sabes de 
sobra que todo eso de los derechos, las 
libertades y la soberanía popular es pura 
mitología, pintados globos que lanzan al 
aire innobles taumaturgos para atraer á 
las muchedumbres y explotarlas. El gran 
privilegio de la plebe es el de obedecer 



128 EL TERRUÑO 

á los que nacieron para mandarla, lo sabes 
también, y no ignoras tampoco, por gran- 
de que sea tu habitual alucinación, que 
los hechos y héroes que ahora celebras 
son deformaciones y espejismos extrava- 
gantes y utilitarios á una de la óptica 
partidaria, ni se te oculta, finalmente, que 
ese partidismo es el snhstratum de bajos 
intereses y pasiones desmandadas. ; Y para 
vivir en la mentira y hacer de ella tu ali- 
mento estudiaste tanto, te sometiste á tan 
severas disciplinas y juraste rechazar toda 
esclavitud profana ? . . . i Bufón ! i bufón ! 
¡ bufón \...» 

Efectuáronse las elecciones poco des- 
pués; los comisarios y agentes del gobier- 
no, hábiles en chanchullos electorales, in- 
tervinieron y Tóeles sólo obtuvo algunos 
vergonzantes votos. El haber obrado como 
una meretriz, y sobre todo, la inutilidad 
de ello, lo llenó de humillación y despe- 
cho, revolviendo por ende el limo acerbo 
de sus decepciones. Rebosando hiél y 
destilando acíbar decidió, entonces, re- 
nunciar generosamente á la diputación y 
condenarse al ostracismo en la modesta 
casita que habitaba. En aquel humilde re- 



EL TERRUÑO 129 

tiro permanecería entregado al estudio y 
la meditación hasta que la patria lo lla- 
mase. Esta noble actitud lo reconcilió un 
tanto consigo mismo y, andando el tiempo, 
hasta llegó á parecerle lavaje y expiación 
de las pasadas culpas. Además, se dedica- 
ría á la enseñanza y al periodismo, por- 
que, decaído y todo, no podía renunciar á 
ejercer una influencia intelectual entre sus 
conciudadanos, que ésta fué siempre la ge- 
nerosa ambición suya, ó mejor dicho, la 
necesidad inherente á la voluntad de Tó- 
eles, como á toda voluntad humana, de 
extender su imperio de una ú otra manera 
sobre los seres y las cosas del mundo. 

En la biblioteca, hojeando libros, que se 
le caían de las manos, ó embadurnando 
cuartillas, que no concluía, ó divagando en 
alta voz, se pasaba las horas. Una estan- 
tería de pino sin pintar contenía el tesoro 
de los autores predilectos de Tóeles. Los 
muros pintarrajeados de azul y con gran- 
des manchas de humedad, estaban cubier- 
tos de retratos de hombres célebres y lá- 
minas de revistas, amén de una horrible 
oleografía de los Treinta y Tres ; la mesa 
de escribir, cubierta de hule negro y ro- 



130 EL TERRUÑO 

deada de sillas, ocupaba el centro de la 
pieza, y, en los ángulos del frente, tenían 
acomodo y sitio de honor dos viejos sillo- 
nes de caoba aforrados de crin, por los 
que á veces, contando con el desdén filo- 
sófico del maestro, se paseaban las chin- 
ches tranquilamente. 

Amabí partía al colegio muy temprano 
y volvía de él á las seis de la tarde Tó- 
eles no la echaba de menos; lejos de esc, 
sentíase muy á gusto solo y sin oir los 
gritos de su mujer, que tenía la maldita 
costumbre de estudiar en alta voz y pa- 
seándose, con lo cual interrumpía las me- 
ditaciones del filósofo. Además, sentíase 
con el alma rihita de inquina y resenti- 
miento contra ella. Ignoraba la causa, pero 
ya no apetecía comunicarle los vastos pro- 
yectos que acariciaba, ni sentía orgulloso 
placer en explicarle la rasón pura de Kant 
ó la idea de Hegel, y menos se corría á 
descubrirle las procesiones que le andaban 
por dentro. Comprendía, á vuelta de des- 
engaños, que cada criatura es un mundo 
impenetrable para las otras criaturas, y 
que el lenguaje, lejos de ponerlas en co- 
municación, las aisla más, cuando esa co- 



EL TERRUÑO 131 

municación no está preparada de antemano 
por misteriosas afinidades. Sin embargo, 
una noche, requerido por ella, que empe- 
zaba á cargarse y mirar con malos ojos 
las murrias y sobre todo el hiriente mu- 
tismo de Tóeles, dijo él con apesadum- 
brado acento: 

— ¿Por qué no te hablo? ¿por qué no 
te digo lo que me pasa? ¿Acaso lo sé 
yo?... ¿acaso podrías tú comprenderme 
cuando yo mismo no acierto á hacerlo? 
Atravieso un período de dudas, de escep- 
ticismo, de mortal desencanto. Empiezo á 
sospechar que los libros me han robado 
la plata; que es falso lo que creí, que es 
falso lo que amé, y que el idealismo y el 
culto de la razón han hecho de este fraile 
una especie de sonámbulo para quien el 
mundo exterior no existe y que, por lo 
tanto, la suerte condena á perpetua de- 
rrota. ¿Por qué me engañaron? ¿porqué 
mintieron textos y profesores? ¿por qué, 
como obedeciendo á un convenio tácito, 
todo el mundo propala el mismo embuste, 
la misma trapacería, la misma ilusión de- 
formadora? Si ésta fuera provechosa me 
lo explicaría; yo sé que toda verdad es 



132 EL TERRUÑO 

cosa deleznable y sin sentido frente á la 
mentira útil; pero es el caso que la ilusión 
espiritualista nos desorienta, nos llena los 
ojos de alucinaciones, nos enferma y se 
desvanece más tarde ó más temprano de- 
jándonos, en el medio del camino de la 
vida, inciertos 3^ desvalidos. Entonces, ¿por 
qué ese engaño universal? ¿Por qué pre- 
dicar el culto de la razón cuando sólo 
puede triunfar, es bueno que triunfe y de 
hecho triunfa la fuerza, aunque á veces la 
disfracen ideales máscaras ? ¿Porqué pre- 
dicar la justicia cuando en todo el universo 
reina, y es saludable que reine, la iniqui- 
dad? ¿Por qué el amor, cuando sólo la 
discordia \ la lucha nos unen? Por qué 
el desinterés, ya que el egoísmo es el re- 
sorte propulsor, el nervio central de la 
humana criatura y que la inteligencia, por 
su naturaleza misma, nos condena á ver 
las cosas al través de un velo utilitario, 
no como son, sino como nos conviene que 
sean ? 

Amabí lo oía con los ojos redondos de 
estupor y la boca en forma de U. Vivía 
contenta y reconfortada con sus pedagó- 
gicos pensamientos; el que Tóeles se los 



EL TERRUÑO 133 

desbaratara después de haberla hecho pa- 
sar tantas apreturas y descrimarse tanto 
para adquirirlos y ajustar á ellos su con- 
ducta, la llenaba de asombro y secreta 
indignación. Escuchándolo se decía : « Pero, 
Señor, este hombre está loco. ¿Quiere 
decir que cuanto me dijo, lo que me en- 
señó, mi apostolado, la religión del alma, 
el altruismo, los sentimientos generosos 
son pura gollería y bambolla ? ¿ La cultura 
no tiene por objeto precisamente matar la 
bestia y ennoblecer al hombre? ¿No son 
las virtudes desinteresadas las que nos 
elevan y los instintos egoístas los que nos 
rebajan ? ¿ Es la civilización otra cosa que 
el triunfo de aquéllos sobre éstos? ¿Á 
dónde iríamos á parar si fuera cierto lo 
que él afirma ? ¡ Cómo, yo, maestra de 
segundo grado, no sería superior á mamá, 
por ejemplo ! i Si fuese así, tanto valía no 
haber salido de «El Ombú». 

Tóeles calló breves instantes y luego, 
con voz más adolorida aún, prosiguió : 

— Creía, como en Dios, en esas papa- 
rruchas, que todos proclaman sin practi- 
car . . . felizmente para ellos. Yo fui lógico 
y las practiqué. El orgullo del saber me 



134 EL TERRUÑO 

hizo desdeñar la ciencia del mundo, que 
debe poseer todo hombre, y las tareas 
útiles, que debe cumplir cada quisque. El 
espíritu cuando deja de echar raíces en 
el terruño del alma, fabrica ilusos sin 
enjundia vital, no iluminados. El desdén 
obtuso de los bienes positivos y particu- 
larmente del dinero, en el que parece con- 
cretarse el desplante idealista, antojába- 
seme timbre de nobleza, actitud elegante; 
no comprendía, torpe de mí, su poder, 
menos su hermosura, menos todavía aqui- 
lataba el tesoro de energías anímicas y 
aun siderales, entiéndelo bien, siderales, 
que lleva la moneda en el fecundo vien- 
tre, el más santo de todos porque en él 
alienta y se revuelve el deseo de dominar, 
que es como el ánima del ser ... y ahora 
voy viendo que el último ganapán á caza 
del mendrugo cumplía sus deberes socia- 
les mejor que 3'o, y que yo, el idealista en 
teoría, era en la práctica el más materia- 
lote, el que menos espiritualizaba la brega 
del vivir. ¡ Ah ! si supieras . . . ímpetus me 
dan de pegarle fuego á esos embusteros 
libros y no escribir una línea más. ¿ Sé yo, 
por ventura, lo que afirmo? No; sólo sé 



EL TERRUÑO 135 

ahora que ante el bien y el mal mi cursi- 
lería espiritualista me ha hecho inferior á 
los otros. Créeme : de mil amores trocaría 
mi literatura nobilísima por la aguja de 
marear de tu madre 6 las prosaicas am- 
biciones de Primitivo. Almas son ésas que, 
sin intoxicación libresca, van d lo sziyo; 
despliegan energías útiles, trabajan, aca- 
paran, luchan por extender su dominio, y 
así viven de acuerdo con el mundo y, lo 
que es míís, de acuerdo con el universo. 
Esto, que podrá parecerte materialismo 
craso, es, en realidad, metafísica pura. La 
ley de la vida no es la contemplación, sino 
la acción, y la acción, aunque lo contrario 
sostengan poetas y filósofos, es por sí sola 
cosa trascendente, cosa divina; por otra 
parte, aquella ley, antes que el desinterés, 
ordena el egoísmo, y éste, en resumidas 
cuentas, es más saludable no sólo para el 
que lo practica, sino también para los otros. 
Fui literariamente desinteresado : he ahí 
mi crimen. Amé las palabras huecas, los 
gestos, las actitudes. Los prejuicios litera- 
rios me divorciaron de la vida, y mi de- 
formación es tal, que ya nunca podré recon- 
ciliarme con ella... Sí; he vivido dándome 



136 EL TERRUÑO 

de testarazos contra las realidades y sin 
aprender á conocerlas. ¿ Puede darse algo 
más estúpido, más absurdo, más inmoral?... 
Lo sospechaba; pero el amor propio del 
plumífero me impedía confesarlo, y hacía 
prodigios de voluntad y empleaba toda 
suerte de subterfugios para ocultar mi mi- 
seria ; pero ahora, ¡ ah I... Veo que no soy 
nada, y que no sirvo para nada, como no 
sea para embadurnar cuartillas, que nadie 
lee, ó enseñar á otros lo que yo mismo 
ignoro. 

Aquí se le trabó la lengua y llenaron de 
lágrimas los ojos. Amabí no supo qué de- 
cir, y lo contemplaba sintiendo vagamente 
que su marido era un ser incomprensible 
para ella y que no podría consolarlo. La 
lámpara de cristal, compañera y testigo 
de las vigilias del miserable soñador, ilu- 
minaba con luz melancólica la estancia y 
proyectaba sobre el muro, la cabeza enor- 
memente agrandada y empequeñecido el 
cuerpo, la silueta de Tóeles. Resultaba una 
especie de extravagante caricatura, que 
la m.aestra, sonriendo, se entretuvo en con- 
siderar. Tóeles lo observó, y retirando 
bruscamente la mano con que se cubría 



EL TERRUÑO 137 

los ojos, miróla de hito en hito y articuló 
con labios convulsos y el rostro desfigu- 
rado por la ira: 

— ¡ Braquicéfala ! . . . 

Después, como anonadado por aquel es- 
fuerzo, cerró los ojos y dejó caer la ca- 
beza hacia atrás. 



* 
* * 



Tóeles tenía dos horas de clase por la 
mañana y otras dos por la tarde; el resto 
del día se lo pasaba encerrado en el es- 
critorio, rumiando sus amarguras. No re- 
cibía ya por los noches á los camaradas 
y discípulos, que por iniciador lo tenían, 
ni discutía con ellos como antaño, á grito 
herido, de filosofía, literatura y política. 
Ogaño inspirábanle secreto enojo, desazón 
irritante, particularmente los más íntimos, 
tal vez porque le traían á la memoria las 
disparatadas imaginaciones que junto con 
los tales acarició y los fracasos que las 
siguieron. Al presente, juzgábalos sin amor 
ni piedad, comprobando, con perversa de- 
lectación, lo poco que les había enseñado 
la vida y cuánto más grande que la suya 



138 EL TERRUÑO 

era la cursilería intelectual de ellos. « ¡ Po- 
bres ilusos! — decíase— ¡pobres mentecatos! 
y así fui yo: un tragadov de viento como 
el parejero de « El Ombú » que según Ma- 
magela, « se hincha de aire y no corre ». . . 
Analizando la vacuidad y sandez de sus 
devaneos literarios sentía, á una, rabia y 
vergüenza. Sobre todo, el recuerdo de 
cierta sociedad fundada, siendo estudiante, 
con algunos compañeros que cojeaban del 
mismo pie que él y á la que bautizaron 
con el presuntuoso nombre de « Acade- 
mus », le producía el escozor de una ver- 
dadera quemadura, cual si aquel recuerdo 
fuera brasa puesta sobre la carne viva. 

Cerca de El Prado, por una bicoca, al- 
quilaron los compinches una quintita medio 
abandonada, y allá se iban los domingos 
á merendar bajo los coposos árboles. Leían 
versos, fumaban en pipa, bebían varios 
licores y procuraban parecer tenebrosos á 
lo Rolla ó Cándidos y libertinos como Ver- 
laine. La bohemia y truhanería montmar- 
trense les sorbía el seso Llegaban con los 
bolsillos llenos de provisiones y el alma 
repleta de candorosos entusiasmos. Tóeles, 
que siembre andaba poco sobrado de di- 



EL TERRUÑO 139 

ñeros, sólo traía pan espiritual. Algunos 
dábanle el dulcísimo nombre de maestro, 
gracias á su estilo enrevesado, rimas ex- 
travagantes y conocimiento de los poetas 
decadentes En verdad, los que se sentían 
animados del fuego sacro y leían sus com- 
posiciones, eran sólo doce, los doce pares; 
pero como cada uno de ellos llevaba su 
cola de admiradores y devotos amigos, el 
número" de los asociados llegaba á cua- 
renta. Los que podrían llamarse neófitos, 
sólo oían, y distinguíanse de los iniciados 
ó corifeos por el buen diente y el buen 
humor. En fiebres é inquietudes los otros 
les llevaban la delantera; en buen apetito 
y sana alegría, no. Eran los que más se 
divertían. 

Un buen día los doce pares, no se sabe 
cómo, cayeron en la cuenta de que se 
imponía hacer algo digno del título de 
olímpicos que sus compañeros les daban 
sin asomos de burlas y que ellos oían sin 
pestañear, y decidieron escribir, en cola- 
boración, una novela, una novela integral, 
algo así como la suma y quinta esencia 
de todos los géneros, maneras, estilos é 
inspiraciones. El plan de trabajo individual 



140 EL TERRUÑO 

y el colectivo, objeto fué de acaloradas 
discusiones. No querían descuidar ningún 
detalle que pudiese contribuir al éxito de 
la obra. Unos pretendían que el libro se 
compusiera como los peripatéticos filoso- 
faban, discurriendo amablemente por los 
jardines; otros, al contrario, en una habi- 
tación cerrada, sin adornos y pintada to- 
talmente de negro para facilitar la con- 
centración del espíritu. Por fin, tras mucho 
batallar, transaron : las meditaciones y 
también los cambios de ideas, en los que 
todos, incluso los neófitos, podrían meter 
la cuchara, se llevarían á efecto en el 
idearium ó sea el jardín, y las reálisa- 
ciones en el sintesistoritmi, que así, con 
oportuna y feliz inspiración, bautizaron á 
la famosa pieza negra, donde los olímpi- 
cos fundirían y darían le luego forma impe- 
recedera al pensamiento común, y de ahí 
el nombre. 

El día señalado para darle comienzo á 
la labor suprema, cuando llegaron los 
corifeos, ya estaba todo en orden. Al 
entrar solemnemente en el sintesistoHum 
y ver las doce bujías, una frente á cada 
silla, reflejando macilenta luz sobre la des- 



EL TERRUÑO 141 

nudez de la sala y la lobreguez de las 
paredes, tuvieron los doce pares, con gran 
vuelco de corazón, la noción justa de la 
empresa que iban á acometer. Se despi- 
dieron con efusivos apretones de manos 
de los neófitos, que en masa hasta el 
sintesistorhim los habían acompañado. Tó- 
eles pronimció algunas sentidas palabras, 
}'■ á punto seguido ocuparon sus respecti- 
vos puestos frente á las resmas de papel. 
Cada cual traía ya escritas varias cuarti- 
llas, describiendo la tarde única con que 
había de dar comienzo la novela. La forma 
definitiva sería una especie de extracto 
de lo más sugestivo y hermoso que cada 
colaborador aportase. Cien páginas po- 
drían muy á gusto condesarse en una. 
Por tal arte, cada línea no podía por me- 
nos de atesorar la miga de un poema, y 
cada capítulo la enjundia de una biblio- 
teca. 

Pasaron dos horas, luego tres, cuatro, 
y la apolínica encerrona proseguía. Los 
neófitos empezaron á impacientarse. Lle- 
gada era la hora de almorzar y los olím- 
picos no daban señales de vida. Las tripas 
reclamaban sustento; la comida se pasa- 



142 EL TERRUÑO 

ba. Por fin, abriéronse estrepitosamente 
las puertas y los vieron aparecer extenua- 
dos, pálidos, sudorosos. Corrieron á ellos 
y con emoción y pasmo enteráronse de 
lo que había. Ya tenía título la obra : era 
un hallazgo : se llamaría « El Jardín de 
Academus », y creyéndose todos posibles 
héroes del romance, aplaudieron á rabiar. 
En cuanto al trabajo realizado, se reducía 
á una línea ó, mejor dicho, á un adjetivo 
que condensaba, eso sí, el espíritu, la 
esencia y el alma de las cincuenta páginas 
presentadas. ¡ Ah, el sintesistoriimi mere- 
cía bien el nombre ! . . . « Que se lea », gri- 
taron, y entonces Tóeles, que se había 
erigido por cuenta propia en gran maes- 
tre del cenáculo, se adelantó, pasóse la 
mano por la combada frente, dejó caer la 
cabeza sobre el hombro derecho, juntó los 
pies y leyó con voz melosa y mucho par- 
padeo : « Era una tarde lacia » . . . con lo 
cual empezó y remató « El Jardín de Aca- 
demus », pues en las siguientes reuniones, 
cada uno pretendió imponer sus ideas y 
frases, estallaron las discordias y feneció 
la sociedad. 
¡ Cuan ridicula y aun cursi le parecía 



EL TERRUÑO 143 

aquella aventura y como ella cuántas co- 
sas ! . . . Su pasado entero antojábasele á 
ratos sólo sandez, locura, puerilidad. «Ni 
un instante, decíase, fui sincero; jamás me 
guiaron las voces profundas de mi ser, 
sino la vanidad libresca y las reglas ficti- 
cias que otros crearon para su uso parti- 
cular y que á mí me venían grandes». 
Al haberlas acatado, ahogando la castiza 
originalidad propia, lo que él era en sí, 
atribuía el verse sin medro alguno y lleno 
de amargosas tristezas. «Á todo trance 
quise ser un intelectual. . . como Amabí. 
La tal palabreja me da dentera y revuelve 
las tripas, ün i intelectual ! como si la su- 
premacía de la razón razonante no fuera 
pura gollería del mismo modo que la Li- 
bertad, el Derecho, el Ideal y otros fan- 
tasmas tras los cuales corrí, apartándome 
de la senda, tortuosa, agria, pero cierta, 
por donde avanza, matando quimeras, el 
egoísmo de cada criatura. Yo, al revés, 
me metí entre ceja y ceja el insensato 
propósito de destruirlo, y ahora caigo en 
la cuenta de que ese egoísmo es lo único 
sano, la tierra firme sobre la que el hom- 
bre levanta, obedeciendo á leyes inexora- 



144 EL TERRUÑO 

bles, las fábricas de las religiones nobles 
y duraderas. Amor, altruismo, entusiasmo, 
fe que no tienen esa base son capricho- 
sas arquitecturas y ridículos castillos de 
naipes. 

«Cuando yo salí de la Universidad, y 
sólo hubiera sido sensato hacerlo al ter- 
minar mis estudios de abogado, debí ir d 
lo mío, aprovechándome de todas las cir- 
cunstancias favorables al logro de mis 
ambiciones legítimas, es decir, mías, y por 
lo mismo robustas y victoriosas; debí dejar- 
me llevar por la corriente de las menti- 
ras convencionales, poniéndome delante de 
ellas, no en contra, para poder combatirlas 
mejor cuando la ocasión llegara. Lo mío 
era formarme una buena clientela; escribir 
cosas que todos pudieran entender y amar; 
explotar á mi favor la mentira partidaria. . . 
y las otras; hacerme de amigos y servirme 
de ellos para ascender á las más altas 
posiciones, y, una vez en ellas, irradiar un 
poco de luz, si es que la tenía. Y ¿qué 
hice, en cambio ? Abandoné la carrera por 
lo que llamaba presuntuosamente « el apos- 
tolado de la prensa y la enseñanza », sin 
maliciar que el tal desplante lírico, pues 



EL TERRUÑO 146 

no fué otra cosa, me llevaría á ser un 
profesor sin ideas propias, condenado á 
vegetar eternamente, y un advenedizo de 
las letras. De los que nacieron para ma- 
nejar esa arma terrible y ligera que se 
llama la pluma, sólo poseía yo la vanidad. 
Rompí con las tradiciones del terruño^ 
1 gran error ! no supe adaptarme á él, ¡gran 
pecado l obré desinteresadamente, i gran 
crimen ! y así fui llevado á desdeñar las 
realidades vivientes por las realidades de 
museo, la verdad útil por la verdad teó- 
rica, y dije, escribí é hice lo que á nadie 
le convenía ni quería, aunque fuese cierto, 
oír, leer ni ver. . . En una palabra, fui con- 
tra la corriente, contra la razón infalible 
de la» vida; tenía los ojos puestos en no 
sé qué remotos espejismos, y choqué con 
todo y todo me engañó: los hombres, los 
libros, las cosas del mundo. ¿ Cómo podré 
orientarme nuevamente? ¿Cómo salir de 
este pantano de incertidumbres, escepti- 
cismo, despecho é inhumanidad en que me 
hundió la casquivana Literatura? ¿Qué po- 
dría hacer? ¿Para qué sirvo yo, no te- 
niendo creencias ni ilusiones ni amores ? » 
Y el sollozar del pampero le respondía 
cosas muy tristes. . . ^^ 



146 EL TERRUÑO 

Ningún pasatiempo lograba disipar las 
perpetuas murrias de Tóeles; lecciones y 
lecturas nada podían contra el come -come 
interior; sólo le hacían sonreir de tiempo 
en tiempo, un instante, las cartas de doña 
Ángela. Leíalas con íntimo gozo ... El 
saludable macarronismo de la ínclita ma- 
trona, era como un aura de cordura y 
placidez que venía del campo y le refres- 
caba el alma. Por Mamagela estaba al 
tanto de lo que ocurría en « El Ombú » y 
aun en todo el departamento. Supo que 
la revuelta había sido sólo una demostra- 
ción armada para obtener ciertas prerro- 
gativas, y que los caudillos, luego de 
representar la comedieta de deponer las 
armas y someterse al Gobierno, se habían 
despedido entre sí con estas sacramenta- 
les palabras: «¡Hasta la otra!», lo cual 
no era prenda precisamente de pacíficos 
propósitos. Pantaleón, siempre levantisco 
é indócil, desapareció con su horda sin 
entregar arma alguna. Estaba más som- 
brío y bronco que nunca. La hija se le 
había fugado con el hijo del comandante 
Carranca, y el coronel, después de mal- 
decirla, juró que con las tripas de su con- 



EL TERRUÑO 147 

trarío en cien lides ahorcaría á los aman- 
tes. Á par de estos sucesos de bulto, daba 
Mamagela cumplidas noticias de los nego- 
cios de Primitivo, que iban á qué quieres 
boca, y también, con grande minuciosi- 
dad, de los propios. V Tóeles, leyendo, 
empezaba á comprender la poesía del bre- 
gar campesino, y cuánta inteligencia 3" 
noble esfuerzo demandaban aquellas ta 
reas, tenidas en poco por él, cuarido no 
discernía bien y menos aquilataba con 
justeza su grande utilidad y virtud edu- 
cativa. Mas las tales cartas donde ella 
describía con redonda letra y plácido espí- 
ritu la existencia laboriosa de « El Ombú », 
en medio del gozo que le causaban al 
yerno, lo inducían á hacer comparaciones 
y ver más claramente su descarrío. Á 
veces, impulsos le daban de quemar los 
libros é irse á la campaña; pero á raíz 
de ello confesábase que la floja voluntad 
suya desmayaría ante el primer obstáculo, 
porque á luchar y vencer obstáculos no 
la había enseñado la cultura universita- 
ria, y, sobre todo, que nunca tendría el 
valor de proponerle á Amabí semejante 
aventura. ¿Cómo invitarla á asesinar las 



148 EL TERRUÑO 

ilusiones intelectuales y pedagogías que él 
mismo, con paciencia benedictina, le había 
metido en el alma y en la sesera ? ¿ Cómo 
decirle, sin mengua ni humillación, sin caer 
del pedestal : « lo que te prediqué fué pura 
paparrucha; deja tus sueños que, como 
los míos, no responden á ninguna voca- 
ción seria, y vamonos al campo á criar 
vacas y destripar terrones?» Imposible, y 
aquella irresolución, de la cual tenían sólo 
la culpa sus pecados pretéritos, en vez de 
irritarlo contra sí mismo, lo llenaban de 
encono hacia ella. El lenguaje concep- 
tuoso de la latiniparla, aprendido de él, y 
sentimientos levantados de que hacía alar- 
de, también lo sacaban de quicio, y hasta 
los gestos y ademanes protocolares de la 
profesora, que en el accionar como en el 
decir le había tomado los puntos á su 
marido, enfadaban á éste por parecerle 
remedo é ironía de los suyos, y ella, des- 
piadado espejo en el que él se veía en 
caricatura. Cuando la infatuada maestra 
decía con el dedo meñique en alto, á guisa 
de cola gatuna, «la belleza es eterna», 
impulsos sentía Tóeles de arrancárselo de 
una dentellada. Amabí, por su parte, co- 



EL TERRUÑO 149 

menzó á agriarse y encontrar insopor- 
tables las pejigueras y negruras del filó- 
sofo. Una vez lo llamó maniático, otra 
cargoso. Las apreturas pecuniarias por- 
que pasaban frecuentemente, contribuye- 
ron á enconarlos más. Tóeles culpaba á 
Amabí de poco ducha en el gobierno de la 
casa, « que es lo primero que debe saber 
una señora, sea maestra ó no», y Amabí 
á Tóeles de incapaz en la conquista del 
mendrugo, < principal obligación del mari- 
do, con talento ó sin él». Con estas y 
otras mal contenidas manifestaciones del 
desacuerdo interior, se herían y ponían 
á peligro la paz del matrimonio. Desva- 
necido el espejismo amoroso empezaban 
á verse sin encanto, es decir, llenos de 
defectos y máculas. Ella no era la com- 
pañera dulce, inteligente y fidelísima de 
cuerpo y alma que él se figuró; tenía el 
espíritu estrecho, la respuesta desabrida 
y las muñecas muy gordas; además, con 
el dedo meñique, levantado y todo, se 
hurgaba las narices, y sorbía los mocos 
con más gracia que finura. Por otra par- 
te, no le daba hijos, con lo cual se con- 
vertía en agua de cerrajas aquello de 



150 EL TERRUÑO 

trabajar por la especie, principal objetivo 
de sus nupcias. Y con la dureza de Tóeles 
á ella, lo juzgaba ella á él: él no era, ni 
con mucho, el hombre superior, todo fuer- 
za, hermosura viril y bondad, que ella 
creyó : lo veía estevado y cabezón, débil 
y tornadizo, sobrado de palabras y míse- 
ro de voluntad, y, por añadidura, lo cul- 
paba de destruir las ilusiones que antes la 
incitó á forjarse, haciendo así que vinieran 
á tierra con grande estruendo, los casti- 
llos de sus aspiraciones pedagógicas. En- 
tonces, ambos dieron en huirse y pensar 
en sí, como si los intereses de cada uno 
fueran extraños al otro. Afortunadamente, 
un acontecimiento inesperado los detuvo 
al borde de esa procelosa pendiente por 
donde se precipita el cariño cuando los 
egoísmos abren los ojos y rompen el sor- 
tilegio de la mutua ilusión conyugal. Fué 
una noche después de comer. Llovía, y 
Tóeles, no pudiendo dar su sonámbulo pa- 
seo por las calles más solitarias de la ciu- 
dad, se refugió en la biblioteca. Amabí lo 
siguió. 

—Llueve... — dijo él, pegando la frente 
á los cristales de la ventana. 



EL TERRUÑO 151 

—Hace frío ... — murmuró Amabí. 

Encendieron el calorífero de petróleo y 
se arrimaron á él sin cambiar palabra. Las 
veladas de los cónyuges solían ser así, si- 
lenciosas y desabridas. Tóeles, como siem- 
pre, tenía rugado el ceño y la boca ple- 
gada dolorosamente ; Amabí, los ojos bajos 
y el gesto resignado. De pronto dijo ésta : 

—Tengo que comunicarte una grave no- 
ticia; dadas nuestras tristes circunstancias 
— aquí su voz se quebró, próxima á sollo- 
zar, — no sé si te causará placer . . . 

Tóeles, afectando indiferencia, respondió: 

— Tú dirás . . . 

— Quería estar segura antes de hablarte ; 
y bien . . . estoy encinta desde hace cuatro 
meses. 

Tóeles experimentó una fuerte y nunca 
sentida conmoción, y quedóse mirando con 
supersticioso respeto, como delante de un 
ídolo milagrero, el talle ya deformado de 
Amabí. 



vn 



El fausto acontecimiento se esperaba en 
noviembre, y como Amabí clamaba por su 
madre en trance tan apurado y principal, 
y no quería saber de comadrones ni par- 
teras sino bajo el ojo experto de doña 
Ángela, ésta abandonó « El Ombú » una 
mañanita de octubre, tibia y pura como 
el aliento de un corderillo mamón, y llegó 
á Montevideo por la tarde, con buena pro- 
visión de golosinas y otras cosas de mayor 
sustancia, como huevos frescos, queso crio- 
llo, chorizos, manteca para regalarles el 
paladar á sus hijos y no echar de menos 
ella misma los manjares de « El Ombú». 
Se hospedó en la casita de aquéllos; ni en 
sueños pensó nadie en el hotel, y hasta 
crimen de lesa familia les hubiera pareci- 
do mentarlo en aquella ocasión, y apo- 
sentó en la misma alcoba de Amabí. Á 
Tóeles le pusieron un catre en la biblio- 



154 EL TERRUÑO 

teca, y allí quedó confinado el filósofo, sin 
voz ni voto, mientras Mamagela empuñaba 
con mano segura las riendas del gobierno 
doméstico y hacía y deshacía á su talante. 
Cierta vez quiso él protestar y se dolió de 
que no lo consultasen para nada, siendo 
el marido, el futuro padre, y entonces Ma- 
magela le dijo, circunspecta y sentenciosa: 

— Mira, Tóeles, en estos achaques mu- 
jeriles, los futuros padres sólo sirven de 
estorbo; si quieres sernos útil en algo quí- 
tate de en medio, elimínate, desaparece y 
no digas oxte ni moxte. 

Se resignó á ser una nonada; mas, des- 
poseído y todo de sus fueros, lo pasaba 
muy agradablemente gracias á la chachara 
y al buen humor de Mamagela. Con ella 
entraron por las puertas de aquella casa 
triste, la cordialidad y el contento de vi 
vir. La buena señora no paraba en todo 
el día de hacer graciosísimas reflexiones 
sobre el derroche urbano y predicar el 
santo ahorro, ni daba paz á la mano en 
el manejo de la escoba y el plumero. Des- 
pués de almorzar salía á hacer visitas, y 
también compras, y aun á surtirse en los 
registros y casas introductoras de los ar- 



EL TERRUÑO 155 

tículos que Don Gregorio le había encar- 
gado para el almacén. Y si lo hacía en 
mejores condiciones que su marido 6 á 
plazos más largos, tornaba de las diarias 
correrías muy oronda y satisfecha. Tam- 
bién traía la delicada comisión de arreglar 
ciertos negocios embrollados, á los cuales 
el apocamiento de Papagoyo no acertaba 
á darles cumplido corte, y tuvo que verse 
con abogados, escribanos y procuradores 
maleantes y enfadosos. Viéndola preocu- 
pada y en tantas diligencias, le dijo Amabí: 

— Deja que Papá se las arregle como 
mejor lo entienda; eso de cobros y recla- 
mos no son cosas de señoras: él sabrá lo 
qué ha de hacer. 

Mamagela abrió tamaños ojos. 

— ¡ Quién, Goyo ? . . . pero, hija, si por 
Goyo fuera, nunca le parábamos rodeo á 
los cobres ; — y tres días después, mostrán- 
doles á sus hijos, con grande aparato, un 
gran fajo de billetes, agregó : — Ya entra- 
ron al corral, — y su rostro gozoso res- 
plandecía como una moneda nueva. 

Sólo una vez volvió de la calle mohína 
y atufada. 

— Vengo de casa de tu madrina — le dijo 



156 EL TERRUÑO 

á Amabí, con los labios fruncidos y los 
ojos más saltones que de costumbre. — Pa- 
rece que era día de recibo, y como en la 
sala había mucha gente copetuda, y yo, 
vestida como ves, me pasaron al cuarto 
de los niños. Por lo visto, mi cuñada tuvo 
vergüenza de presentarme á sus amigas. 
¿Qué tal? Ahí tienes cómo esa señorona 
trata á la mujer que le dio ocho hijos al 
hermano y tan buenos consejos á ella para 
el gobierno de la casa. Pero si no recibió 
educación, yo se la voy á dar de perlas. 
¡ Mandarme á mí ese espanta pájaros de 
institutriz para hacerme compañía, y no ve- 
nirme á saludar sino media hora después ! 
j Habráse visto descomedimiento igual ! Por 
supuesto, si no hubiera sido por el choco- 
late y las masas, que eran cosa fina, me 
voy con la música á otra parte. Vino al 
fin, y me hizo muchas zalamerías: ya sa- 
bes cómo es ella de macaca y enlabiadora ; 
pero no se la perdono, y te juro que me 
las pagará. 

Amabí quiso disculpar á la madrina, ex- 
plicándole á doña Ángela lo qué eran las 
reuniones de etiqueta yí.los rigores de la 
indumentaria en ciertos casos. 



EL TERRUÑO 157 

-Madrina ha querido evitar el que te 
criticasen por no vestir como los usos so- 
ciales exigen en tales reuniones; pero no 
creas que te tiene en menos : al contrario, 
siempre habla de ti con cariño y respeto. 

—¿Y por qué me habían de criticar? 
i porque mis trajes me los hago yo en ca- 
sita ? Pues que no sean opas ; eso prueba 
que soy más ladina y mujer de más pro- 
vecho que ellas, — respondió al punto la 
ofendida matrona. 

Tóeles también quiso disuadirla; pero 
ella siguió en sus trece y resuelta á darle 
á la cuñada la lección que merecía, para 
lo cual proponíase escribir y entregarle á 
aquélla, antes de volver á « El Ombú » , 
ciertas «Reglas del buen vivir», que no 
tendrían más que ver. Así se lo comunicó 
por carta á Papagoyo, después de referirle 
al por menor lo sucedido. Casi á diario lo 
ponía al comente de lo que hacía en Mon- 
tevideo, terminando siempre las larguísi- 
mas epístolas con una retahila de recomen- 
daciones, tan minuciosas como necesarias, 
para refrescarle la desvanecida memoria 
al comerciante é impedir que se enredara 
en las cuartas. 



158 EL TERRUÑO 

La última rezaba así: 

« Querido Goyo : 

« Ya terminé las compras ; quedarás con- 
tento : todo es bueno y baratito. Fijate en 
el precio de los artículos y tranquilamente 
pide el doble. Ya sabes que la caridad 
bien entendida empieza por uno mismo. 
Amabí sigue bien y pronto se desocupará. 
Tóeles, blandito por irse al campo á pro- 
bar fortuna. Sus discípulos salieron corri- 
dos en los exámenes, de lo cual me ale- 
gro, porque eso, probablemente, acabará 
de decidirlo. Según él, sabían mucha filo- 
sofía, pero no de la que pide el progra- 
ma ; i al demonio se le ocurre ! . . . Es el 
profesorado otra puerta que se le cierra 
como la del periodismo y la política. ¡Po- 
bre Tóeles! hace todas las cosas á con- 
trapelo : no enseba el lazo y se le corta ; 
muerde la teta y luego se extraña que 
no le dejen mamar. ¡Cuánto más le va- 
liera pensar y vivir como todo el mundo 
y dejarse de ir contra la corriente para 
mostrar que es buen nadador! Yo nunca 
vi que entrasen las ovejas á los bretes 



EL TERRUÑO 159 

saltando cercos, sino por la portera; él 
quiere saltarlos, por prurito vanidoso ú 
orgullo mal entendido, y ¿ qué resulta ?: se 
piala, se da contra el suelo ... y todos 
le pasan por encima. Es el único que no 
llega á ninguna parte. ¿Para qué diablos, 
me pregunto yo, le sirven esos librotes 
que se ha metido en la cabeza, y tanto 
discurso y' tanta letra menuda^ si parao 
tropieza y allí donde ni el bagre roncador 
pica, él se traga el anzuelo hasta la boya? 
Ten por seguro que aquí no hará camino ; 
de las tres casitas que heredó, ya vendió 
una y tiene hipotecadas las otras. Pronto 
quedará como gallo que no pelea : sin 
plumas y sin gallinas. Ahí, al arrimo de 
la familia, puede que el hombre se aco- 
mode y peleche. 

« Como te lo anuncié, fui á visitar de 
nuevo á tu hermana. Estuve sólo algunos 
momentos, y al irme le hice una reveren- 
cia muy ceremoniosa, como aquellas tan 
desgarretadas que en nuestras mocedades 
te hacía cuando bailábamos lanceros^ y le 
entregué « Las Reglas del buen vivir », di- 
ciéndole con mucho retintín, que las me- 
ditara cuando estuviese sola. Copio aquí 



160 EL TERRUÑO 

lo principal, para que te des una idea del 
parche que le puse y que le vino como 
anillo al dedo, según verás míls adelante. 

« Reglas del buen vivir », de Ángela Cés- 
pedes del Sagrado, castellana de « El 
Ombú», retiro campesino, modesto y vir- 
tuoso, para su cuñada que vive en la ca- 
pital y está expuesta á los peligros del 
gran mundo, donde todo es mentira, de- 
rroche, virtudes flacas y pecados gordos. 

« No te quisiera como te quiero ni cum- 
pliera como hermana mayor, si dejase 
pasar en silencio las faltas que, por inex- 
periencia y vanidad, cometes en el gobierno 
de la casa y sobre todo en lo que toca á 
las consideraciones que les debes á miem- 
bros de la familia tan allegados como yo. 
La famiHa y la casa deben ser la preocu- 
pación constante de la mujer honesta y 
hacendosa, porque sin eso no hay buena 
esposa, ni buena madre y, sin éstas, tam- 
poco hay familia ni sociedad en la que se 
pueda vivir cristianamente. Al preferir la 
compañía de los extraños á la de tu pa- 
rienta y tenerme por indigna de ser pre- 
sentada en una reunión de señoras amigas 
tuyas y en tu propia casa, obraste con 



EL TERRUÑO 161 

poco seso y mucha vanidad; preferiste la 
paja al grano; ala cualidad verdadera, la 
apariencia engañosa; á los intereses tuyos, 
los ajenos, y no maliciaste siquiera que, 
aun sin estar obligada por el parentesco, 
la elección no debía ser dudosa para ti, 
que presumes de avisada, entre ellas y yo; 
porque doña Angela Céspedes del Sagrado 
nada tiene que envidiar á nadie en lim- 
pieza de sangre, educación esmerada y 
prendas personales, y que aún vestida de 
percal y en chancletas, será más señora 
de su casa en cualquier parte, y sabrá 
más dónde le aprieta el zapato, que aque- 
llas señoronas tus amigas, aunque les pon- 
gan trajes y escarpines de baile y las sien- 
ten en un trono. Porque lo que yo valgo 
es por mí, y ellas, por lo que tienen de 
prestado ó de alquiler ; esto se pierde con 
las mudanzas de la fortuna; aquello no. Y 
si fortuna tienen, yo la tengo tan grande, 
si no codicio más, y con lo mío me arre- 
glo, y lo aumento, y no hago trampas 
(no todas pueden decir lo mismo) y vivo 
como una reina en su reino; si nacieron 
en ricos pañales de batista, revoleándome 
sobre alfombras de Esmima me crié ( esto 

11 



162 EL TERRUÑO 

lo digo por aquel tapiz que tú conociste), 
y si saben derrochar el dinero de sus ben- 
ditos maridos en lucirse y darse tono, yo 
sé acrecentar el peculio del mío zurcién- 
dole los calcetines y echándole fondillos 
nuevos á los pantalones que rompe, con 
lo cual, ciego será el que no vea, está él 
mejor regalado y servido que los otros, y 
que tengo yo más sal en la mollera, que 
humo tus amigas en la cabeza . . . Porque, 
vamos á cuentas : ¿ cuáles son las virtudes 
que deben premiarse y las que aprovechan 
más á la familia ? : las que me sobran á mí 
y les faltan á eso que ustedes llaman se- 
ñoras de la primera sociedad. Son las tales 
como las cotorras: vistosas é inútiles: pa- 
jaritos en jaulas doradas. Yo vivo en el 
corral, si tú quieres, pero pongo huevos 
todo el año. Y si á otras cosas pasamos 
de menos sustancia y más apariencia, pero 
dignas de estimación al fin; si de buen 
discurso, gancho para las simpatías y otros 
atractivos personales se tratase, ponme á 
mí á prueba con ellas y verás que, lo 
mismo en un fregado que en un barrido, 
les doy cola y Iub y les robo la plata. 
«Errada, pues, anduviste al estimar me- 



EL TERRUÑO 163 

nos tu sangre que la extraña. Honra á los 
tuyos y te honrarás; si los alzas, con ellos 
subes; si los denigras, desciendes con ellos: 
la familia es la familia, y cumple y en- 
gorda ponerla por encima de todo. Em- 
pieza por tu marido, que suda tinta y se 
las pela el pobre por darte lo que tú gas- 
tas sin reparo, lo cual es faltarle á la con- 
sideración debida y quererlo como á capón, 
por la lana que da; sigue por tus hijos, á 
quienes la inglesa les está pasando la 
fealdad y la secura, ¡angelitos de Dios!; 
continúa por tus parientes, que los tienes 
pobres y necesitados, y termina por tus 
amigas, estimando, en primer término, á 
la de más fundamento, no á la que, por 
ser rica y tonuda, halague más tu amor 
propio, porque aquélla te dará buenos 
consejos y ésta sólo envidias y dolores de 
cabeza. 

« Á raíz de esto le explicaba, uno por 
uno, los deberes de la perfecta casera y 
le hacía ver el despilfarro de su casa y lo 
malcriados y poco respetuosos que son los 
sirvientes. Creí que la medicina le amar- 
gase y se me apotrara, figúrate cual no 
sería mi asombro al verla entrar esa mis- 



164 EL TERRUÑO 

ma tarde en casa con cara de pascuas, y 
molerme á abrazos y besos, después de 
disculparse y hacerme mil protestas de 
cariño. Me miraba, se reía como si cos- 
quillas le hicieran, y volvía á los estrujo- 
nes y besuqueos. ¡ Demonio de mujer ! 
nunca supuse tomarla de tan buena vuelta. 
Sin duda reconocía sus yerros y la validez 
de mis razones, y se propuso demostrarme 
que sabe hilar fino cuando quiere. Y así 
es. Nunca me pareció tan engatusadora, 
y como bonita, lo estaba de veras. Tiene, 
la muy gata, una caída de párpados y un 
aquél en la sonrisa que dan ganas de co- 
mérsela cruda, que es, según decía mi 
padre, que lo entendía, como las mujeres 
saben mejor. . . ¡Y qué cuerpo, qué esbel- 
tez y qué arte para adobarse y vestirse ! 
No sé dónde se mete las pulpas, porque 
yo la he visto medio desnuda, y sé que 
las tiene, ¡y muy apretaditas! Caro le 
cuesta al marido beldad tan consumada; 
pero, así y todo, más digno es de envidia 
que de conmiseración porque, á ratos, no 
debe de pasarlo mal el hombre. . . Y en- 
vidiosos yo sé que tiene muchos, pero sé 
también que ella no para d mano. Por eso 
la quiero. 



EL TERRUÑO 165 

* Hablamos largo y tendido, y después 
me llevó á Los Pocitos en su victoria, y 
luego, por la noche, al cinematógrafo — 
cosa sorprendente que tú, Goyo, no debes 
morirte sin verla, y al otro día al teatro. 
Ella misma me arregló y peinó en un pe- 
riquete ; i qué manos ágiles tiene ! tocán- 
dome aquí y allá parecían dos palomitas 
blancas revoloteando en torno de la luz. 
Cuando terminó y me miré al espejo de 
cuerpo entero, casi no me conozco: ¡ha- 
bías de verme de puro polvo y descote 
limpio !... Hoy y mañana también estoy de 
teatro; en fin, no deja de obsequiarme 
como á novia, lo cual prueba que anduve 
acertada en obrar como lo hice. Á los 
engreídos y cogotudos un poquito de rigor 
les ataja el pasmo. 

« Aquí termino ésta que empecé antes 
de ayer, porque Amabí se siente incomo- 
dada y voy á darle palique. Diles á los 
muchachos que no vayan á empacharme 
los corderos con la leche ; que no olviden 
de terciarla con agua y echarle azúcar, y 
tú desconfía de los amigotes de mi compa- 
dre Pantaleón, que siempre andan sonsa- 
cándole la plata á la gente para sus pania- 



166 EL TERRUÑO 

guados políticos. Por lo que me dices en 
tu última, temo que te enreden y compro- 
metan. No te dejes bolear; sácales el 
cuerpo con maña y sin resentidos, porque 
de ellos necesitamos, y sin que duden 
tampoco de nuestro amor al partido, por- 
que sería ponernos á mal con nuestro 
compadre, sin contar con que perderíamos 
lo mejor de nuestra clientela. Cuando vaya, 
échamelos á mí y verás como yo, con 
palabritas de miel, los despido sin plata y 
contentos. 

« Te abraza tu mujer, que te quiere y 
quiere tu bien, 

Ángela ». 

P. D. — Vuelvo á abrir esta carta para 
anunciarte que tienes un servidor más á 
quien mandar. Amabí muy corajuda — de 
casta le viene al galgo, — sigue muy bien, 
y Tóeles como loco de puro contento. 
Mientras duró el baile me anduve tropezan- 
do con él á cada paso ; le decía que se quitase 
de en medio, pero siempre que salía por 
una puerta con algo que nadie debía ver, 
allí estaba mi hombre. Puede que la pater- 
nidad le vuelva al cuerpo la alegría y le dé 



EL TERRUÑO 167 

el tanteo de la pesada en las cosas de 
este mundo. Ya maté la gallina negra y 
le di el caldo á la parida. Todo se ha 
hecho en regla y pronto estará en pie, si 
Dios quiere. 






La paternidad, el mal éxito de sus dis- 
cípulos y el quedarse sin ellos; los desen- 
gaños, más amargosos que el duro pan de 
la miseria, y la conciencia cada vez más 
nítida de la vida gastada en vanos ajetreos, 
y, sobre todo esto, la continuas matracas 
de Mamagela, que no cesaba de predicarle 
campo y trabajo como triaca infalible para 
curarle el mal de no hacer cosa de pro- 
vecho, disponían poco á poco el ánimo de 
Tóeles á quemar las naves de las viejas 
aspiraciones y cambiar de rumbos. Mas el 
arrancarse del alma tantas esperanzas allí 
arraigadas fuertemente; el renunciar á tan- 
tos sueños, dulces como las mieles, y de- 
clararse vencido, era cosa que le costaba 
lágrimas de acíbar y sangre. Y sin em- 
bargo era preciso. «¿Renunciar, no ser 
Temístocles, sino Tóeles, un ente vulgar, 



168 EL TERRUÑO 

un pobre diable, un voté, yo? ». . . decíase, 
y sentía la misma angustia que al entrar 
á casa del dentista á sacarse una muela. 
A veces sublevábase, y haciendo gestos 
extraños y profiriendo frases incoherentes, 
se paseaba por la biblioteca, agitadísimo; 
pero esto duraba poco, muy luego desfa- 
llecía y se dejaba caer en un sillón, ano- 
nadado y sin pulsos. Estas fugaces rebel- 
días, últimos encabritamientos del amor 
propio desbravado por la necesidad, iban 
siendo cada vez menos frecuentes y trans- 
formándose en una especie de noble y 
orgullosa melancolía, como la del que acata, 
por deber, destino inferior á sus mereci- 
mientos. En resumen, sólo buscaba para 
ceder definitivamente, la traza de salvar 
algo del naufragio y conciliar, en lo que 
cupiera, las necesidades prácticas con las 
de su espíritu, poniendo un poco de idea- 
lismo é imaginación en las actividades cam- 
pesinas á que Mamagela lo invitaba y que, 
por sí solas, sin más vislumbres que el 
logro, aunque honorables, le parecían so- 
brado chatas é indignas de él. Con fatiga 
y dolor, la inteligencia de Tóeles se fabri- 
caba la moral que convenía á su amo, 



EL TERRUÑO 169 

mientras la loca de la casa, la eterna con- 
soladora, preparaba sobre las realidades 
prosaicas el colchón de hojas secas que 
recibiría la pobre aspiración despeñada de 
lo alto. . . Sólo faltaba el pretexto final, la 
palabra que atesora en germen las posi- 
bilidades de la nueva ilusión y que es como 
su estandarte guerrero. Cierto periódico 
se la dio con este párrafo : « ¿ Quién será 
el sembrador de ideas de nuestra cam- 
paña generosa ? ¿ Quién libertará de la ex- 
plotación política á los esforzados pioners 
de la riqueza nacional ? ¿ Quién les mos- 
trará á los jóvenes que vegetan en las 
ciudades, que allí, en el campo, y no en 
los puestos públicos, está la fortuna, la in- 
dependencia y también la salud del alma ? » 
« Yo », se dijo Tóeles al punto, como ilu- 
minado por un rayo de luz ; « yo seré el 
sembrador de ideas de esos campos inva- 
didos por los cardos borriqueros de las 
pasiones políticas ; yo seré el libertador de 
esos esclavos y mártires del doctrinarismo 
y del caudillaje ; yo les mostraré á los 
mozos de agallas el camino de Damasco» 
metiéndoles en la sesera el sentido noble 
de la utilidad, para que no traguen viento 



170 EL TERRUÑO 

como yo tragué, ni se vean desorbitados 
como yo me vi ; yo predicaré con el ejem- 
plo, trabajaré con mis manos, y desde mi 
rancho lanzaré á los cuatro vientos, no las 
doctrinas hechas ya y dictadas por otras 
necesidades, que son para nosotros y nues- 
tra época frutas de cera, pollos embalsa- 
mados, sino las que se van haciendo en 
nuestras propias entrañas y se nutren de 
ellas ; las que se paren con dolor ; las que 
la vida, en su evolución constante, fabrica 
diariamente para adaptarnos; las únicas 
legítimas y útiles, digan lo que quieran 
los moralistas, porque son las únicas que 
responden á una alta necesidad, á una 
razón suprema. ¡Al diablo los idealismos 
fiambres, la literatura, la pedagogía y el 
engaño universal! Yo me lavaré con el 
aguarrás de las realidades, el barniz del 
irrealismo universitario; defenderé los he- 
chos vivos contra las ideas momias; lo 
que vive en la tierra contra lo que duer- 
me en el limbo ; lo que es, según la fuerza 
de las cosas, infalible siempre, contra lo 
que debía ser y no será sin permiso de 
aquélla, y crearé á mi modo, yo, yo, Te- 
místocles Pérez y González, la tabla de 



EL TERRUÑO 171 

valores que nos conviene, la cual, por con- 
venimos, será más noble y encumbrada 
que cualquier ideal prestado, aunque trai- 
ga en las manos la lira de Apolo ■». 

Tiró el cigarrillo que fumaba, encendió 
otro y prosiguió su monólogo, haciendo 
rodar impetuosamente los sillones y las 
sillas que encontraba al paso. 

« Y á nosotros, lo que nos conviene es 
favorecer principalmente la expansión de 
las actividades productoras, ¡gran gimna- 
sia de la voluntad ! ; las energías combati- 
vas^ madres de toda excelsitud ; la tenden- 
cia á enseñorearse del mundo que lleva 
cada criatura en el alma y es como su 
carta de nobleza, y destruir, al propio 
tiempo, el exceso de política, latinismo y 
hueca ideología. Los intereses materiales 
por encima de todas las cosas, sí señor, 
ya que los otros, si bien se mira, son ser- 
vidores de aquéllos y de nada valen cuando 
dejan de servirlos. Además, sépanlo los 
incautos: los intereses materiales son el 
manantial de toda vida y principalmente 
de la vida espiritual. Las construcciones 
ideales no tienen otro objeto, ni nacieron 
para otra cosa, que para defender y ase- 



172 EL TERRUÑO 

gurar las conquistas económicas. Los que 
no lo ven son, en realidad, los torpes ma- 
terialistas; son los que miran á la tierra, 
no al cielo, y es de lo alto, de allí arriba, 
que les viene á esos intereses su miste- 
rioso poder. Cuando Mamagela dice que 
« cada moneda de oro es una estrellita 
caída del cielo», formula sin saberlo una 
verdad cosmogónica y también metafísica. 
Vo me entiendo: allí están fundidos el 
macrocosmo y el microcosmo, y también 
la vida social. Ya, ya sé que no habrá 
lírico ablandabrevas, ni maestro de es- 
cuela, ni pedante doctor, ni profesor de 
idealismo trasnochado, ni pobre diablo em- 
bozado en la capa de Don Juan, que no 
me lance al rostro, con grande aparato 
de indignación, el apostrofe de hombre sin 
ideales y torpe materialista. ¡Farsantes, 
sacamuelas, adoradores de vejigas; gente 
sin convicción ni sinceridad; embusteros 
apóstoles; mascaritas que yo conozco y á 
cuya comparsa pertenecí! ¡qué grande 
desprecio siento por ustedes y cuan gro- 
tescos me parecen ! ¿ Hombre sin ideales, 
yo? ¡mentecatos! tendré muchos, y en par- 
ticular uno más encumbrado que el de 



EL TERRUÑO 173 

todos, porque su culto severo impone el 
sacriHcio de la simpatía humana, á la que 
nadie renuncia: quien lo predique parecerá 
un pestífero y, sin embargo, será un hom- 
bre puro: es el de ir contra la mentira 
universal del desinterés, por todos practi- 
cada interesadamente , á modo de una 
religión que no inspira la fe, pero que 
llena la panza. Vo me declaro, en teoría, 
el apóstol del egoísmo, y, prácticamente, 
del egoísmo rural, vale decir de la ener- 
gía castiza de la nación. Los que no me 
conocieron van á conocerme. Sonó la hora 
de la venganza. Al cementerio lo que está 
muerto, i Viva la vida ! . . . 

A las voces que daba entró Amabí con 
la criatura en los brazos. 

— Pero, Tóeles, por Dios, ¿ te has vuelto 
loco ? 

— Sí, loco estoy, pero esta vez de gozo. 
Encontré mi hueco, mi vía, ¿sabes? No 
más dudas, angustias ni come-come inte- 
rior. Ahora sé lo qué quiero y á dónde 
voy. Es cosa resuelta : nos vamos al cam- 
po. Vida de pensamiento y de acción. Ya 
te lo explicaré. Allí educaremos á nuestro 
hijo prácticamente, haciéndole conocer, 



174 EL TERRUÑO 

desde temprano, la santa utilidad. Se aca- 
baron los lirismos ñoños, las dengosidades 
románticas, las pavadas trascendentales; 
y, para empezar, ya no le llamaremos 
Mesías como pensábamos en recuerdo de 
la paz que nos trajo, sino Pedro pro- 
saicamente, á fin de no caer en la ton- 
tería en que cayó mi padre cuando me 
puso Temístocles. ¡ Si supieras los errores 
y pecados mortales que me indujo á co- 
meter ese nombre y cuánto he sufrido 
por causa de él ! A él le debo, entre otros 
males, mi irrealismo, la falta de sentido 
práctico y esta pobre musculatura. La 
poesía me traicionó, á la prosa me vuelvo ; 
me levanta el estómago la farsa de la 
ciudad, y al campo me voy. Quiero sentir 
agitarse en mí las energías de la natura- 
leza y vivir un poco de la vida universal. 
Obrar, obrar; ocupar más espacio; apo- 
derarme de las realidades; darles escape 
á los deseos de poseer y dominar que 
falsas disciplinas me enseñaron á comba- 
tir. De eso estaba enfermo. Lo comprendo 
en este instante, porque á la sola idea de 
obrar, de luchar, de ser útil, i Dios mío I 
útil, me siento revivir. 



EL TERRUÑO 175 

Amabí lo miraba de hito en hito, exac- 
tamente como cuando él le explicaba la 
finalidad sin fin del arte. Entonces Tóeles, 
dándole fuego á otro cigarrillo, le expuso 
sus ideas, y planes, con tanta elocuencia 
y tan hondo acento de convicción, que 
Amabí vio también el cielo abierto y quedó 
dispuesta á seguirlo al fin del mundo. 

Y ese mismo día, los desocupados pa- 
seantes de la calle « Sarandí » vieron con 
asombro un hombrecillo de chambergo, 
bombachas gauchas y grandes botas, que 
se paseaba tomando toda la vereda para 
sí, arrogante el andar, soberbioso el em- 
paque, y cuyas miradas eran como carte- 
les de desafío. 



\ll 



Primitivo se dirigía á « El Ombú ». Iba 
contento. Había duplicado el número de 
las o\ejas, y en el cinto, redondo á fuerza 
de duro relleno, que le oprimía las cade- 
ras como hinchado culebrón ceñido al tron- 
co de un árbol, llevaba el producto de la 
última esquila. El oro dábale cierta tonifi- 
cante confianza en sí mismo: silbaba, en- 
tonaba décimas y estilos criollos, y, de vez 
en cuando, sentía ganas de gritar porque 
el gozo le producía vivo cosquilleo en las 
narices. « La verdad es que todo me ha 
salido á pedir de boca. . . ¡ gracias á Dios ! » 
repetía, apresurándose á mostrarse agra- 
decido para que el buen Dios no lo dejase 
de su mano. 

El gacho, de alas cortas y copa alta, era 
flamante; las botas de cuero amarillo y las 
espuelas de plata, presumidas y galanas, 
también. Contemplándose en la sombra, 

12 



178 EL TERRUÑO 

afirmábase en los estribos de amplia cam- 
pana y abría las piernas con presunción, 
como antes de casarse, cuando pasaba por 
delante de las mozas de redondas caderas 
y firmes pechos, y al verse tan peripuesto 
sobre un pingo escarceador sonreía con 
todo el rostro. 

De pasada se apeó en « La Nueva Es- 
peranza», la estanzuela de Tóeles, para 
tomar un mate y entei-arse de las nove- 
dades políticas. El hombre estaba al con- 
cluir la esquila y examinaba el trabajo, 
yendo de un lado para otro, sin cesar de 
revolver maquinalmente la bolsa de las 
latas, con las que pagaba á los esquilado- 
res al depositar éstos los vellones albos y 
ligeros como monstruosos copos de nieve, 
ó gualdos como enormes capullos de seda, 
sobre la mesa de atar. Hacía un calor 
aplastante; olía ú. jjibre y á sobaquina; el 
sudor caía de las nudosas frentes ó corría 
por los pechos fornidos y velludos. El pa- 
trón no le perdía pisada á su gente y mos- 
trábase muy pelilloso; quería que esquila- 
ran al ras de la piel, sin pegar tijeretazos 
menudos ni herir las ovejas, y recorría la 
cancha vigilando con ojo inquisidor lo mis- 



EL TERRUÑO 179 

mo á los tijeras que á los atadores, esco- 
bas y médicos. 

— ¡Amigo, tiene las ovejas gordas y 
sanas ! — exclamó Primitivo después de ha- 
berle dado la mano á todo bicho viviente. 
— I y qué parición, si cada oveja tiene un 
cordero ! 

— Y algunas dos,— replicó Tóeles gozoso. 
Nuestro suegro está en lo cierto cuando 
asegura que « los carneros de « El Ombú » 
preñan y no brincan » . 

— Ya creo — asintió el paisano, soltando 
una gran risotada, una de esas risotadas 
gauchas que sólo se 03'en en las cocinas 
de las estancias. 

Pronto y sin esfuerzo, porque todo era 
para Tóeles motivo de curiosidad y mara- 
villa, habíase puesto al corriente de las 
faenas camperas y encariñado con ellas de 
modo singular. Las tareas más pedestres 
y rudas — tanto podía su imaginación— an- 
tojábansele inteligentes, entretenidísimas, y 
la empeñosa defensa del centesimo, llena 
de goce hondo. No parecía sino que el 
despliegue de las potencias y actividades 
naturales, antes contenidas y torturadas, le 
volvían el alma al cuerpo, restituyéndola 



180 EL TERRUÑO 

á los vitales ejercicios que la mantienen 
sana, fuerte y bien dispuesta. Sentíase con 
muy otro ánimo. El levantarse con la au- 
rora y el acostarse con las gallinas, des- 
pués de la porfiada brega de todo el día, 
lo limpiaban de murrias y desazones. 

—Tienen estas actividades solía decirle 
á Amabí — un encanto que yo no sospe- 
chaba siquiera, y que no sólo produce sa- 
tisfacción interesíida^ sino goce artístico, 
porque, yo te diré, todo lo que se hace 
con amor y deleite es, en cierto modo, 
obra de artista. Yo comprendo mi tarea á 
la manera que un pintor su cuadro : pugno 
por suprimir, poniendo árboles, arrancando 
piedras, quitando malezas, las desarmonías 
del paisaje, la monotonía del horizonte, las 
fealdades del campo cimarrón; trato de 
hacer visible y perenne el orden oculto de 
la naturaleza acomodada á un fin, ^í-, poco 
á poco, establezco en las praderas, la ma- 
jada, el rodeo, las poblaciones y el am- 
biente, gracias á las obras y cambios que 
hago, las divinas jerarquías de la belleza, 
ó, si quieres, de la vida en ñor. Dirás que 
poetizo ... y bien, la poesía es brava 3' sa- 
ludable cosa cuando exalta, y exalta siem- 



EL TERRUÑO 181 

pre que embellece realmente, es decir, 
siempre que es verdadera poesía. Acaso 
con el fln de darles mayor incentivo á 
estas humildes ocupaciones, procuro, sin 
sospecharlo, ennoblecerlas y hermosearlas 
espiritualmente ; pero, con toda sinceridad 
te lo digo : me placen ; siento que no son 
cosas baladíes, sino tareas inteligentes y 
graves, y me hacen mucho bien, tal vez 
porque no me dejan tiempo para el come- 
come del pensar. 

En efecto, siempre tenía algo urgente 
que hacer: ya estirar alambres, ya reto- 
car el revoque del rancho ; ora señalar 
los terneros, ora combatir el yuyo y la 
espina, y á tal extremo llevaba el impe- 
tuoso afán de darse cuenta de todo y de 
hacerlo todo por su propia mano, que poco 
ó ningún espacio le quedaba para leer ó 
escribir. En cambio, plantaba árboles y los 
miraba crecer gozoso ; regalábase con las 
legumbres que el mismo, mitad en serio, 
mitad en broma, cultivaba en compañía 
de Amabí y que le sabían á gloria, y 
curaba personalmente á sus ovejas de la 
sarna y la manquera. Jamás supuso que 
el recoger los huevos calentitos, ó el apu- 



182 EL TERRUÑO 

rar un vaso de espumoru leche, palmean- 
do á la vaca suya que lo daba, y otras 
puerilidades parecidas, habían de halagarle 
al amor propio de tan dulce manera, pro- 
duciéndole al mismo tiempo algo así como 
la impresión, grata y calmante, de un 
baño tibio en bailadera propia . . . Pero 
si no estudiaba ni escribía por falta de 
tiempo, meditaba, y con fruto y placer, 
porque el contacto con las realidades en- 
señábale lo que los libros no decían, y el 
mirar las cosas con ojo inteligente hacía 
que descubriera, aun en las más nimias, 
bajo la fútil apariencia, la poesía íntima, 
la oculta si<ínificación, lo cual era venero 
de grandes goces. 

Por otra parte, antes de levantar pen- 
dón guerrero y romper la primera lanza 
por su ideal, quería penetrarse de la real 
importancia de ciertos hechos, sin signifi- 
cación transcendente al parecer, pero lle- 
nos de ella si se aguzaba un poco el análi- 
sis, y estudiar á conciencia l.is necesidades 
y aspiraciones de la campaña, todo lo 
cual demandaba tiempo, reiteradas lectu- 
ras, tranquilidad de espíritu, por manera 
que la crítica demoledora de los partidos 



EL TERRUÑO 183 

tradicionales y la propaganda de hegemo- 
nía rural, iban quedando en el tintero. 
Algunas pláticas, que al respecto tuvo 
con los vecinos más ilustrados y capaces 
de cristianos sacramentos, no fueron parte 
á encenderle el ánimo y . darle mayores 
arrestos; al revés, lo dejaron mohíno y 
cabizbajo. Aquellas buenas gentes sólo 
querían la paz de cualquier modo, por 
cualquier medio, y que los dejasen tran- 
quilos ; pero ni por soñación se les pasaba 
por las mientes la idea de hacer algo con 
el fin de lograrla ó imponerla. Por lo cual 
llegó á sospechar él, con grave peligro de 
sus doctrinas, que acaso los partidarios 
eran superiores á los trabajadores, dado 
que, con fines bajos ó levantados, sabían 
los primeros luchar por sus intereses hasta 
morir por ellos, mientras los últimos no. 
Á éstos, aparte del incentivo del logro, 
ningún móvil, ningún estímulo tenía, la 
mágica virtud de llevarlos á las líneas de 
fuego de la lucha social, y Tóeles com- 
prendió presto, que en medio de todo, no 
era poca fortuna el que sus colegas sintie- 
sen con fuerza, al menos, la ambición 
bruta de riquezas, el afán de poseer, 



184 EL TERRUÑO 

porque, sin ese acicate ni otra emula- 
ción de más alto orden, fueran como fru- 
tas que se les seca el carozo, ó cria- 
turas á quienes la voluntad de dominio 
muerta les pudre el alma y el cuerpo y 
convierte en espectrales sombras. Á ma- 
yor abundancia de razones, lo hacían re- 
traerse y postergar indefinidamente sus 
planes, el considerar, pasado el primer 
momento de entusiasmo y exaltación, que 
por los peligrosos senderos de su indivi- 
dualismo anárquico era harto improbable 
que el rebaño de Panurgo lo siguiese, y 
que á sus ideas les hacía falta pasar por 
las cribas del estudio y la meditación antes 
de ser expuestas en la plaza pública. 

« ¡ Quiera Dios que le dure ! » decíase 
Amabí, considerando la ardorosa actividad 
de Tóeles. Ocupábase la maestra en los 
quehaceres domésticos, y, á ratos perdidos, 
en el jardinete y la huerta. Era un con- 
tento verla tan diligente y mañosa. Con 
la alegría, la maternidad y el trajín casero, 
le habían vuelto los colores y los encan- 
tos naturales de su carácter llanote y re- 
tozón. La venida á « La Nueva Esperanza », 
fué para ella también como una resurrec- 



EL TERRUÑO 185 

ción, que la despojó del afeite pedagógico 
é hizo retoñar en la individualidad propia 
las cualidades heredadas de doña Ángela. 
Del profesorado no se acordaba siquiera, 
y tan á pechos tomó la zumbona adver- 
tencia de Tóeles, de que la literatura le 
iba á cortar la leche, que sólo leía el 
« Arte Culinario » y « La cría práctica de 
las gallinas ». 

Por excepción, en las horas caniculares 
ó en las largas noches de invierno, Tóeles 
cogía un libro de versos, francés general- 
mente, y leía en alta voz, mientras Amabí, 
cosiendo, escuchaba. Las cariciosas frases 
aleteaban entre las cuatro paredes del ran- 
cho como mariposas venidas del país del en- 
sueño. Tóeles sentía á veces el alma rebo- 
sante de nostalgias; el hmo amargo de las 
aspiraciones frustradas se removía. 

Mourír, n élre plus ríen ! Renfrcr dans le silence ! 
A voir ¡ugé les cieux et s en aller sans bruif ! 

En pasajes como el que antecede, una 
extraña melancolía, á la vez penosa y dulce, 
embargábale el ánimo. Cerraba los ojos y 
meditaba. Amabí alzaba la vista de la cos- 
tura y contemplábalo curiosa é inquieta. 



186 EL TERRUÑO 

Su instinto de mujer le decía que los libros, 
árboles del bien y del mal eran, cuyos 
frutos prohibidos de nostalgias y morbide- 
zas enfermaban á Tóeles y comprometían 
la dicha conyugal. Largo rato lo obser- 
vaba sin mover pestaña, como si quisiera 
beberle los pensamientos. 

— ¡ Tóeles ! . . . — exclamaba al fin con 
acento de reconvención. 

Él salía como de un sueño; pasábase la 
mano por la frente y tornaba á leer con 
voz insegura y ronca, como preñada de 
sollozos. Otras veces lograba dominar sus 
impresiones, pero al acostarse, y apagar 
la luz decíase: 

Ah! Redevenir ríen irrévocablemení I 

y permanecía horas enteras boca arriba, 
inmóvil y con los ojos desmesuradamente 
abiertos. Amabí dormía á pierna suelta; 
fuera oíase el graznido de las lechuzas y 
los alertas del avizor terutero. Tóeles pen- 
saba, pensaba... Pero esto acontecía de 
higos á brevas ; por lo general, de noche, 
marido y mujer hablaban sólo de sus queha- 
ceres y hacían cuentas y alegres cálculos. 



EL TERRUÑO 187 



Primitivo recorrió los bretes, examinó los 
opulentos vellones de los carneros padres, 
á fin de cerciorarse si éstos habían dado 
más lana que los suyos, y luego, con el 
caballo de la rienda, al despedirse del fla- 
mante estanciero, le preguntó: 

— Y... ¿tendremos revuelta? 

— Por ahora no — aseguró Tóeles des- 
pués de breve reflexión, — pero más ade- 
lante, seguro. 

— Entonces... ¿sabe algo? 

— ¡ Hum ! . . . más de lo que yo quisiera. 
Para los que siguen de cerca los tejema- 
nejes de los partidos, no es un misterio lo 
que pasa. Los blancos ó nacionalistas, como 
ellos se llaman ahora para darse lustre pa- 
triótico, se organizan y arman; el Presi- 
dente, á fin de mantenerse en el poder, 
aunque luego sobrevenga el diluvio, hace 
la vista gorda: á ese precio lo dejan go- 
bernar; el país está dividido en feudos: 
cada cacique tiene el suyo y en él es se- 
ñor de horca y cuchillo: exigen, el Go- 
bierno cede, y esto no puede concluir sino 
con una pamperada de bayonetazos. 



188 EL TERRUÑO 

— ¡Cuándo nos dejarán tranquilos! — sus- 
piró el paisano. 

— Eso digo yo : \ cuándo nos dejarán tran- 
quilos ! 

Primitivo se alejó de « La Nueva Espe- 
ranza » al trotecito, reflexionando en las 
alarmantes palabras de Tóeles. Llegó á 
« El Ombú », pagó las ovejas finas que 
había adquirido días antes y gravemente 
entrególe, bajo recibo, el resto de su oro 
al comerciante, que lo guardó más grave- 
mente aún. Hecho esto preguntó: 

— ¿Cuándo te decides á comprar el cam- 
pito? 

— Después de vender los capones. . . si 
Dios quiere. 

— Si te hace falta algún dinero, yo te lo 
puedo adelantar. . . con un módico interés. 

— No, gracias; me va á sobrar. 

Hubo un silencio, después dijo Papa- 
goyo: 

— ; Y qué tal van por « La Nueva Espe- 
ranza » ? 

— Lindo no más . . . 

— Entonces ¿el hombre rumbea? 

— Rumbea, — contestó categóricamente 
Primitivo. 



EL TERRUÑO 189 

—¡Quicen había de creerlo !- exclamó 
Papagoyo con su beatífica sonrisa. 

El paisano almorzó en compañía de sus 
suegros ; desput^s de la siesta se dispuso 
íl partir. 

Empezaba á soplar con fuerza el viento. 
Espesos nubarrones morados, violetas y 
parduzcos corrían á la desbandada hacia 
el sur, donde agonizante claridad entris- 
tecía la tierra. Por los caminos se levan- 
taban iracundas trombas de polvo, y el 
aire olía á paja mojada. A lo lejos oíase 
el bronco rodar del trueno. 

--Se viene la tormenta, y mis oveji- 
tas recién esquiladas, — murmuró Primitivo 
hincando espuelas. 

\Jn impetuoso remolino de viento casi 
lo saca limpio del recado; obscureció más 
aún y empezaron á caer gruesas gotas, 
que estallaban como cohetes al chocar 
contra la tierra. Primitivo, con el cuerpo 
echado hacia adelante, el sombrero en la 
nuca y la barba partida en dos, avanzaba 
á todo correr. Patapldn, patapLán, pata- 
pldn hacían los cascos del caballo, y, como 
un eco, patapldn, patapldn, patapldn res- 
pondía el corazón de Primitivo. Pero no 



190 EL TERRUÑO 

fué muy lejos. De súbito, furiosa lluvia de 
piedras lo hizo tirarse del caballo y cu- 
brirse la cabeza con un cojinillo. Y se 
desencadenó la tormenta. Tronaba como si 
chocasen las esferas celestes; las piedras, 
en medio de lívidas claridades y sulfúreas 
luces, golpeaban el suelo semejando el 
precipitado redoblar de sonantes tambores, 
y el íigua corría á torrentes por las cues- 
tas y rebullía espumosa en las zanjas. 

« ¡ Quiera Dios que no les suceda nada 
á mis ovejitas ! » suspiraba Primitivo, vien- 
do como sumergido en agua, el paisaje 
que tenía ante los ojos. « Y á Tóeles lo 
agarra con las ovejas al ladito de los bre- 
tes, mientras que á mí . . . Bien dicen que 
para potrosos no hay como los chapeto- 
nes. Ni un cordero se le va á morir » . . . 
agregó con cierto despecho. Cuando cesó 
la piedra, pero bajo el latigueo de la llu- 
via, siguió su camino á escape, repitiendo 
incesantemente. « ¡ Quiera Dios que no les 
suceda nada á mis pobres ovejitas » ! 

Llegó; las ovejas, empujadas por el vien- 
to, avanzaban hacia el arroyo, desbordado 
y torrentoso. El trayecto recorrido era fá- 
cil de conocer por el tendal de borregos 



EL TERRUÑO 191 

muertos que se veían blanqueando sobre 
el pasto verde. Primitivo comprendió el 
riesgo que corría la majada y se propuso 
juntar los grupos dispersos para que se 
abrigaran mutuamente, y, al mismo tiem- 
po, desviarlos de la dirección del arroyo, 
al que podían azotarse y perecer. Ruda 
tarea; las ovejas, transidas de frío y medio 
locas de miedo, seguían siempre adelante, 
hacia el abismo, con estúpida testarudez; 
el paisano, corriendo de un lado a otro, 
procuraba atajarles el paso y hacerles vol- 
ver grupas, y en ese desesperado empe- 
ño transcurrieron dos horas de angustias 
mortales. Llegaba la noche y arreciaba el 
temporal. Los bretes quedaban en contra 
del viento y ni por soñación pensó en lle- 
varlas á ellos; hubiera sido intento vano. 
Era necesario imaginar otra cosa, y ansio- 
so miraba hacia todas partes sin que se 
le ocurriera medida de salvación alguna 
pero sin desmayar tampoco en su porfía; 
antes de ceder y dejar perderse el fruto 
de tantos trabajos hubiera preferido morir 
junto con sus ovejitas. A la luz de los re- 
lámpagos aparecía ceñudo y formidable 
cual un héroe de los tiempos bíblicos ba- 



192 EL TERRUÑO 

tiéndose con apretado ejército de pigmeos. 
Había desensillado y quitádose las botas 
y el poncho, y en pelo revolvía el caballo 
haciendo las más estupendas evoluciones. 
.A veces, con las patas del noble bruto 
empujaba las ovejas arremolinadas, o, de- 
sesperadamente, echaba pie a tierra y a 
empellones trataba de hacerlas cejar. No 
sentía cansancio, ni el frío que le agarro- 
taba los miembros; sólo pensaba en salvar 
las ovejas, sus queridas ovejitas. 

Después de mucho batallar, avanzando 
al sesgo, pudo llevarlas a la falda de una 
cuchilla y allí, al abrigo de ella, arrimán- 
dose unas a otras, se detuvieron. 

— ¡ Por fin ! — exclamó Primitivo, a tiem- 
po que el viejo pangaré, doblando las 
temblorosas patas, caía hacia adelante sin 
vida. 

Al amanecer, viendo perecida casi toda 
la borregada y además una buena canti- 
dad de ovejas, lágrimas de rabia acudie- 
ron a los ojos del buen paisano; pero pron- 
to se rehizo, y sin rencor, sin maldecir la 
suerte, propúsose lo que en otras análo- 
gas ocasiones: trabajar más y gastar me- 
nos. Y á punto seguido, con el firme pro- 



EL TERRUÑO 193 

pósito de disminuir el daño en lo posible, 
ocupóse diligente en sacarle el cuero á los 
animales muertos. 

Primitivo era un hombre sano. Primitivo 
era un hombre bueno. 

Lo que le -costó más fué renunciar, por 
el momento, á la compra del campito ; pero 
lo hizo, ahogando con harta pena, pero 
también con mano dura, aquella aspiración 
de toda su vida. 

Primitivo era un hombre bueno; Primi- 
tivo era un hombre sano. 



13 



IX 



Pasaron dos años. La política seguía 
ahogando las energías nacionales y pro- 
duciendo agitación vana y ansiedad cierta. 
Hubo elecciones de representantes, que 
nada representaban; cambios de senado- 
res y ministros, excelencias y usías tan 
inocuas como las que se fueron dejando 
calentitas las butacas rojas por la luenga 
y regalada empolladura, de la que sólo 
resultaron huevos podridos ; hubo también 
cambio de gobierno, sin que faltara, como 
es natural, el consiguiente levantamiento 
nacionalista, que duró poco, porque el 
nuevo Presidente, no bien acomodado aún 
en el sillón presidencial, sintióse débil y 
tuvo que bajar la cabeza ; los caudillos 
impusieron su voluntad y obtuvieron lo 
que buscaban bajo el poncho patriótico: 
canongías, prebendas, posiciones estraté- 
gicas, y el caciquismo y el sistema de los 



196 EL TERRUÑO 

feudos departamentales entronizóse más 
en el país con grande escándalo de los 
doctores en ciencia institucional y no me- 
nos grande indignación de los colorados, 
los cuales trataban de levantiscos y ale- 
vosos á sus enemigos, sin echar de ver 
que las opresiones coloradas producían 
las reacciones blancas, por igual arte que 
el continuo conspirar del partido de la 
llanura la fuerza opresiva del partido del 
Poder. Y éste era el callejón sin salida y 
el círculo dantesco de las pasadas culpas 
de ambos. Mientras el amigo Batlle, que 
no había querido correrla, según la expre- 
sión pintoresca del general Saravia, ru- 
miaba su despecho y se la juraba al jefe 
blanco, la inquietud cundía en el país, los 
trabajadores emigraban al Brasil ó á la 
Argentina, y los capitales, olfateando la 
tormenta, refugiábanse en las arcas ó bus- 
caban cielos más clementes y aires menos 
mefíticos para las finanzas. Sólo el ele- 
mento rural, no obstante ser él quien pa- 
gaba los vidrios rotos de las revoluciones, 
mostrábase optimista y activo, y seguía, 
guiado por un instinto cierto, produciendo 
riquezas y civilizando, á pesar de las tur- 



EL TERRUÑO 197 

bulencias políticas, el apocamiento de las 
clases dirigentes y el macarronismo de toda 
la nación. Las estancias llevaban á cabo la 
obra mngna de refinar las haciendas, invir- 
tiendo al efecto ingentes capitales; con 
las arboledas, potreros, molinos y moder- 
nas construcciones que iban señoreándose 
de las peladas cuchillas, el paisaje cam- 
pero se transformaba y de hosco aparecía 
sonriente; y, al propio tiempo que aquél, 
cambiaba el ambiente moral, gracias á las 
ideas y aspiraciones nobles que traía apa- 
rejadas la actividad de los estancieros 
progresistas. Y así iba formándose fuera 
de la escuela y de todo influencia urbana, 
un nuevo tipo social, producto exclusivo 
de la necesidad económica, cuyas severas 
disciplinas hacían de cada gaucho levan- 
tisco un paisano trabajador, como la política 
de cada trabajador un gaucho alsao. 

En «ElOmbú», el progreso saltaba á 
la vista: los arbolitos dábanle ya sombra y 
abrigo á las ovejas en todos los potreros; 
la mayor parte de éstos había sido alfíil- 
fada, y otro molino asomaba, por encima 
del viejo ombú, su rueda inquieta. En « El 
Bichadero », Primitivo, que con la prospe- 



198 EL TEKKUÑO 

ridad usaba pantalón ajustao en vez de 
bombachas, tenía las majadas servidas por 
carneros puros y los rodeos por toros 
Durhnms; además, había hecho tres potre- 
ros nuevos y plantado un monte de euca- 
liptos. La división de las haciendas en 
grupos rigurosamente clasificados, sobre 
utilizar mejor el campo y avanzar el refi- 
namiento, le daban á la estanzuela un 
aspecto cuidado y próspero. Sólo á Tóeles 
no le lucía el pelo: la agricultura y la ins- 
talación de la cremería, á pesar de que 
« al régimen pastoril debían seguir el labo- 
reo y las industrias rurales », le originaron 
serios desembolsos, hartas preocupaciones 
y no le daban resultados prácticos. Por 
otra parte, los artículos de propaganda 
rural que escribía y el ocuparse en los 
intereses generales, lo hacían descuidar 
los propios, y aun perjudicarlos, porque el 
prurito de predicar con el ejemplo lo lle- 
vaba á introducir en la explotación de « La 
Nueva Esperanza » reformas y adelanta- 
mientos avanzados, pero fuera de sazón. 
Llegó á fabricar muy buena manteca; pero 
como el mercado de consumo quedaba 
muy distante, los gastos de transporte sa- 



EL TERRUÑO 199 

líiin más caros que el producto; algo se- 
mejante le aconteció con el trigo, amén de 
que la impermeabilidad de las tierras y lo 
irregular de las lluvias hacían muy pro- 
blemáticas las cosechas. Estos fracasos le 
revolvieron la bilis y lo hicieron mirar con 
despechado enojo la prosperidad de « El 
Ombú » y « El Bichadero », y hasta de- 
cirse que para medrar, tanto en el campo 
como en la ciudad, lo mejor era ser bien 
egoísta en lo que toca al dinero, y arri- 
madito á la cola en lo que atañe á las 
ideas. Acaso no se equivocaba. 

En cambio, Primitivo estaba contento de 
la suerte y de sí mismo. El día señalado 
para firmar la escritura del campito diri- 
gióse á la pulpería, recogió su plata y ale- 
gremente tomó el camino del pueblo. Iba 
tan alborozado, que la luz le parecía más 
luminosa, más puro el aire y el canto de 
los pájaros más melodioso que el de las 
aves del paraíso. 

Todo estaba en forma. Pagó, apoderóse 
de los títulos con mano febril y salió de 
la escribanía vacilando como si estuviese 
ebrio. « ¡ Gracias á Dios, gracias á Dios ! » 
— repetíase caminando sin dirección fija. 



200 EL TERRUÑO 

« Ahorn es necesario ponerse paquete, por- 
que, porque . . . » — se dijo luego, y entrando 
á una tienda, adquirió varias relumbrantes 
chucherías, las ropas necesarias para em- 
perijilarse de pies á cabeza y un reloj de 
mujer muy cuco, y montó de nuevo con 
los preciosos documentos atados á la cin- 
tura en un pañuelo de seda. 

« ¡ Qué sorpresa le voy á dar á mi Ce- 
ledonia, ella, que no me espera hasta de 
aquí á tres ó cuatro días!'» — pensó sabo- 
reando anticipadamente la dicha que le 
proporcionaría con el regalo, y la dicha 
que experimentaría él mismo al verla reir 
con aquella su bocaza de labios elásticos 
y rojos. Iba para seis años de casado, y, 
¡gracias á Dios! era feliz; tenía campo 
propio, tres mil ovejas de apretado vellón, 
doscientas vaquitas, un hijito que le ti- 
raba de las barbas, y una compañera de 
carácter brusco y rostro machuno, es ver- 
dad, pero hacendosa, querendona y con 
unas carnes frescas y apretadas como la 
pulpa del melón. « Ahora, como el campo 
es mío, haré una casita de material, un 
galpón cito para los carneros padres, un 
huerto, quinta, alfalfares ...» y placentera- 



EL TERRUÑO 201 

mente seguía imaginando la posesión y el 
goce de bienes largo tiempo codiciados. 

De pronto, recordando que á la realiza- 
ción de sus sueños seguía siempre alguna 
desgracia, la sonrisa se le petrificó en los 
pulposos labios. « Cuando compré los pri" 
meros carneros finos, me cortaron los 
alambrados y saquearon el rancho; poco 
después de adquirir las ovejas puras, el 
temporal me mató la borregada... pero 
ahora ¿qué puede sucederme? No hay 
guerra, y el tiempo corre á pedir de boca. » 
Tranquilizado con estos últimos razona- 
mientos, engolfóse de nuevo en sus ale- 
gres planes. « Al galpón lo haré un poco 
más grande, para poner mi caballo ; sí, es 
conveniente un caballo d grano en el in- 
vierno. ¡ Cómo va á engordar el manchao 
viejo ! » — exclamó por último, y la dicha 
tornó á iluminar el rostro cuadrado y co- 
loradote de Primitivo. 

Llegó de noche. Los perros ladraron, y 
después, reconociéndolo, le salieron al en- 
cuentro. Celedonia abrió la puerta y pre- 
cipitadamente volvióla á cerrar. « Se habrá 
asustado » — supuso Primitivo, y, apeán- 
dose, desensilló tranquilamente y soltó el 



202 EL TERRUÑO 

caballo, después de haberle rascado el 
lomo con el cuchillo. 

—Soy yo, — dijo golpeando la puerta. 

Nada, Celedonia no respondía. « Está 
despierta, hay luz, ¿ por qué no abre ? » 
preguntóse Primitivo sin saber qué pensar. 
Llamó otra vez, y nada. « ¿ Le habrá su- 
cedido algo? puede que le haya dado el 
mal«, reflexionó, y añnando el oído pare- 
cióle sentir rumor de voces, susurro de 
palabras dichas quedo y de prisa. Sin 
saber por qué, le empezaron á temblar las 
piernas ... « Y yo ¿ qué tengo, por qué me 
late el corazón ? » No pudiendo resistir 
más, hizo saltar la cerradura de un rodi- 
llazo y entró, encontrándose de manos á 
boca frente á frente de Celedonia y Jaime. 

Ella muy pálida, desencajada y toda tem- 
blorosa habíase refugiado en un ángulo 
de la pieza: tenía los brazos colgando, 
como desarticulados, y los ojos fuera de 
las órbitas ; él, en medio de la alcoba, con 
el poncho arrollado en el brazo izquierdo 
y el puñal en la diestra esperaba haciendo 
alarde de cínico valor. Primitivo apreció 
con pasmosa lucidez hasta los menores 
detalles del cuadro. Vio que por la bata 



EL TERRUÑO 203 

mal abrochada de su mujer aparecía una 
camisa más fina y primorosa que las usa- 
das á diario por ella. « Para mí no se 
hermoseaba tanto ». Lo hizo pensar con 
acerba pena aquel descubrimiento; notó 
el convulso temblor de los labios de Cele- 
donia, hinchados de tanto besar; el desa- 
liño del cabello y la sortija de dos cora- 
zones que él le había regalado al hacerla 
su esposa. Esto último le causó como un 
brusco desgarramiento interno. Contó las 
monedas de oro que adornaban el cinto 
de Jaime, y, por la expresión fiera de los 
ojos de éste y su arrogante actitud, de- 
dujo que estaba resuelto á todo. « Sería 
capaz de asesinarme el muy perro », se 
dijo ; « ¿ y ella? ... ella acaso lo ayudaría . . . 
Entonces, ciertos eran los rumores y ha- 
bladurías que yo no quise oir . . . lo que- 
ría á él, no á mí; quizá había sido suya, 
y sólo por la plata ¡ ah 1 . . . Y en tropel 
y confusión lo asaltaron mil recuerdos de 
su noviazgo con Celedonia, noviazgo cuya 
paz ponía en peligro las asiduas visitas 
de Jaime á « El Ombú ». « ¡ Cuántas veces 
se guiñaron el ojo en mis narices ! . . . 
¿Qdé querían decir sus sonrisas malicio- 



204 EL TERRUÑO 

sas? Me engañaban, se burlaban de mí». 
Y, diciéndose esto último, el rostro pare- 
ció demacrársele repentinamente ; los ojos 
se le escondieron en las órbitas, ahondá- 
ronsele los rasgos de la fisonomía y los 
pliegues del cerdoso entrecejo, y la nariz 
se le puso blanca, casi transparente. 

Jaime no esperó más; como despedido 
por un resorte, saltó sobre su hermano y 
le asestó una feroz cuchillada en el ros- 
tro. Primitivo cayó de bruces. 

El tenorio ganó la puerta, montó de 
salto y al alejarse á galope corto, como si 
tal cosa, se dijo: «i Había sido de andar 
el salvaje!», y envainó el arma. 

Y ya los tiernos guachitos no tuvieron 
quien les diera leche, y, en las majadas, 
los corderos que perdían á las madres, 
morían de hambre y eran carniza de zo- 
rros y caranchos. . . Las ovejas, enflaque- 
cidas y sarnosas, dejaban los vellones en 
las malezas, 3' en los alrededores de las 
casas, antes tan limpios, crecían las espi- 
nas y los cardos, dándole á la población 
el aspecto de una melancólica tapera. . . 



EL TERRUÑO 205 



* * 



Primitivo entregóse con ardor á la be- 
bida y la pasión política, cual si entre ésta 
y el odio que le roía las entrañas, existie- 
sen íntimas.}' estrechas correspondencias. 
Fué el furor suyo como el del buey: tar- 
dío, pero terrible. Frecuentaba asiduo las 
pulperías y concurría puntual á las perió- 
dicas reuniones y asambleas de sus corre- 
ligionarios, donde presto adquirió fama de 
colorado exaltadísimo y capaz de una hom- 
brada. Él antes tan indiferente á las luchas 
de los partidos, aunque colorado era, por- 
que su padre lo había sido, hablaba solo, 
así que la caña le desataba la lengua, de 
degollar blancos traidores; hízose satélite 
y hombre de confianza del pardo Carranca, 
de tenebrosa historia, sólo porque Jaime 
lo era de Pantaleón, y usaba, en vez del 
puñalito de plata, enorme daga de dos 
filos, que sola estaba pregonando el gusto 
de su dueño por la pendencia y las aira- 
das aventuras. Y al hilo y compás de estas 
tan inusitadas cuanto radicales transforma- 
ciones de su carácter, fué perdiendo el 
pobre gaucho las virtudes adquiridas en 



206 EL TERRUÑO 

el trabajo y dando señales inequívocas de 
relajamiento moral. Al presente, dejaba 
que las ropas se le pudriesen en el cuerpo, 
no se peinaba nunca y dormía, muchas 
veces sin desnudarse, en un mal jergón. 
De las haciendas, mejoradas con tanto 
afán, no hacía maldito el caso: los carne- 
ros permanecían en las majadas todo el 
año; la sarna hacía de las suyas; los 
vecinos le robaban los corderos que él, 
en su insensata desidia, ni siquiera se 
preocupaba de señalar. Una personalidad 
primitiva, áspera, sin cariz de afinamiento, 
producto de remotos influjos ancestrales y 
ambientes contenidos, no destruidos, por las 
disciplinas de la cultura, surgía nueva- 
mente del pozo hereditario y se superpo- 
nía á la personalidad formada por ellas. 
Aún en el físico había cambiado; Primi- 
tivo parecía otro hombre Su falta de aseo 
inspiraba repugnancia, y el chirlo que le 
partía la frente, el ojo y la mejilla, dábale 
el aspecto inquietante del gaucho malevo^ 
impresión quilatada y subida de punto por 
el entrecejo, siempre rugado, y el mirar 
torvo y como vestido de riguroso luto. 
«Ese hombre tiene ahí clavado un mal 



EL TERRUÑO 207 

pensamiento » — decíanse las gentes al ob- 
servar el sombrío empaque del paisano. 
Con el sol muy alto ya, abandonaba el 
lecho é iba á sentarse á la sombra del 
ombú, á un lado la cafetera y el mate, la 
botella al otro, y allí se pasaba las horas, 
perdido en una especie de abstracción es- 
túpida, porque en ella no había ni pensa- 
miento ni ensueño. Deslizábanse las horas 
lentas, monótonas, dormidas; caían cual 
un perenne gotear en el pozo sin fondo 
del infinito. Primitivo cabeceaba, abría los 
ojos lentamente y tornaba á cerrarlos más 
despacio aún. Á veces se distraía siguiendo 
el vuelo de los pájaros, ó las ágiles carreras 
de las lagartijas, ó el paso doctoral de un 
ñandú^ 6 miraba á lo lejos sin ver . . . De re- 
pente, en lontananza, esfumándose cada vez 
con más vigor sobre las verdes lomas ó la 
fineza azul del horizonte, alcanzaba á perci- 
bir algo animado , . . luego, los contornos se 
precisaban, el bulto adquiría forma. . . ¡ ay ! 
era una vaca vieja empantanada en el 
arroyo, ó una oveja, puro pellejo y huesos, 
de lomo encorvado, de ijíires hundidos, 
que buscaba, para morir tranquila, un sitio 
apartado y soledoso. Entonces aguzaba la 



208 EL TERRUÑO 

vista y veía, veía que un carancho, tra- 
zando en el aire, alrededor de la mori- 
bunda, majestuosos círculos, cada vez más 
lentos y cerrados, espiaba la agonía del 
mísero animal con su pupila ardiente. De 
trecho en trecho deteníase la oveja para 
tomar respiro; dejábase caer sobre las ro- 
dillas y, haciendo eje de ellas, seguía el 
amenazante vuelo de su verdugo, girando 
sobre sí y dándole siempre la cara. Cuan- 
do, jadeante y extenuada, se abatía al suelo, 
el ave de rapiña pasábase frente á ella 
como el centinela de la muerte. Luego 
aproximábase paso á paso, solemne y si- 
niestra. La oveja, haciendo un esfuerzo 
supremo, tornaba á ponerse sobre las ro- 
dillas, y el carancho volvía á trazar los 
círculos fatídicos, y así, hasta que aquélla 
desfallecía. Entonces, de dos certeros pi- 
cotazos le reventaba los ojos. 

Doloroso sacudimiento despertaba las 
facultades mentales de Primitivo; como 
Prometeo, sentía que el corvo pico le 
arrancaba las entrañas; pero no se movía. 
«Antes, no hubieran pasado las cosas así; 
pero ahora... todo acabó», decíase, y em- 
puñaba la botella. 



EL TERRtJÑO 209 

Yo fenía un paiarifo 
Y el pajarito se fué, 

canturreaba por último, mientras el caran- 
cho, después del sangriento festín, se ele- 
vaba en los aires, llevando en las garras 
para sus hijuelos las entrañas de la vícti- 
ma; y aquel estribillo de una vieja relación^ 
quién sabe por qué oculto subjetivismo, 
expresaba con lenguaje intraducibie, aun- 
que elocuente, lo que él no acertaba á 
analizar bien ni decía de ninguna ma- 
nera. 

Celedonia pasaba como una sombra. 
Caminaba encorvada y tenía enrojecidos 
los ojos y la boca hundida. Al ver á su 
marido silencioso y huraño junto al fogón 
ó debajo del ombú, preguntábase: «¿Qué 
pasará por su alma ahora? ¿Me estará 
maldiciendo ? . . . Si fuera capaz de perdo- 
nar, me echaría á sus pies, lo serviría de 
rodillcis, pasaría por todo por no verlo así; 
pero no, ese hombre no puede perdonar- 
me. . . » y se sentía morir de angustia. « ¿ Y 
todo viene de aquello?* interrogábase á 
continuación, y empezaba á percatarse de 
que allá, en las reconditeces de su alma, 

14 



210 EL TERRUÑO 

nacía violento odio contra el amante y 
juntamente un sentimiento indefinible, 
extraña mezcla de admiración lástima y 
respeto hacia el esposo burlado que la 
martirizaba, es verd.id, pero por ven- 
garse, sin duda, de la aficnta que ella 
le había inferido. Reconocía su culpa, co- 
metida sin pasión ni sensualismo, por de- 
bilidad tan sólo; pero más que la falta 
misma la atormentaban las consecuencias 
de ella: la vida miserable que vino luego 
3% sobre todo, la abyección del esposo, 
cuyo relajamiento físico y moral seguía es- 
pantada paso á paso. 

« i Qué malo debe de ser lo que hice 1 » 
pensaba vagamente al verlo regresar de 
la pulpería vacilando sobre las piernas, las 
ropas desaliñadas y el rostro embrutecido 
por la embriaguez. Y se asustaba de su 
delito y disponía á aceptar, sin protesta, 
lab mayores torturas para purgarlo. Por 
las noches figurábase siempre que Primi- 
tivo iba á matarla, y, caso extraño, no 
abrigaba rencor contra él. Lo oía acer- 
carse; lo veía desnudar la daga, cuya hoja 
resplandecía fatídica en la obscuridad, y 
sentía sobre el pecho desnudo la mirada 



EL TERRUÑO 211 

del asesino que busca el sitio. . . Helado 
sudor humedecíale las sienes; la lengua 
seca se le pegaba al paladar, desfallecía. 

« ¡ Vivo, vi\o ! » murmuraba al volver en 
sí, y en lucrar de odiarlo sentíase cuasi reco- 
cida porquQ aún él no había usado del dere- 
cho de acabar con ella, que le concedió des- 
de el primer momento sin la menor violencia. 
El envilecimiento de Primitivo tampoco le 
repugnaba. Cuando lo veía tirado en un rin- 
cón, borracho, con los ojos fijos y sin luz, 
como los de un pescado muerto, la boca en- 
treabierta y los mechones de pelo pegados 
á la sudorosa frente, no experimentaba asco, 
sino, por el contrario, vivísima atracción, 
piedad ardiente, ternura exaltada, quizá 
porque sufría por ella. La relajación de 
aquel hombre, antes tan bueno y sano y 
ahora abyecto, era obra suya, y este hondo, 
aunque confuso sentimiento, daba margen 
en el alma femenina y nada dura de Ce- 
ledonia, á ternezas inauditas é inclinación 
amorosa, explicable tan sólo considerando 
que las Evas suelen sentir perversa pre 
dilección por el hombre que, á causa de 
ellas, sufre y se envilece . . . 

Una tarde regresó Primitivo de la pul- 



212 EL TERRUÑO 

pería en tal estado de ebriedad, que ape- 
nas podía sostenerse en pie. Tambaleando, 
pudo llegar hasta el comedor. En la puerta 
se detuvo, y viendo á su mujer, que cosía 
junto á la ventana, entonó con lengua es- 
tropajosa : 

Yo lenía un pajarilo 

Y el pajarilo se fué. 

echándose á reir luego estúpidamente. Es- 
taba muy pálido ; la barba de ébano hacía 
resaltar más aún la blancura lechosa del 
rostro, y la lividez de los labios, estirados 
y entreabiertos por sardónica sonrisa. 

— ¡Dios mío! ¡qué suplicio! — exclamó 
Celedonia tapándose la cara con ambas 
manos para no verlo, para no ver, sobre 
todo, la expresión de aquellos ojos turbios 
y revueltos como los de los ciegos. 

Yo tenía un pajarilo 

Y el pajarilo se fué, 

tornó á repetir Primitivo; é intentando 
avanzar, se le enredaron las piernas, y 
cayó, hiriéndose en la frente. 

Celedonia trajo agua fresca, arrodillóse 
junto á él y le kivó la herida. Mirándolo 



EL TERRUÑO 213 

luego tiernamente, con lágrimas en los 
ojos, le pasaba los dedos por la enmara- 
ñada melena, henchido el pecho de senti- 
mientos blandos y dulces. « Yo he sido su 
cruz », consideraba con infinita tristeza, y 
la machuna Celedonia sentía ímpetus de 
prodigarle mil caricias, mil besos . . . Esa 
noche se impuso el deber de velarlo, y al 
otro día, al abrir los ojos Primitivo, se en- 
contró con que los de ella lo miraban hú- 
medos de amor . . . 

«¿Qué ha sucedido? ¿Por qué está mi 
mujer arrodillada á mi lado y mirándome 
así?... Y ¿por qué me duele la frente?», 
se preguntó sin recordar nada, entre los 
limbos del sueño aún ; y luego, agregó en 
voz alta y con acento duro: 

— ¿Qué haces ahí? 

— Te cuidaba; anoche te heriste en la 
frente y . . . 

— Bueno, bueno . . . — interrumpió él; — 
ya sabes que no quiero conversaciones; 
déjame no más . . . 

Como Celedonia permaneciese en la mis- 
ma actitud y no respondiera, añadió incor- 
porándose : 

— ¿No oís? 



214 EL TERRUÑO 

Entonces ella clamó, íibrazándose á las 
piernas de su marido: 

— Te pido por la virí]^en que tengas pie- 
dad de mí; no puedo más. . . 

Primitivo, montando en cólera, iba á 
estallar en improperios como otras veces, 
pero la pena de ella lo contuvo. 

— Déjame salir, — dijo solamente, doman- 
do la expresión fiera del rostro. 

Pero Celedonia, puesta de rodillas siem- 
pre, se apretó con más fuerza á él. 

— No, no, eso no; por la virgen te lo 
pido; mata, pero perdona... ¡Me muero! 
¿ No ves que me muero ? . . . 

En aquella actitud, con las lágrimas 
corriéndoles por las flacas mejillas y los 
ojos puestos en blanco, á pesar de su 
fealdad, atenuada por la expresión dolo- 
rosa y como espiritualizada por ella, se- 
mejábase Celedonia un tanto á la estampa 
de la arrepentida Magdalena que ador- 
níiba la pared. Era la aflicción de sus 
ademanes y palabras tan verdadera, que 
el airado esposo sintióse conmovido. ¡Cuán- 
tas ideas, rápidas como relámpagos, le su- 
girieron de súbito aquellas azuladas ojeras, 
aquel hundido pecho, aquel crispamiento 
de los labios, secos y amarillos I . . . 



EL TERRUÑO 215 

« i Qué acabada está ! » pensó. « Si yo 
pudiese perdonarla, si yo pudiese ...» y 
la piedad dilatóle un instante el endure- 
cido corazón. « Pero no podré, seguro que 
no podré ; ¿ qué vamos á hacerle ? yo tam- 
bién sufro;. la culpa no es mía. ¿Por qué 
me engañó? ¿Qué diría Jaime si supie- 
ra ? ... » y al recordar el nombre del trai- 
dor, la bilis se le subió á los labios. 

—¿No te acuerdas ya? — gritó con voz 
estentórea mostrándole la herida, siempre 
roja, que le desfiguraba el rostro. 

Oyóse sorda queja. Las manos sarmen- 
tosas de Celedonia se desprendieron de 
las piernas de Primitivo, y se desplomó 
hacia atrás, como ave herida que extiende 
las alas y cae del árbol. 



Mamagela decidió intervenir, y en su 
flamante break^ muy oronda y satisfecha 
á pesar de los disgustos, trasladóse á « La 
Nueva Esperanza » á fin de tener ujja 
conferencia con Tóeles. Ambos, por con- 
fesión propia de Celedonia, estuvieron 
desde los primeros momentos al tanto de 
lo que ocurría, y ambos también, por dis- 
tintos medios, trataron de consolar y pres- 
tarles arrimo de amor á los desdichados 
cónyuges, aunque inútilmente, porque Pri- 
mitivo les manifestó con rotunda claridad 
que lo dejasen tranquilo y no se metieran 
en sus cosas. Doña Ángela se limitó en- 
tonces á predicarle cristiana resignación 
á Celedonia, obediencia incondicional, ter- 
nura sumisa para ver de desarmar, por 
esos dulces medios, la cólera del afrentado 
esposo. Á Primitivo nada le decía, ni hu- 
biera podido hacerlo, porque así que He- 



218 EL TERRUÑO 

gaba á la casa la ínclita matrona partía 
él á la pulpería, y no á la de sus suegros, 
sino á otra, lo cual irritaba por partida 
doble á Mamagela. 

— Vengo dispuesta á llevarme á Cele- 
donia y al chico — le dijo á Tóeles no bien 
hubo puesto en el suelo el regordete y 
menudo pie. — Aquéllo no puede seguir 
así: justo es que Celedonia purgue su 
falta; pero yo no puedo permitir que la 
martirice adrede y además maltrate á la 
pobre criatura, inocente de toda culpa. Si 
quiere ese bárbaro matarse que lo haga, 
pero la vida de su mujer y la de Pedrito 
no le pertenecen, i Qué demonios ! todo 
tiene su límite. Ál verla tan arrepentida, 
tan sumisa, tan resignada á los malos 
tratos que le da, otro cualquiera hubiese 
perdonado, pero él es incapaz de hacerlo ; 
lo conozco bien. Nadie le gana á bueno, 
pero á cabeza dura y malas entrañas 
tampoco, si lo irritan. Yo, como madre, no 
puedo estarme de brazos cruzados ; debo 
intervenir. ¿Qué piensas tú? 

Tomaron asiento en el comedor, que 
era al mismo tiempo sala, cuarto de costura 
y biblioteca. Libros, papeles, trajjos y ense- 



EL TERRUÑO 219 

res de bordar andaban por allí re\'Tieltos 
al capricho. Las humildes paredes de te- 
rrón absorbían la luz que entraba única- 
mente por la puerta sin vidrios. Cerrada 
ésta, la habitación permanecía á obscuras, 
lo cual era muy bueno, según doña Án- 
gela, contra el calor y las moscas. El piso 
de tierra, muy barrido y bien regado, 
daba grata sensación de sobriedad y lim- 
pieza. Sobre la mesa, en dos frascos de 
encurtidos, de boca ancha, que servían de 
floreros, veíanse algunas rosas. 

— Sí, me parece necesario — respondió 
Tóeles. — Primitivo no perdonará, no puede 
perdonar; el odio al felón hermano le en- 
venena la sangre; por otra parte, las ruinas 
que se preparan en torno de él y que él 
precipita sin poder remediarlo, lo hacen 
vivir recriminando á Celedonia y descar- 
gando sobre ella su ira enconada. Es fatal. 

— Cierto, atormentarla y atormentarse no 
parece sino que es para ese bárbaro el 
único fin de la vida. ¡Pobre Primitivo, 
siempre fué muy bruto! 

— Y no sólo atormentarla y atormentarse» 
como usted dice, sino también denigrarla 
y denigrarse. ¡ Caso curioso ! todo el noble 



220 EL TERRUÑO 

tesón que puso en enriquecerse parece que 
lo pusiera ahora en envilecerse y descen- 
der por la escala social abajo. ¿Qué re- 
sorte se ha roto en la voluntad que parecía 
de hierro; qué abismos tenebrosos, qué 
golfos de dolor se abrieron en esa alma 
simple donde antes todo era sumisión y 
bondad, y ahora pasiones é instintos bár- 
baros, desorden y rebeldía ? . . . 

—¿Qué te hace pensar así? ¿te ha di- 
cho algo? interrumpió doña Ángela te- 
miendo que Tóeles se corriera á explicarle 
á lo psicólogo lo que ella pronto y sin re- 
tóricas apetecía saber. 

— No, no me ha dicho nada concreto; 
pero yo lo veo obrar, y, observándolo, he 
caído en la cuenta de que su mal no tiene 
cura. Aconsejarlo es inútil y hasta ridículo. 
¿Qué pueden los razonamientos fríos con- 
tra el alud de impulsos obscuros que lo 
empujan hacia el mal, que acaso para él 
eá el bien? ¿Sabe, por ventura, lo qué le 
pasa ni á dónde vá? 

— ¿ Y es posible que ya ni caso haga de 
lo que tanto le costó ganarlo? 

— Así es. 

— Entonces, adiós mi plata; ahora sí creo 



EL TERRUÑO 221 

que no tiene compostura. Cuando se hace 
abandono de lo que todos, incluso los mo- 
ribundos dando boqueadas, cuidan y mu- 
chos ponen por encima de la salud del alma, 
es que el hombre está loco de remate. 

— Yo he tratado de adivinar sus desig- 
nios, lo que se esconde tras aquella frente 
obstinada. Y bien, nada se esconde allí. 
Primitivo no razona, obra llevado por ins- 
tintos que no conoce ni puede gobernar. 
Y va adelante como un ciego, mejor, como 
un sonámbulo, cosa que si bien se mira, 
aparte el ser más visible en él que en los 
demás, es achaque corriente : todos vamos 
así, lo mismo los avisados que los torpes, 
los cuerdos que los dementes; éstos, mo- 
vidos por unos hilos, aquéllos por otros; 
títeres somos tan poco dueños de nuestros 
actos como de nuestros pensamientos. Us- 
ted y yo, doña Ángela — agregó sonriendo 
del asombro é indignación de su suegra, 
—somos tan sonámbulos como él, aunque 
engañados por espejismos diferentes. 

— ¡Ay, hijo mío! — replicó al punto la 
buena señora, — no me metas en esos ti- 
quis miquis psicológicos, como tú dices, 
ni me entropilles con esos sonámbulos de 



222 El. TERRUÑO 

que hablas, porque te juro que no me 
extravía ningún espejismo y que me due- 
len las muelas de saber lo que quiero y 
á dónde voy. Ya te lo dije en otra oca- 
sión, ¿para qué te haces el chancho ren- 
go? Sólo me interesa el bien de los míos, 
y por ellos trabajo con tanto gusto como 
afán. 

Por buscarle la lengua objetó Tóeles, 
maleante y retozón. 

— ¿Pero quién le dice, doña Ángela, que, 
mirado de cierto modo, ese bien no sea el 
mal, y que ese afán y gusto suj-os, que á 
usted le parecen tan simples y limpios de 
pecado, no obedezcan á incentivos egoís- 
tas en sí, anticristianos, como el deseo de 
poseer y dominar, pongo por caso? 

Doña Ángela abrió los ojos desmesura- 
damente. 

—Mira, Toditos — exclamó al fin con 
mucho parpadeo y fruncimiento de labios, 
— déjame á mí tal cual soy y con lo que 
creo, que así me encuentro muy á gusto. 
No quiero saber lo que no me hace falta 
Si á ti te placen las inquietudes y el vivir 
como San Lorenzo en la parrilla, con tu 
pan te lo comas ; á mí no. Una buena cris- 



EL TERRLTÑO 223 

tinna no tiene necesidad de tantos ajili- 
mójilis y rompe cabezas para vivir en 
paz y en gracia de Dios. Ni tú, ni el mis- 
mísimo Salomón, me harán creer que el 
sacrificarse por los hijos es otra cosa que 
sacrificio cristiano y caminito del cielo Si 
esto es espejismo, con él me entierren. 
Dicen los sabios que el diamante es car- 
bón; bueno: yo les digo á los sabios que 
quisiera tener muchos carbones de esos y 
ni una sola de las piedras finas que ellos 
fabrican, porque para nada sirven y, por 
lo tanto, nada valen. Y así en lo demás. 
Por lo que respecta á Primitivo, me pa- 
rece que debemos ir á lo práctico: ¿qué 
remedio tiene el mal? ¿qué se puede ha- 
cer? y no perder el tiempo en averiguar 
si son galgos ó podencos, porque ya sabes 
el fin de la fábula . . . Á eso le llamarás 
tú ser utilitaria y . . . ¿ cómo dices ? 

— Pragmatista . . . 

—Bueno, mejor que esos feos motes, te 
diré yo en dos palabras lo que soy : pues 
una mujer que va al grano y deja la paja 
para el que le guste. 

—Tiene usted razón, que le sobra, al 
obrar así — asintió Tóeles riendo; — hay 



224 EL TERRUÑO 

que ir al grano; yo también quisiera ha- 
cerlo, pero ¿dónde está el grano? 

Sin vacilaciones, respondió Mamagela: 

—Allí donde está la utilidad; es cosa 
dejada de puro sabida, y verdad siempre 
verdadera, aunque nos venga del tiempo 
de hacer pipí en porongos. 

Á su vez, se quedó Tóeles mirando á 
Mamagela de hito en hito. 

— ¿Qué remedio tiene el mal? ¿qué se 
puede hacer? — repitió ésta. 

Viendo que su suegra se irritaba, res- 
pondió Tóeles cambiando de tono: 

— En mi sentir, lo único que cabe hacer, 
dado el extremo á que han llegado las 
cosas, es que usted se lleve á su casa á 
Celedonia y al chico. 

— Y Primitivo ¿no se opondrá? 

— No lo creo, y si se opone, nos pasa- 
remos sin su consentimiento. Á grandes 
males . . . 

— ¡Gracias á Dios que hablas cristiana- 
mente! Vamos allá. 

Y allá fueron, y con grande sorpresa 
escucharon de boca de Celedonia que, á 
pesar de todo y sucediese lo que sucediese, 
quería permanecer junto á su marido. Lo 



EL TERRUÑO 225 

dijo con dulzura, pero firmemente, como 
si obedeciera á una resolución madurada 
de antemano. Mamagela, comprendiendo 
lo que significaba aquella resignada acep- 
tación del destino, no pudo menos de ten- 
derle los brazos, y en ellos, Celedonia, que 
hasta ese instante se había dominado, mur- 
muró dejando correr las lágrimas: 

— i Ay, mamita ! . . . — como una queja que 
lo decía todo. 

Por no soltar también el trapo, salióse 
Tóeles de la pieza. En la enramada, Pri- 
mitivo se disponía á montar pertrechado 
como para un largo viaje: poncho de in- 
vierno arrollado, metido en una funda de 
lona y sujeto á la cabezada posterior del 
recado ; lazo á los tientos] abultada maleta 
de tela entre los cojinillos; manea en el 
bozal, y caldera de tropero en la cincha, 
colgando debnjo de la barriga del caballo. 
Lo saludó Tóeles, y con sentida emoción 
refirióle la escena que acababa de presen- 
ciar. El paisano lo oyó con el pie en el 
estribo, y sin inmutarse: 

—Hasta que lo mate no me compongo 
— dijo al fin, como único comentario, y se 
alejó al trote, con la cabeza baja y gol- 
peando sobre el pecho. j3 



226 EL TERRUÑO 

Aunque era su único consuelo, Celedo- 
nia no se opuso á que doña Angela se lle- 
vara al Macho, que así llamaban al chico. 
Antes bien, le aseguró que ya había pen- 
sado en ello, á fin de evitar que el ino- 
cente sufriera por culpa ajena. Primitivo 
había dado en la flor de decir que no era 
hijo suyo, y lo maltrataba de palabra y 
de obra. En las piernas tenía el pobrecito 
muchas señales del arreador paterno. 

La vuelta fué triste. Por las rubicundas 
mejillas de Mamagela corrían las lágrimas ; 
Tóeles se hacía muy amargas reflexiones ; 
la tarde moría, y allá en el rancho, mi- 
rando alejarse el coche, sin alma y sin 
alientos, quedaba Celedonia: una sombra 
entre las sombras crepusculares. 

Cuando dejaron de ver las poblaciones 
de Primitivo , dijo Mamagela, mientras 
acariciaba á su nieto: 

— De las ruinas se salva lo que se 
puede . . . 

Tóeles no la oyó ; escudriñaba el hori- 
zonte con tenaz insistencia. De pronto, 
palideciendo, aseguró: 

— Aquello es gente; revuelta tenemos... 

— i Ave María ! ; qué dices ? 



EL TBRRUÍ50 227 

— Lo que Vd. oye. ¿ Ve aquellos pun- 
titos que salen del monte de « Los Abro- 
jos >, se mueven en la cuchilla y avanzan 
hacia este lado ? Es gente armada. Su com- 
padre levanta el poncho. ¿ Qué hacemos; 
sigo ó doy vuelta? 

— i Sigue, apura los caballos !... 

— Pero para seguir tenemos que toparnos 
con ellos. Usted está entre los suyos, no 
le harán nada, pero ámí... — observó Tó- 
eles, recordando ciertos artículos que ha- 
bía publicado contra el caudillaje. 

Al atravesar el arroyito de « Los Cei- 
bos», oculto por espeso monte criollo, se 
encontraron de sopetón con un grupo de 
divisa blanca, que les dio el alto y luego 
orden de echar pie á tierra. El que pa- 
recía capitanear aquella partida de fora- 
gidos, se acercó y le dijo á Tóeles con 
tono que no admitía réplicas: 

— ¿ No ha oído que se apee ? . . . Nece- 
sitamos su coche ... y no me ponga mala 
cara porque lo voy á bajar de un tiro. 

Doña Ángela, con grande presencia de 
ánimo, asomó la cabeza por entre las cor- 
tinas del break, y dijo sin pizca de tur- 
bación y lo más jovialmente que pudo : 



228 EL TERRUÑO 

— Pero vamos á ver, muchachos; ¿no 
hay entre ustedes nadie que me conozca? 
¿No saben que soy más blanca que Apa- 
ricio? ¿Á quién se le ocurre que se pue- 
de dej.'ir en el medio del campo y de 
noche á una correli^íionaria como yo? . . 
¿Están locos? Eso no se atreverían á ha- 
cerlo conmigo ni los snlvajes. Al«^unos 
reales, sí, les daré, como he hecho siem- 
pre ; pero el coche, primero me sacan las 
tripas. ¿Dónde está mi compadre Panta- 
león ? 

Afortunadamente el coronel caía al paso 
en aquel instante, acompañado de una 
centena de hombres. Tóeles se echó el 
sombrero sobre los ojos y hundió más en 
el pescante. 

Así que divisó al caudillo, gritóle Ma- 
magela : 

— ¡ Compadre de mi alma, venga á sa- 
carme de estas apreturas! Aquí me tiene 
prisionera de su gente . . . 

Riendo de muy buena se acercó el jefe 
y les ordenó á sus soldados que dejasen 
tranquila á aquella señora, á quien el par- 
tido le debía muchos servicios. 

— ¿Pero qué anda haciendo por estos 



EL TERRUÑO 229 

andurriales, comadre? ¿No sabe que el 
Gobierno nos ha querido madnigay? ¿No 
sabe que el país entero arde en guerra? 

Y como Mamagela, con grande asombro 
le contestase que nada sabía y le pidiera 
explicaciones, prosiguió dejando de reir: 

— Pues sí, comadre; empezó el fandango. 
Los jefes nacionalistas estábamos tranqui- 
los en nuestras casas; nadie pensaba en 
revoluciones... por ahora. Pero el Gobier- 
no, no se sabe bien con qué pretexto, nos 
ha querido dar un golpe de mano para 
arrancarnos, sin duda, las jefaturas que 
logramos en la otra. Muniz, sin decir agua 
va, nos atropello en Cerro Largo; aquí, 
Galarza; ya ha habido varios encuentros 
en otras partes también, y ahora seguirá 
el baile porque estamos todos avisados y 
dispuestos á hacerles la pata ancha. Esta 
vez va á ser la buena. Es necesario que 
todos cinchen si no quieren que los sal- 
vajes nos corran con el poncho y nos 
monten luego con espuelas. Dígale á mi 
compadre que no olvide lo que me pro- 
metió — y luego, observando á Tóeles y 
frunciendo las hirsutas cejas, que parecían 
dos pegotes de enredada crin, añadió: — 



230 EL TERRUÑO 

¿ Y este mocito no es su yerno, el que me 
trataba en los diarios de gaucho alsao? 
Mire, amiguito, este gaucho alzao ha dado 
su sangre por la patria cien veces, y la 
patria no le ha dado nunca ni un cobre. 
Vea si entre sus amigos los dolores hay 
muchos que puedan decir lo mismo. 

— No estoy en circunstancias de respon- 
derle con entera libertad, — replicó Tóeles 
dignamente. 

—Así es, y por eso no digo más, re- 
puso Pantaleón. 

Y, después de tenderle la ruda manaza 
á su comadre, se internó en el monte, se- 
guido de los suyos, jinetes de barbas de 
astracán y rostros cobrizos por el adobe 
de frío y sol; centauros de las epopeyas 
nacionales, que iban á la guerra como á 
una corrida de avestruces y morían en 
las cuchillas sin saber por qué ni para qué; 
gauchos, en fin, educados en los campa- 
mentos y la vagancia, sin apego al pellejo 
ni ley á cosa alguna, habituados á vivir 
del abigeato en tiempo de paz y del me- 
rodeo á mano armada en tiempo de gue- 
rra. Entre ellos, en un overo azulejo muy 
escarceador, iba Jaime, de chiripá azul y 
ancha divisa blanca. 



EL TERRUÑO 231 

Camino adelante, toparon con otros gru- 
pos. Al pasar, algunos jinetes que conocían 
á la castellana de «El Ombú>, la vivaron, 
blandiendo las lanzas ó los máusers; ella 
les contestaba agitando un pañuelo celeste 
con la esfinge del famoso caudillo Saravia. 

— Adiós, doña Angela; pronto, si Dios 
quiere, le v^oy á mandar las tripas de un 
salvaje, para que haga chorizos — le gritó 
alguien más atrevido que los otros. 

'S' ella, siguiéndole el humor, replicó al 
punto: 

— Ya que eres tan comedido, mándame 
las de Muniz — lo cual hizo prorrumpir á 
los bárbaros en homéricas carcajadas, di- 
chos gauchescos y vivas. 

Mientras la maleante doña Angela to- 
maba las cosas como venían y se ponía al 
diapasón de los acontecimientos, Tóeles, 
adolorido por el espectáculo de la barba- 
rie nacional, dábase á todos los diablos. 

— Ahí tiene — concluyó — en lo qué la 
política convierte á esos miserables paisa- 
nos. ¡Famosa política! en vez de ser la 
conductora de las energías nacionales, las 
descarría y destruye ; en vez de educar y 
disciplinar los instintos salvajes, les da es- 



232 EL TERRUÑO 

cape y rienda suelta; ei vez de ennoble- 
cer al ciudadano para hacerlo entrar en 
los casilleros de la regla civilizada, lo en- 
vilece y hace que repugne los frenos del 
deber social ; en vez de preparar activida- 
des libres y aptas, forma voluntades des- 
mandadas y ayunas de toda virtud, y todo 
ello en nombre de principios y derechos 
que, si bien se mira, sólo son las aparien- 
cias legales, ó, como si dijéramos, las bue- 
nas formas de que se sirven algunos po- 
cos para someter y explotar á los demás. 
¿Y dónde van esos pobres diablos? ¿qué 
fuerza los empuja? ¿qué fuego f¿ituo los 
guía ? 

— « ¡ Aire libre y carne fresca ! » — excla- 
mó doña Ángela, recordando la famosa 
divisa del padre de Jaime; ahí tienes lo 
que lleva á esos hombres á la guerra. 

—Justo, y ellos creerán que luchan por 
el partido, por las libertades, por el país. 
¡ Pobres diablos ! ¡ pobres locos ! . . . 

— Tus correligionarios tienen la culpa. 
¿Por qué no les dan una p¿irte en la pi- 
tanza á los que son tan orientales como 
ellos ? 

Aquí se enredaron en una discusión que, 



EL TERRUÑO 233 

por veces, se tornó acalorada, y discu- 
tiendo, llegaron á la casa de Tóeles, ya 
entradíta la noche. Allí encontraron á Pa- 
pagoyo y Amabí muy alarmados con las 
nuevas que corrían. 

— iQué susto nos han hecho pasar! Em- 
pezílbamos á temer que les hubiese suce- 
dido algo — exclamó Amabí. — ¿Saben lo 
que hay? 

— Sí, hija ; ya estamos al cabo de la calle 
— y les refirió el encuentro con Pantaleón, 
cuyas tristes noticias confirmó en parte 
Papagoyo. 

— Pero tú ¿ qué tienes, Goyo ? — interro- 
gó luego la señora. — Estás muy pálido; 
¿te han dado algún susto? 

El buen don Gregorio, que encendía los 
faroles del coche con mano temblorosa 
se puso más pálido aún. 

— Me tenía inquieto tu tardanza . . . 

— ¡ Hum ! . . . tú me ocultas algo, Goyete; 
pero, en fin, ya lo sabremos. Sube y va- 
mos. Y nhora, hijos míos, cada cual á cui- 
dar lo suyo, y i que Dios nos proteja ! . . . 

Papagoyo subió al pescante y partieron. 
Pocos días después pudieron convencer- 
se de que el caudillo no había exagerado : 



234 EL TERRUÑO 

el país entero ardía en guerra ; los ejérci- 
tos recorrían la campaña volteando alam- 
brados, diezmando haciendas, talando mon- 
tes ; mucha gente de trabajo huía al Brasil 
y la Argentina ; los peones se iban ya con 
los blancos, ya con los colorados, ó se 
hacían matreros para no servir ; los pa- 
trones se refugiaban en las ciudades, y las 
estancias quedaban abandonadas y como 
sin alma. Las pocas gentes que en ellas 
permanecían, vivían con el Jesús en la 
boca. Todo era fragor de armas, desola- 
ción y sobresalto. Pasaban los ejércitos 
sembrando ruinas y luego venían los gru- 
pos sueltos, más temibles aún ; las levas, 
que se llevaban hombres y caballos; las 
gavillas de malhechores, que se formaban 
para saquear las estancias é imponer en 
los temerosos caminos la ley de la bolsa 
ó la vida. En algunos establecimientos 
grandes recibían á estos últimos á tiros, 
pero en la mayoría, los moradores, pocos 
y desarmados, se dejaban despojar sin opo- 
ner resistencia. 

Como otras veces, temiendo un asalto 
á la pulpería, la valerosa Mamagela adoptó 
el temperamento belicoso y armó á todo 



EL TERRUÑO 235 

el mundo, según convenía al sexo y las 
cualidades de cada cual: con escopetas á 
sus hijos, para que pudieran matar desde 
lejos y sin grande riesgo del cuero; con 
facón y pistola á Poroso, con chuBas á 
los demás, reservándose para sí un enor- 
me pistolón de cargar por la boca, que 
metía miedo, y una filosa daga, que de 
puro ganosa por hurgar tripas, no parecía 
sino que se estaba saliendo de la vaina. 
A Papagoyo no le dio armas porque tenía 
buen pertrecho de ellas. De noche, la pre- 
cavida señora hacía encerrar la tropilla 
en el corral y las ovejas en los bretes, y 
ponía á uno de los muchachos de cen- 
tinela con orden de menearle bala al 
cuatrero que se acercase. Pero de poco 
le valió, para salvaguardia de sus bie- 
nes, este aparato guerrero, porque á 
las primeras de cambio, en vez de la 
gavilla de bandidos que esperaba con 
tan gallarda disposición de ánimo, pasó 
una partida del Gobierno y le carneó 
cincuenta capones y llevó los caballos, 
dejándole, en cambio, algunos matungos 
llenos de mataduras y un burro macilento 
y taciturno, que se lo pasaba todo el día 



236 EL TERRUÑO 

parado frente á las casas, amusgando las 
grandes orejas y meneando el rabo. Sólo 
se salvaron de la arreada^ por estar muy 
escondid«ís en el galpón de los cueros, el 
overo rosao de Papagoyo y el rosillo de 
Poroso. 

« Mientras no me lleven á los mucha- 
chos todo va bien », se dijo Mamagela 
para consolarse ; mas el gozo le duró poco, 
porque el comisario, cumpliendo órdenes 
superiores, no tardó en presentarse en 
busca de aquéllos. Esta vez Mamagela 
perdió los estribos, y, después de poner á 
Batlle de oro y azul, le aseguró resuelta- 
mente al comisario que ella no le entre- 
gaba á sus hijos para que fuesen á matar 
infelices de su mismo color, que blancos 
los había parido y blancos eran: 

— Si usted quiere — concluyó airada, — 
búsquelos y lléveselos y deles armas, que 
yo seré la primera en aconsejarles que 
con ellas se pasen á los suyos en la pri- 
mera ocasión. Por lo que respecta á Ma- 
dor y Mérico, que están uno al frente de 
la cabana y el otro al frente de la pul- 
pería, ni usted tiene el derecho de llevár- 
selos, ni yo se lo permitiré, — y diciendo 



EL TERRUÑO 237 

esto se encerró con ellos en su alcoba y 
puso el pistolón bien á la vista. 

El comisario, que era hombre prudente 
y además apreciaba á doña Ángela, aun- 
que conocía su exaltado partidismo, sólo 
dijo dirigiéndose al comerciante: 

— Vea, don Gregorio, que yo sólo cumplo 
órdenes. No tengo inconveniente en dejar 
á Mador y Mérico, aceptando como váli- 
das las razones que ustedes me dan, aun- 
que bien pudiera obrar de otro modo: 
pero haga que los otros se presenten y 
no me obligue á allanarle la casa y á 
usar de medios violentos. 

— Yo no se los entrego; usted cumpla 
con su deber — contestó reposadamente 
Papagoyo. 

El comisario, amostazado ya, iba á pro- 
ceder sin miramientos, cuando los mucha- 
chos se presentaron. 

— ¡Aquí estíimos! — exclamó el Sacris- 
tán poniéndose como mayor al frente de 
ellos. 

Faltaba el peoncito, el único que había 
en 'I- El Ombú ». Era un muchachote me- 
dio idiota. Lo llamaron á gritos y busca- 
ron por todas partes y no parecía; al fin 



238 EL TERRUÑO 

dieron con él en la cocina: espumaba el 
puchero tranquilamente. 

— ¿Qué hace ahí, amigo? ¿no oye que 
lo están llamando, ó es sordo ? ¿ Cómo 
se llama? Responda pronto. 

Con perdón de la comida que está 
en la olla, me llaman El Cagao^ -con- 
testó el infeliz, creyendo oportuno nom- 
brarse, para que lo dejaran por inservi- 
ble, con el mal ohente mote que hasta la 
misma Mamagela le daba cuando tenía 
que retarlo á causa de su falta de aseo ó 
inveterada simpleza. 

— Bueno, amigo; Cagao. .. y todo, mar- 
che, ordenó el comisario. 

Mamagela los equipó á todos lo mejor 
que pudo y los dejó partir diciéndoles so- 
lemnemente . 

— Acuérdense que son blancos y cum- 
plan como tales. 

Afligida, pero entera, los miraba alejarse 
desde la enramada, saludándolos con el 
pañuelo de tiempo en tiempo. 

Ellos, antes de pasar la portera, volvie- 
ron los caballos, pusiéronse en fila, y á 
una quitándose los chambergos, le enviaron 
un postrer saludo. 



KL TERRUÑO 239 

Sobre el ámbar del horizonte destacá- 
banse nítida y rigorosamente como siluetas 
de tinta china. Ella agit«5 por última vez 
el pañuelo y luego entróse á la casa, se- 
guida de Papagoyo. El buen hombre ca- 
minaba encorvado y arrastrando los pies. 



XI 



El pacífico comerciante parecía inquieto 
y congojoso. Paseábase á lo largo del al- 
macén y suspiraba frecuentemente como 
si lo embargase una de esas penas que no 
sólo pungen, sino que quitan los bríos y 
arrestos del vivir. Después de muchas idas 
y venidas, suspiros é indecisiones, se diri- 
gió al dormitorio de su mujer y en punti- 
llas acercóse á la puerta. Escuchó: la 
castellana de « El Ombú » dormía el sueño 
de los justos. Bien asegurado de esto Pa- 
pagoyo, mudóse de ropa sigilosamente; 
empuñó luego la herrumbrosa lanza en la 
diestra, y con las botas en la otra mano, 
muy paso, salió. En el almacén, dando re- 
soplidos, calzóse las granaderas; escribió 
una carta, que puso sobre el mostrador en 
lugar visible, y consultó la hora. iLas 
doce ! Un nudo le apretó la garganta. Ha- 
ciendo de tripas corazón, empuñó su viejo 

16 



242 EL TERRUÑO 

lanzón patrio, y despidiéndose con tierní- 
simas miradas de los objetos que le eran 
más familiares y caros: la mesa donde es- 
cribía desde treinta años atrás, el lustroso 
palo de descolgar los artículos del techo, 
la peluda silla de Mamagela, abrió la puerta 
que daba al campo y echó á andar apo- 
yándose contra los muros para no caer. 
La noche era como un pozo sin fondo, 
tenebrosa y llena de silencio. Papagoyo, 
con los brazos tendidos hacia adelante, 
echada hacia atrás la cabeza y los ojos 
cerrados avanzó, suspenso el ánimo, cau- 
teloso el pie. 

— ¿ Estás ahí ? — preguntó muy quedo al 
llegar á la enramada. 

— Aquí estoy — contestó Poroso, que lo 
esperaba con dos caballos de la rienda. 

Montaron ; los caballos tascaron los fre- 
nos; los jinetes se hundieron en las som- 
bras. 

—1 Adiós, Ángela! i adiós, hijos míos! 
1 Quién sabe si los volveré á ver! — mur- 
muró el buen hombre enternecido. 

Poroso rezaba. 

—¿Por dónde vamos? interrogó éste 
al cabo de algunos instantes. 



EL TERRUÑO 243 

—Saldremos por detrás de la chacra y 
cortaremos campo en dirección al Paso 
de Bustillo. Mi compadre Pantaleón me 
aseguró que las otras cruzadas eran muy 
peligrosas. Si nos encontramos con alguna 
partida enemiga, cuéntate entre los muer- 
tos. El bandido Carrancii anda rondando 
por los contornos, y ya sabes lo aficiona- 
do que es al violín ... i Quién me mete á 
mí en estos trotes, con sesenta años á 
cuestas y enfermo de la vejiga ! Razón 
tenía la pobre Ángela cuando aseguraba 
que me iban á comprometer; porque has 
de saber, Poroso, que yo no voy á la 
guerra por mi gusto, ni á matar salvajes 
por odio, ni porque crea que cuando los 
nuestros estén en el candelero lo harán 
mejor que los otros, sino por cierto com- 
promiso con mi compadre y porque no 
diga la gente, que á eso obligan los hijos 
y los negocios. 

Poroso no iba menos apesadumbrado. 
La fidelidad, más que el partidismo, que 
en él era pura chachara y ocasión de lu- 
cir lindas golillas celestes, lo constreñían 
á seguir á su viejo patrón, amén de las 
bromas y puyas de las mulatas, que de 



244 EL TERRUÑO 

continuo reprochábanle el no haber mos- 
trado en ninguna revolución la hilacha 
guerrera. Y como esto, más que las canas 
y el reuma, menguaba su prestigio don- 
juanesco, no fué lo que menos lo decidió 
á cambiar, una vez siquiera, el cucharón 
por la chuza y la golilla por la divisa. 
Y se la puso cumplida y con este lema 
amenazador: « Á sangre y fuego », lo cual 
demostraba claramente sus behcosas inten- 
ciones. De repente, detuvo el caballo y 
murmuró apenas: 

— I Me parece oír ! . . . 

— ¿ Qué ? — interrogó Papagoyo sofre- 
nando el overo. 

— I Ruido de gente ! . . . 

El pulpero afinó el oído mientras pensa- 
ba con involuntaria insistencia en los tres 
nacionalistas, mozos garridos y de distin- 
guida condición, que habían aparecido días 
atrás degollados en las barrancas del arro- 
yo. Á muchos revolucionarios la suerte 
les deparaba el mismo fin mientras bus- 
caban incorporarse al grueso de los ejér- 
citos. Y la fama del comandante Carranca, 
que tenía á su custodia los pasos del pago, 
no era prenda de tranquilidad para Papa- 



EL TERRUÑO 245 

goyo y su escudero. Las gentes le atri- 
buían á aquél actos de crueldad espeluz- 
nantes. Amo y servidor los rememoraban 
y se estremecían. 

— Échate sobre el pescuezo del caballo, 
y escucha, ^ dijo con apagada voz Papa- 
goyo. 

En efecto, se oían ruidos alarmantes en 
una y otra dirección. 

— Maliceo que nos aguaitaban ... Lo 
mejor sería volver antes que nos corten 
la retirada . . . 

Don Gregorio se indignó. 

— Mira, pardo maula, si me hablas de 
volver te voy á dejar frito de un lanzazo. 
Esos ruidos provienen seguramente de 
algunas partidas que pasan sin pensar en 
nosotros. Con sacarles el cuerpo estamos 
del otro lado. Vamos á cruzar rumbo á 
« Los Abrojos » ; sigúeme, y lleva pronta 
la tenaza de cortar alambre. 

Avanzaron al trotecito, sigilosos y pru- 
dentes. Cuando Poroso se disponía á echar 
pie á tierra para cortar un alambrado y 
salir al campo vecino, sintieron sordo gol- 
pear de cascos en el suelo y como im eco 
lejano de voces. Quedaron indecisos ; luego 



246 EL TERRUÑO 

volvieron grupas ; pero ú. poco andar, oye- 
ron también por aquel lado rumores sos- 
pechosos, y de pronto, un silbido que á. los 
dos parecióles fatídica señal. Los teruteros 
cantaron ; una lechuza dejó oir su graznido 
siniestro. 

— ¡ Patrón, por lo que más quiera ! . . . — 
clamó Poroso. 

Don Gregorio, aunque pacífico, era ani- 
moso y no quiso prestarle oído á las pa- 
labras del pusilánime pardo. Torció á la 
izquierda, luego á la derecha y siguió avan- 
zando un buen trecho; después tornó á 
desandar lo andado; mas sintiendo por 
todas partes los mismos ruidos, se decidió 
á volver á las casas para buscar otra sa- 
lida. Pusieron los caballos á galope, luego 
á media rienda, y como el galopar de 
otros caballos y los rumores de marras se 
oyeran cada vez más distintos y cercanos, 
echaron á correr, en la creencia, firme esta 
vez, de que los perseguían y cercaban. 

La idea de que podían cortarles la reti- 
rada iba tomando cada vez más cuerpo en 
la mente de Poroso. Se veía alcanzado, 
rodeado, volteado del caballo y pasado á 
cuchillo. Y sin darle paz al rebenque y la 



EL TERRUÑO 247 

espuela, encomendábase precipitadamente 
á todos los santos. Papagoyo espoleaba al 
overo sin piedad, maldiciendo á su com- 
padre, que en aquellas apreturas lo ponía. 

« I Se necesita tener el alma atravesada 
— decíase -^ para meter á un padre de fa- 
milia en estas aventuras! Nos vienen pi- 
sando los talones, y llevo el mancarrón 
completamente aplastao. Este pardo picaro 
tiene la culpa, por no haberlo levantado 
de barriga^ como le ordené. Va mejor 
montado que yo: ¿por qué no le cambio 
el caballo? En resumidas cuentas, mi pe- 
llejo vale más que el suyo. Pero ¿cómo 
pedirle el rosillo, si él, muy maula, de puro 
asustado, se sale por las orejas? Estoy por 
empacarme y hacer la pata ancha. De 
morir, mejor hacerlo matando. Son mu- 
chos, seguramente... y Poroso me va á 
dejar en la estacada, como si lo viera. 
¿Por qué no lo...? ¡Dios me perdone! 
¿qué cosas aconseja el miedo! ¡Malditas 
sean las revoluciones y quien las inventó ! » 

Erraron el paso, perdieron el rumbo y 
casi se llevan por delante un alambrado. 
Detrás de ellos parecíales sentir gran tro- 
pel de jinetes y frecuente rebotar de bo- 



248 EL TERRUÑO 

lea doras, como si un escuadrón entero los 
persiguiera lanzándoselas Poroso arrojó 
las maletas que llevaba, porque el rosillo 
se le venía quedando, y gritó : 

— ¡ Apure patrón, que nos alcanzan ! . , . 

— No me da más el overo, — contestó 
Papagoyo con voz apenas inteligible. 

Un relámpago les permitió divisar las 
poblaciones de « El Ombú ». 

— ¡ Gracias a Dios 1 — exclamaron am- 
bos á una. 

Muy cerca de las casas, cuando ya se 
creían salvos, un jinete se plantó delante 
de ellos cerrándoles el paso. Imposible era 
desviarse, menos retroceder. Papagoyo se 
encomendó á la virgen y arremetió con brí- 
os. Oyóse un alarido formidable y desgar- 
rador, como el de un gigante al desplomar- 
se con las entrañas rotas, y casi simultá- 
neamente el lamento sordo del pulpero, 
que Poroso vio rodar por tierra y quedar 
tendido boca arriba. 

El pardo, sin detenerse al llegar, abríó 
el portón de una pechada, y con grande 
estrépito sentó de garrones al rosillo en 
el mismo centro del patio, como si sólo 
allí se creyese seguro. Armóse indescripti- 



EL TERRUÑO 249 

ble alboroto; puertas y ventanas se abrían 
y cerraban con estruendo; se oyeron gri- 
tos y luego un tiro, después otro y por 
último una verdadera salva de ellos. Foro- 
so gritaba que no tirasen, que era él. Al 
fin, dominado el tumulto y enterada Ma- 
magela de lo que había, hizo que todos 
aprestasen las armas y salió de la casa 
seguida de los muchachos y las mulatas y 
precedida por Poroso, que llevaba un fa- 
rol en una mano y tX facón en la otra. 

— Por aquí, por aquí — decía el pardo. 
De tiempo en tiempo hacía alto. — ¡ Puego I 
— gritaba; los muchachos disparaban las 
escopetas para despejar el campo de ene- 
migos, y luego continuaban todos avan- 
zando. 

Papagoyo seguía tendido boca arriba 
con las manos puestas sobre el pecho. Te- 
nía los labios teñidos de sangre y el rostro 
desencajado. Rápidamente lo recogieron y 
entraron á la casa. Le humedecieron el 
rostro, le dieron un poco de caña para 
reanimarlo, y cuando el herido abrió los 
ojos preguntóle Mamagela, mientras lo pal- 
paba por todas partes: 

Goyo, Goyete, no te asustes, no será 
nada; dime donde te duele. 



250 EL TERRUÑO 

— Aquí... musitó Papagayo, llevándose 
las manos al pecho. 

No había sangre. Le desabrocharon las 
ropas, y, descubierto el pecho, notaron so- 
bre la piel blanquísima dos manchas gran- 
des y amorotadas como dos alcauciles. 

— Es un par de bolazos, — aseguró Po- 
roso gravemente. 

— No hay herida — dijo Mamagela des- 
pués de concienzudo examen. — Tiene ra- 
zón Poroso; ¿qué otra cosa puede ser? 
¿Te duele? 

— I Una barbaridad ! debo de tener roto 
algún hueso . . . 

— Gracias á Dios, todo será asunto de 
árnica. De buena te has escapado, Goyo. 
Pero ¿ cómo fué ? — interrogó doña Ángela, 
observando detenidamente la vestimenta 
de su marido. — ¿ Qué hacías en el campo 
á estas horas? ¿Á dónde ibas de botas y 
poncho? 

— Éste te lo dirá, suspiró el pulpero 
dirigiéndole á Poroso una mirada supli- 
cante. 

Entonces Poroso les relató los planes 
revolucionarios del patrón y la aventura 
guerrera que habían corrido, desde que 



EL TERRUÑO 251 

enhoramala salieron de las casas hasta que 
Papagoyo arremetió, lanza en ristre, al 
salvaje que se les puso delante. 

Papago3'o, con voz dolida y apagada, 
agregó : 

— Al levantarlo en la lanza, arrojó un 
alarido tremendo y me acomodó el par de 
bolazos. Cayó y caí, — concluyó con espar- 
tano laconismo. 

Mador había recogido la lanza. Estaba 
tinta en sangre hasta la media luna. To- 
dos la examinaron con viva emoción, y 
los ojos luego se posaban en el héroe, 
admirativos y consternados á la vez. Ma- 
magela, sin cesar de sermonearlo cariño- 
samente por haber querido abandonar á 
su familia é irse á la guerra, le dio al 
maltrecho esposo una friega de árnica y 
le puso un paño de agua seda diva en la 
frente. Concluida esta operación, dijo muy 
grave : 

— Ahora dém.osle gracias al Señor por 
habernos sacado con bien de este trance, 
y recemos un rosario por el alma del di- 
funto. 

— Por ése no rezaba yo ni un padre 
nuestro; ¡Dios le perdone las ganas que 



252 EL TERRUÑO 

nos tenía ! — exclamó Poroso, ya entera- 
mente repuesto del susto. 

Desde el lecho, Papagoyo seguía las 
oraciones emocionado y contrito, remo- 
viendo los labios muy de prisa, como las 
viejas rezaderas. Poroso besó el suelo va- 
rias veces ; Jua lloró. 

Antes de amanecer, cuando aún todos 
dormían transidos por los sucesos de la 
noche, Mamagela abrió el portón sigilosa- 
mente y salió al campo, dirigiéndose al 
sitio donde sospechaba que debía de en- 
contrarse el muerto. La idea de éste le 
impidió pegar los ojos, no sólo porque 
sentimientos humanitarios alarmasen su 
conciencia cristiana, sino principalmente 
porque temía, no sin razón, que el heroico 
hecho de armas de Papagoyo trascendie- 
se y les atrajera la ira y la venganza de 
los colorados, con los cuales ella, á pesar de 
ser blanca hasta los tuétanos, se mante- 
nía en muy buenas relaciones amistosas y 
también comerciales. Y dejándose llevar 
en alas de su briosa imaginación, veía, 
veía las ovejitas perseguidas á lanzazos y 
ardiendo las poblaciones de « El Ombú ». 

Lo primero que divisó fué el overo ensi- 



EL TERRUÑO 253 

Hado aún y pastando tranquilamente; un 
poco más lejos, el borrico dormía tendido 
sobre la hierba húmeda; pero del salvaje 
difunto, ni rastros. Recorrió el campo en 
todas direcciones: nada. El caballo pas- 
taba ; el burro dormía con el cuello ten- 
dido y las patas estiradas. En una de las 
pasadas, la señora, viéndolo tan inmóvil, 
acercóse más á él, y pudo cerciorarse, con 
pasmo, que estaba muerto: en el mismo 
degolladero tenía abierta una ancha he- 
rida, y á ambos lados de ella, y á cosa de 
diez centímetros, otras dos pequeñas y 
poco profundas. Mamagela comprendió por 
qué la lanza de Papagoyo tenía en la media 
luna algunos pelitos blancos, y por qué éste 
había caído del caballo con dos bolazos en 
el pecho. 

—j Bendito sea Dios! Al sentirse herido 
el animalito, le arreó, sin duda, un par de 
coces — exclamó ; y pegándose sendas pal- 
madas en los opulentos muslos y apretán- 
dose otras veces los ijares, reía á más no 
poder. Repentinamente, como asaltada por 
una idea, cesó de reir, y presurosa, ha- 
ciendo danzar las pulpas más alegremente 
que de costumbre, volvióse á las casas. 



254 EL TERRUÑO 

—Poroso, levántate ligero sin hacer ruido 
— dijo entrando en la covacha del pardo, 
que despertó azoradísimo. — Novedades te- 
nemos, y gordas; ¿sabes? Acabo de ver 
el salvaje muerto... 

— I Ah ! . . . 

— AUí está, con el pecho abierto de un tre- 
mendo lanzazo . . . pero tiene cuatro patas . . . 

— ¿El qué?... 

... Sí, es el burro. 

El pardo abrió tamaños ojos. 

—Como lo oyes: el burro es el salvaje 
que mató tu amo. Estamos limpios de pe- 
cado. No hay más muerto que ése, ni hubo 
más alarido de gigante que un rebuzno, ni 
otros bolazos que las patadas del burro. 

Poroso, comprendiendo á su vez, pasó 
del terror á la hilaridad. Y reía á dester- 
nillarse, sin que Mamagela, que le hacía 
coro, lograra dominarse ella ni imponerle 
silencio á él. 

— ¡ Phss ! . . . quieres callarte, pardo mal- 
dito — exclamó al fin; — vas á despertará 
los muchachos. Escucha : abre los oídos ; 
levántate sin pérdida de tiempo; uñe los 
bueyes y, antes que nadie te vea, llévate 
el burro de arrastro al monte de sauces y 
escóndelo alü. Hay que enterrarlo. 



EL TERRUÑO 255 

Poroso volvió á abrir asombrado ojos 
y boca. 

— Si hijo; hay que enterrarlo; tú eres la- 
dino y me comprenderás en un abrir y ce- 
rrar de ojos. Es preciso que Goyo siga cre- 
yendo en la muerte del salvaje y convencido 
de que en el monte queda enterrado. Así 
no volverán más á las andadas, ¿ adivinas ? 
— y sus ojos goyescos decían mil cosas 
maliciosas. — Bueno, la tranquilidad de to- 
dos, sin exceptuar la tuya, pues imagino 
que las correrías de anoche no te atraen 
mayormente, pende de ti. Ya lo sabes. Con 
que... despabílate, vístete, haz lo que te he 
dicho y guarda el secreto religiosamente. 
La verdad queda entre los dos; los otros 
deben creer lo que Goyo, ¿me entiendes? 
Otra vez te lo repito : lo que entierras es el 
salvaje y no el burro, — guiñó el ojo y sa- 
lió con el índice puesto en los labios. 

La proeza de Papagoyo se divulgó pres- 
to entre sus correligionarios y dio margen 
á muchas invenciones y comentos, espe- 
cialmente entre la gente de pelo largo y 
pollera. Numerosas y muy calificadas per- 
sonas vinieron á saludar á los señores de 
«El Ombú». Papagoyo recibía, lleno de 



256 EL TERRUÑO 

rubor, silenciosos, pero expresivos apre- 
tones de manos de aquellos amigos que, 
de mil modos, parecían decirle : « Respe- 
tamos su secreto, pero sepa que lo admi- 
ramos sin reservas». Mas en las tertulias 
del corredor, entre un mordisco al ros- 
quete y una chupetada á la bombilla, 
doña Ángela, en ausencia del héroe y 
á hurto de él, dábale gusto á la len- 
gua y satisfacía la curiosidad de los visi- 
tantes narrando la famosa hazaña, no así 
como así, sino prolijamente y condimen- 
tándola con las dramáticas especias y las sa- 
les de que era capaz su fantasía. Si en tales 
ocasiones acertaba á pasar por allí Papa- 
goyo, producíase respetuoso silencio; mi- 
radas enternecidas posábanse sobre él. Pa- 
pagoyo aupábase maquinalmente los pan- 
talones con un movimiento peculiarísimo de 
los brazos y la cintura; bajaba los ojos y son- 
reía, modesto y feliz. Cuando los tertulianos 
partían, Mamagela, recomendándoles el se- 
creto, los acompañaba hasta el portón, y 
luego, con grande misterio, mo.strándoles 
el monte de sauces, apartado 3^ soledoso 
decía. 
— Allí está ; ¡ phss ! . . . 



EL TERRUÑO 257 

Y los despedía haciendo expresivos sig- 
nos de inteligencia. 

Así subió de punto la estimación, ya 
acendrada, en que los vecinos tenían al 
pulpero y su señora, y aumentó la clien- 
tela de «El Ombú». Á pesar de los ho- 
rrores de la guerra y los temores que le 
inspiraban la suerte de los muchachos y 
de Primitivo, Papagoyo sentíase feliz. To- 
das las mañanas, al abrir el almacén, 
dirigíale desde la puerta una furtiva mi- 
rada al monte de sauces, y su conciencia 
de partidario quedada tranquila y gozosa. 



17 



xn 



En muy graves aprietos veíase la ínclita 
Mamagela para mitigar los pesares y arri- 
marle el hombro á las desdichas de la fa- 
milia. Ya eran cuidados y consuelos á la 
pobre Celedonia, y súplicas reiteradas á 
los vecinos, para que la ayudasen á salvar 
las abandonadas haciendas de «El Bicha- 
dero » ; ya prolijas averiguaciones para co- 
nocer la suerte y el paradero de los mu- 
chachos y de Primitivo, y caitas á los jefes 
que conocía, recomendándoselos; ya con- 
sejos á Tóeles, siempre á punto de desca- 
rriarse y tirar al monte, y, como cúpula y 
remate de tantas inquietudes, el vigilar los 
intereses de todos los suyos y los propios, 
amenazados por la guerra. 

Por el lado de Papagoyo, estaba tran- 
quila. El buen hombre creía, como en Dios, 
en el salvaje muerto ; juzgaba haber cum- 
plido gallardamente sus deberes dudada- 



260 EL TERRUÑO 

nos y compromisos partidarios, y ni por 
asomos le venía á las mientes la idea de 
volver á empuñar las armas y salirse á 
otra patriada. Pero por « El Bichadero » y 
« La Nueva Esperanza », las cosas no lle- 
vaban tan buen camino: Celedonia secá- 
base como la planta que tiene un gusanillo 
roedor en las raíces, y de Primitivo, que an- 
daba con Carranca, llegaban á « El Ombú » 
especies y hablillas nada tranquilizadoras: 
atribuíanle las gentes del pago fechorías 
y desmanes perpetrados en las estancias 
y aun en las personas de los adversarios, 
que merecían unánime reprobación y lle- 
naban de vergüenza á doña Ángela. 

— i Pero, señor I — le dijo á Tóeles en uno 
de los conciliábulos que frecuentemente 
tenían — ¿cómo es posible que ese hom- 
bre, antes respetuoso del bien ajeno y hon- 
rado á carta cabal, robe, destruya adrede 
las propiedades y cometa toda clase de 
tropelías ? ¿ Qué mosca lo ha picado ? ¿ Qué 
diablos tiene metidos en el cuerpo ? Á ve- 
ces me doy á pensar si no estará loco de 
remate. 

Tóeles, que tenía pocas ocasiones de 
despuntar el vicio oratorio, respondió con 
una tirada ñlosófica; 



EL TERRUÑO 261 

— ¡Ah, señora! la guerra es la guerra; 
en ella se pierden las virtudes sociales, 
que son, en su mayoría, cosas prendidas 
con alfileres en el alma montuna, y el lobo 
muestra las orejas ... No crea que el caso 
de Primitivo- es único. Frecuentemente, 
nuestra política de sablazos y discursos 
convierte en charlatanes ó en fieras á los 
hombres más íntegros. Qué quiere usted, 
doña Ángela: somos latinos, latinos des- 
cendientes de Juan Jacobo y Fray Ge- 
rundio, y perseguimos, mareados por las 
palabras, principios teóricos sin virtualidad 
alguna y fórmulas de civilización caducas 
ya y, por añadidura, inadecuadas á nues- 
tras necesidades é idiosincrasia gaucha. 
Cuánto mejor no sería conocer esas nece- 
sidades y fabricarnos luego las modestísi- 
mas Tablas de la Ley que nos convienen. 

— ¿Y cuáles serían esas, á tu parecer ? — 
interrogó con sorna Mamagela. 

— Las que más robustecieran y más li- 
bertad dejaran á nuestros instintos de lu- 
cha y dominio económico — replicó Tóeles 
desafiándola con la mirada. — Las moder- 
nas civilizaciones no tienen otro terruño 
donde echar raíces, como las antiguas 



262 EL TERRUÑO 

sólo lo tuvieron en la lucha y dominio 
religioso ó guerrero, que, en el fondo, eran 
también conquista y posesión económica. 
Los idealismos y las doctrinas más desin- 
teresadas en eso remataron siempre. Cada 
hombre es una especie de maravilloso 
substratum de la energía universal, una 
gravitación sobre sí, un egoísmo irreduci- 
ble, y lo que urge, á mi entender, es dis- 
ciplinar ese egoísmo, no destruirlo ó amen- 
guarlo, porque sería amenguar y destruir 
la vida misma. En estos tiempos, mejores 
que los otros, digan lo que digan, la vir- 
tud por excelencia, la virtud más virtuosa 
es la de acaparar y producir. He ahí la 
forma actual del deseo de poder, que vale 
tanto como decir el alma de las criaturas. 
Que mucho que lo primordial sea la pro- 
ducción de riquezas, si sólo esa gimnasia 
permite las más soberbias expansiones de 
la cultura y pone en juego y afina todas 
las facultades humanas, amén de abrevar 
la sed de vivir, que la religión, la filosofía, 
la literatura y el arte despiertan sin satis- 
facer . . . Los humanistas piensan otra cosa 
y defienden con razones, que de puro su- 
tiles se quiebran, ideales muertos y ver- 



EL TERRUÑO 263 

dades fósiles; ¿pero, no son fósiles ellos 
también? Entre nosotros no abundan los 
humanistas, mas sobran los leguleyos, los 
politicastros, los charlatanes de feria, los 
macarrónicos entusiastas y los espiritua- 
listas de chicha y nabo, y, sobre todo, 
abundan y cunden como la ruda los escép 
ticos por ignorancia y los tragadores de 
viento por necedad, que no parece sino 
que los siembran. ¡Mal rayo los parta!. 
En cambio escasean los cazadores forzu- 
dos delante del señor; los capitanes del 
comercio y la industria; los poetas de la 
banca; los hombres de mirada ardiente y 
voluntad tendida como la cuerda de un 
arco. Yo triplicaría las iglesias y las es- 
cuelas, y sobre todo los laboratorios y los 
institutos; pero multiplicaría los gimnasios, 
las palestras y las salas de box Entre un 
pueblo de atletas y un pueblo de retóri- 
cos, la elección no puede ser dudosa para 
la Vida; un match es enseñanza tan sana 
y fecunda para el espíritu como la visita 
de un museo ó la lectura de un buen poe- 
ma, y me quedo corto; en un cheque sue- 
le haber más moralidad que en un sermón, 
y no menos valores religiosos en los jue- 
gos olímpicos que en una misa. 



264 EL TERRUÑO 

Haciendo estas y otras aseveraciones 
del mismo corte y talle, se engolfó Tó- 
eles en una aventurada disertación que 
Mamagcla oyó, no sabía bien si regocija- 
da,' si pesarosa. Harta al fin de tanta no- 
vedad filosófica y descreimiento, rebatiólo 
á su manera, y entonces, por caso pere- 
grino, aunque frecuente, ya que todos sue- 
len hacer lo contrario de lo que piensan, 
la utilitaria Mamagela defendió las doctri- 
nas del desinterés, como buena cristiana 
vieja que era, y el lírico Tóeles los inte- 
reses materiales y las morales egoístas. 

Casi á diario venía Tóeles á « El Ombú » 
á leer los periódicos y enterarse de las 
noticias que en la pulpería daban los vian- 
dantes. Doña Ángela tenía con él anima- 
dos paliques; mientras discutían, observa- 
ba ella con ojo sagaz el descontento y la 
marea creciente del pesimismo, que en el 
alma de su yerno hacían riza y estrago 
de toda ilusión vividora, de toda esperan- 
za reconfortante, dejándola llena, en cam- 
bio, de secura y desabrimiento. No de 
toda la complicada urdimbre de los sen- 
timientos de Tóeles se percataba la buena 
señora, ni sabía ni pudiera averiguarlo, de 



EL TERRUÑO 265 

qué recovecos del espíritu salía tanta mal- 
sana inquietud y pujos de mudanza, lo que 
ella llamaba la cideqiiera del profesor; 
pero lo que colegía ó adivinaba bastábale 
para dar por sentado que tan funesta dis- 
posición de ánimo no podía traer sino 
pesares é infortunios. Más que las pérdi- 
das materiales de Tóeles, causadas por la 
guerra, las pestes y, en parte también, 
por su prurito de reforma y orifjinalidad, 
la atribulaba aquella incertidumbre y de- 
sazón constantes con que él se hacía infe- 
liz y hacía infelices á los suyos. 

— Mamá — solía decirle Amabí, - Tóeles 
vuelve á sus viejas mañas. Como antes 
en la ciudad, ahora reniega del campo; 
hoy quiere el sol, mañana la luna ; en re- 
sumidas cuentas, no sabe lo que quiere, 
como no sea fregarme á mí la paciencia. 
El mejor día se le ocurre liquidar la es- 
tancia é irse Dios sabe á dónde. Lo veo 
venir. Pero esta vez no lo seguiré; estoy 
harta de mudanzas, y vidas nuevas, y 
obras de romanos, y cansada de vivir en 
un puro sobresalto. Y todavía si agrade- 
ciera mis sacrificios, vaj^a y pase; pero 
no: hoy me critica las tonterías que ayer 



266 EL TERRUlSfO 

él mismo me metió en la cabeza; antes 
me I amaba pedagoga y romántica, como 
si el romanticismo y la pedagogía no me 
vinieían de él; y ahora, que por compla- 
cerlo me dejé de eso, burguesa y braqui- 
céfala, y ya por una razón ó por otra me 
echa en cara que no lo comprendo y que 
no soy su compañera espiritual ni una 
amiga para las voluptuosidades del alma. 
\ Vaya al diablo ! . . . Me tiene frita la san- 
gre con tanta sandez. Ya no puedo más, 
basta de mudanzas: aquí estoy bien y 
aquí me planto. 

Doña Ángela, á estas quejas de Amabí, 
respondía lo que su buen sentido le acon- 
sejaba, á fin de calmarla y hacerla llevar 
en paciencia las ventoleras del marido; 
pero, pjira su capote, decíase que le so- 
braba razón y que Tóeles era insopor- 
table. 

Aquel día, lluvioso y frío, llegó el novel 
estanciero más descorazonado que de cos- 
tumbre. Una partida revolucionaria le ha- 
bía carneado el día anterior cien capones 
y volteado buen trecho de alambrados 
para hacer fuego con los postes y los 
piques. Y no paraban ahí sus desdichas: 



BL TERRUÑO 267 

la sama, que no podía combatir por falta 
de peones, cundía en la majada, y la lom- 
briz hacía estragos terribles entre las 
ovejas, debilitadas por la crudeza del in- 
vierno y las enfermedades. Y ni siquiera 
le quedaba el consuelo de aprovechar la 
piel de las víctimas, porque no tenía tiempo 
de cuerear ni la mitad de lo que iba mu- 
riendo. Las acritudes y las amarguras que 
engendran los esfuerzos estériles y la 
mala suerte lo exacerbaban, determinando 
una verdadera recaída pesimista, tanto 
más grave, cuanto que al presente no po- 
día franquearse con Amabí ni descargar 
sobre ella el fardo de sus decepcionados 
pensamientos. Amabí, por sistema, hacía 
oído sordos á las disertaciones pesimistas 
de su marido. Así que él empezaba á la- 
mentarse, sin disimulo ni cortesía cambia- 
ba ella de conversación, ó se encerraba 
en un mutismo condenatorio y hostil, ó le 
respondía con desabrimiento, mostrándose 
tan díscola y sacudida como antaño mansa 
y conciliadora. Tóeles entonces considera- 
ba la diferencia de temperatura moral, 
como él decía, que lo separaba de su mu- 
jer, y sin rencor, disculpándola más bien, 
discurría así: 



268 EL TERRUÑO 

« ¡ Pobre Amabí ! también fuiste víctima 
tú de la falaz ilusión, que, al morir, deja 
en los ojos una lágrima por cada espejis- 
mo desvanecido . . . Sin sospecharlo, cre- 
yendo hacerte gran bien, te hice mucho 
mal. Con mis inveteradas inquietudes en- 
tenebrecí tu alma, hecha para los goces 
sanos y humildes ; incautamente te llené 
de esperanzas excelsas y excelsas dudas 
que las criaturas simples no deben cono- 
cer porque no pueden soportar su noble 
peso ; por extraños países te induje á per- 
seguir mil pájaros azules, a ti, que solo 
naciste para correr tras las gallinas, atra- 
parlas y retorcerles el pescuezo, y hoy, 
como ayer los generales de Napoleón, 
puedes decir: «Estoy cansada». ¿Qué 
error prodigioso, qué locura misteriosa 
nos transfiguró y nos hizo creernos na- 
cidos el uno para el otro cuando, en 
realidad, no teníamos un solo pensamiento 
común y éramos, por lo tanto, enemigos 
naturales? Mas ¡ayl Rolando se convirtió 
presto en el Caballero de la triste Figura, 
y la sin par Dulcinea en la rústica y zafia 
Aldonza. ¿Cómo impedirlo? La transfigu- 
ración amorosa, como los otros espejis- 



EL TERRUÑO 269 

mos, no fué destinada á durar más tiempo 
que el necesario para cumplir los fines 
secretos de la vida; pero el hombre, ani- 
mal metafísico, quiere corregirle la plana 
á la naturaleza, haciendo duradero lo mu- 
dable, eterno lo fugitivo, sumiso lo rebel- 
de, sujeto á leyes humanas lo que sólo 
obedece á mandatos divinos, y por eso en 
todas partes donde natura puso la liber- 
tad y el gozo el hombre pone la esclavi- 
tud y el dolor». 

Y después de hacerse tan lamentables 
reflexiones, contemplaba sin amor las pa- 
redes del rancho, tristes y sórdidas; los 
hbros, que ya nada le decían; el rostro 
cerrado y displicente de Amabí, y se le 
antojaba que vivía en una tumba rodeado 
de cosas muertas . . . 



XIII 



En el rincón de Mamagela, dejándose 
caer más que sentándose en una tosca y 
retacona silla, obra del industrioso Papa 
goyo, exclamó Tóeles: 

—Trabaje usted, sude el quilo, eche el 
alma por la boca, y todo ¿ para qué ? Para 
que vengan los bárbaros y derrumben en 
un día lo que construir le costó á uno tan- 
tos años de fatigas y sacrificios. ¡Maldito 
país! Ningún hombre consciente de sus 
derechos puede aceptar sin humillación la 
ignominiosa esclavitud á que las luchas 
partidarias condenan á los ciudadanos de 
esta tierra. ¿Cómo yo, hombre libre, me 
resignaré á que cualquier politicastro, por 
una banca ó una jefatura de más ó de, 
menos, ó cualquier gaucho bruto por ven 
tolera, espíritu de rebeldía ó mera com- 
padrada^ me arruinen periódicamente y 
sean así como los arbitros de mi destino ? 
;Qué derechos son esos que todos violan 



272 EL TERRUÑO 

y que ni siquiera garantizan la vida y la 
propiedad? ¿qué libertades esas que me 
cargan de cadenas? Yo protesto, y me 
echo á los caminos á robar y matar como 
los otros. 

Mamagela lo hizo arrimarse más á ella, 
y le contestó con tanta suavidad como 
buen seso: 

— Tóeles, Toditos, no desbarres; ¿cómo 
vas á echarte á los caminos y cometer 
atropellos, robar y matar, si á mano viene, 
tú, que predicabas la paz y el trabajo? 
Deja eso para los brutos como el pobre 
Primitivo. Ten paciencia y valor; espera 
que este nublado pase, que pasará, no lo 
dudes, y acaso pronto. El Sacristán, que, 
como sabes, se fugó de los colorados, pudo 
al fin reunirse con la gente del padrino, y 
me lo dice en carta que recibí ayer, es- 
crita después de la carnicería del Paso del 
Parque, donde mi compadre Pantaleón, por 
defender los cañoncitos tomados en Fray 
Marcos, peleó á cuchillo con el agua á la 
cintura, escapando á nado cuando ya no le 
quedaba ni un solo hombre del valiente 
grupo que lo acompañaba. Al Sacristán, 
que creíamos tan gallina y ladiao, lo hicie- 



EL TERRUÑO 273 

ron alférez en aquella acción ; parece que el 
hombre mojó de lo lindo. ¿ Qué tal ? i Y 
yo que esperaba verlo cantando misa ! . . . 
Según él, los jefes no quieren imponerle 
al país más sacrificios y están dispuestos 
•á jugar en una gran batalla la suerte de 
la revolución. Dios lo quiera y que esto 
acabe pronto. 

Tóeles, recordando sus reveses de for- 
tuna y fallidos cálculos, los compromisos 
que había contraído y lo corto de dineros 
que andaba, contestó con dolido acento: 

— Estos nublados pasarán y vendrán 
otros peores, para mí al menos. El daño 
no está en las cosas, sino en mí. Es muy 
triste confesarlo, doña Ángela, pero de 
nada sirve querer engañarse. Me siento 
condenado por una fatalidad más severa 
é infalible que las otras: la fatalidad eco- 
nómica. Es la vida misma, y la vida no 
perdona á los soñadores como yo. Á los 
que no pueden adaptarse á los ocultos 
fines por ella perseguidos, los aniquila, los 
suprime y pasa. El mundo de las realida- 
des, donde impera aquella fatalidad, no es 
para este fraile. Naturaleza y cultura me 
empujan por otros caminos: mi voluntad. 



274 EL TERRUÑO 

mal educada, flaquea, y mi escepticismo, 
fruto indigesto del saber, destruye el ciego 
tesón que piden los negocios y hasta la 
fe que para vivir se necesita. 

Hizo breve pausa, suspiró hondo y pro- 
siguió mientras limpiaba cuidadosamente 
los quevedos: 

— El pensamiento es enemigo del acto: 
cuando se analiza, toda actividad parece 
cosa ilógica y risible, y 3^0, por desgracia, 
veo demasiado bien la trama del tapiz y 
no puedo aceptar las supercherías con que 
la sociedad marea al hombre y lo hace 
esclavo, esclavo sumiso, no sólo de todos 
los hombres, sino también de todas las 
tiranías, empezando por las de la inteli- 
gencia y el alma, que son las más duras. 
En mí, riñen desesperadamente el yo indi- 
vidual y el yo social, y de ello tiene la 
culpa mi incurable idealismo, porque me 
lleva como de la mano á buscar afanoso 
la libertad donde sólo existe la esclavitud, 
la justicia donde sólo impera la iniquidad, 
la verdad donde sólo reina la mentira. 
Salí á campaña sediento de independencia 
y salud moral, lleno de energías y nobles 
arrestos, y deseando ardientemente con- 



BL TfiKRUfíO 275 

sagrar mi vida entera á la obra magna 
de la regeneración nacional, por la única 
vía posible, ésta: estimulando sistemática- 
mente las actividades libres, el esfuerzo 
propio, la inteligencia productora y junta- 
mente el espíritu de asociación, sobre todo 
de la campaña, para que ésta, formando 
una vasta y bien organizada colectividad 
impusiese su voluntad de vida á los go- 
biernos y los partidos, y le diera á nuestra 
política, de pasiones y concupiscencias por 
una parte é idealismos trasnochados por 
la otra, la 'enjundia de razón utilitaria que 
no tiene, y que es como el tuétano de las 
modernas civilizaciones. Trabajo inteligen- 
te, cultura práctica, entusiasmo, fervor, 
esfuerzo armónico . , . He ahí lo que so- 
ñaba, y vea con lo que me encuentro. 
Nadie ha querido escucharme, menos se- 
guirme. Mis cálculos fallaron, los suce- 
sos me traicionan, la fatalidad económi- 
ca me condena. Y ahora empiezo á darme 
cuenta que tampoco sirvió para estas co- 
sas, y que en estas cosas, como en las 
otras actividades, sólo hay esclavitud, va- 
nidad y desvarío. Si se acierta, es por 
casualidad; si la suerte no nos aplasta, 



276 El. rBK'Rüf^íí) 

es por milagro. Ignoramos lo que quere 
mos, no sabemos á dónde vamos, ¡ pobres 
ciegos en la noche obscura del alma! y 
tenemos la cómica pretensión de gober- 
narnos y dirigirnos . . . Considerándolo bien, 
sin engaño metafísico, sin idealismo defor- 
mador de la terrible realidad, j cuánta lo 
cura en la brega del vivir! ¡cuánta teme 
ridad en el empeño de vencer ! ¡ La ola 
nos arrastra, y nos creemos, insensatos, 
los señores del mar ! Examine un instante, 
doña Ángela, las encontradas y obscuras 
fuerzas que nos solicitan en mil opuestas 
direcciones, y dígame si hay mortal que 
pueda domeñarlas y darle á la existencia 
rumbo fijo, dirección preconcebida. El alma 
de los muertos y la voluntad de los vivos, 
luchando encarnizadamente dentro de nos- 
otros, nos empujan de aquí y de allá, nos 
traen y nos llevan, nos suben y nos bajan ; 
instintos animales y virtudes adquiridas, 
intereses y sentimientos, apetitos y aspira- 
ciones atribuíannos y marean ; los sentidos 
nos engañan á porfía, y deslumhran las fan- 
tasmagorías del mundo, y la razón misma, 
esa facultad de la que tanto se ufana el 
hombre, no hace otra cosa que crear espe- 



EL TERRUÑO 277 

jismos, tras los cuales, desatentados, corre- 
mos ... A veces, se me ocurre que la exis- 
tencia es una gran pesadilla, \ que todos 
somos sonámbulos, y no sólo las criaturas, 
sino las cosas también. Sí, todo es ilusión : 
el sonambulismo es universal. 

Toma este mate y este rosquete, y 
verás que no son cosas ilusorias, sino ex- 
quisita bebida y delicada masa. ¡ Válgame 
Dios! Cuánta telaraña tienes en la cabeza... 
Si ése es el fruto de los libros, prefiero 
mil veces quedarme borrica como soy. Con 
tanto embrollo y balumba de enrevesados 
pensamientos, ¿ cómo has de saber lo que 
quieres? Y créeme. Tóeles: para vivir es 
necesario saberlo. Muchos, la mayoría, lo 
saben ; el sonambulismo de que hablas, no 
es general, ni la vida tan atroz como la 
pintas : también tiene placeres y encantos ; 
pero hay que saber gustarlos y conten- 
tarse con ellos. Si la razón y el saber de 
nada sirvieran, no habríamos salido de sal- 
vajes; andaríamos desnudos y comiéndo- 
nos crudos unos á otros, y lo mismo sería 
hacer las cosas á tuertas que á derechas. 
Y bien, la experiencia te dice que no es 
así. Ponte á amasar conmigo, y verás que 



278 El. TERRUÑO 

á ti te salen pamhasos indigestos, y á mí, 
panes caseros de lo más fino. Y eso no 
será por casualidad, sino porque habré 
obrado con más discernimiento que tú. En 
la brega de la vida es igual: el que obra 
á tuertas, anda torcido, y el que á dere- 
chas obra, derecho anda. Malos tiempos 
corren para ti, y, naturalmente, todo lo 
ves de color negro; con un poco más de 
ánimo y cristiana resignación, no te decla- 
rarías vencido ni desesperarías tanto. Ya 
sé lo que vas á observarme : « un hombre 
libre no puede aceptar la esclavitud á que 
las guerras civiles nos condenan fatal- 
mente; un hombre libre no puede comul- 
gar con las mentirolas partidarias » . . . 
Bueno; pero, á pesar de todo yo te digo 
que, si tus negocios no fuesen mal, acep- 
tarías contento aquella esclavitud y co- 
mulgarías con todas esas mentiras que te 
dan nauseas á ti, pero de la que otros se 
sustentan. Luego, pues, arregla tus nego- 
cios. Si triste es lo que nos sucede, razón 
de más para ponerle pronto remedio ó 
tratar al menos de encontrarlo. No hay 
que echarse á muerto ; á mala suerte, bue- 
na cara. En trances apurados como los 



SL TBKRUlíO 279 

que pasamos, si yo me hubiera dejado 
llevar de la desesperación como Primiti- 
vo, ó de la ira como tú, ó de los malos 
consejos como Goyo, ¿qué hubiera sido 
de la familia? 

Con lentitud y voz, que por veces se 
hizo quebrada y sorda, respondió Tóeles: 

— Tiene razón: de esclavitudes y men- 
tirolas vive la mayoría de los hombres; 
pero entre ellos algunos hay que acaban 
por conocer el juego y se rebelan... Su des- 
tino es melancólico y en ocasiones trágico: 
mientras los otros viven, ellos analizan la 
vida; mientras los otros pasan haciendo 
piruetas en el carnaval del mundo, ellos 
no aciertan á ponerse ningún disfraz ni 
á tomar parte en ninguna broma. Si ríen, 
desafinan, porque no tienen careta; si llo- 
ran también , porque todo es carnaval. Y 
como no pertenecen á ninguna comparsa 
y están de sobra en todas partes, las mas- 
caritas, al pasar, los insultan y befan... Yo 
soy de esos. Comprendo que el único par- 
tido razonable es ponerse el gorro de cas- 
cabeles y seguir el ruido de la gente y, 
como los demás , ir al matadero cantando. 
Pero , qué quiere usted : todos los disfra- 



280 EL TERRUÑO 

ees me parecen grotescos ; todas las acti- 
vidades absurdas y viles; todas las pala- 
bras hueras, y hasta las personas más 
encumbradas, ridículos histriones. Me me- 
tieron en el alma el tósigo mortal de lo 
bello, lo bueno y lo verdadero, y me ense- 
ñaron á adorar de rodillas la razón, la 
hbertad, el desinterés, grandes mentiras 
con las cuales religiosamente comulgué; 
pero las hostias eran de palo, atravesadas 
quedaron en mi garganta, y hoy me impi- 
den reir, danzar y aceptar las mentiras de 
la vida, lo único verdadero que existe en 
el mundo. Antepuse á las realidades rea- 
les de ese mundo las realidades imagina- 
rías del espíritu, que era lo mismo que 
poner los bueyes detrás de la carreta, y 
preferí la idea al acto, el dicho al hecho, 
la inteligencia á la voluntad, con lo cual 
me corté, no sólo las piernas y los brazos, 
sino la cabeza también. Ahora comprendo 
mi error; mas ya no tiene remedio: el 
vicio de pensar, el demonio de la finah- 
dad me hará convertir siempre los hechos 
reales en espejismos ilusorios, los seres 
de carne y hueso en fantasmas vanos. 
Calló el filósofo ; los párpados sin pes- 



Kl. TERRUÑO 28t 

tañas de sus ojos de miope comenzaron á 
batir precipitadamente. Mamagela com- 
prendió que no eran dengosidades, sino 
penas hondas las que afligían á Tóeles, y 
trató de consolarlo. 

Eso que dices es muy embrollado 
para una mujer de tan pocas luces como 
yo — consideró doña Ángela con exagera- 
da modestia y rostro compungido — « Las 
Moradas > de la Santa, y los libros de re- 
ligión que yo leo, nada hablan de esos 
extraños males que te afligen, ni fuera de 
ti vi nadie que los padeciera. Oyéndote, 
lo único que saco en limpio es que has 
tenido tus ilusiones y tus desencantos. Pero, 
; quién no los tuvo ? ¿ quién no creyó algu- 
na vez que la luna era un queso de bola ? 
No creas, Tóeles, que tu destino es más 
burlón y despiadado que el de los otros. 
Aquí^ donde me ves, también tuve yo mis 
desvarios y mis desengaños. De chica 
quería ser monja y fundadora de órdenes, 
como santa Teresa; de grandecita, prin 
cesa de las * Mil y una noches »; de moza, 
rica y dama principal . . . Después me casé 
con Goyo, salimos al campo y empecé á 
tener hijos y á criarlos . . Y aquí me tie- 



282 EL TERRUÑO 

nes, gorda y contenta. ¿Por qué? porque 
cumplí con mi deber. Ya casada, mi de- 
ber era olvidar los sueños juveniles, velar 
por el porvenir de mi marido y mis hijos. 
Y en eso puse alma y vida, sin meterme 
en más averiguaciones ni darme esos tro- 
tes de si es ó si no es que tú te das. 
¿Para qué sirve tanto buscarle tres pies 
al gato ? Á mí sólo me interesaba lo que 
me era útil y podía servirme de apoyo y 
ejemplo en mi tarea, que no fué tan fácil 
como lú puedes suponer. Goyo tiene sus 
rarezas y debilidades; por bondad y pe- 
reza habría comprometido mil veces sus 
intereses si yo no hubiera estado á la 
mira; además le gustaba el juego, y los 
lindos palmitos, y el tmgo, y la parran- 
da... ¡Ay, hijo míol me ha hecho falta 
mucha paciencia y mucha aguja de ma- 
rear para traerlo al buen camino, unas 
veces con lágrimas, otras con risas; ya 
con verdades, ya con estratagemas como 
la que te voy á contar, pidiéndote me 
guardes el secreto religiosamente. 

Y aquí le refirió la verdad sobre la be- 
licosa hazaña de Papagoyo. Luego con- 
cluyó así: 



EL TERRUÑO 283 

— De tejas arriba, Dios; de tejas abajo, 
la familia. Para cumplir cristianamente mis 
deberes de esposa y madre y fortalecerme 
en mi empeño, aparte de mis oraciones, 
me decía : « ¿ qué sería, Ángela, de Goyo 
y tus hijos sin ti? Eres la providencia de 
los tuyos; abre el ojo, mira dónde pones 
el pie, vela por ellos noche y día ; tú eres 
responsable de esas vidas », y el pensar 
así me hacía económica, trabajadora, pre- 
cavida y, además, dichosa. Tú, que no tie- 
nes religión ni crees en nada, y por eso 
andas como bola sin manija, dicho sea 
entre paréntesis, me dirás que era víctima 
de un engaño, de una ilusión. Á eso res- 
pondo que esa ilusión me hacía y me 
hace vivir. Era y es mi salvaje muerto. 
Y créeme, Tóeles; cree á esta vieja, que 
tiene menos letra*;, pero más ciencia del 
mundo que tú : para vivir, es preciso que 
cada lino tenga su burro enterrado, ¿ Qué 
importa que sea un burro, y no un sal- 
vaje, como Goyo cree? Para él y para 
todos, y buen cuidado he tenido yo de 
que así sea, es un salvaje, lo cual vale 
decir : deber cumplido, tranquilidad de con- 
ciencia, tributo pagado á la causa de los 



384 8L TERRUÑO 

nuestros, y, en resumen, la seguridad mía 
de que no abandonará insensatamente fa- 
milia y hacienda y se ira á la guerra. Ya 
ves si tiene importancia lo del burrito. 

Riendo mal de su grado, con la boca 
alegre y los ojos tristes, replicó Tóeles: 

—Muy cierto es lo que usted asegura, 
y su manera de obrar en este lance, tan 
bien intencionada como traviesa; pero no 
es menos cierto que si don Gregorio co 
nociera la patraña, correrían grave riesgo 
la tranquilidad de la familia y los otros 
bienes alcanzados por embuste. ¿Y no le 
parece triste, doña Ángela, que la felici- 
dad humana tenga por cimiento cosa tan 
deleznable y perecedera como lo es una 
superchería ? . . . Por otra parte, le diré que 
hay dos clases de criaturas : unas que na 
cen para enterrar el burro; otras, para 
desenterrarlo. Las primeras constituyen la 
generalidad; las segundas marcan la ex- 
cepción ; aquéllas triunfan y gozan ; éstas 
luchan y padecen sin triunfar; pero sus 
torturas son, si bien se mira, altamente 
estimulantes y útiles para el mundo: des- 
enterrando burros podridos, lo obligan á 
matar v enterrar otros nuevos, y así se 



EL TERRUÑO 285 

remudan y están siempre frescas las ilu- 
siones. Comprendo cuan necesaria es la 
mentira, lo que los filósofos llaman ahora la 
ilusión vital ; pero no puedo vivir en ella. 
Y volviendo á sus melancolías, concluyó, 
lleno del rubor y la pesadumbre de quien 
muestra una tara fisiológica ó confiesa 
vergonzoso vicio: 

— No sabré adaptarme jamás: yo soy 
una conciencia errante. 

Mamagela parpadeó fuerte y luego dijo, 
con mucho fruncimiento de labios : 

— ; Y con qué se come eso ? Quiero 
decir: ¿qué es? ¿para qué sirve? 

— Eso quiere decir que . . Tóeles fui y 
Tóeles seré, — repuso él sintiendo que doña 
Ángela no podría comprender las líricas 
desazones y filosóficas murrias que lo ator- 
mentaban. 

Doña Ángela levantó los ojos al cielo. 
y meneando la cabeza exclamó: 

— ¡ Ay, Tóeles de m.is pecados ! i En qué 
mal camino te veo! Tú estás á punto de 
cometer alguna locura . . . Piensa que no 
eres solo, piensa que tienes mujer, hijo é 
intereses que cuidar. Como todo el mundo, 
debes sacrificarte por los que vienen de- 



286 El. TERRUÑO 

tras y que ya te pisan los talones. Es la 
ley de la vida. 

En la glorieta, una gallina, después de 
poner un huevo, cacareó triunfalmente. 
Tóeles se quedó pensando. 



XIV 



Prolongábase la guerra sin vislumbres 
de paz y sin que nadie barruntara en lo 
que remataría la cruenta lucha de los ban- 
dos tradicionales. Los periódicos, amorda- 
zados por la censura oficial y cohibidos 
en sus medios naturales de información, 
sólo traían noticias insulsas ó adulteradas. 
Verbalmente, de oreja á oreja y de co- 
rrillo en corrillo, se propalaban las espe- 
cies más absurdas y contradictorias, veni- 
das, ignorábase cómo, de los cuatro puntos 
cardinales de la añigida República; pero 
en realidad no se sabía lo que pasaba ni 
á qué lado se inclinaba la victoria. Lo 
único cierto é indiscutible era que el co- 
mercio moría, que las correrías de los 
ejércitos arruinaban la campaña y que la 
desesperación iba echando raíces en todos 
los pechos. 

Por el Sacristán estaba al tanto Mama- 
gela de las aventuras y malandanzas de 



288 EL TERRUÑO 

los revolucionarios, 6 más bien dicho de 
la gente del coronel Pantaleón. Sus cartas, 
escritas con lápiz muchas veces, ya en el 
campamento, ya de paso en una pulpería 
y aun cabalgando, daban cumplidos deta- 
lles de las penurias que padecían: días 
enteros sin probar bocado, marchas forza- 
das en las que, á fin de darles respiro á 
las cabalgaduras, á trechos avanzaban con 
ellas de la rienda, y los pies metidos en 
barro ; noches toledanas, calados hasta 
los huesos y tiritando de frío junto á los 
menguados fogones ; sustos, refriegas, car- 
gas de lanza, huidas desesperadas y voces 
lastimeras de los heridos que quedaban 
en el campo y les pedían á los compañe- 
ros que los levantasen en ancas 6 los ul- 
timasen para no caer en manos del ene- 
migo y ser degollados bárbaramente. 

Aquellas misivas, leídas y comentadas 
á cencerros tapados por Papagoyo y Ma- 
magela, revelábanle, á los dos, escondrijos 
y vericuetos del alma del manso Sacris 
tan que los dejaba suspensos y atemori- 
zados. Sin embozos ni eufemismos, como 
la cosa más natural del mundo, hacía el 
aprendiz de cura muy despiadadas reflexio 



EL TERRUÑO 289 

nes sobre la guerra y la matanza, y refe 
ría hechos de sangre, llevados á término 
por él, que delataban instintos inhumanos 
y. propensiones harto crueles y bajunas. 
De cómo había dejado secos de un sólo 
tiro á dos salvajes que huían enancados; 
cómo de un culatazo concluyó á otro que 
se hacía el muerto, despojándolo en se- 
guida del cinto, las botas y el poncho. 
« Ya no quiero ser cura, sino militar ; esto 
es más lindo que cantar misa», aseguraba 
hablando con delectación de la vida aven- 
turera y azarosa de los ejércitos. «En la 
guerra todo es de todos, mamá ; yo, des- 
de que me puse divisa, como carne más 
gorda ando mejor montao y visto pilchas 
mejores que cuando ahí estaba, y con 
menos trabajo. Ya no soy el mismo; ya 
no soy aquel simplote que, al preguntarle 
tú «¿dónde te aprieta el zapato?» contes- 
taba abriendo la boca : j Heee ! . . . Seis 
meses de campaña me han sacado punta 
y enseriado más que todo lo que aprendí 
en la escuela. Padrino Pantaleón está muy 
contento de mí ; dice que para milico narí, 
no para fiaile. Yo así lo voy creyendo; 
la pelea me tira, y los peligros y azares 

19 



2Q0 EL TERRUÑO 

que diariamente corro me parece que me 
entonan y hacen más hombre. Á Dios 
gracias, acabó para mí la época de chu- 
parme el dedo y matar cachinas con 
alambre. Ahora sé defender el cuero y 
ganar galones. Sacristán salí de esa y 
quiero volver con las presillas de teniente. 
Cuando los nuestros suban al candelero 
tendré un buen sueldito. Ya ves, mamita, 
que estoy obligado á arrimarles el hom- 
bro ». 

Las reflexiones que sugerían á los po- 
bres viejos las epístolas del Sacristán eran 
muy tristes. Muchas veces no se las co- 
municaban por no apesadumbrarse más. 
Ninguno de ellos acertaba á explicarse 
cómo aquel muchacho, criado en la doc- 
trina cristiana, y dulce y humilde por na- 
turaleza, mostraba al presente inclinacio- 
nes tan ayunas de morigeración piadosa. 
Y, como tampoco comprendían la extraña 
metamorfosis de Primitivo, dábanse á pen- 
sar que acaso Tóeles tenía razón cuando 
aseguraba que nadie se conoce, menos se 
dirige, y que los mortales no saben lo qué 
quieren ni á dónde van, siendo, por lo 
tanto, locos ó idiotas. 



EL TERRUÑO 291 

La última carta recibida por Mamagela, 
rezaba así: «Hace siete días que vamos 
á marchas forzadas, volando puentes y 
destruyendo vías y telégrafos, en busca 
de un armamento que nadie sabe dónde 
está. Cuando nos separamos del grueso 
del ejército, nuestra columna contaba mil 
hombres ; después de las refriegas habi- 
das para abrirnos paso, hemos quedado 
reducidos á la mitad, pero esperamos im- 
portantes incorporaciones. Los salvajes 
que nos persiguen no nos dan respiro; 
pero como vamos arreando las caballadas 
y les dejamos sólo los matungos aplas 
taos^ á veces los tiramos lejos ... En mu- 
chas partes, fuerzas gubernativas nos sa- 
len al encuentro y las batimos; en otras, 
nos dispersamos para reunimos más ade- 
lante. Á padrino le gustan más las car 
gas que las guerrillas; asegura que el 
fuerte del gauchaje es el entrevero, y que 
sólo admira y sigue de buena gana á los 
jefes que saben lancear. Además, le he 
oído decir que llevamos enancada la suerte 
de la revolución, y que no está para per- 
der el tiempo en floreos, de modo que las 
cargas á lo indio menudean que da ñebre. 



292 KI- TBRRirÑn 

Como baqueano y guerrillero valiente y 
de recursos no tiene rival: nadie marcha, 
acampa ni se hace humo más lindo que 
él ; nadie entra á la pelea con más coraje, 
y en mañas y ardiles pocos lo igualan. Para 
las gambetas es como avestruz : cuando el 
enemigo menos piensa, lo ha tirao cua- 
renta leguas, ó le copa la caballada ó 
lo sorprende por detrás. Frecuentemente, 
marchamos día y noche, deteniéndonos 
sólo para churrasquear ó mudar caballos. 
Los arroyos y los ríos no los pasamos por 
las picadas^ sino por sitios que él solo 
conoce, y á nado. Nos desnudamos, nos 
ponemos las ropas y los recados sobre la 
cabeza, y al agua, prendidos de la cola de 
los mancarrones. Es muy práctico. 

«El pardo Carranca no nos da alce. 
Dicen que ha jurado llevarle á Pepe Bo- 
tella las orejas de Pantaleón; trabajo le 
mando. Trae más gente que nosotros, pero 
peor montada. Además, á padrino poco le 
importa el número. Ayer, sin ir más lejos, 
le oí decir que en cuantito se corte el 
pardo de la otra columna que nos persi- 
gue, le va á llevar una cargidta de mi flor 
para sacárselo de encima. Me gustaría ver 



EL TERRUÑO 293 

á esos dos crudos frente á frente. Puede 
que sea pronto; desde ayer nos traen 
cpríitos ; no paramos, no comemos, no dor- 
mimos ; todo se vuelve : « Muden caballos, 
y siga la marcha». Quién sabe cuándo 
volveré á escribirte; no te asustes si no 
recibes carta mía. Durante una semana, á 
lo que entiendo, vamos á gambetear de lo 
lindo : hoy marchamos hacia el norte ; ma- 
ñana lo haremos hacia el sur. » 

La columna duende anduvo mucho tiem- 
po burlando con artimañas gauchescas la 
ciencia militar de los generales gubernis- 
tas. Una noche, empero, acorralada por 
fuerzas muy superiores, tuvo que abando- 
narles parte de la caballada, y, sin nume- 
rosos caballos de remuda 3^ perseguida de 
cerca, la situación del caudillo blanco se 
hizo tanto más crítica, cuanto que el fa- 
moso armamento, que después de increí- 
bles peripecias había logrado levantar en 
las costas del Uruguay, hacía punto menos 
que imposibles las evoluciones rápidas y 
también la dispersión, socorrido recurso 
del jefe revolucionario para desvanecerse 
como un fantasma cuando ya el enemigo 
lo tenía entre las uñas. Pantaleón no quería 



294 BL TERRUÑO 

que le hablaran de abandonar el parque; 
habíase comprometido á ir á buscarlo al fin 
del mundo y traerlo, atravesando la repú- 
blica erizada de lanzas enemigas, á los mis- 
mísimos cuarteles del general, y en la teme- 
meraria empresa ponía la arrogancia del 
caudillo vencedor en muchas desiguales li- 
des y el orgullo del gaucho que nunca había 
caído prisionero. De esconder la preciosa 
carga no trató siquiera, porque las fuerzas 
del gobierno le pisaban los talones. El 
único recurso, todo bien pesado y medido, 
era revolverse sobre Carranca, que le ata- 
jaba el paso hacia el Río Negro, y, arro- 
llándolo, ganar las montunas espesuras, 
donde podía resistir, pasar el parque tran- 
quilamente al otro lado del río y luego 
buscar la conjunción de la columna revo- 
lucionaria qne marchaba sobre Paysandú. 
Así lo decidió el ardido jefe 3^ se lo hizo 
saber á sus oficiales una noche al acam- 
par, ordenándoles que mudaran caballos 
y estuviesen apercibidos para atacar en 
masa en cuanto saliera la luna. 

Los fogones se encendieron en lo alto 
de una cuchilla que haciendo eses se ten- 
día de norte á sur, áspera y tortuosa como 



EL TERRUÑO 295 

el crestado lomo de un dragón monstruo. 
Ocultos detrás de ella, mudaron caballos 
y. le aparejaron doble número de bueyes 
á las carretas. Pantaleón, solo, con sus 
arteros pensamientos, anduvo un par de 
horas escudriñando las posiciones enemi- 
gas y rumiando el modo de llevar á buen 
término el plan que acariciaba. 

— Hoy vamos á verle los cuernos al 
diablo, — dijo Jaime á tiempo que le apre- 
taba la cincha al mejor de sus fletes. 

El Sacristán sonrió entre gozoso é in- 
quieto. 

— Parece que el zafarrancho va á ser 
gordo. . . 

El indio se puso grave^ y luego, en voz 
baja, como quien revela algo importante, 
conñóle á su aparcero á guisa de res- 
puesta : 

— El coronel me ordenó que le tuviese 
enfrenados los tres mejores pingos de en- 
trar en pelea. 

Y después, pegándole una sonora pal- 
mada al basto^ signo de satisfacción gau- 
cha, que vale tanto como decir « así ensi- 
lla un criollo », añadió cambiando de tono : 

— Me alegro que haya baile, á ver si 



296 EL TERRUÑO 

puedo hacerme de algunas pilchas ; buena 
falta me hacen. 

— A mí también ; ¡ qué diría la vieja si 
me viese tan peludo y andrajoso ! 

— La cosa es que nos dejen carchar 
después del entrevero. Ahora, con tanta 
finura de clemencia y tanto firulete de 
que somos de la misma sangre y qué se 
yo, no lo dejan á uno rebuscarse. . . Eso 
está bueno para los milicos; el gobierno 
roba por ellos y les da ropas y reales, 
pero entre nosotros el que no carcha pasa 
frío y expone el pellejo al cuete. 

-Así es — asintió el Sacristán. — En el 
Paso del Parque perdí las botas y el pon- 
cho que pude agenciarme en las Tarari- 
ras, y desde entonces voy descalzo y sin 
abrigo. 

— Enderece á los puebleros; siempre 
traen buenas prendas y el riñon forrao — 
aconsejó entre bromas y veras Jaime. — 
En cuanto vea uno, al humo váyasele ; 
son como corderitos para estirar la pata. 

\ sus ojos entornados sonreían malicio- 
•^"^ y crueles. 

La gente parecía muy animosa y bata- 
llona. « Vamos á cargar », repetíanse unos 



EL TEKRURO 297 

á otros, y los pechos se henchían de co- 
raje. En los fogones oíanse dichos alegres 
y formidables risotadas. Los costillares de 
oveja ensartados en los asadores iban do- 
rándose al fuego, lentamente, como naran- 
jas al sol, y las veteranas galletas, en las 
que el uso había puesto el color y el 
lustre del coco, circulaban de mano en 
mano, vertiendo el nacional brebaje en 
los gaznates secos é irritados por el polvo 
de la luenga jornada. 

Antes de salir la luna, el grueso de la 
mesnada montó y avanzó hacia la dere- 
cha por el flanco de la cuchilla, mientras 
el parque, por el bajo, se alejaba sigilo- 
samente en dirección contraría. En el cam- 
pamento quedaron cien hombres. Desde 
allí alcanzábase á divisar en lontonanza, 
cual ojos de gato resplandeciendo en las 
sombras, los fogones del campo contrarío. 
La gente de Carranca descansaba confiada 
en su superioridad numérica y en las cen- 
tinelas y las vigilantes patrullas que vela- 
ban su sueño. Pantaleón pudo averiguar 
que sólo las avanzadas dormían con el 
caballo de la ríenda; dando un gran ro- 
deo pensaba flanquear y caer sobre el 



298 EL TERRUÑO 

grueso de las fuerzas gubernistas y co- 
parle la caballada, echándosela encima 
luego, en tanto que las carretas, aprove- 
chando la confusión de los primeros mo- 
mentos, se deslizarían por delante de la 
vanguardia con rumbo al Río Negro. 

Al frente de la horda, desnudo — como 
en sus mocedades — de brazo y pierna; 
sujeta la melena por ancha bincha y en 
la diestra la lanza legendaria, iba el cau- 
dillo, arrogante y ceñudo como un gue- 
rrero bárbaro. El viento le partía la luen- 
ga y nivea barba en dos, á modo de alas 
de gaviota que se agitaban sobre sus 
hombros recios. Tres soldados marchaban 
inmediatamente detrás de él, conduciendo 
cada uno de tiro un pingo lustroso y 
tusado con primor: eran los créditos del 
coronel. Estos aprestos criollísimos del 
viejo lanceador, que alardeando de pa- 
triota despreciaba la táctica y la indu- 
mentaria de los militares europeizados, 
enardecían á su gente y la preparaban 
para el alarde heroico. El Sacristán expe- 
rimentaba á una, belicoso entusiasmo y 
escalofríos de temor; Jaime echábase al 
coleto, con harta frecuencia, tamaños tra- 



EL TERRUÑO 299 

gos de ardiente caña ; ochocientos hom- 
bres los seguían, espectros silenciosos y 
torvos, que avanzaban al trotecito apre- 
tando las armas febrilmente. El viento 
bramador apagaba el grito gárrulo del 
terutero y el graznido de las lechuzas. 

— Aparcero, si caigo, levántame en an- 
cas — rogó el Sacristán, y, acometido de 
repentinas blanduras, se puso á pensar en 
la vida feliz de «El Ombú». 

Jaime no respondió. Después de avanzar 
cosa de una legua, hicieron alto. Los jine- 
tes guardaban silencio; las cabalgaduras 
estiraban el cuello y permanecían inmóvi- 
les. Al aparecer la luna por entre nubes 
grandes y opacas como cerros, transpu- 
sieron la cuchilla á toda carrera y, en tres 
apretados grupos, se lanzaron por la lla- 
nura. Oyéronse varios disparos, luego to- 
ques de clarín, después repetidas descar- 
gas. Algunos pelotones de las avanzadas 
enemigas fueron arrollados y deshechos; 
otros huían. El ala izquierda de Pantaleón 
había echado pie á tierra y avanzaba ha- 
ciendo nutrido fuego ; sobre ella se con- 
centró el fuego de Carranca. Era lo que 
pretendía el coronel para hacer más ines- 



300 EL TERRUÑO 

perado y efectivo el ataque de las otras 
dos columnas. Las balas silbaban ; los in- 
dios empezaron á caer segados por una 
hoz invisible. Cuando un caballo rodaba 
por tierra, otros caían sobre él, y se for- 
maba una confusa pelota de bestias y 
hombres. 

En el campamento gubernista, todo era 
consternación y tumulto. Á la luz de los 
fogones, veíanse correr los soldados de un 
lado para otro, y también grupos de jine- 
tes que en tropel iban á engrosar las gue- 
rrillas ya tendidas. El fuego se hacía cada 
vez más recio y extendido ; los aislados fo- 
gonazos se convertían en granizo de plomo. 

* La breva va á ser más dura de pelar 
de lo que yo suponía», díjose Pantaleón 
hincando espuelas; si no entramos á lan- 
cear pronto, me quedo sin gente ». 

— I Adelante, muchachos ! — tronó luego, 
blandiendo en alto la lanza. 

La confu«;ión de los colorados subió de 
punto cuando los cien hombres que había 
dejado Pantaleón en el campamento des- 
cendieron de la cuchilla, estrecharon las 
distancias y empezaron á hacer fuego por 
aquel lado. Como si fuera xma señal con- 



BL TERRUÑO 301 

venida, el ala derecha del caudillo blanco 
se corrió más á la derecha aún, con el 
propósito evidente de copar la caballada, 
tendida detrás del ejército. Una columna 
de gente montada le salió al encuentro; 
otra cargó sobre Pantaleón. Eran muy 
inferiores en número; las arrollaron y si- 
guieron adelante. 

— i Mojó ? . . — interrogó á gritos Jaime. 

— I Mojé ! . . . — contestó el Sacristán. 

— i Adelante, muchachos ! — tornó á gri- 
tar el jefe. 

En el sorprendido campamento, ya pró- 
ximo, oíase confuso vocerío, relinchos, tro- 
pel de caballos, precipitados toques de cla- 
rín. Abriéndose paso á filo de sable y 
punta de lanza, hundiendo pechos, molien- 
do cráneos y hollando vientres con los cas- 
cos de las enardecidas monturas, llegaron 
hasta las primeras carpas, hechas con alam- 
bres y ponchos. Los recibieron á descargas 
cerradas. Los hombres caían como mos- 
cas. La columna se abrió, se dislocó, re- 
molineó en partes, pero muchos grupos de 
ella se internaron en el campamento ha- 
ciendo riza en cuanto se les ponía al 
alcance del hierro. A la luz rambranesca 



302 EL TERRUÑO 

de los fogones 6 las lívidas claridades de 
la luna, entre fogonazos y resplandores de 
armas, ayes 3^ ternos, veíanse torbellinos de 
tronzados jinetes, rostros ensangrentados 
é iracundos, manos crispadas, ojos agóni- 
cos. Los cuerpos, al caer á tierra, producían 
como un sordo y fofo crujido; los sabla- 
zos se oían como si golpearan en la cas- 
cara sonora del melón. 

— jNo se despegue de mí, aparcero, y 
mate que Dios perdona ! . . . — le gritó Jai- 
me al Sacristán, un tanto rezagado. 

Apenas dicho esto, el overo azulejo que 
montaba rodó como una bola. Jaime echó 
el cuerpo hacia atrás, abrió las piernas y 
salió corriendo, y sin disminuir la violen- 
cia con que iba ni perder ripio, agarró de 
la rienda al caballo del enemigo que se le 
venía encima, esquivó ágil el hachazo que 
que éste le tiró, le hundió el puñal en las 
costillas y, á tiempo que su adversario se 
desplomaba por la derecha, el indio mon- 
taba de salto por la izquierda y se unía 
al Sacristán. 

— ¡ Ah, tigre ! . . . no pudo por menos de 
exclamar admirado el mozo, y juntos, con 
Pantaleón al frente y detrás unos cincuen- 



EL TERRUÑO 303 

ta hombres, cayeron sobre un grupo que 
huía á'pie. Y se cansaron de tajar en la 
carne viva. De pronto, el coronel se de- 
tuvo, observó el estrago que hacía su 
gente y luego, prestando el oído á un 
sordo rumor que se oía lejano, mandó 
tocar retirada, lo que hicieron á todo co- 
rrer porque gran golpe de compañías, ya 
rehechas y en perfecto orden, avanzaba 
sobre ellos. 

Á poco andar, Pantaleón dio vuelta cara, 
é hizo tender en guerrilla al grupo de fu- 
sileros que ya se le había unido. La otra 
columna, después de dispersar el pequeño 
destacamento que cuidaba los caballos, 
empujaba á éstos sobre el campo ene- 
migo. Oíase, en medio del tiroteo, como 
lejano tronar. La mancha enorme y ondu- 
lante de la caballada parecía un mar bo- 
rrascoso. El caudillo, solo, en lo alto de 
una eminencia, observaba, inmóvil y vigi- 
lante como un lechuzón en las sombras. 

Con tabaco mascado, Jaime restañó la 
herida que tenía el Sacristán en la cabeza, 
y se la vendó como Dios le dio á enten- 
der, ofreciéndole luego un trago de caña. 

— En la guerra éste es el sánalo todo, — 
dijo después. 



304 EL TERRUÑO 

-¿Y ahora, qué hacemos? — interrogó 
el Sacristán. 

— Pronto lo vamos á saber, — respondió 
el indio indicándole con el gesto al jefe. 

El clamoreo que venía del campamento 
de Carranca les hizo volver los ojos hacia 
aquella parte. Cientos y cientos de caba- 
llos en furiosa carrera y atronando el aire 
con sus relinchos, se veían saltar por enci- 
ma de los fogones, chocar entre sí y arro- 
llarlo todo, gentes y carpas. Pantaleón 
sonreía sarcásticamente. Luego de algunos 
instantes mandó montar, y a la disparada 
se corrió hacia la derecha con el objeto 
de pasar por detrás del enemigo é ir á 
reunirse con el parque, lo cual en media 
hora fué hecho sin que nadie le pusiera el 
menor obstáculo. 

Las carretas avanzaban, libres de estor- 
bos, hacia el « Paso de Bubtillos » ; la hor- 
da ensangrentada prorrumpió en vítores. 
Hasta los heridos gritaban y reían. El co- 
ronel, atenio sólo á sus planes, dio orden 
de mudar los bueyes y apurar la marcha. 
Era necesario pasar el río antes que las 
fuerzas derrotadas se reorganizasen y los 
alcanjzara. Además, temía topar con la 



BL TERRUÑO 305 

Otra columna gubernista, cuya situación 
precisa ignoraba el caudillo, aunque su- 
ponía haber pasado entre ella y la 
gente del burlado Carranca. Mientras las 
carretas dando tumbos se alejaban al tro- 
te, gracias á los piv-anazos que hacían 
lomear á los hueves, ensillaron, vendáron- 
se las heridas y hasta hubo quien acertó 
á calentar agua y tomar algunos mates. 
Después se pusieron en marcha. 

Las avanzadas enemigas no tardaron en 
aparecer. Amanecía ; la horda adelantaba 
silenciosa é inquieta, viendo cubrirse las 
cuchillas de destacamentos y más desta- 
camentos, lo cual le hizo presumir á Pan- 
taleón que las dos columnas gubernistas 
se habían unido para caer juntas sobre él. 

— Creí que había concluido el baile, 
pero veo que va á empezar ahora, — mur- 
muró Jaime. 

El Sacristán miraba, con los ojos muy 
abiertos, las negras masas que aparecían 
en el horizonte. 

Cuando se hizo de día claro, Pantaleón 
desplegó algunas guerrillas que pronto 
hubieron de replegarse. « Se vienen como 
á comprarme los vicios . . . pero no se 

20 



306 EL TBRRTJÑO 

aflijan, yo voy a darles naco que picar*, 
murmuró, y luego de ordenar nuevamen- 
te que apurasen las carretas, dispuso sus 
bravos en orden de batalla. Mas, en las 
posiciones que había elegido, apenas pudo 
sostenerse media hora. A todo escape las 
abandonó y volvió á echar pie á tierra 
una legua más lejos, detrás de un arroyi- 
to. Desde allí se veían los montes del Río 
Negro. Observando el número de enemi- 
gos que se le venía encima y lo cerca 
que iban las carretas, el coronel se mor- 
dió los labios colérico, y le envió otro 
aviso al jefe del parque. 

Huyendo unas veces y otras resistiendo, 
fué acercándose la mesnada á Bustillos. 
El terreno arenoso y minado de tucutucos 
hacía penosísima la marcha de los vehí- 
culos. Iban á paso de tortuga ; los bueyes, 
con la lengua de fuera y dando grandes 
resoplidos, se inflaban y desinflaban como 
acordeones: uno cayó reventado; otro, 
muerto de un balazo; dos de ellos, heri- 
dos, no tiraban y sólo servían de estorbo. 
El ímpetu de las tropas del gobierno era 
tal, que el caudillo blanco no podía man- 
tenerse en ninguna posición, y fué arro- 



EL TERRUÑO 307 

liado hasta las mismas carretas. Allí, gua- 
recidos en parte por los primeros talas 
del monte, se propuso resistir. La proxi- 
midad del paso hizo renacer la esperanza 
en la maltrecha horda, y como ya todos 
empezaban á creer en salvo el armamento 
y rematada la hazañosa empresa, prorrum- 
pieron en vivas á la revolución y al más 
bravo de sus caudillos. Éste sonrió, irónico 
y piadoso á la vez, pensando acaso en el 
próximo fin de aquellos valientes. Estaba 
muy pálido, tenía el muslo derecho atra- 
vesado por una lanzada y perdía mucha 
sangre. Un practicante de medicina se le 
acercó con ánimo de prestarle sus servi- 
cios ; pero él le dijo que tirase las vendas 
y agarrase un fusil, y, sin cura del pelle- 
jo, siguió exponiéndose á las balas y ani- 
mando á la gente. El fuego enemigo era 
muy recio y certero ; los indios caían ; las 
ramas de los coronillas y los espinillos, 
tronchadas por el plomo silbador, se aba- 
tían al suelo dulcemente, como haciendo 
una graciosa reverencia. 

El jefe del parque llegó á pedir órde- 
nes ; las carretas caían al paso. Como ha- 
bía supuesto Pantaleón, el río traía poca 



:i08 RI. rEKRUSfo 

agucí y no era difícil atravesarlo. Refle- 
xionó breves instantes, y luego dijo: 

—Voy á darle todos mis fusileros para 
contener al enemigo . . . Dispóngalos con- 
venientemente en la otra orilla, y que de- 
fiendan el paso, mientras usted, con cin- 
cuenta hombres, busca incorporarse hoy 
mismo á la columna nacionalista, que mar- 
cha sobre Paysandú. Está cerca ; mándele 
un chasque. 

— ¿ Y usted, mi coronel ? -- se atrevió á 
interrogar el comandante, clavando los 
ojos en los del caudillo. 

Pantaleón, frunciendo el ceño, contes- 
tóle mirándolo á su vez fijamente: 

— Yo voy á acampar aquí . . . Dígale al 
general, cuando lo vea, que sus órdenes 
han sido cumplidas, —y le \olvió las es- 
paldas. 

El oficial partió seguido de los fusileros. 
Yarios escuadrones de caballería ataca- 
ban ; los sables }' las lanzas resplandecían 
como si los jinetes trajeran en las manos 
haces de luz. Pantaleón, sin otro propó- 
sito que ganar minutos, les salió al encuen- 
tro con su reducida hueste. Por el apero 
de plata reconoció á su enemigo mortal 



EL TKRKUiíü 30^ 

y, adelantándose, arremetió contra él. Un 
oficialito sin pelo de barba, que también 
se había adelantado á los suyos, se inter- 
puso y le disparó dos tiros casi á quema 
ropa ; el caudillo lo apartó desdeñosa- 
mente con el regatón de la lanza y siguió. 
Oíase distinto el precipitado golpear de 
los cascos en la tierra ; veíanse ya los 
rostros iracundos de los hombres y las 
rojas fauces de los caballos ; la tromba de 
carne viva y hierro avanzaba vertiginosa. 
La mesnada corría á la muerte. El Sacris 
tan, llevado en vilo, no veía ni oía : iba 
como en sueños, sin conciencia de nada. 
En el furioso choque cayó, fué apretado 
por el caballo y perdió el sentido. Cuando 
volvió en sí, de la columna nacionalista 
sólo quedaban algunos grupos que se 
batían desesperadamente, y jinetes suel- 
tos que huían perseguidos de cerca. Pan 
taleón y Jaime parecían dos lobos rodea 
dos por una jauría rabiosa. Ambos, mal 
heridos y cubiertos de sangre, revolvían 
los caballos y meneaban el hierro con 
rapidez fabulosa, de cierta manera favo 
recidos en tan desigual combate por el 
exceso mismo de sus adversarios, que de 



310 EL fEKKUÑlJ 

puros ganosos se atrepellaban y entorpe- 
cían. Dos caballos se enredaron y caye- 
ron. Jefe y ayudante vieron un claro abier- 
to y por él se metieron ; el bravo caudillo 
pudo romper una vez más el círculo de 
la muerte, á tiempo que los aceros se 
abatían sobre Jaime. El indio se desplomó 
y quedó tendido boca abajo. Rápido, un 
milico de aspecto siniestro se abalanzó 
sobre él, le puso el pie en medio de las 
espaldas y agarrándole de los cabellos y 
levantándole la cabeza violentamente, lo 
degolló de oreja á oreja. 

Por la cicatriz que le partía la cara, el 
Sacristán reconoció á Primitivo. Estreme- 
ciéndose de horror, apartó los ojos y los 
puso luego con ansias mortales en los jine- 
tes que, vociferando, perseguían á Panta- 
león. Algunos lo denostaban, otros lo ha- 
bían reconocido y, admirados de su indómi- 
to valor, le gritaban que se rindiese; pero él 
no hacía caso ; parando con la lanza dies- 
if.i'K'ítt' I;í^ hok-aJoi-as 'i'io le antojaban, 
luií;i hecho un "villo sobre el lomo del 
caballo. De tiempo en tiempo, cuando se 
veía muy acosado, revolvíase como un 
toro furioso, y se abría camino dando y 



EL TERRÜÍÍO 311 

recibiendo golpes. En aquellos supremos 
instantes de sonambulismo heroico, sin- 
tiendo las embriagueces del peligro y la 
locura del matar, sólo pensaba en no caer 
prisionero, en morir peleando según la 
fiera tradición de su raza. La misma san- 
gre caliente que le corría por el rostro y 
le mojaba los labios, lo enardecía como 
si bebiese un licor de fuego. «¡Salvajes! 
■( ladrones ! ¡ van á ver como muere un 
criollo I » se decía, viendo sin espanto, al 
contrario, con exaltación bélica, los grupos 
de milicos que le salían al encuentro por 
todas partes. Un tiro de bolas le arrancó 
la lanza de la mano ; no le quedaba arma 
ninguna. El tordillo daba signos de fatiga ; 
los enemigos lo rodeaban. Entonces Pan- 
taleón, adelantándose á la muerte, tarda 
en venir, pasó de industria todo el pie á 
través del estribo, y golpeándoles la boca 
en son de burla á sus perseguidores, gritó : 
¡Viva la revolución! y se dejó caer. La 
soldadesca, espantada, sentó los caballos; 
hasta los más desalmados sintieron los 
escalofríos del horror: el cuerpo del cau- 
dillo, arrastrado en veloz carrera, fué re- 
botando sobre el suelo hasta quedar con- 
vertido en una masa informe. 



312 EL TERRUÑO 

En aquel trágico momento aparecía el 
sol por detrás del monte, y las carretas 
subían las agrias barrancas del otro lado 
del río. 



XV 



De vuelta de la guerra, cuando Primi- 
tivo llegó á « El Bichadero », Celedonia 
hacía dos semanas que había pasado á 
mejor vida. Se extinguió dulcemente, sin 
lamentos ni protestas, dándole momentos 
antes á Mamagela, para que se la entre- 
gara después á Primitivo, la sortija de 
dos corazones que él, con mano temblo- 
rosa, le había puesto en el dedo anular 
al casarse. Acompañó el ademán de estas 
palabras, dichas con voz débil y caver- 
nosa: 

— Dile, mamá, que me perdone . , . ; dile 
que no supe lo que hacía . . . ; dile que sólo 
á él quise y muero queriéndolo, y sin em- 
bargo ... ¡ Ay ! ¡ así son las cosas ! . . . — 
Y en m.edio de un sollozo, que terminó 
en hipo mortal, fué entornando los ojos, 
y al cerrarlos expiró. 

En el rostro de la hombruna Celedonia 



314 HL TERRUÑO 

la muerte puso el blanco velo de una tris- 
teza infinita. 

Al entrar al rancho abandonado, Primi- 
tivo sintió en el alma el frío y la soledad 
de las desiertas habitaciones, que recorrió 
con paso vacilante, sin objeto, sin idea 
fija. Frente á la cama de Celedonia se 
detuvo. En los colchones veíanse aún las 
huellas del cuerpo enflaquecido, y en las 
almohadas, profundo hundimiento delataba 
el sitio de la cabeza, de sti cabes a. Primi- 
tivo miraba absorto y con los labios fuer- 
temente plegados por un gesto de dolor, 
i Cuántas cosas le sugería el lecho vacío ! . . . 
Agobiado por la pena, al igual de la rama 
que se dobla bajo el peso del fruto, fué 
inclinándose hasta besar la almohada y 
esconder en ella el rostro. En tal postura 
pasó la noche. Afuera, los perros le ladra- 
ban á la luna y sus ladridos se perdían 
en el espacio azul del mismo modo que 
los sollozos del infeliz. 

Primitivo, por hábito, pero sin que lo 
moviese ningún estímulo de amor á su ha- 
cienda ni acicate de interés alguno, reco- 
rrió el campo : los alambrados estaban en 
el suelo ; las ovejas, muy ñacas y samo- 



EL TERRUÑO 315 

sas. Ni pestañeó. Más que indiferente, pare- 
cía insensible al mal ó como si no tuviera 
clara conciencia de él. Y lo dejó todo tal 
cual. Ni siquiera le pidió rodeo á nadie 
para recoger y poner en seguro los anima- 
les que se hubieran desperdigado por los 
campos vecinos. Despedíase el invierno 
con interminables lluvias ; el cielo amanecía 
siempre anubarrado; hasta el albear era 
triste. Primitivo no salía de la cocina : los 
hábitos contraídos en el campamento ins 
pirábanle verdadera repugnancia por el 
trabajo y todo lo que fuese ley civilizada 
y ordenada vida. Además, la calma no 
venía; el come come de la tristeza y el 
rencor no lo dejaban vivir. Creyó que, 
satisfecha su venganza, se sentiría tran- 
quilo : mas fué al contrario : la muerte de 
Jaime y la terminación de las correrías 
guerreras le dejaron el alma ahita de tru- 
culentas pasiones que, no enco)itrando so- 
bre qué obrar ni en qué ejercitarse, se 
revolvían sobre sí mismas, alimentándose 
de las entrañas que les daba nacimiento, 
como el hijo de la madre. Perenne y sorda 
irritación lo mantenía hosco entre las cua- 
tro paredes del rancho, donde no se diría 



316 EL TERRUÑO 

sino que se iban amontonando las tristezas 
y las sombras, tal era su lúgubre aspecto. 
No tenía peón, ni pensaba tomarlo tam 
poco : ¿ para qué ? Él mismo se cebaba el 
mate y asaba el churrasquito que, sin pan 
ni cubiertos, comía desganado junto al 
fogón. Después bebía . . 

Tóeles vino á visitarlo varias veces, pero 
como siempre lo encontraba entre dos 
luces ó completamente ebrio, y en tal 
estado Primitivo tornábase muy sacudido 
y procaz, nunca pudo dirigirle las concep- 
tuosas frases que traía preparadas. Em- 
pero, en cierta ocasión, considerándolo 
mejor dispuesto, algo acertó á insinuarle 
sobre la necesidad de sobreponerse á los 
dolores que lo afligían y volver á su exis- 
tencia honrada y laboriosa. 

— ¡ Rehacer mi vida ! . . . — murmuró el 
paisano sordamente. — Cada cristiano va 
maniátelo á su destino y es al ñudo apo- 
trarse. Déjeme á mí con el mío. Sólo yo 
sé lo que me hace falta, — repuso, y su 
acento se hizo sombrío y amenazador. 

Tóeles no volvió más á «El Bichade- 
rO'>, y desde entonces el pobre paisano 
no tuvo otros amigos que los canes, ni 



RL TEKKUftO 317 

Otra consolación en su desamparo que la 
botella. Pero si no iba Tóeles á la estan- 
zuela de su concuñado, desde » La Nueva 
Esperanza > volvía los ojos á niienudo ha- 
cia aquel sitio de tristeza y desolación, y, 
á veces, con anteojos, veía á Primitivo 
echado debajo del ombú ó, menos fre- 
cuentemente, ocupado en alguna tarea do- 
méstica. El infortunio del miserable pai- 
sano lo llenaba de honda conmiseración, 
sobre todo después que el vecindario le 
imputaba toda suerte de crímenes y hacía 
de él un objeto de escarnio y horror. 

Una tarde, á la hora de la siesta, Ama- 
bí avi^ó aterrada á su marido que < El 
Bichadero » ardía. Tóeles abrió la venta- 
na y miró : en efecto, grandes lenguas de 
fuego salían flameando de las casas, los 
corrales y los bretes. El filósofo montó á 
caballo y, seguido de su peoncito, allá se 
fué corriendo. Pero tuvo que detenerse an- 
tes de llegar : el fuego rodeaba las pobla- 
ciones; las bolsas de lana de la esquila 
anterior, que Primitivo en su abandono 
había dejado sin vender, dispuestas con 
siniestro designio, cercaban los bretes ; las 
ovejas, encerradas, huían en todas direc- 



318 Kl. TKRRIIÑO 

dones, locas de espanto, y Primitivo, en 
medio de ellas, poseído acaso de la gran- 
deza de su destino, negro y adverso, veía, 
al través de espesa y sofocante humareda, 
desplomarse los ranchos unos tras otros, 
morir las ovejas, reventar las bolsas como 
disformes panzas de vaca hinchadas al 
sol. Y reía en su demencia, transfigurado 
por la embriaguez de destruir y el senti- 
miento de un fin próximo y trágico. De 
pronto, escápesele un grito de espanto: 
sus ropas ardían ; echó á correr, pero á 
los pocos pasos cayó atropellado por las 
ovejas. Cuando se puso en pie estaba 
medio ciego; las llamas lo rodearon; ne- 
gros crespones de humo lo envolvieron, 
y Tóeles no pudo ver más. 



XVI 



La tapera de Primitivo, desolado jardín 
de melancolía, atraía á Tóeles 3^ avivaba 
sus extrañas fiebres. Después de recorrer 
el campo y examinar las haciendas, cuyo 
cuidado le recomendaba diariamente Ma- 
magela, descendía del caballo, sentábase 
sobre las desmoronadas paredes de te- 
rrón y meditaba. El ombú, antes lozano y 
copudo, enseñaba ogaño el ramaje sin gala 
de hojas y el robusto tronco roído por el 
colmillo voraz de las llamas. Éstas lo ha- 
bían devorado casi todo ; de las poblacio- 
nes sólo quedaban algunos míseros despo- 
jos. Una mancha parduzca, rugada costra 
en la epidermis de la tierra, indicaba el 
sitio de los ranchos y los bretes. En me- 
dio de ella, entre hacinados escombros, 
un marco de madera dura había resistido 
á la acción destructora del fuego y se 
erguía entre las ruinas solitario y sinies- 



320 EL TERRUÑO 

tro como una horca. La ociosa borraja y 
las espinas empezaban á brotar, corrobo- 
rrando, más bien que paliando, la desola- 
ción de lo que fué el próspero Bichadero. 
Al atardecer, hora de las diarias visitas 
de Tóeles, las muertas lumbres del cre- 
púsculo parecían fundir en su tristeza la 
tristeza gris de la tapera y convertir en 
sombras espectrales los dispersos ganados 
que, lentos y silenciosos, bajaban á las 
aguadas, Tóeles se decía : 

« He ahí una prueba palpable de la in- 
utilidad del esfuerzo y de la insuficiencia 
de la razón para rodrigarnos y dirigirnos, 
cuando se destacan y campan por sus res- 
petos las pasiones que duermen en los 
antros de toda alma, como arrolladas 
culebras en el nido, i Pobre Primitivo 1 
Tus previsiones fueron inútiles; estériles 
tus sacrificios; burladas tus esperanzas^ y 
entrada á saco por el destino adverso la 
fortaleza de tu voluntad. Y, sin embargo, 
tú poseíste las activas virtudes que más 
se premian, y fuiste obediente á la regla, 
sumiso al orden establecido, lo cual quiere 
decir que ni obediencia ni rebeldía sirven 
para maldita de Dios la cosa. ^Qué espe- 



BL TKRJíUÑO 321 

jismos te extraviaron? ¿Qué voces habla- 
ron en ti y convirtieron tu mansedumbre 
en fiereza? ¿Qué demonio te cerró los 
ojos y condujo de la mano al abísrno del 
rencor? No fué el demonio de la finalidad ; 
los metafisiqueos y las retíSrica'^ no le hi- 
cieron cometer, como á mí, ninguno de 
esos nobles crímenes contra la vida, que 
la vida no perdona. ¿Será que, en todas 
las circunstancias, el hombre es juguete 
de las alucinaciones con que burlonas dei- 
dades le llenan los ojos ? . . . » 

Y después de vislumbrar los múltiples 
y arcanos impulsos que nos guían ü hurto 
de la presuntuosa razón, las ilusiones que 
nos engañan y las conmovedoras locuras 
que los mortales padecen, convenía. 

« Sí, eso somos : alucinados y sonámbu- 
los en un mundo fantasmagórico. Sonám- 
bulo el ofuscado Primitivo, á quien obs- 
curas leyes del honor gaucho conducen al 
dolo y al crimen; sonámbulo el bárbaro 
Pantaleón, convertido en adalid de los 
derechos y las leyes nacionales por ins- 
tinto de rebeldía contra las leyes y los 
derechos; sonámbulo el seráfico Papa- 
goyo, disfrazando con mansedumbre y 

21 



322 EL TERRUÑO 

bondad las flojeras del carácter y las 
concupiscencias de los apetitos; sonám- 
bulos los partidos, envaneciéndose de per- 
seguir ideales y principios puros, cuando 
sólo necesidades materiales é intereses 
inmediatos los inspiran y guían; sonám- 
bulo yo, sonámbulo los otros, y archiso- 
námbulo el mundo, porque engendro es 
de la ilusión universal. Ni aun la mismí- 
sima Mamagela escapa á ese fatal des 
tino; á pesar de su sentido práctico y 
firme voluntad, víctima es, como todo 
quisque, de sus pasiones y juguete de la 
ilusión que á todos nos gob'erna. En ver- 
dad, no es menos loca ni sonámbula que 
yo», repetíase con fruición; «sólo que su 
sonambulismo ignorante la hace creer, 
comúnmente, que el amargo acíbar es ri- 
quísima miel; los frutos podridos, lozanos 
frutos. Sin embargo, ella está dentro de 
la ley social; yo fuera. Su macar ronismo 
será saludable para el mundo; mi racio- 
nalismo, perjudicial. ¡Irónica contradic- 
ción, fruto amargo de las trágicas anti- 
nomias del ideal y la realidad, del pensa- 
miento y la acción, del bien teórico y del 
bien práctico! Mientras el materialismo 



BL TBRKUÑO 323 

egoísta de Mamagela construye y es útil, 
mi desinteresado idealismo secará, antes 
de arrancarlos, los sabrosos frutos ,del 
árbol de la vida . . . ¿ Qué hacerle ? Aun- 
que quiera aceptar la ley del macarro- 
nismo saludable y someterme á la dicta- 
dura del embuste, no podré: soy una 
conciencia errante, y es necesario que 
cumpla mi destino. Quizá éste no sea tan 
inútil y vano como á mí me parece. Y 
una conciencia errante nada tiene que 
hacer con las actividades prácticas que, 
entre paréntesis, no son vado y satisñic- 
ción gozosa de los instintos más snnos y 
robustos, como me lo hicieron creer las de- 
ducciones lógicas de ciertas teorías ¡siem- 
pre las teorías 1 . . ¡Que me vengan á mí 
con cuentos después de esta odisea cam- 
pesina y del arrebatado fin de Primiti- 
vo ! La acción tiene sus quiebras: es 
también una ilusión y una esclavitud; 
sólo somos libres en el reino de los sue- 
ños, como dice el poeta; sólo somos verí- 
dicos y renles mientras soñamos. No, Tó- 
eles, basta de campo, de negocios y de 
familia. Eres para los tuyos un peligro 
constante. Sin tí, sin los conflictos y de- 



324 KL TBRRÜÑO 

sastres que seguramente traerá aparejados 
tu incurable irrealismo, Amabí sería di- 
chosa; Pedrito crecería sano y contento; 
los intereses medrarían bajo la sagaz di- 
rección de Mamagela. El mayor bien que, 
en realidad, puedes hacerles á los tuyos, 
es eclipsarte, desaparecer, aunque esto 
parezca monstruoso. Por otra parte, ¿ cómo 
vivir mintiendo, engañándome y engañán- 
dolos á sabiendas?: mi mujer no es mi 
mujer, mi casa no es mi casa, mi patria 
no es mi patria. ¿ Qué ley me obliga á 
sacrificarme por lo que me es extraño ó 
enemigo ? ¿ Acaso el bien ... el bien de 
los otros? Respetable cosa; pero ¿dónde 
está el mío ? » 

Como lobas cautelosas avanzaban las 
sombras, y con ellas crecían las torturan- 
tes dudas de Tóeles. Cerrada la noche, 
levantando al paso lechuzas y perdices, 
tornábase á « La Nueva Esperanza » . 
Desensillaba; refrescábale el humeante 
lomo al caballo con un jarro de agua fres- 
ca; entraba al rancho. Amabí cosía, Pe- 
drito justaba, deshojábanse las flores en 
en los frascos de encurtidos, las velas de 
sebo ardían en los candeleros de lata. 



Ei TERRUÑO 325 

Tóeles sih decir palabra, sentábase en un 
rincón, y considerando con grande piedad 
de sí mismo la hurañez y hostilidad de las 
cosas que lo rodeaban, se enternecía has- 
ta lagrimear. Esto sacaba de quicio á 
Amabí : « i Peste de hombre ! » decíase, y, 
pegando un respingo, salía. Pedrito íbase 
tras de ella. Tóeles quedaba solo en me- 
dio de la semi-obscuridad de la sala. Sus 
ojos se detenían, sin ver, en las temblonas 
llamas de las bujías, en los grabados que 
ornaban las lóbregas paredes^ en los li- 
bros cubiertos de polvo, mientras pensaba 
que era necesario libertarse^ fugar de 
aquella odiosa prisión del alma en que 
falsas relaciones lo tenían, y correr los 
temporales de su agitada mar interior, 
para vivir de acuerdo consigo mismo y 
dar las notas agudas que tenía en la gar- 
ganta. En realidad, no sabía bien en qué 
estribaría esto; pero la imagen sólo le 
satisfacía, no obstante la teórica devoción 
de las realidades concretas. Y mientras 
acariciaba tales sueños, confesábase, sin 
asomos de violencia, que el abandonar 
mujer, hijo é intereses era altamente con- 
denable, inmoral, vil; airadas voces de la 



3'26 EL TEKKUÑO 

conciencia que escuchaba sin terror, por- 
que al mismo tiempo otras voces interio- 
res, cariciosas y hechiceras, le decían: 
« No hay otro medio de romper las cade- 
nas que te esclavizan é impiden cumplir 
tu trágico destino. La calma, la vida regu- 
lar y laboriosa, la sumisión á la regla, 
la dicha del renunciamiento, si á esta 
desabrida existencia pueden dársele tales 
nombres, no son para ti; para ti. Tóeles, 
el perseguir los fantasmas de tu idealismo 
pasionario; la incertidumbre, la inquietud 
perpetua y el morir por una estrella : esa 
es tu moral, tu ley, tu destino, y acaso 
entraña, diga lo que diga Mamagela, una 
grande aunque invisible utilidad». Y, á 
pesar de sus miserias y fracasada vida, 
embriagado por una especie de orgullo 
de poeta, llegaba á pensar que él. Tóeles, 
era la sed de lo infinito hecha carne pal- 
pitante, la inquietud universal hecha luz. 
la rebeldía del egoísmo vidente contra las 
mentiras y tiranías sociales. Entonces la 
luz macilenta de las velas resplandecía 
con vivos fulgores ; todo se iluminaba 
feéricamente; un voluptuoso coro de nin- 
fas y danzarinas desnudas lo rodeaba y 



BL TERRUÑO 327 

levantaba en vilo. «Sí, sí», decíase trans- 
portado, « eso es : soy una conciencia 
errante en el purgatorio del mundo, y al 
revés de los filistinos y de las personas 
honradas, me envileceré públicamente por 
no venderle en secreto á los sátiros la 
virtud de mi alma. Ese será mi crimen 
radioso » . 

La peona ponía la sopa humeante sobre 
la mesa y Tóeles, suspirando, sentábase 
entre Amabí y Pedrito. 

La tentación de partir, de liquidar total- 
mente el pasado y empezar una vida nueva, 
lo ganaba ; rompía uno á uno los invisibles 
hilos que atado lo tenían á los deberes co- 
rrientes, y le descubría inopinados horizon- 
tes de ventura, de noble lucha, acaso de 
gloria. Quería ser un sembrador de ideas, el 
apóstol de alguna cosa, y encerrarse en el 
claustro de sus pensamientos como un 
monje en su ermita. Mas el decidirse no 
era asunto de raciocinio, sino de hígados, 
y flaqueaba. Mientras pensaba solo, todo 
iba bien : su cerebro resolvía sin vacila- 
ciones ; pero á punto de obrar, otra razón, 
arcana y honda, la razón de todo el cuerpo, 
imperaba y ponía sobre sus flacos lomos 



328 EL TERKUÑO 

de soñador el bloque del pasado y del 
presente, y con él la carga abrumadora 
de la conciencia. Y, como el camello harto 
cargado, la voluntad de Tóeles se negaba 
á levantarse y marchar. Entonces sentía 
con viva fuerza, aunque desfalleciendo, las 
irreducibles contradicciones de su natura- 
leza, y cuan difícil le sería poner nunca 
al unísono idea y acto, egoísmo y desin- 
terés, universo y corazón. 

Y en verdad, no era fácil empresa. Múl- 
tiples y diversos móviles solicitábanle en 
opuestas direcciones. Á pesar de todo, 
mujer, hijo, familia y también intereses, 
con los cuales se había encariñado y que 
satisfacían necesidades muy intimas de su 
espíritu, en consorcio ejercían sobre él la 
atracción imperiosa y constante del hogar ; 
aspiraciones superiores y pujos de indivi- 
dualismo anárquico, aunque refrenados por 
el realismo de doña Ángela, mantenían vi- 
gorosas las tendencias de su cultura idea- 
lista y temperamento de poeta ; ciertos ape- 
titos en la tierra lo retenían; ardientes anhe- 
los al cielo lo llamaban; incertidumbres y te- 
mores lo tiraban por aquí; certezas y es- 
peranzas, por allá, y con todo ello, el atri- 



EL TERRUÑO 329 

bulado Tóeles no sabía qué hacer ni á qué 
santo encomendarse. Unos días sentíase re- 
volucionario ; otros, conservador ; el tiempo 
pasaba; nada resolvía. 

Además, de antemano lo inquietaban las 
dificultades que le sería forzoso vencer 
para poner en práctica cualquiera resolu- 
ción que tomase. ¿Á dónde iría? ¿cómo 
viviría si abandonaba « La Nueva Espe- 
ranza » ? ¿ Qué haría de sus aspiraciones ? 
¿ cómo pagaría sus trampas si se quedaba ? 
Aunque alucinado y ensoñador, no podía 
ocultársele que una conciencia errante tri- 
pas tiene y necesidades inmediatas que sa- 
tisfacer, ni, por otra parte, se forjaba ilu- 
siones sobre el estado de su hacienda, y 
menos sobre las dulzuras de la vida con- 
yugal que en « La Nueva Esperanza » lo 
esperaban. 

Tóeles perdió el apetito y el sueño, y 
cayó en las negruras de la neurastenia. 



XVII 



Entretanto, el país entraba en los cau- 
ces de la vida normal. Los ariscos matre- 
ros salían de los montes; los emigrados 
volvían á la tierra; los ganaderos, refu- 
giados en los pueblos y en la capital, tor- 
naban á las desamparadas estancias, re- 
construían los alambrados, juntaban las 
dispersas haciendas, y ordenaban, como 
los pájaros reconstruyen el nido que el 
viento deshace, lo que la guerra había 
desquiciado. Se hablaba de enterrar para 
siempre odios anacrónicos y divisas funes- 
tas; se hablaba mucho también de cor- 
dura y regeneración nacional, y aunque 
los partidos, á la sordina, se preparaban 
para la otra^ la esperanza y el optimismo 
robustecían de nuevo los ánimos para las 
bregas del vivir. 

La diligente Mamagela clasificó y se- 
leccionó los rebaños de Primitivo; esquiló 



332 EL TERRUÑO 

las majadas, les dio un bafio de ordago 
para matarles la sarna, y, sobre las mis- 
mísimas ruinas de «El Bichadero », hizo 
edificar una casita mu}^ cómoda y cuca. 
Y allí ubicó al Sacristán, que, después de 
las peripecias guerreras, no quería ser 
militar ni cura, sino estanciero. Papa- 
goyo bajó á la capital á surtirse y trajo 
á « El Ombú » gran copia de mercaderías, 
y los herederos de Pantaleón se repartie- 
ron « Los Abrojos » y empezaron, á tra- 
bajar con muy otro empeño que lo hacía 
el difunto. Todos parecían decirse : « Los 
muertos al hoyo y los vivos al bollo » ; 
todos aceptaban los hechos consumados. 
Sólo Tóeles permanecía indeciso, cavi- 
loso y desamorado. Levantó, sí, los alam- 
brados caídos, esquiló, bañó las ovejas; 
pero trabajaba sin fe, sin entusiasmo, 
como quien cumple un deber penoso é 
inútil. La idea de rebelarse él solo con- 
tra las transacciones cobardes é irse 
del país en son de protesta, no lo deja- 
ba dormir. Antes de salir el sol, ensillaba 
é íbase al campo á recorrer los potreros ; 
veía levantarse las ovejas, retozar los cor- 
derinos, pastar las vacas mientras el toro 



KL TERRUÑO .333 

en celo las requería de amores. El aire 
fresco le producía deleitoso picor en las 
narices ; á pesar de sus murrias, parecíale 
respirar á veres un penetrante vaho de 
vida. Mas el encanto de la existencia cam- 
pera no lo subyugaba ; aquellos bienes su- 
yos nada le decían ; no experimentaba, 
como antaño, vivo v hondo el goce de po- 
seer; algo se había roto en su alma que 
lo hacía ajeno á los intereses y las am- 
biciones comunes. Sólo automáticamente 
seguía ocupándose en los quehaceres de 
« La Nueva Esperanza ». 

De vuelta del campo, frente á los libros 
se pasaba las horas muertas. Pero los filó- 
sofos permanecían mudos á las interroga- 
ciones de Tóeles ; La Sagesse et la Des- 
tinée lo convencía sin consolarlo ; Les 
Nourríhires Terrestres lo enfervorizaban 
sin convencerlo ; sus poetas favoritos nada 
le decían que pudiera iluminarlo ó ser- 
virle de triaca á sus males. Prolijos exá- 
menes de conciencia \ arreglos de cuen- 
tas espirituales, tampoco lo sacaban del 
pantano. En el fondo de toda considera- 
ción, la duda enseñaba los dientes como 
una hiena en los antros de su gxiarida. 



334 EL TBRRUSO 

« Yo, criatura viviente y animal razo- 
nante, soy una sutil encarnación de las 
energías siderales, como todas las cosas 
del universo y el universo mismo. La fuer- 
za es Dios: todo sale de ella y á ella 
vuelve; indicio del común origen es el 
carácter guerrero de los fenómenos así 
físicos como morales », pensó un día^ mien- 
tras repuntaba la majada. « Hijo de aquella 
divinidad terrible, el hombre, por natura- 
leza, tiende á dominar : es deseo de poder^ 
que diría Hobbes; voluntad de domina- 
ción, que diría Nietzsche ; egoísmo, en una 
palabra, como digo yo, \ lo más humano 
del hombre, y, por lo tanto, lo más egoísta, 
es la inteligencia que, en efecto, es egoís- 
mo integral, interés puro, utilidad inme- 
diata, de igual modo que lo más social 
de la sociedad es el dinero, por ser la 
condensación perfecta de aquel egoísmo, 
de aquel interés, de aquella utilidad. Es- 
tas consideraciones entrañan la negación 
rotunda de las morales del desinterés y 
explican metafísicamente el que las rela- 
ciones de los hombres sean, en el fondo, 
relaciones pecuniarias. Por algo el espíri- 
tu deportivo y el espíritu mercantil reinan 



WL TBRRUÑO 335 

en el mundo y son como los lampadarios 
de la nueva religión que se forma y cuyos 
dogmas nadie ha formulado todavía. Es 
la religión de la Vida Quiero ser su 
sacerdote, teóricamente al menos. ¿Qué 
haré para servirla mejor? Sacrificaré el 
espíritu á la voluntad y lo social á lo indi- 
vidual ? i Arduo problema ! Siento que el 
bien de los otros no es mi bien y, por 
otra parte, comprendo que en el mundo 
cristiano todo pide el sacrificio del indivi- 
duo á la sociedad. ¿Hasta qué punto es 
legítima y sana tal imposición? ¿Por qué 
el saber me demuestra que lo más vital 
y noble es el egoísmo, el egoísmo que 
viene de arriba, si luego me induce á 
estrangularlo, en apariencia, porque en el 
fondo . . . ¿Pero aquel mundo es eterno? 
¿El fundamento, la base de las civiliza- 
ciones modernas, es el altruismo ó la gra- 
vitación sobre sí? ¿Seré excelencia ó vul- 
garidad, músculo ó espíritu, inteligencia ó 
sentimiento, voluntad de ser ó voluntad 
de morir? ¡Ah! jamás podré decidirme 
completamente; fluctuando entre los dos 
polos viviré ; mi idealismo me impedirá 
mutilar de buen grado lo individual; mi 



336 KL TERRUÑO 

sentido práctico, lo * ocial. ¡ Miserable cosa 
el vicio de pensar I . . . ¡ Cuánto daría por 
la fe ciega de mis mayores y los deberes 
cumplidos sin el torcedor del por qué y 
del para qué ! » 

En tales cavilaciones estaba cuando re- 
cibió un recado urgente de doña Ángela, 
invita nilolo á trasladarse a « El Ombú » sin 
pérdida de tiempo. Presuroso acudió á la 
cita, y llegó á la pulpería apenas el sol 
apuntaba en el rosado horizonte. Ya la 
señora, que seguía siempre tan madrugue- 
ra, había visitado los galpones, el gallinero 
y el tambo, y puesto en movimiento á toda 
la servidumbre ; ya se había aseado y ves- 
tido de parada, y respirando contento y 
oliendo á limpieza y Agua Florida, espe- 
raba á Tóeles en el rínconcito acostum- 
brado del corredor, muy repantigada en 
su silla peluda, la caldera á un lado, la 
canasta de los rosquetes al otro, y entre 
ambas manos, el mate. 

— 1 Albricias ! . . . tengo muy buenas no- 
ticias que darte — exclamó con júbilo al 
ver á Tóeles. — La suerte se ha cansado 
de perseguirte y ahora empieza á colmarte 
de favores. Siempre sucede así, hijo mío; por 



El TERKUÑO 337 

eso nunca se debe desesperar. Dios aprie- 
ta, pero no ahorca. Pues, señor, cuando 
menos te lo esperabas te cae sobre la 
cabeza la diputación como llovida del 
cielo. Sí, Tocies de mi alma, diputado 
eres por este departamento. El señor He- 
rosa, que lo era, acaba de morir; el pri- 
mer suplente renuncia, el segundo eres 
tú, y te llaman á la representación nacio- 
nal. Ahí tienes el telegrama de mi cuña- 
do, anunciándome la buena nueva, y la 
nota del secretario de la Cámara. ¿Qué 
tal ? . . . ¡ Ríe, canta, baila, sacúdete las 
pulgas ! 

Tóeles no chi.stó ; parecía anonadado. 

« Piensa en sus trampas » , se dijo Ma- 
magela para su sayo, y luego agregó: 

— Pero no es todo; cuando te digo que 
la suerte te guiña el ojo . . . Sabe que ayer 
has sido electo presidente de la « Liga 
Agraria » de esta región. Estás, pues, en 
el candelero. Ahora puedes darle vuelo á 
tus planes, hacer prácticas tus ideas en la 
Cámara y en la campaña, y, además, sa- 
car el vientre de mal año, porque Goyo y 
yo, en vista de tu nueva posición y de los 
perjuicios que te ocasionó la guerra, he- 

22 



338 El. TERRUÑO 

mos decidido entregarte la parte de Amabí 
para que pagues tus trampas, pongas or- 
den en tus asuntos y vivas sin ahogos. 
Cuida - mucho ese dinerito, Tóeles ; mira 
que es nuestro sudor y nuestra sangre lo 
que te damos. 

Tóeles dejó caer la cabeza sobre el pe- 
cho. Sus labios se movían convulsivamente, 
sus manos temblaban. Mamagela, equivo- 
cándose .sobre la naturaleza de los senti- 
mientos que lo embargaban, se levantó, y, 
poniéndole cariñosamente la mano sobre 
el hombro, le dijo: 

— Tóeles, Toditos, deja correr las lágri- 
mas; es muy bueno llorar de gratitud. 

Él hizo un gesto negativo y desconso- 
lado ; pero ella, sin comprender, lo hizo 
incorporarse y tendiéndole los robustos 
brazos lo estrechó contra su pecho. 

— Go3^o también quiere abrazarte, ven,— 
añadió luego secándose los ojos con el 
revés de la mano, y echó á andar. 

Tóeles la siguió mohino y confuso. ¡La 
diputación, la presidencia de la « Liga 
Agraria » ! Era tan inaudito lo que le 
acontecía y tan contrario al orden de ideas 
en que estaba, que en aquel instante, no 



EL TERKUÑO 339 

sabía si feliz, si desdichado, imposible le 
hubiera sido decir á ciencia cierta si lo 
que experimentaba era el dulce anonada- 
miento del que, por modo inesperado, 
llega á la meta después de grandes tri- 
bulaciones, ó la indiferencia y secura de 
alma del que recibe el bien cuando ya no 
lo desea ni lo tiene por tal. 

Papagoyo estaba sentado en la cama y 
como calado entre almohadas y cojines. 
Sobre la cabeza se había puesto un pa- 
ñuelo abierto para defenderse de las mos- 
cas y los aires, y en la diestra tenía el 
mate, como un chico el biberón. La noche 
anterior habíase quejado de jaqueca y 
náuseas. Al oirlo, Mamagela le clavó una 
mirada inquisidora y le dijo con el índice 
levantado : 

¡ Conque jaqueca y náuseas ! . . . Goyo, 
mañana, purguita. 

Don Gregorio quiso protestar, pero á 
cada observación que hacía Mamagela re- 
petíale la implacable sentencia, y, como 
siempre, el buen hombre no tuvo más re- 
medio que aceptar la tiranía doméstica y 
desayunarse, aquella mañana, con una bue- 
na taza de aceite de castor. Era la regla. 



340 EL TERRUÑO 

A la menor indisposición, la sef\ora, que 
en lo tocante á la higiene de las tripas no 
se andaba con paflos calientes, lo conde- 
naba al mismo suplicio : purguita, cama y 
dieta. V como esto acontecía con harta 
frecuencia, y el comerciante, estando solo, 
se aburría soberanamente, su mujer é hijos 
\^ hasta Poroso y las mulatas, en casos 
tales, lo rodeaban y le daban palique. Á 
veces, en medio de la charla general, ex- 
traños ruidos suspendían los ánimos. Ca- 
llaban ; Papagoyo palidecía ; doña Ángela 
le clavaba los ojos perforantes como lez- 
nas. Bruscamente, ésta, después de algu- 
nos segundos de ansiosa espectativa, incor- 
porándose exclamaba : 

— ¡Fuera; papá va á operar!... — y to- 
dos salían precipitadamente, riendo á más 
y mejor. Media hora después, las puertas 
se abrían de par en par, y se reanudaba 
la tertulia. El comerciante, como á raíz de 
un feliz suceso, sonreía seráficamente, con 
el pañuelito sobre la cabeza y la bombilla 
en la boca. 

Tóeles cayó en los brazos del gozoso 
Papagoj'o. 

— Todos nos alegramos de tu buena for- 



EL TEKKUÑÜ 341 

tuna — dijo éste con su calma habitual, 
pero más regocijado que de costumbre. — 
¡ V^aya, hombre ; al fin vamos d tener quién 
le dé lustre á la familia ! 

Poroso y las mulatas observaban al fla- 
mante diputado con religioso respeto. Tó- 
eles, sin saber qué actitud adoptar, son- 
riendo forzadamente, sentóse por primera 
vez en el sillón de hamaca que, de ordi- 
nario, sólo ocupaba la señora, y que ésta 
misma le ofreció aquel día con inusitada 
deferencia. Este pequeño detalle conmovió 
á Tóeles profundamente. La beatitud de 
su suegro y la reposada dicha que respi- 
raban las personas que allí había, y aún 
la estancia misma, lo enternecieron y aver- 
gonzaron sin saber por qué. \ Cuánta vir- 
tuosa sumisión en aquella placidez de los 
rostros ! ¡ Cuánto deber cumplido en aquel 
honesto reposo de los ánimos ! i Cuánta 
riqueza en aquel humilde ambiente de 
honrada y gozosa parcidad ! 

« i Pobre gente ; si supieran lo qué por 
mí pasa !...», se dijo. « Cómo decirles : 
y bien, aunque lo siento en el alma, voy 
á causarles un gran desencanto. Yo no 
puedo ser diputado, ni presidente de la 



342 El. TERRUÑO 

« Liga Agraria », ni aceptar la herencia de 
Amabí. Los triunfos oratorios, los intere- 
ses generales, el bien público, el medro 
personal, no me ofrecen ningún halago, 
no me dicen nada, no creo en ellos. La 
comedieta de la política me repugna; la 
mentira universal me da náuseas ; las tira- 
nías sociales me sublevan. Soy una con- 
ciencia errante, y las aspiraciones secre- 
tas de mi voluntad, los votos profundos de 
mi almn, me harán preferir el calvario de 
las aspiraciones supremas al camino de 
rosas de los bienes y goces embusteros. 
¿ Qué hacerle ? Sé que es una ilusión falaz ; 
pero ser iluso es mi destino: el vicio de 
pensar me dio el gusto de los artificiales 
paraísos. Los manantiales vivos no corren 
para mí; no sé qué disposición natural 
de espíritu me llevará siempre á apagar 
la sed en las aguas muertas de la medi- 
tación; jamás podré contemplar el cielo 
azul sin decirme : « No es azul ni es cielo » ; 
mientras los otros viven, yo analizaré la 
\ ida . . . ésta me condenará por delito de 
lesa patria. Yo le pido perdón . . . como á 
ustedes, y sigo mi camino. ¡Ahí sí, per- 
dónenme; no me juzguen mal. Me liberto 



El- TEKKUÑO 343 

de los deberes corrientes y despojo de los 
sentimientos humanos, no por egoísmo, 
sino precisamente por desinterés y amor , . . 
aunque yo sé que la única manera de 
amar bien es hacerlo interesadamente. 
Eso arraiga á la tierra y pone de acuer- 
do con el universo. Mucha, mucha amar- 
gura y no poca vergüenza me da frustrar 
las esperanzas de ustedes; no sentir lo 
que ustedes sienten, no amar lo que uste- 
des aman ; pero no puedo obrar de otro 
modo sin traicionar vilmente mis creen- 
cias y mis principios. ¿Cómo ir contra lo 
que pienso, amo y admiro ? Cueste lo que 
cueste, no cometeré ese crimen, y, por 
no cometerlo, abondonaré patria, hogar y 
bienes. Obro lógicamente, no soy un loco, 
soy un idealista. Mis sacrificios y desinte- 
rés dan testimonios elocuentes de la no- 
bleza de mi conducta. Si fuera creyente^ 
me metería monje; cobarde, me alojaría 
una piadosa bala entre ceja y ceja ; charla- 
tán, me haría socialista y defendería los 
intereses del pueblo ; pero no siendo char- 
latán, cobarde ni creyente, sólo me resta 
cargar con mi cruz, la cruz de mi con- 
ciencia ...» 



344 EL TERRUÑO 

Poroso y las mulatas se retiraron dis- 
cretamente. Hubo un silencio embarazoso. 
Mamagela lo interrumpió diciendo: 

— Me parece, Tóeles, que no estás todo 
lo contento que debieras. ¿Qué te pasa? 
i qué más quieres ? ¡ Por Dios, no nos des 
un disgusto! 

Tóeles sentía que los ojos goyescos de 
la castellana de « Pl Ombú > , le hurgaban 
el alma. 

— iPs tají inesperado lo que me pasa! 
Necesito meditar, ver claro en mí mismo . . . 

— lAy! hijo, ¿con qué tripa rota nos 
vas á salir? ¿Te haces el sueco cuando 
la suerte te abre los brazos? Pscucha, 
Tóeles de mis pecados: con la vida es 
peligroso jugar así; Dios condena á los 
desagradecidos. Si tantos vienes como 
llueven sobre ti no te satisfacen, después 
de haberlos deseado tan ardientemente, 
; qué puede contentarte ? ¿ qué buscas ? 
;qué esperas? Mira que esos bienes no 
son espejismos, sino cosas reales; pero 
aun en el caso de no ser así, aun dando 
de barato que todo sea espejismo como 
tú aseguras, decídete, con mil demonios, 
por los que llenan la panza, que eso al 



EL TERRUÑO 445 

menos habrás ganado. Si ahora no aga- 
rras la ocasión, no por el único cabello 
sino por el mechón de pelo que te ofrece, 
¿ cuándo la agarrarás ? 

— Nunca, ya lo sé ... — respondió Tóeles 
dejando caer los brazos con desaliento. 

Así estu\o un rato y .luego, fijando los 
ojos resueltamente en los de su suegra, 
agregó : 

— Pero, por ventura, ¿puedo yo repre- 
sentar intereses en los cuales no creo, 
fingir entusiasmos que no siento, aceptar 
los embustes que me propuse combatir? 
¿Y mis sueños generosos de verdad y 
belleza? ¿Y mi apostolado del egoísmo 
creador? ¿Qué hago de las nobles ambi- 
ciones que son el sustento de mi alma y 
así como mi razón de existir? ¿Usted no 
comprende que al asesinarlas me suicida- 
ría? Mi deber es vivir en mi ley, y mi 
ley es correr tras los fuegos fatuos que 
á porfía me ponen delante de los ojos 
inteligencia y corazón. 

— ¿Y por esos fuegos fatuos vas a sa- 
crificarnos á todos ? — interrogó doña Án- 
gela impaciente. 

Aquí dejáronse oir los extraños ruidos 



346 El, TEKKUKrO 

de marras, y Tóeles, que iba á responder 
con un conceptuoso discurso, tuvo que ca- 
llar y salir. Y, como por ensalmo, aquel 
detalle de la realidad doméstica lo apeó 
de su trascendentalismo y llevó a pregun- 
tarse, mientras se paseaba por la pulpería, 
si no estaba obrando como un rematado 
majadero. 

Poroso, lleno de respeto y afectuosidad, 
vino á darle palique ; la vieja Jua le trajo 
un mate muy bien cebado ; Vivorí, los ros- 
quetes en una bandeja perfumada, y Mé 
rico lo palmeó con grandes muestras de 
cariño, mientras le decía: « ¡ Al fin, herma- 
nito, te voy á ver en los papeles ! » A Tó- 
eles se le antojó, que no sólo aquellas 
gentes, sino también los modestos artícu- 
los del almacén y hasta las vidrieras y el 
mostrador, esperaban algo de él, y á una 
le decían : « No nos traiciones ». Y el sen- 
tirse extraño á todo y á todos lo llenó de 
estupor. 

Al volver á la alcoba y observar la pe- 
sadumbre de sus suegros, ímpetus le asal- 
taron de caer de rodillas y pedirles per- 
dón. Mamagela salió, no diligente y ágil 
como de costumbre, sino ai rastrando los 



El TERRUÑO 347 

pies, como agobiada bajo el peso de una 
grande tristeza. Papngoyo, con tanto repo- 
so como aflicción, dijo : 

— Con tus cosas le vas á acortar la 
vida á la ])obre vieja... y á mí también. 
I Esperábamos tanto de ti ! ... El Sacristán 
no quiere cantar misa; tú no quieres ser 
representante ; todos son desengaños. . . 
Está visto que nuestra familia no saldrá 
de la obscuridad ; ninguno de nuestros hijos 
le dará lustre. Nos hemos sacrificado inú- 
tilmente. Tóeles, hijo mío, Dios no te per- 
donará el que hayas burlado las esperan- 
zas de dos pobres viejos. . . — Y sus ojos 
mansos y dormidos, más que airados, pa- 
recían suplicantes. 

Tóeles sintió que el corazón se le ponía 
como una pasa de higo. 

— No he dicho que rehusara á la dipu- 
tación; manifesté las dudas y escrúpulos 
que me asaltaban y el temor, además, de 
ser representante del pueblo de nombre 
solamente. 

— ¿Y nosotros no somos pueblo tam- 
bién — interrogó entrando doña Ángela. 
— ¿Y tus colegas, y todos los estancieros 
del pago, que en ti confían, y los intere- 



448 EL TERRUÑO 

ses iiirales de todo el país, que no tienen 
en las Cámaras quien vele por ellos ? . . . 
Pues todo eso representarías tú. ¡ Ah ! 
dijo, — si pensaras más en el prójimo y 
menos en ti, como es el deber de todo 
cristiano, no vacilarías ni un solo instante. 
Pero ahí está el mal : tú no eres cristia- 
no; has dejado el buen camino por otro, 
á tu parecer mejor, pero que, en reali- 
dad, no lleva á ninguna parte ; por inútil 
rechazaste las vejigas de la religión, bue- 
nas para mantenerse á flote en todo mar, 
y sin ellas ni otro asidero que los libros, 
que más bien te sirven de sobrecarga, te 
vas al fondo irremisiblemente. Las luces 
que tú buscas no alumbran, ciegan. Y si 
no, dime, ¿qué verdad persigues que te 
impide reconocer la verdad que tienes 
delante de los ojos, vi\'ita y coleando ? 
¿Qué bien ansias qué envenena tu exis- 
tencia y la de los otros? ¿Qué interés es 
ese que te hace comprometer los intere- 
ses de todos y correr como un loco de- 
trás de un fuego fatuo? 

Tóeles se rascó la frente y, luego de 
meditar un momento, dijo: 

-Las altas virtudes piden el sacrificio 



El. TERRUÑO 440 

de las pequeñas. Si no hubieran existido 
locos como Cristo y Colón, no habrían 
aparecido verdades sublimes ni nuevos 
continentes. 

— Pero. . . ¡ por los clavos de Cristo ! — 
interrumpió Mamagela perdiendo la pa- 
ciencia, cosa que le acontecía en muy con- 
tadas ocasiones, — fíjate bien, Tóeles, que 
tú no eres Cristo ni Colón, sino Temísto- 
cles Pérez y González, y que ya no estás 
en edad de hacer locuras ; tienes cuarenta 
y dos años bien sonaditos, no lo eches en 
saco roto. Siendo tú profeta ó descubridor 
verdadero, las verdades nuevas y las nue- 
vas tierras vendrían á ti, te saldrían al 
paso, obrarías milagros porque estaba en 
tu naturaleza el hacerlo, como el rosal da 
rosas y el duraznero pelones ; en cambio, lo 
que \'iene á ti, lo que te sale al encuentro, son 
los deberes que para con nosotros y para 
con los compatriotas tienes ; ellos te dicen 
á gritos lo que la vida espera de ti y lo 
que tú puedes hacer en este mundo ; pero 
tú te empeñas en ser otro del que eres, 
y eso te lleva á confundir la puerta con 
la ventana, los piojos con las pulgas y te 
da, en lugar de sanas alegrías, sofocones 



350 KL lEKKUSlO 

y dolores de cabeza. Te sobra inteligen- 
cia, te sobran aptitudes, te sobran conoci- 
mientos, pero te falta buen sentido, y sin 
esto todas aquellas cualidades son como 
frutos que el sol no sazona, frutos sosos ó 
agrios. No creas que para vivir se necesita 
mucho cacumen, ni grande balumba de li- 
bros, no; hace falta sólo darse cuenta de lo 
que uno es y puede hacer, y esto te lo dice 
algo, no sé qué, dentro de ti, una voz que 
viene de lejos, de lejos, que sale como de un 
pozo profundo, y que tú oirías si escucharas 
con atención. Yo, siempre que tengo una 
duda, afino el oído y oigo. Por eso, aunque 
rústica é ignorante, soy más ducha y hábil 
que tú. Donde á ti se te empantana la carre- 
ta, porque tiras solo, yo paso tranquilamente, 
porque conmigo tiían los demás. ¿A qué 
viene esa manía de aislarse é ir contra la 
corriente, cuando la ola nos lleva junto 
con los otros? Esa independencia, que 
tanto te halaga, es pura engañifa ; contigo 
piensan y los obran que te rodean, mujer, 
hijo, parientes y tus actos, pueden hacer- 
les mucho bien ó mucho mal. Á veces, 
parece que tú lo ignoras ó que te propu- 
sieras ignorarlo, y lo mismo haces con el 



BL TERRUÑO 351 

mundo : diríase que no existe para ti ; 
adrede te alejas de él, y de ahí viene que, 
aún siendo una buena carta, no tengas va- 
lor en el juego de la vida, porque, gracias 
á tus caprichos, nunca estás con las otras 
sobre el tapete, sino sola debajo de la 
mesa. Créeme, Tóeles: si yo estuviera en 
tu pellejo, otro gallo te cantaría. 

— En una palabra— argüyó Tóeles 
echándolo á broma, — que no tengo el 
sentimiento de mis limites^ ni el tanteo 
de la pesada en las cosas de este mundo, 
como diría usted ; y vamos á ver, estando 
en mi pellejo, ¿usted qué haría? 

Doña Ángela cruzó las manos sobre la 
honrada panza y dijo: 

— Me diría : mi familia, mis amigos, mi 
patria es la tierra, mi tierra ; lo que yo 
soy, es decir, mis aptitudes, la semilla; no 
la tiraré al aire fuera de sazón, la echaré 
á su tiempo en los surcos hondos y reco- 
geré buenas cosechas. Hablando en plata : 
ten presente quien eres y que no eres solo ; 
que tienes deberes que cumplir para con 
nosotros y para contigo mismo. Cúmplelos. 
Déjate de perseguir quimeras, no seas 
fantasioso, apoya los pies en el suelo, echa 



452 EL lERRUÑO 

mices en tu terrufio y deja que sople el 
viento. Sacrifica 'o que estorba. Si sueños 
dorados y ambiciones altas te traban y 
manean, maneas y boleadoras son para ti 
y no altas ambiciones y dorados sueños. 
Deséchalos, sacrifícalos sin piedad, que 
sólo matas las sanguijuelas que te chupan 
la sangre. 

De cara al sol, camino de « La Nueva 
Esperanza», Tóeles pensaba: « Esa moral 
que habla siempre de los otros, nunca de 
mí, no me seduce; la voz que sale del 
pozo profundo me dice : « Tóeles, á lo tuyo; 
tu tierra son las nubes, tu familia la soledad, 
tus semejantes los fantasmas que engendra 
tu imaginación ». Tengamos el valor de ser 
lo que somos, de vivir con arreglo á nuestra 
ley. Mi ley no es la de Mamagela; lo que 
á mí me estorba para vivir, mis trabas y 
boleadoras son las tierras y bienes que 
todos apetecen y que á mí, sobre no sa- 
tisfacerme; me arrancan de mi terruño y 
alejan de mi bien. Los sacrificaré á mi 
Dulcinea. A tus plantas pongo, alta seño- 
ra, la diputación, los honores mundanos 
y las profanas dichas. Quijote, ve á tus 
aventuras. Mamagela también me engañó; 



EL TERRUÍíO 353 

pero Tóeles no morderá más el anzuelo 
de la ilusión realista y preferirá á los 
burgueses rosquetes, el pan duro del ideal. 
Ó Cesar ó nada; paso el Rubicón», y 
tomó el galope. 

Doña Ángela, desde la ventana, lo siguió 
con los ojos hasta perderlo de vista; lue- 
go, suspiranilo, dijo: 

— 1 Pobre Tóeles ; tengo el presentimien- 
to de que no volveré á verlo! 

Sentóse en el borde de la cama, y añadi«5 

— Goyo, tu vieja está muy triste . . ^ 
Algo me remuerde en la conciencia. ¿ Crees 
que hemos sido para Tóeles todo lo bueno 
que debíamos ? . . . Yo no estoy segura. 
¿Qué dolores compartimos con él? ¿qué 
consolaciones le prestamos? ¿Fuimos su 

, familia de veras ó sólo de nombre ? ¡ Ay l 
me parece que hemos vivido como extra- 
ños : él á mil leguas de nosotros y nosotros 
burlándonos de lo que no entendíamos. 

Lanzó otro suspiro más hondo aún y 
volvió á sus quehaceres, dejando á Papa- 
goyo mohíno y perplejo. 



23 



xvm 



Tóeles nada le dijo á su mujer de las 
buenas nuevas que le había dado doña 
Ángela. Comió poco y en silencio. Amabí 
tampoco desplegó los labios. Pedrito no 
jugó. Las velas que ardían sobre la mesa, 
lloraban grandes lagrimones de sebo y 
dejaban la cámara sumida en una semi- 
obscurídad preñada de sombras tristes. Los 
muros de terrón parecían destilar pesa- 
dumbre, como los rostros de los cónyu- 
gues cansancio y descorazonamiento. En 
los frascos de encurtidos se deshojaban 
dos rosas secas. 

Luego de comer se mudó Tóeles de ro- 
pa é hizo su maleta de viaje, atareándose 
en seguida en meter en un bául viejo pa- 
peles y libros. Amabí, con los ojos obsti- 
nadamente clavados en la costura, hacía 
como que no se percataba de nada. Una 
máscara de secura y hostilidad le cubría el 



356 BL TERRUÑO 

rostro. Tenía el ceño rugado y los labios 
hundidos. En la frente, espaciosa y un 
tanto abultada, la luz amarillenta ponía un 
ósculo de pergamino y hacía resaltar el 
apretado nacimiento del cabello, que á 
Tóeles le pareció en aquel instante una 
múltiple barrera de estacas y alambres de 
púas opuesta de industria á todo razona- 
miento que viniese de él. De vez en cuando 
posaba en Amabí una mirada angustiosa 
y llena de reproches, levantaba las cejas 
con resignada desesperación y volvía á 
su tarea. Cuando terminó, quedóse con- 
templándola largo rato con más encono 
que pesar. Por último, compuso el rostro 
y cogiendo el sombrero y el rebenque, 
para darle sin duda más solemnidad al 
acto, habló así: 

— Amabí, lamento comunicarte la extre- 
ma resolución que nuestra triste vida, in- 
compatibilidad de carácter y millones de 
razones que tú conoces tan bien como yo, 
me obligan á tomar. Puedes creerme : no 
lo hago sin honda pena, sin haberme tor- 
turado atrozmente . . . Me voy para no 
volver jamás . . Me voy, sí, no sé á dónde 
ni en busca de qué. Nada me llevo : lo 



EL TERRUÑO 357 

poco que resta de nuestro haber te lo 
dejo: es lo único que puedo hacer por ti 
y por nuestro hijo. Sé que cometo una 
gran locura y que sólo me esperan aflic- 
ciones y desengaños, y acaso también la 
miseria; pero sé también que no puedo 
obrar de otro modo. Qué quieres, me re- 
pugna vivir en la mentira ; aquí todo me 
es hostil. Hace tiempo que no somos ya 
marido y mujer. . . si es que alguna vez 
pudimos serlo, no teniendo un solo pensa- 
miento común Comprendo que no te ha- 
go dichosa ; comprendo que para todos 
soy una amenaza constante, más aún, una 
desdicha cierta, y resuelvo eliminarme, 
desaparecer. . . 

— Muy bien pensado — interrumpió Ama- 
bí, y levantándose bruscamente, giró so- 
bre los talones y se fué á la pieza inme- 
diata. 

« 1 Pobre Amabilia !, i cuánto debe haber 
sufrido para cambiar así y cuan urgente 
es lo que pienso hacer ! » se dijo Tóeles ; 
y, como tantas veces, dejóse caer en la 
mecedora, y hamacándose quedóse hasta 
rayar el alba. 

Las velas se habían consumido; tenue 



358 EL TERRUÑO 

luz entraba por los resquicios de la puer- 
ta; la atmósfera viciada diríase que olía 
á fiebre y sudor de enfermo. 

— Es preciso partir, — murmuró el sa- 
cerdote de la religión de la Vida, incor- 
porándose, y sintió una congoja angustio 
sísima y un peso extraño en todo el cuer- 
po, como si las ropas que vestía fuesen 
de plomo. 

Antes quiso besar á su hijo. -Sigilosa- 
mente entró en la pieza contigua. Amabí 
no se había ncostado; vestida, velaba junto 
á la cama del niño. Tan humilde y triste 
era su aspecto y tanta desolación había en 
aquel ambiente de lobreguez y lloro, que 
Tóeles se sintió cohibido y avergonzado. 
Los invisibles hilos de la pesadumbre pa- 
recían tirar las facciones de Amabí hacia 
abajo; caía la nariz, caían los párpados, 
las mejillas y, sobre todo, los ángulos de 
la boca, aquellos hoyitos graciosos y pro- 
vocantes que él llamaba antaño sus nidos 
de amor ... 

Tóeles permaneció clavado en el umbral 
de la puerta. Mil confusas ideas lo atro- 
pellaron, mil encontradas emociones lo en- 
ternecieron. Aquilató la pena y el desam- 



EL TERRUÑO 35^ 

paro de Amabí; pensó en la tristeza de 
los pobres viejos, en la majada, en las 
vaquitas y los bienes que iba á abando- 
nar, y, por primera vez, tuvo la noción 
justa de las múltiples raíces que allí lo 
aprisionaban. Entonces, en tumulto y tro- 
pel, acudieron á su memoria textos y citas, 
residuos de extrañas filosofías, antagónicos 
preceptos morales; y sintió á una pujos 
de sumisión y rebeldía, de amor y odio, 
de desinterés y egoísmo feroz. 

* ¿ Voy á obrar como un alucinado ó 
como un infame también ? » se dijo espan- 
tado de las voces interiores que lo recri- 
minaban, ahogando la voz profunda que 
le repetía, «¡vete, vete!», en los antros 
de la conciencia. Y tuvo la sospecha de 
que acaso por ansias retóricas y artificia- 
les aspiraciones, iba á causar muchos do- 
lores verdaderos. « Yo debía pedirle per- 
dón y quedarme ; sacrificar mis insanas 
ambiciones, entrar en la regla, aceptar el 
terrible pacto que imponen las realidades 
de la vida . . . pero i ay ! imposible, ¿ cómo 
volverme atrás? ¿cómo hacerlo teniendo 
el caballo ensillado y las botas puestas ? » 

Y esta última y nimia consideración lo 
determinó á partir. 



360 El. TERRUÑO 

Los canes empezaron á ladrar. Tóeles, 
cogiendo la ocasión al vuelo para arran- 
carse de allí, salió á indagar lo que era, 
encontrándose con doña Ángela, que, muy 
presurosa y agitada, descendía del coche. 
Y al verla, como si volviese á la realidad 
siempre apetecible después de una angus- 
tiosa pesadilla, le pareció que le quitaban un 
gran peso de encima y querespiraba mejor- 

— ¡Gracias á Dios que llego á tiempo; 
creí no alcanzarte ! . . . i En fin, aquí estoy ! 

— exclamó precipitadamente y como aho- 
gándose. 

Tóeles notó que estaba muy pálida y 
que tenía los ojos enrojecidos. 

— Sí, creí no volver á verte — continuó 
ella. — Ayer, una corazonada me hizo adi- 
vinar tus propósitos, como si los estuviera 
viendo; y toda la noche me la pasé con- 
siderando en qué y en qué no, había sido 
para ti una verdadera madre. Qué quie- 
res, cristiana soy, y me gusta tener limpia 
la conciencia. Y aquí he venido, no á 
convencerte ni á atajarte los pasos, sino 
á suplicarte que me disculpes si en algo 
te he ofendido . . . Tóeles, no quisiera que 
guardases de mí un mal recuerdo. 



EL TERRUÑO 361 

— Doña Ángela, usted ha sido muy 
buena . . . 

— j Hum I . . no sé, no sé . . . Dame el 
brazo ; estoy cansada, mis piernas parecen 
de trapo. Deseo hablarte sin que nos 
oiga Amabí. Vamos á la cocina; allí po- 
dremos hacerlo tninquilamente. 

Entraron en la cocina, poco espaciosa, 
obscura y oliente á humo y leña quema- 
da. Doña Ángela tomó asiento, miró con 
disg:usto la suciedad del recinto y el des- 
orden de los cacharros que allí había, y 
dijo : 

— Tú eres difícil de llevar, y Amabí no 
ha sabido comprenderte ni amoldarse á 
tu carácter; pero no creas que fué por 
orgullo ó despego; obró mal sólo por 
ignorancia. Yo ahora veo claro en ti, y 
aunque me apena tu resolución, la discul- 
po y no te juzgo mal. Comprendo que 
razones muy poderosas, motivos muy 
grandes deben de ser los tuyos cuando te 
llevan á huir de tu casa y dejarlo cierto 
por lo dudoso, la holgura, por la miseria 
tal vez, el deber y la virtud por el peca- 
do. ¡Pobre Tóeles! ¿Á dónde vas? ¿Qué 
suerte te espera? ¿Eres [un santo ó un 



362 EL TERRUÑO 

loco ? ¡ Quién puede decirlo 1 Yo sólo sé que 
no eres hecho de la misma pasta que nos- 
otros, y que no todo en tu conducta es 
capricho ó insensatez. Hay en tu inteli- 
gencia alturas á que no llegamos nosotros ; 
en tu alma, abismos á los cuales nosotros 
nó podemos descender. ¿Son abismos y 
alturas de luz ó de sombras? Lo ignoro; 
lo que no se me oculta es que nuestro bien 
no es tu bien y que una voz misteriosa 
te llama á otra parte. ¿Qué hacerle? 
¿Qué voluntad, por imperiosa que sea, 
puede impedir que los arroyos vayan á 
los ríos y los ríos vayan al mar ? . . . No 
creas, en el fondo yo nunca te juzgué 
severamente, porque te veía dudar y su- 
frir, y siempre tuve por ti mucho afecto, 
grande simpatía, aunque te llevara la con- 
tra. Si erré, discúlpame; no me guardes 
rencor, ni olvides del todo á esta vieja, 
á esta pobre vieja que te quiere, Tóeles, 
más de lo que tú puedes imaginarte, — 
concluyó haciendo pucheros. 

Tóeles lanzó un sollozo que le vació el 
pecho de amarguras; cayó de rodillas, 
escondió la cabeza en el regazo materno, 
3^ así como los frutos caen de la parra 



BL TERRUÑO 363 

sacudida por el viento, sacudido él por 
ardiente gratitud, á la que se unía gran 
conmiseración de sí mismo, de sus ojos 
empezaron á caer lágrimas, redondas y 
pesadas como uvas . . . 

— 1 Pobre Tóeles ! ¡ pobre Toditos ! . . . — 
repetía Mamagela, pasándole la mano por 
el ensortijado cabello 

Amabí entró, contuvo un grito y, luego 
de algunos instantes de pasmo é indeci- 
sión, invitada por los ojos elocuentes de 
Mamagela, fué á arrodillarse en silencio 
junto á su marido. 

Doña Ángela los tuvo á los dos en sus 
robustos brazos, grave y reconcentrada, 
como una gallina que incuba sus huevos. 
Cuando los tres se incorporaron y Tóeles 
cogió el sombrero y el rebenque, ambas 
mujeres clavaron en él los ojos húmedos 
y consternados, y entonces Tóeles, cam- 
biando de propósito, dijo con un trémolo 
en la voz: 

— Voy á repuntar la majada ... — y 
salió dando traspiés. 

Así que, por boca de doña Ángela, es- 
tuvo al tanto Amabí de los bienes que el 
cielo llovía sobre Tóeles, sintió renacer 



364 EL TERRUÑO 

la desvanecida esperanza de ser dichosa 
y, juntamente, la admiración que antes su 
marido le inspiraba. Por encima de la 
ropa, se le conocía el laudable propósito 
de adivinarle los pensamientos y volverlo 
.al redil del amor con cebo de halagos y 
promesas de deleitosas venturas. Aseábase 
y vestíase con el esmero y aun la coque- 
tería que de su madrina, grande doctora 
en elegancias y refinamientos mujeriles, 
aprendió cuando estuvo bajo su égida y 
guarda en la capital. Y como era alta, 
derecha, fina de talle y no sobrada de 
pulpas, las ropas ceñidas, que á la sazón 
se usaban, favorecíanla singularmente y 
delataban raras perfecciones. Por las no- 
ches sobre todo, poníase, sin corsé ni 
justillo, unas batas de espumilla de seda 
tan sutiles, que al menor movimiento la 
modelaban y, como una camisa de novia, 
permitían vislumbrar al través de la finí- 
sima tela los dátiles, ya juguetones, ya 
agresivos, de los pechos menudos y sal- 
tarines. El filósofo suspiraba y presentía 
infinitas dulzuras . . . 

Los vecinos más calificados vinieron á 
saludar al nuevo representante del Depar- 



EL TBRRITÑO 365 

tamento, y el comisario y el teniente al- 
calde, también. Más tarde recibió algunas 
tarjetas de parabienes, y un diario impor- 
tante solicitó su colaboración. 

Tóeles, no obstante el desprecio de las 
satisfacciones vulgares, empezó á sentirse 
revestido de cierta reconfortante dignidad 
y á comprender que los halagos de aqué- 
llas le placían como á cualquier quisque 
ó braquicéfalo. Las mieles de los nuevos 
sucesos le endulzaban la sangre, y el te- 
mor de burlar indignamente tantas espe- 
ranzas como florecían en tomo de él, lo 
inclinaba poco á poco á vivir como los 
demás hombres y cumplir con valerosa 
modestia sus deberes sociales. Sin embar- 
go, por las noches, mientras Amabí y 
Pedrito dormían, pensaba en las ambicio- 
nes y caros ensueños que le era forzoso 
sacrificar, y entonces sentía como un des- 
mayo ó acabamiento de todas las ener- 
gías . . A veces, cavilando lo sorprendía 
la aurora. 

Cuando le comunicó su resolución á 
doña Ángela, ésta le dijo mirándolo in- 
quieta : 

— ¿Pero sabrás renunciar á tus viejas 



366 EL IKRKUÑO 

ilusiones y conformarte con un destino 
que á ti, seguramente, te parecerá obs- 
curo? 

— ¿ Qué remedio ? . . . — contestó él triste, 
pero resignado. — Además no renunciaré 
á ellas en absoluto. Cumpliré mis deberes 
ciudadanos, pero no me ataré, no haré de 
la política una carrera, mi oficio. Si así 
fuese no podría pensar ni hablar con abso- 
luta independencia, y yo puede que algún 
día lo necesite, i quién sabe ! . . . Pero no 
quiero hacer castillos de naipes, demasia- 
dos hice ya y todos vinieron al suelo — 
agregó con un dejo de amargura que 
Mamagela no le conocía. Ahora sólo 
quiero ir á lo inmediato. Por lo pronto, 
defenderé los intereses rurales haciendo 
ver, si puedo, su infinita trascendencia 
para nosotros, no por lo que son en el 
orden material, sino por lo que represen- 
tan espiritualmente ; el resto de mi activi- 
dad obligatoria, digámoslo así, lo consa- 
graré á «La Nueva Esperanza», y sólo 
en las horas que me queden libres, como 
recreo del alma y regalo del espíritu, 
admitiré en mi casa las visitas de las ver- 
dades puras ... Mi posición moral queda 



EL TERRUÑO 367 

definida, mientras me oriento y busco otros 
horizontes : seré un criador de ovejas me- 
tafísico y un sembrador de ideas ovejero. 
Así le pondré una collera de cuero crudo, 
como usted diría, á lo relativo y á lo abso- 
luto, concluyó riendo del asombro de 
doña Ángela. 

Esto del sembrador de ideas no tran- 
quilizó mayormente á la buena señora; 
pero reflexionando que, acaso para Tóeles, 
ello sería lo que el salvaje muerto para 
don Gregorio, le dijo que estaba en lo 
cierto y lo exhortó á perseverar en tan 
buen camino. 

Tóeles empezó á gustar las sanas ale- 
grías de trabajo, y, por ende, el reposa- 
do bienestar de sentirse unido á los otros 
por los lazos de comunes deberes y obli- 
gaciones mutuas. Recorriendo el campo 
para ver si estaba todo en orden antes 
de principiar sus nuevas tareas, parecíale 
mentira que hubiese podido desconocer el 
sosiego de la esclavitud y desencariñarse 
de aquellas cosas del campo, que tan al alma 
le hablaban. El blando mirar de los bo- 
rregos decíale : « somos tuyos y todo lo 



368 EL TKRKUÑO 

esperamos de tí » ; las lucientes praderas 
le ofrecían esperanzas y venturas ; som- 
bra y cariño los árboles que él había 
plantado, y las noches de plata campo 
vastísimo á la meditación. 

Con grande diligencia pagó lo que debía 
y repobló y aun recargó el campo de 
hacienda. Mamagela le dijo que con tanto 
ganado se vería en apreturas á la entrada 
del invierno; pero él, muy seguro de sí, 
le contestó, mostrándole un arado de dos 
rejas, que para el invierno tendría bue- 
nos avenales. Y, en efecto, tomó un cha- 
carero y empezó á romper tierra y sem- 
brar. Los discursos que preparaba, los 
artículos que escribía, las sesiones de la 
Cámara en la ciudad y los cuidados de 
la hacienda en el campo, le dejaron 
en lo sucesivo, muy pocas horas libres, 
sin embargo, leía y tomaba notas. En 
Montevideo vivía en un modesto hotel. 
Los sábados, por el tren nocturno, re- 
gresaba á la estanzuela. Al divisar los 
árboles de «La Nueva Esperanza», le 
parecía llegar á la tierra prometida. Lue- 
go, con regocijada curiosidad, enterábase 
de todo, recorría el campo, la huerta, la 



BL lEKKUNO 369 

chacra, y por las noches, después de 
comer, sac¿iba una silla afuera del rancho, 
sentábase apoyando las espaldas contra 
la pared y fumando contemplaba las es- 
trellas. Amabí no lo interrumpía: respe- 
taba su silencio. Cuando él trabajaba en 
el comedor, ella entraba y salía sin hacer 
ruido, sigilosamente. « Empiezo á recoger 
lo que siembro», decíase entonces él con 
gozo íntimo, al que se mezclaba un vago 
tinte de melancolía. 

De mañana levantábase mucho más tem- 
prano que Amabí : desenterraba del fondo 
de una valija, llena de papeles, un cua- 
derno resobado, en cuya tapa se leía este 
título: «El Sonambulismo Universal», y, 
con la alegría que el avaro acaricia su 
tesoro, lo hojeaba febrilmente, transcri- 
biendo después los apuntes que había to- 
mado en la semana. Luego, con religioso 
respeto, lo volvía á su escondrijo. 

Pero andando el tiempo lo relegó al 
olvido como á tantas otras ilusiones lite- 
rarias que dormían en el fondo de la ma- 
leta. Los negocios, que iba dilatando, y 
las obligaciones morales que sin cesar 
contraía, eran nuevos hilos que cada vez 

24 



370 KL TERRUÑO 

lo sujetaban más en la telaraña de cuida- 
dos y deberes. Y así, estrechado por la 
necesidad y vencido por eUa, el pájaro 
arisco de la conciencia errante fué domes- 
ticándose, domesticándose, hasta salir del 
monte y venir á comer su trigo en la 
mano misma de las prosaicas realidades . . . 

—Esta noche velaré hasta muy tarde — 
le dijo Tóeles en cierta ocasión á su mu- 
jer, que se disponía á acostarse. — Tengo 
mucho que hacer. 

Ella, después de besarlo, desapareció. 
Tóeles salió afuera á tomar el fresco, y 
se sentó en el tosco banco de estacones 
de sauce, que él mismo había construido 
y colocado contra el muro, á fin de tener 
cómodo y amplio respaldar. Parecía de 
día claro. Un airecillo retozón movía las 
hojas de los árboles y refrescaba la epi- 
dermis abrasada de la tierra. Las miradas 
de Tóeles se perdieron en las cuchillas le- 
janas. Las livideces lunares derramaban 
sobre ellas suave tinte de misterio y poesía. 
Desde su sitio, veía el filósofo empotrada 
en lo alto de un cerro la casa nueva del 
Sacristán, irguiéndose risueña sobre la 
misma tapera de Primitivo ; más acá divi- 



El TERRUÑO 371 

sábase la áspera sierra que ocultaba el 
caserío de « Los Abrojos », donde vivían 
casados y felices los vastagos predilectos 
de los caudillos enemigos; lejos, á la de- 
recha, alcanzaba á columbrar el sombro- 
so arbolado de « El Ombú » : allí Papagoyo 
y Mamagela, un tanto achacosos, pero jo- 
viales siempre, iban traspasando los um- 
brales de esa edad, toda resignación, en 
que el cuerpo se inclina hacia la tierra 
y los pensamientos crían alas y se remon- 
tan al cielo ... La dulce é infinita melan- 
colía del paisaje llenaba á Tóeles de año- 
ranzas é interiores morbideces. 

Después de fumar media docena de ci- 
garrillos, volvió al comedor, levantó la 
tapa de la arrumbada maleta y quedó un 
instante absorto y sobrecogido de vago 
espanto, cual si estuviese delante de un 
sepulcro abierto. Aquellos papeles amari- 
llentos, cuasi cadavéricos, en los que su 
ardiente juventud puso tantas fastuosas 
esperanzas, su corazón tanto amor, su inte- 
ligencia tanto generoso desvarío, se le 
antojaron los restos mortales de un alma 
fenecida. Cuántas grandes ilusiones cabían 
en tan pequeño espacio ! Cuántos muertos 



372 El TERRTTÑO 

en tan breve fosa! Uno á uno fué sacan- 
do los legajos, los cuadernos, los abulta- 
dos paquetes y luego de leer tal cual 
página, ya recobrado, las rompía á todas 
y arrojaba al canasto con sombría ente- 
reza y mano temblorosa, pero sumisa al 
mandato de la voluntad. El último paquete, 
el más voluminoso, estaba lacrado. Eran 
cartas. Al degarrar la envoltura del papel 
de seda que las contenía, cayeron sobre 
la mesa muchos pliegos perfumados, un 
retrato de mujer y algunas flores secas, 
descoloridas, próximas á deshacerse en 
polvo. Tóeles contempló largo rato la can- 
dida niña de ojos ensoñadores, boca infan- 
fantil y cuello como el tallo del lirio. Esa 
pequeña cabecita, murmuró, tuvo mis fie- 
bres ; esos labios no mentieron ; esos ojos 
se llevaron al otro mundo la encantada 
imagen del hombre que ella, ella sola, veía 
en mí y que yo hubiera querido ser ». Lue- 
go estrechó el retrato contra su corazón, 
lo besó con frenesí y lo rasgó también. 

— Ahora sí puedes afirmar, sin jactan- 
cia, que eres un hombre de provecho, — 
le dijo un día Mamagela, gozosa de la 
próspera fortuna que á Tóeles sonreía. 



Rl. TERRUÑO 373 

Yo también lo creo así — aserró él; 
y luego, sordamente, pero sin artificio, 
repuso : 

— ¡No en balde le vendí mi alma al dia- 
blo!... 

Con dulce gravedad replicó Mamagela: 

— ¡ Es que el diablo es la vida, Tóeles ! . . . 
Iban caminando. Tóeles se detuvo de 

repente, como quien presta el oído á vo- 
ces lejanas y misteriosas. Sus ojos, estu- 
pefactos, parecían ver lo invisible y des- 
cubrir las íntimas y ocultas corresponden- 
cias del Bien y del Mal... 



« Harás Reyles » 
Lobería. — F. C. S. 
Buenos Aires. 



PQ Reyles, Carlos 

8519 KL terruño 

R3STAr 
1916 



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